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El Mallu de Avilés


Los que sois asiduos lectores de este blog no vayáis a pensar que os habéis confundido de artículo, efectivamente, la foto os sonará de haberlo leído en el artículo del asador El Bosque.

Ya en su día os comentaba las dificultades financieras del negocio y por desgracia no consiguieron prolongar demasiados años lo que supongo habrá sido una agonía, pero a río revuelto ganancia de pescadores y desde hace poco más de tres meses existe una nueva gerencia.

Los consumidores finales y el entorno de Avilés debe congratularse por este acuerdo ya que la tremenda inversión inicial seguirá el rumbo del negocio para el que había sido proyectado. Bien podría haber acabado siendo un concesionario de maquinaria agrícola o de venta de materiales de construcción, pero esto nos hubiese privado de una parrilla con unas instalaciones de lo más lujosas.

El grupo de sidrerías El Mallu, que dirige Ernesto Álvarez Rubio, es bien conocido en Gijón por sus tres establecimientos, dos en el centro y otro más enfocado a las espichas en el Alto del Infanzón. Experiencia y conocimiento en el particular submundo de las parrillas dentro de la hostelería, parecen suficientes avales para que El Mallu de Avilés tenga el éxito que se merece.

Ya comentaba en su día, que independiente del publico que genere a diario dentro de la comarca, su cercanía con la concurrida Playa de Salinas hará que durante los meses de verano vivan su especial agosto. A quién en su sano juicio tras una jornada de sol y olas no le apetece disfrutar de una botella de sidra y unas costillas.

El motivo de mi visita y desconocimiento hasta última hora del lugar elegido estuvo ligado a nuestra amistad con el triatleta asturiano Diego Martín Conde. El domingo 8 de abril se disputaba el Campeonato Nacional de Duatlón Élite en Avilés y hasta allí nos fuimos para animarlo.

Habiendo conseguido un meritorio puesto 43, alguien que lleva dos años en esto y no se dedica al 100%, me parece sobrehumano, tanto como el último clasificado porque este deporte es super exigente. La puñeta fue que el jodido corre otro duatlón en Oviedo a la semana siguiente, donde no pudimos estar, va y gana.

Ha pasado algún tiempo hasta la publicación del artículo y mientras tanto Diego ha comenzado la temporada de Triatlon. Con su 9º puesto en Tarazona se ha clasificado para el Campeonato de España Élite y además ha ganado el de San Vicente de la Barquera.

Pues nada, que para reponer fuerzas al Mallu nos fuimos y en este tipo de carreras yo no tengo oponente, para mi vergüenza por que yo no había consumido ni un 1% de calorías de las que gastó Diego.

La Parrilla en su configuración es espectacular, una gran cubierta a dos aguas con una gigante chimenea central. Zona de barra a la izquierda, comedor y parrilla en el centro y derecha. Amplias terrazas y unos comedores acristalados en la zona exterior dan cabida a mucha gente.

Los comedores acristalados llaman la atención por su poderío en maderas, la madera de una de esas pesadas sillas podría dar para pasar todo un invierno en un refugio de alta montaña, no exagero si digo que pesan 15kgs. Luego están unas mesas redondas espectaculares que tienen una bandeja giratoria para ir distribuyendo la comida o la bebida, donde estuvimos 13 sentados cómodamente.

La carta es muy extensa pero para compartir lo mejor son sus parrilladas, diferentes ingredientes según el número de comensales. Mini, para dos, cuatro y seis u ocho comensales, es fácil encontrar el ajuste y vienen acompañadas de unas abundantes ensaladas.

Como había una niña, se pidieron una croquetas a más y la verdad que estaban muy buenas, la foto atestigua su buena bechamel y la abundancia de jamón.

Criollos, chorizo rojo, costillas de cerdo, chuletón, pollo, solomillo, secreto, churrasco, provolone, morcilla, patatas y pimientos fue el dream team de cualquier carnívoro.

Y encima, pedimos postres. Tarta de almendra, de turrón y charlota marcaron el destino de una siesta antológica.

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El Jardín de Yume


El Jardín de Yume – C/ San Bernardo, 16  –  Avilés     Tlf: 985 568 515

Lleva abierto poco más de dos meses pero el olor que sale del Jardín de Yume no es precisamente olor a nuevo, huele a pan y a repostería hecha con mimo, la familia Yume crece.

Aprovechando la última visita a su hermano mayor, no se me ocurrió mejor forma de terminar la comida que ir a tomar el postre y el café a la terraza del Jardín, aun a sabiendas que me perdería los deliciosos postres que ofrecen en el restaurante.

