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Cordero Pibil


Hacía tiempo que le quería meter mano a una de las recetas con más tradición dentro de la gastronomía azteca, se trata de las elaboraciones aztecas. Quizás la mas conocida es la cochinita pibil, en la que usan carne de cerdo, pero este tipo de aliño es perfectamente aplicable a todo tipo de carnes e incluso pescados.

En esta ocasión me he inclinado por el cordero, se sale un poco de lo tradicional y ya sabéis que siempre me gusta dar la nota. La pieza elegida fue una pierna, es mucho más carnosa que una paletilla y puestos a echar horas de cocción y gasto energético, lo mejor era aprovechar el tiempo haciendo una cantidad abundante.

Lo más característico de estas recetas de pibil, es su característico color rojizo. Este color proviene de uno de sus ingredientes principales, el achiote. ¿Que no sabéis aún que es el achiote?, pues aquí os lo voy a descubrir.

Lo encontrareis en un formato prensado que nos recuerda a las pastillas de caldo concentrado, y su manipulación si no os ponéis unos guantes tinta más las manos que cuando se te descarga un boli BIC.

En la wikipedia lo describen como una especia de color rojizo-amarillento de la semilla del arbusto homónimo (cuyo nombre botánico es: Bixa orellana). Otros nombres con los que se conoce a esta especia son achote, bixina, urucú u onoto.

La planta se encuentra en lugares como El Caribe y Suramerica. Sus semillas son pequeñas, rojas y triangulares y de un sabor amargo. En los tiempos de los Mayas ya se utilizaban como colorantes y especia, por ejemplo para colorear el cuerpo en ritos religiosos, y estaba asociada con la lluvia. Se llegaron a utilizar incluso como moneda.

En Europa esta especie no es tan conocida, aunque se utiliza como colorante del queso, por ejemplo para las variantes francesas MimoletteFol Epi y Mamirolle, la danesa BlueNote, las inglesas Shropshire Blue y Cheddar y, en ocasiones, en la holandesa Gouda. También sirve como colorante en helados o salchichas.

Para utilizar el achiote hemos de diluirlo con algún líquido y la receta que he empleado es propia de la cocina yucateca omitiendo la parte en la que se cubre con hoja de plátano, por no disponer de ella, aunque el papel de aluminio cumplió perfectamente su papel de sustituto.

Aunque habitualmente se sirve con unas tortillas de trigo, y yo lo serví de este modo en un segundo uso, para la primera elaboración, decidí acompañarlo de un tabulé porque resultaba muy refrescante para esta época de verano.

Ingredientes:

1 pierna de cordero, 200grs de achiote, 1/2 taza de vinagre blanco, 1/2 taza de zumo de naranja, 2 dientes de ajo, 1 cucharadita de orégano seco, 1 cucharadita de canela en polvo, 1 cucharadita de pimienta negra molida, 1 cucharadita de chile piquín, 1 cucharadita de sal, 1 cucharadita de comino molido, 125grs de manteca de cerdo.

Trituramos todas las especias por separado, resultan mucho más aromaticas si se hace este proceso moliendo los granos en fresco, mejor que comprar las especias ya molidas, un mortero es herramienta imprescindible.

En un bowl grande ponemos el vinagre y el zumo resultante de exprimir dos naranjas, le añadimos los ajos muy picados en brunoise y el resto de especias. Finalmente le incorporamos el achiote en trozos y lo vamos diluyendo con paciencia, al final del proceso, lo mejor es que acabeis mezclando todo con un brazo batidor.

En una fuente colocamos el cordero y embadurnamos por completo con nuestra mezcla, la precintamos con papel film y dejamos reposar en la nevera durante toda la noche.

Como quería que la carne saliese muy tierna, opte por una cocción a baja temperatura en el horno. Ponemos la pierna de cordero en una bandeja, diluimos la manteca de cerdo y la echamos por encima, así como el resto de la mezcla de achiote, cubrimos con papel de aluminio y horneamos a 60º durante 6 horas. Subimos la temperatura del horno a 180º y horneamos por ambas partes durante 30 minutos. Ya tenemos el cordero listo.

Sacamos la pierna y separamos toda la carne del hueso, cortamos en tiras o láminas. Como podéis ver en la foto, la cocción a baja temperatura permite dejar el hueso totalmente limpio. Mezclamos la carne con la salsa y acompañamos con unas tortillas, el citado tabulé, arroz o vuestro acompañamiento preferido.

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Raviolis Trufados de Conejo


La receta que nos ocupa ha tenido base de inspiración en el menú degustación que disfruté en La Botica de Matapozuelos, donde la familia De La Cruz basa su cocina en un concepto de producto de proximidad, nutriéndose de huertos y pinares ribereños.

Trufa, piñones, jugos de caza son algunos de esos productos tan aromáticos como deliciosos con los que he buscado la inspiración, si bien, uno de los toques estrella no he podido emularlo. Se trata de rallar una piña verde a modo de trufa, parmesano…, en aquel caso sobre un lomo de ciervo; no pude conseguir la adecuada y en su lugar he dado el giro efectista de un ahumado de trufa.

Se trata de un plato muy completo donde por primera vez me he atrevido con una pasta fresca. Además se trata de la primera receta que os enseño con una carne como la del conejo, resulta muy saludable por su bajo contenido calórico aunque para ser sincero, una liebre habría sido el ingrediente perfecto.

En lo que respecta al guiso del conejo, es una elaboración bastante parecida a la del la boeuf bourguignon, así que podéis imaginar lo deliciosa que he resultado. Lleva unos toques diferentes en el majado que incluso la mejoran, el uso de las vísceras aporta mucho sabor.

Por lo que se refiere a la pasta fresca es muy sencilla, quizás en mi caso se hizo algo más pesada al no utilizar una maquina para estirarla, el rodillo amasador y cinco pliegues lleva su tiempo.

Finalmente, en mi primer uso con el ahumador que me habían regalado por el cumpleaños, me encontré muy cómodo, resulta muy sencillo y da mucho juego en cuanto a distintas posibilidades con las que aromatizar vuestros platos. Las virutas de madera se pueden impregnar como en este caso, con un aceite de trufa negra, humedecerlas con vino, esencias de jengibre, cardamomo…etc, por mencionar algunas.

Ingredientes:

Para el guiso: 1 conejo, 1 nabo, 1 puerro, 1 chirivía, 2 zanahorias, 1 trozo de napicol, 1 rama de apio, 2 dientes de ajo, 2 cebollas, 2 cucharadas de concentrado de tomate, 1 vaso de vino tinto, 2 cucharadas de harina, una bandeja de champiñones Portobello, unas ramas de romero y tomillo fresco, un puñadito de piñones y otro de pimienta negra, 1 trufa negra, agua, sal y AOVE.

Para la pasta fresca y ahumado: 300grs de harina, 3 huevos, 1 cucharadita de sal, agua, aceite de trufa, un corta raviolis, un ahumador con su campana, virutas de haya.

Como me gusta manipular el producto, compré un conejo entero y una bandeja con 3 muslos puesto que quería hacer abundancia pensando en otras recetas. El conejo estaba muy fresco, se percibe en las vísceras y su troceado no es muy complicado.

Primeramente eliminamos y conservamos toda la grasa, retiramos el hígado y los riñones reservándolos, descartamos el resto de vísceras. Ahora vamos a sacar las partes nobles, patas delanteras y muslos traseros, buscamos por donde doblan para realizar un buen corte. Separamos la cabeza, hacemos dos cortes longitudinales por el espinazo hasta el rabo para sacar los dos lomos, hundimos el cuchillo y separamos el espinazo dejando los dos costillares limpios.