La cocina moderna, quizás saturada de espumas, esferificaciones, bajas temperaturas y demás experimentos que nos han aportado grandes momentos culinarios, está realizando una introspección a los orígenes, en busca de productos y técnicas milenarias que nos transporten a sabores y olores del pasado.

Una de esas búsquedas cada día más presentes, está en el pan, ese que dio de comer a los pobres en épocas de hambruna pero que sabía y olía como el mejor de los manjares. Afortunadamente la baguette ha muerto, y no me refiero a la excelente barra francesa, hablo de los engendros pre-cocinados, congelados y sabe dios que más maltratos.

Masas madre, fermentaciones largas, variedad de cereales, complementos naturales que den sabor, especias, semillas…etc es el nuevo camino a seguir y buscar para completar una buena comida.

El Jardín de Yume es un lugar con mucho encanto, de esos que no te esperas cuando juzgas la fachada de un local. Cuando localicé la calle y vi que era la misma del Café de Pandora, rápidamente sin poner un pie dentro ya me hice a la idea de cómo sería el local, al menos en su morfología.

Esta manzana tiene una zona interior con unos patios muy agradables en dos niveles, es como un oasis, un remanso de paz que te hace desconectar rápidamente de la ciudad.

La decoración sigue la línea vintage romántica del Yume (no se si existe este término pero es lo que me sugiere). Tiene ese je ne sais quoi que engancha, eso que llaman lugares con encanto o cuquis (tranquilos, no fui a tomar café con Tamara Falcó Preysler, mi compañía fue más grata).

Además de pan y café podemos encontrar diferentes tipos de bollería artesanal, dependiendo del día ofrecen unas cosas u otras. Por si fuera poco, los sábados y domingos previo encargo, realizan bruch a medida.

Un espacio como este invita a ser compartido y por ello, desde su apertura han venido organizando diferentes talleres, uno de ellos florales, qué mejor sitio que un jardín.

Supongo que a la mayor parte de los humanos les pasará desapercibido, pero una de las estrellas es el horno abovedado junto al pozo. Ahí se hacen panes de calidad pero también podríamos hacer unas pizzas de lujo, unos asados de quitar el sentido…etc, ay! como se me ve el plumero con lo salado.

Ya visteis más arriba el pan que degustamos en la comida, ahora os enseño la caracola, el doughnut y las madalaines de commercy que acompañaron nuestros café y tés.

El viejo catre de hierro que hace de sofá resultó demasiado tentador y con lo lleno y a gusto que estaba, a poco que me hubiesen animado, ahí hubiese echado una plácida siesta.

Desayuno, media mañana, café después de comer, merienda…ahora que ya entró la primavera, el Jardín de Yume no puede faltar en vuestras agendas.

Apiñon Bistro


Apiñon Bistro – C/ Galiana, 30  –  Avilés    Tlf: 984 390 398

Visitar Avilés en plenas fiestas de la ciudad, un sábado, puede convertirse en una locura y por ello me siento muy afortunado de haber podido encajar esta visita en un restaurante de lo más apetecible para aquellos que busquéis algo diferente con toques asiáticos.

Llevo tiempo promocionando la villa, tiene muchos lugares atractivos para aquellos que buscamos una opción gastro diferente. Una de las cosas que me gusta de Avilés en comparación con la amplitud de Gijón, es que todo está muy a mano y dejando el coche aparcado en la plaza del Ayuntamiento a escasos metros tendremos opciones tan interesantes como las del Pandora, Abilius, Yume, Ronda 14 o el reubicado Apiñon Bistro.

Quítate tu para ponerme yo. La desaparición del Llamber, ha permitido que Juan Pablo Pérez González y Sandra Verdayes Vallejo hayan ampliado sus instalaciones de la calle Julia de la Riva en uno de los locales emblemáticos de la ciudad, en plena calle de Galiana.

Me contratula comprobar que la cocina de Apiñon es digna sucesora de esa oferta gastronómica diferente que ofrecían en el Llamber, es más, para mi gusto personal enfocado a la cocina asiática fusión, me satisface más la actual oferta.

La configuración del local se mantiene intacta tras los diferentes toques decorativos de adaptación al nuevo negocio. Su terraza en la zona porticada tiene un ambiente increíble y nos traslada a otra época, estas edificaciones son parte esencial de Avilés y por ello le confieren un atractivo único.

Atravesando la puerta nos encontramos con una barra de bar labrada en madera digna del mejor ebanista, mesas altas son la seña de identidad del local aunque también tiene una pequeña zona de comedor más tradicional. Por el tipo de comida que se sirve, invita al picoteo informal, platos al centro y probar las suculentas creaciones.

A la hora de reservar por teléfono, desconociendo que se trataba del mismo sitio que el de Llamber, Juan Pablo me recomendó la zona cercana a la cocina porque allí podría disfrutar del baile típico de un servicio azaroso de gran coordinación y de paso ver salir aquellos platos que no elegiríamos.