Con el conejo bien limpio y troceado ahora toca preparar un buen caldo concentrado. Para ello rehogaremos en un buen chorro de aceite, tostándolo, la cabeza y espinazo del conejo, junto con el apio, chirivía, zanahorias, nabo y napicol, sazonamos y cuando esté todo bien tostado añadimos agua hasta cubrir dejándolo hervir a fuego fuerte durante 20 minutos.

Aprovechamos la grasa del conejo para tostarla y extraerla en forma líquida, aportará más sabor. Doramos todos los trozos de conejo salpimentados dejándolos que se agarren bien a la sartén, los pasamos a una cacerola y desglasamos con medio vaso de vino.

Cuando el caldo esté listo lo colamos y aprovechamos la zanahoria cocida cortándola en rodajas gruesas. En el bodegón veréis un bote de Bovril, no lo usé porque el caldo me pareció muy concentrado y con mucho sabor.

Pelamos y cortamos las cebollas en juliana, las pochamos en la misma sartén donde doramos el conejo añadiendo un poco más de grasa, cuando casi esté lista le incorporamos la zanahoria, salteamos un par de minutos. Doramos el hígado y los riñones, reservamos.

Picamos en menudo las vísceras, en un mortero machacamos los dientes de ajo cortados en trozos con un poco de AOVE, añadimos el tomillo, integramos, ponemos los piñones y machacamos, añadimos las vísceras y seguimos machacando hasta obtener un paté, incorporamos el tomate concentrado, mezclamos y vertemos en la sartén con la cebolla y zanahoria, integramos y “lavamos” el mortero con un poco de vino añadiéndolo a la sartén, volcamos en la cacerola con el conejo y con el resto de vino terminamos volviendo a desglasar.

A la cacerola le añadimos una rama de romero y un par de cucharadas de harina, removemos bien e incorporamos 1 litro de caldo, ponemos a fuego fuerte en el primer hervor y después bajamos a fuego medio tapando la cacerola durante hora y media.

Limpiamos con un trapo húmedo los champiñones, cortamos en cuartos, salteamos en una sartén con un poco de aceite hasta que pierdan parte del agua y se doren. Incorporamos al guiso.

Transcurrida la hora y media, iremos sacando los trozos de conejo y separaremos los huesos de la carne. Está tan tierno que salen solos, sed meticulosos y que no se os escape ningún huesecillo, resulta muy desagradable en el posterior relleno.

Colamos el caldo y aprovechamos la zanahoria y los champiñones, los picamos muy finos al igual que el conejo, mezclamos y salseamos poco a poco para que la mezcla quede muy jugosa pero sin pasarse o humedecerá mucho la pasta. Reservamos.

Ahora toca meterse con la pasta fresca, en un bowl grande hacemos un cráter con la harina, ponemos la sal, añadimos los huevos en el interior y con un tenedor poco a poco batimos en círculos dejando que se integre la harina poco a poco, una vez que la masa tenga buena consistencia, la volcamos en la encimera espolvoreada con un poco de harina y la trabajamos durante 15 minutos. Ha de quedaros con una textura de culito de bebé, la envolvemos en papel film y dejamos reposar media hora.

Durante este tiempo, aprovechamos para dorar los piñones en una cacerola o sartén sin nada de aceite. Reservamos.

Al no tener la máquina de estirar pasta deberemos estirarla manualmente con el rodillo, partimos la pella en dos dejando una mitad más grande y reservando la otra tapada, cuando esté estirada la doblamos y volvemos a repetir el proceso 5 veces con cada mitad.

En el estirado final la debemos dejar bastante fina, pero sin pasarnos, ha de aguantar el relleno. Con el cortador de raviolis hice unas pequeñas marcas para aprovechar casi toda la superficie, colocamos el relleno, humedecemos con un poco de agua en el dedo entre el relleno, enrollamos en el rodillo la otra parte de pasta estirada y colocamos encima con cuidado, marcamos cada ravioli con el dedo presionando un poco antes de aplicar el troquelador de raviolis.

Cocemos la pasta en abundante agua con un poco de sal durante 5 minutos, el tiempo puede variar en función del grosor. Retiramos a una fuente con agua fría para cortar la cocción, escurrimos y dejamos secar sobre un trapo limpio. Metemos los raviolis en el caldo de conejo a fuego medio para que calienten y tomen sabor mientras laminamos la trufa negra.

Preparamos nuestro ahumador, en este caso añadí aceite de trufa negra de Mykes Gourmet a las virutas de haya, llenamos el receptáculo como si de una pipa se tratara, insertamos la boquilla en la campana.

Montamos el plato colocando tres raviolis, salseamos dejando en base una abundancia de caldo, adornamos con unas hojitas de tomillo, los piñones y la trufa laminada. Colocamos la campana, encendemos el ahumador y el ventilador interno se pone en movimiento, prendemos las virutas con un mechero e inmediatamente se produce la magia, la campana se inunda de humo, dejamos ahumar un par de minutos, sacamos la boquilla y servimos retirando la campana delante del comensal con unos movimientos para que disfrute olfativamente de todos los aromas.

Recomiendo comerlos con cuchara, partiendo el ravioli, remojar y coger un poco de caldo.

Tataki de Bonito, Higos y Mole


La receta que hoy os presento es de esas que salen casi sobre la marcha con un poco de aquí y otro poco de allá. Con lo mucho que me gusta el bonito del norte, este año está siendo raro para mis costumbres veraniegas y no lo he consumido tanto como otros años por ello, antes de marcharme de vacaciones tardías, con tantas cosas que hacer, buscaba una comida sencilla.

Preparar un tataki no os puede llevar más de cinco minutos, sobre todo si tenéis una pescadera profesional, como Isa, que cuando se lo pido en mi supermercado Alimerka, me deja los cortes perfectos para no tener que hacer casi nada.

Tenía la receta más o menos pergeñada, y el mole sería el otro gran protagonista del plato. Cuando haces elaboraciones complejas, sobre todo en tiempo, lo mejor es preparar en abundancia y congelar, así que resulto sencillo tirar del mole congelado.

Si os animáis y conseguís todos los ingredientes esta es mi receta de mole que ya publiqué, pero si os queréis evitar tanto trabajo, podréis encontrar esta elaboración ya hecha en la sección de productos mexicanos de vuestro supermercado.

Cuando fui a comprar el bonito, pasé por la frutería para hacerme con cebolleta y tomate, ambos parte de la elaboración. Allí tenían unos higos y aunque parezcan algo ruines, tenían un sabor muy dulce que combinó a la perfección con el pescado semi crudo para suavizar el picante del mole pero sobre todo de la crema de pimientos del Padrón de una huerta amiga.

El resto de ingredientes, por supuesto aportan sabor pero fundamentalmente han servido para decorar y terminar de montar el plato. La pulpa de tomate, el tallo de la cebolleta, las escamas de bonito seco o katsuobushi y la cebolla encurtida en lima y chile piquín acabaron de redondear un plato de fusión japo-mex.

Ingredientes:

Una rodaja de bonito del norte de unos 3 dedos de grosor, mole, higos, 2 tomates, 1 cebolleta, cebollas encurtida, pimientos del Padrón, katsuobushi, sal y AOVE.

Lo primero será hacer una crema de pimientos del Padrón friéndolos sin que queden chamuscados. Retiramos el rabo y trituramos con la batidora, pasamos por un colador de rejilla para eliminar las pieles y pepitas, salamos y reservamos.

Salamos los “solomillos” de bonito (salen cuatro por rodaja), a fuego fuerte con muy poco aceite los marcamos por todo el contorno, iréis viendo como se hacen los bordes debiendo quedar la parte central sin hacer. Retiramos y cortamos unas rodajas gruesas.

Del tallo verde de la cebolleta sacamos unas rodajas finas, del tomate extraemos la pulpa con una cuchara y con los higos pelados partimos en cuartos para obtener unos gajos.