Sentados en primera fila, si sois de los que os gusta ver lo que se mueve en una cocina, disfrutareis tanto como lo hice yo.

Para beber, la oferta cervecera es amplia aunque no demasiado alternativa, sin embargo contar con las opciones de Brabante hizo que la elección fuese sencilla.

Otra parte importante dentro de las atractivas y originales cartas de Cuadernos Rubio, es la posibilidad de pedir un plato de panes. Recién horneados, en variedades de tomate, cebolla, maíz y cebada, resultan altamente recomendables para aquellos que valoren los buenos panes.

Muchas de las cosas que os encontrareis en la carta os sonarán a chino si no sois aficionados a la gastronomía asiática, aunque muchas de las elaboraciones cada vez son más conocidas. No os preocupéis, porque Sandra os explicará ala perfección la composición de aquellos en los que dudéis.

Comenzamos por un steak tartar, hacía tiempo que no me tomaba uno, se puso tan de moda que acabó saturándome. Este es super acertado y diferente, mantiene la esencia pero hace partícipe al comensal rematándolo este para su servicio.

La carne esta recién picada a cuchillo (como debe ser), incluye alcaparrones y complementa la cebolla picada con un aire de cebolla y un huevo de codorniz crudo que habremos de mezclar nosotros mismos. Resultó muy equilibrado y encima su estética está muy trabajada alejándolo de presentaciones más tradicionales (aburridas).

Continuamos con unos takoyaki, unos buñuelos japoneses que se elaboran a base de harina de trigo y pulpo. Aún estando muy buenos, fue el plato que menos pasiones despertó.

Llegaron las gyozas de sepia y aunque no era el día de los fuegos artificiales la explosión de sabor, la finura de la masa y la sabrosa salsa iluminaron nuestras caras.

Seguimos con una tabla de mantou, una elaboración de panes chinos hechos al vapor pero planchados. Se sirven con tres elaboraciones que recomiendan comer en el siguiente orden: primero el pulpo a la parrilla con una espuma de patata, la anchoa con un chutney de fresa y rematamos con la papada a baja temperatura con un huevo frito de codorniz. En la base lleva una salsa de chiles rebajada con miel que le aporta un sabor picante muy aceptable.

Finalizamos con un saam coreano de costilla de cerdo. Estas elaboraciones son la versión asiática de un taco mexicano, en vez de usar una tortilla de trigo usan en  la base hojas de verdura, en este caso repollo cocido aunque también os encontrareis con algas, hojas de sisho, lechuga…etc.

La costilla deshuesada se coloca sobre un poco de arroz variado y se termina con una salsa griega de tzatziki (yogur y pepino como ingredientes principales) y otra de berenjenas ahumadas. Son adictivos y para los amantes del finger food son la excusa perfecta para sacar nuestros instintos básicos, pringarnos y disfrutar como enanos.

Para rematar la comida elegimos un variado de helados caseros, todos muy cremosos. Las quenelle de frambuesa, naranja sanguina, mango y plátano se colocan sobre un crumble.

Sin exceder del tiempo comprometido, habíamos de dejar la mesa libre para el turno de las 11pm, nos retiramos a pasear nuestra alegría gastronómica del fin de semana por las calles de Avilés.

La carta cuenta con unos 20 platos y quedaron pendientes unos cuantos muy atractivos, motivo más que suficiente para intentar repetir a la vuelta de las vacaciones.

Cuevas de San José


Cuevas de San José – Avda. de Lugo, 151   – Raíces (Avilés)   Tlf: 985 564 076

Hoy, por fin puedo hablaros de mi experiencia en las Cuevas de San José, un merendero tradicional, pero muy poco convencional, al que había intentado ir en un par de ocasiones pero que siempre había encontrado cerrado.

Ahora ya se que abren desde el Día del Padre (19 de marzo), hasta bien entrado septiembre o quizás principios de octubre si se goza de buena climatología y se puede estirar el verano.

Se trata de un merendero-bar-parrilla en una ubicación insospechada, en la que no se cae de casualidad aunque se encuentre a escasos metros de la carretera general que atraviesa la población de Raíces (Avilés). Es un recinto muy amplio que no os dejará indiferentes, esa decoración con muñecos XXL no pasará a los catálogos de ningún museo escultórico pero resulta muy campechana y divertida.

Un gran patio abierto con una zona de parrilla al fondo, está escoltada por unas zonas cubiertas llenas de murales de trazo infantil que aportan un colorido que incita a la diversión familiar. Sus verdes bancos corridos congregan tanto a familias como a parejas ávidas de un picoteo que puede convertirse en un ir más allá si optamos por carnes más contundentes o pescados variados a la espalda.