Ahora sólo queda montar el plato. Yo elegí uno alargado para poner en el centro y a lo largo una generosa cantidad de mole. Montados por una esquina sobre el mole, dos rodajas de bonito recostadas y enfrentadas a cada lado, en el centro una en vertical. Cubrimos huecos con los gajos de higo, el tomate en las esquinas, puntos de crema de pimiento guardando simetría, cebolla encurtida sobre el bonito contrastando con el verde de la cebolleta y rematamos con el katsuobushi aleatoriamente.

Pulp O Fiction


Como ya he comentado alguna vez, visitar restaurantes es una experiencia global que me aporta conocimiento y un sin fin de estímulos más allá del mero placer del comer. Al igual que uno visita El Prado, El Louvre, Guggenheim, Tate Gallery…etc para su deleite pictórico, la visita a restaurantes Michelín supone la máxima expresión del que debería ser considerado el Octavo Arte, sin perjuicio de que en muchas otras pequeñas galerías, museos o restaurantes se exhiban o sirvan magníficas obras.

La visita al MOments de Carme Ruscadella y Raül Balam en Barcelona, con su menú basado en el Septimo Arte, ha sido el estímulo de la receta que hoy nos ocupa. Con los postres llegaba su homenaje a una de mis películas favoritas, Pulp Fiction, y su Batido de $5 resultó delicioso, tan seductor como Mia Wallace.

Aunque la traducción de Pulp Fiction sería aplicable a un tipo de literatura barata, tipo folletin, de mala calidad en su impresión, mi idea no ha ido por esos terrenos. La traducción de pulp es pulpa y a partir de ahí pensé en frutas y vegetales, después me vino el juego de palabras y claramente el pulpo debía ser el ingredientes principal. Por lo que respecta a la ficción, su definición lo deja bastante claro: Cosa, hecho o suceso fingido o inventado, que es producto de la imaginación.

No se que pensareis vosotros, pero a nivel visual es una de mis creaciones más bonitas. Resulta muy minimalista, estética y me transmite delicadeza en cuanto a su aspecto visual; en el terreno gustativo es sutil, refrescante y a la vez compleja en la mezcla de matices dulces, ácidos, picantes, con una impactante variedad de texturas.

Aunque el plato está muy asiatizado, no pierde su parte patria del popular pulpo a la gallega. La patata y el pimentón picante lo he incorporado en unas bolas de patata cocida que he tempurizado, mezclando el pimentón con la harina y el agua.

Ingredientes:

1 tentáculo grueso de pulpo, 1 tomate, 1 pepino, 1 trozo de jengibre fresco, 1 patata, 100ml de leche de coco, 10grs de alga wakame deshidratada, 20grs de maíz tostado, uvas negras, cebolla morada encurtida, pulpa de tamarindo, harina de tempura, pimentón picante, coco rallado, agua, aceite de girasol y sal.

Lo primero que haremos es pelar el jenjibre, cortar en trozos, añadir a la leche de coco e infusionarla a fuego muy suave durante 15 minutos. Pasado este tiempo, la colamos y reservamos en el frigorífico.

Mientras se infusiona la leche remojamos las algas en agua fría, en 5 minutos se habrán rehidratado, eliminar casi toda el agua, triturar y colar hasta obtener una pasta fina.

Trituramos los maizitos en un mortero sin ser demasiado concienzudos, no queremos un polvo demasiado fino. Pelamos las uvas, cortamos por la mitad y extraemos las pepitas. Reservamos.

Pelamos una patata, con un sacabolas extraemos unas cuantas bolas, las cocemos en abundante agua con sal, escurrimos y secamos en papel absorbente.

Mientras cuecen las patatas, con mucho cuidado cortamos el tomate en cuartos y extraemos con una cuchara la pulpa. Con el pepino, lo pelaremos, cortamos a la mitad y con el apoyado le hacemos cuatro cortes dejando un largo rectángulo con su pulpa, cortamos en tacos gruesos y reservamos.

Para la pulpa de tamarindo yo sólo tuve que descongelar un bote, es un proceso largo y tedioso del que ya escribí receta. Os recomiendo hacerla y congelarla, tiene muchas aplicaciones si no os la fundís preparando margaritas a lo loco.

La cebolla encurtida suelo tener un bote, de vez en cuando hago en abundancia. Pelamos y cortamos la cebolla morada en juliana fina, la ponemos en un frasco con chile piquin y el zumo de 3 limas, cerramos, agitamos y refrigeramos cuanto más tiempo mejor.

 

Mezclamos harina de tempura con pimentón picante, hay que ser generoso con el pimentón. Añadimos agua bien fría poco a poco según necesitemos hasta la obtención de una crema densa. Con un palillo largo pinchamos las bolas por la base teniendo cuidado de no atravesarlas por completo, remojamos en la tempura dejando libre la base, giramos el palillo como quien hace una bolita de plastilina con dos dedos para que recuda los excesos. Freímos en el aceite bien fuerte un par de segundos sosteniéndolas con el palillo, colocamos sobre papel absorbente.

El tentáculo de pulpo ya venía cocido así que con la ayuda de un soplete le dí un poco de calor sin llegar a turrarlo. Cortamos en rodajas gruesas.

Con todos los ingredientes listos pasamos al emplatado. Cada cual podrá darle la forma que quiera, pero este plato/bandeja alargado ha funcionado muy bien. Empezamos por colocar una tira de maizitos en el centro, servirá de sustento para el resto de elementos.

Seguí con las bolas de patata, una al centro y otra a cada extremo con un poco de coco rallado. Los huecos empece rellenando en el centro con el tomate y la uva, a cada lado un trozo de pulpo, uno en vertical con la cebolla encurtida y otro en horizontal apoyado sobre el pepino que había anclado con la pasta de wakame, coronamos con una gota grande de pulpa de tamarindo. En la patata del centro abracé la punta del tentáculo.

Se sirve el plato y se acompaña con una jarrita con la leche de coco, que verteremos con cuidado por cada lado, haciendo una línea.

Empanada Gallega de Xoubas (sardinas)


Con motivo de mi visita a Candas para la celebración de la Fiesta de La Sardina, en los días posteriores y tras ese buen sabor de boca que me dejo este sabroso pescado azul, me encapriché y preparé mis propias sardinas a la plancha en casa.

Hacer sardinas a la plancha en casa no es nada recomendable, pero si os gusta el riesgo y estáis dispuestos a perfumar el hogar con un olor que no sacareis en una semana, el grado de satisfacción es igualable al cabreo y quejas de los vecinos.

En mi caso, tengo la fortuna de poder contar con una terraza y puesto que tomar el sol parece misión imposible en este aciago verano, me sirve de ampliación de la cocina. La fabulosa plancha de tres fogones que me regalo mi novia hace un año, no para de darme alegrías, como esta sardinada hogareña.

Podría deciros que se trata de un plato de reciclaje, pero sería mentir, no creo que haya nadie capaz de dejar restos y por ello hice más de la cuenta pensando en esta receta.

Al igual que con la abundancia de sardinas, había preparado unos tomates asados como acompañamiento y hacer unos cuantos más para la empanada, me resolvió dos comidas.

Para completar el relleno hice abundancia de cebolla y pimientos, una parte acompañó la sardinada y otra que piqué bien fina formó parte de la empanada. El conjunto del relleno salió muy sabroso porque hacer las sardinas a la plancha y los tomates asados aporta unos sabores más matizados.

Para una empanada, tan importante como el relleno resulta la masa. Una envoltura mediocre puede arruinar el interior y viceversa. Para un relleno de sardinas o xoubas, como las llaman en Galicia, no me quedaba otra que hacer la típica masa de pan aunque seguro que con una de hojaldre estaría igual de buena.