El recinto con forma de cuevas se distribuye en diferentes comedores revestidos por unas paredes de carga con canto rodado.

Los ritmos de cocina y parrilla no se rigen por una ortodoxia, aquí la comida va saliendo al ritmo que marcan los cocineros, eso si, de una eficiencia intachable porque si de rapidez hablamos en menos que canta un gallo teníamos la mesa repleta con toda la comanda.

Un merendero es equivalente a beber sidra y si la primera de Los Angones resultó algo ácida, el cambio de palo a la de Vallina, más dulce, resultó un acierto.

La jornada playera desgasta y con un trozo de empanada y una nectarina uno llega a la cena con mucho apetito, que de no mirar un poco por esa dieta auto impuesta, hubiese dado cuenta de más raciones.

Zamburiñas, media ración de sardinas a la plancha, morcilla Matachana y unas costillas de cerdo resultaron suficientes para rematar con un par de buenos postres caseros, una tarta de la abuela y otra de queso que preparó la simpática y servicial camarera, habitualmente cocinera.

No es de extrañar que este negocio con 60 años a sus espaldas siga siendo cita obligada de aquellos que visitan el concejo de Castrillón, no hay mejor remate para una jornada playera.

Casa Lin


Casa Lin – Avd. Telares, 3  –  Avilés   Tlf: 985 564 827

Cuando hablo de un restaurante en el que no existe nadie capaz de hablar en primera persona de sus inicios, es sinónimo de calidad en el sentido más amplio de la palabra, un negocio con una historia de 127 no se sostiene en el tiempo sin ofrecer, buena comida, buen servicio y por supuesto buena sidra.

En Casa Lin, llevan desde 1890 siendo el referente chigrero por excelencia de Avilés y ya son unas cuantas generaciones, las que hemos disfrutado de la esencia más pura de la gastronomía asturiana.

A pocos pasos de la estación de ferrocarril, inaugurada el mismo año, en Casa Lin fueron capaces de ver el negocio y las posibilidades que la industrialización atraía a la ciudad. Por aquel entonces, el nuevo servicio ferroviario atraería miles de posibles clientes, en su mayoría hambrientos y sedientos, así que no había mejor lugar para convertirse en puerta de entrada y salida de la Villa del Adelantado.

En esta antigua casona, poco ha variado en más de un siglo y ese es precisamente uno de los encantos del local, la solera, el sentirse como alguno de aquellos emigrantes que llegaron a Asturias para buscar su particular Dorado, o al menos salir de las miserias que una España, mayormente agrícola sumergida, ofrecía en la mayoría del territorio.

En Casa Lin son tan auténticos que aún podemos ver sus suelos llenos de serrín, sin duda una de las características extintas de aquellas sidrerías de antaño. Porque si de sidra hablamos, tienen unos cuantos palos disponibles, algo que también se ha perdido con el transcurrir de los años.

Exteriormente llama la atención una ventana con el género expuesto, marketing a la antigua usanza, porque si del comer hablamos, hemos de reconocer que por la vista es donde empezamos a naguar (salivar). La pequeña terraza cubierta, a modo de patio, con sus dos pilares porticados de madera hace años era un hervidero de gente, hoy en día se ha convertido en reducto de apestados fumadores.

La sidrería cuenta con una extensa barra y dos comedores para “picoteo”, al fondo hayamos el restaurante que aunque mantiene la misma estética, incluidos los manteles de papel, nos aleja del bullicio. Su característica principal, es una réplica de un hórreo, con todos sus elementos arquitectónicos y ornamentales.

En Casa Lin tienen fama sus pescados y mariscos, sin duda, contar con cetárea propia nos garantiza la frescura del producto. Mi visita durante la Semana Santa se centro en un picoteo alejado de la vigília, cualquiera renuncia a una longaniza de Avilés o a un chuletón.

Acompañado de cuatro mujeres me sentí costalero y sobre mi recayó el peso de la comanda y sobre todo del apurar todas las cantidades que el camarero apuntó con escepticismo y esa media sonrisa del “tu verás, advertido quedas de que es mucha comida”.

Comenzamos con unos fabulosos mejillones en salsa picantes, una espectacular docena de zamburiñas con un tamaño considerable y unas parrochas algo pasadas de tamaño.

La mencionada longaniza de Avilés y el chuletón de ternera sembraron la mesa de suspiros y la penitencia de algunas se convirtió en mi particular resurrección. Unos pimientos del Padrón y patatas fritas lo acompañaron a la perfección mientras las botellas vacías de sidra Canal se apilaban.

Obtenido el beneplácito del camarero, sin dejar sitio para el postre, continuamos la procesión por los bares de la ciudad a ritmo de bombos y trompetas.