Cada cual tiene sus gustos y los habrá que prefieran una masa fina, otros una masa gruesa, el mío,  es un equilibrio entre ambas, debe tener cierta esponjosidad pero sin la sensación de comerte una hogaza entera.

Finalmente, habremos de prestar un poco de atención a su decoración, no es cuestión baladí,  la hace mas atractiva y en el caso de las tiendas que hacen muchas de diversos sabores, ayuda a distinguirlas entre si.

ingredientes:

Para la Masa: 500grs de harina de fuerza, 200ml de agua tibia, 100ml de aceite sofrito, 1 ajo, 1 cucharadita de pimentón dulce, 1 cucharadita de sal, y 10grs de levadura fresca.

Para el Relleno: 6 sardinas, 4 tomates, 1 pimiento rojo y otro verde pequeños, 1 cebolla, tomillo fresco, pimienta negra recién molida, AOVE y sal.

Según el orden de procesos que más tiempo llevan, comenzamos por asar los tomates. Con un cuchillo extraemos el corazón, en cada agujero echamos un pellizco generoso de sal, un poco de tomillo recién cortado y un chorro generoso de aceite de oliva virgen extra. En el horno precalentado, a 200º durante una hora, estarán listos nuestros tomates.

Mientras tanto pelamos la cebolla y la cortamos en juliana, limpiamos los pimientos de semillas y los cortamos en tiras. En una sartén con una cucharada de aceite, pochamos la cebolla y los pimientos hasta que estén tiernos.

En una plancha con un poco de aceite, alineamos nuestras sardinas espolvoreamos un poco de sal gorda y esperamos hasta que se hagan durante unos cinco minutos antes de darles la vuelta y terminar de plancharlas por la otra cara. Las limpiamos de vísceras, espinas y cabezas para reservarlas.

Cuando los tomates estén listos, los pelamos y escurrimos los jugos, cortamos en fina brunoise e incorporamos al recipiente donde habremos picado en brunoise la cebolla y los pimientos. Finalmente, picamos las sardinas y las incorporamos al relleno, mezclamos y rectificamos de sal.

Según vayáis disponiendo de tiempo, entre la elaboración del relleno, podéis encajar la preparación de la masa. Como no había añadido ajo, aromaticé el aceite con ajo pero también podréis utilizar el aceite del sofrito para aportar más sabor a la masa. Tan sólo deberéis poner la harina en un bowl amplio, hacer un cráter, rellenar con el agua, aceite, pimentón, sal y la levadura diluida en un poco de agua. Con una cuchara iremos mezclando poco a poco y cuando alcance una buena consistencia la volcamos en la encimera para trabajarla.

Es importante trabajar y amasar bien la masa, 10-15 minutos son suficientes antes de cubrirla con un trapo y dejarla media hora para que la levadura termine de hacer su función. Partimos la bola en dos mitades iguales, una por cada capa, la estiramos bien con el rodillo amasador hasta obtener el grosor adecuado (según gustos).

Colocamos la base y procedemos al relleno, ha de ser abundante y dejar suficiente espacio en los laterales, cubrimos con la tapa que habremos estirado con algo más de tamaño. La masa es poco manejable por superficie, para moverla sin problemas lo mejor es enrollarla en el rodillo e ir desenrollándola con cuidado, tanto en base como en la tapa.

Presionamos por donde termine el relleno y con un cuchillo afilado recortamos y reservamos los sobrantes para obtener una forma perfecta. Para un sellado perfecto y como parte de la decoración, iremos pellizcando y estirando los bordes en tramos de 3-5 centímetros. Le hacemos un agujero en el medio para que haga de chimenea y no se infle la masa.

Con los recortes hacemos unos churros finos que utilizaremos para decorar como más nos guste. En la chimenea yo hice unos muy finos que trencé y uní para hacer un círculo. Batimos un huevo y pincelamos antes de hornear durante 45 minutos en un horno precalentado a 220º.