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Mi Candelita


Mi Candelita – Playa de Bañugues, Gozón     Tlf: 985 883 150

La primera vez que escuché acerca de Mi Candelita, los inputs que entraron directamente en mi cerebro para liberar dopamina fueron #playa, #mar y #arroces. Nada desdeñables si consideramos que quedan cuatro días para el comienzo del verano, aunque no lo parezca.

La siguiente información centraba a Fran Heras como responsable del proyecto así que la cosa no hacía más que mejorar. Los afortunados que vivan en Barcelona aún pueden disfrutar de su magnífico Llamber y de El Chigre 1769, pero la orfandad que sufrimos con su marcha del primigenio restaurante de Avilés, nos ha sido devuelta con un regreso al concejo de Gozón, como el padre que se reencuentra con su hijo dado en adopción.

Y si de hijos hablamos, esta nueva apuesta tiene por nombre el de su hija, una luchadora con una cardiopatía congénita. Un proyecto con mucho corazón que se refleja en su arroz Mi Candelita, donde un euro de cada ración va destinado a la asociación APACI.

Si bien es una zona que suelo frecuentar, la playa de Bañugues no cuenta con mis favores. Con marea baja, como podéis apreciar en las fotos, la zona de baño queda muy alejada, además de tener una zona de pedrero considerable y cantidades ingentes de visitantes.

El antiguo chiringuito tampoco me resultaba atractivo a pesar de tener unas magnificas vistas, los lugares tumultuosos no van conmigo salvo que exista una fuerza mayor que prevalezca. Con Mi Candelita he encontrado esa motivación.

Domingo, día de perros, lluvia y 13º no fueron obstáculo para encontrar un lleno total, preludio de lo que acontecerá a lo largo de este verano. La estampa que nos encontramos resultaba desangelada, el restaurante cuenta con dos amplias áreas al aire libre que tenían recogidas mesas y sillas, aunque es fácil imaginárselas abarrotadas a poco que el tiempo mejores cinco grados.

En el exterior cuenta con dos terrazas atechadas destinadas a comedor. Una “más lujosa”, la diferencia es que está cerrada con estructura de aluminio, puerta automática de cristal, mesas y sillas de madera, suelo cerámico y unas lamparas colgantes; la otra abierta con toldos cortavientos plegables, goza del mismo motivo decorativo de un arbolito y un ventilador de aspas, aunque las sillas y mesas son de aluminio con plástico trenzado, el suelo es un pavimento continuo de cemento impreso e intuyo que con la salvedad de poder fumar, respecto a la otra.

El interior está presidido por una larga barra frente a seis mesas para cuatro comensales cada una, la cocina queda vista y la decoración destaca por el juego asimétrico de listones de maderas de diferentes colores, unas llamativas lámparas y troncos de árbol a modo de esculturas.

Con menos de 24h de reserva tuve la fortuna de encontrar una mesa ganando la partida a alguno que esperaría a ver como amanecía. Nos tocó en la terraza entoldada y para el fresco que hacía os anticipo que los toldos aíslan bastante bien, en ningún momento tuve frío con el jersey puesto.

Muy en la línea moderna actual no existen los manteles ni tan siquiera salvamanteles, personalmente es algo que no me altera en absoluto, hasta me parece más limpio. La bonita vajilla verde turquesa es la que decora nuestra mesa.

Para beber tienen una buena selección de cervezas, alguna asturiana artesanal pero nos decidimos por las exclusivas de Casimiro Mahou, nada que ver con una típica Mahou. Esta selección de cervezas se inspira en la antigua fábrica de papeles pintados Las Maravillas.

La Extra, de color ambar, 7º, 3 maltas y 4 lúpulos que da toques a caramelo por las maltas tostadas y notas cítricas y herbales por los diferentes lúpulos. La de trigo, con un aroma especiado a clavo y afrutados donde predomina el plátano es de sabor dulce a caramelo de miel con toques cítricos, esta cerveza algo turbia de 4,9º resulta muy refrescante y fácil de beber.

Me ha quedado una duda por saber si se sirve sidra natural. No me doy cuenta de ver ninguna botella, pero si no la sirven, les sugeriría que la incluyan, porque para el tipo de comida que ofrecen resulta muy apropiada y hoy en día con los escanciadores automáticos ya no es problema para camareros en cuanto a servicio y limpieza.

Eso si, el agua que sirven está recién filtrada.

La carta no es kilométrica y la elección resulta fácil si logramos dar con el arroz adecuado. En total tienen seis tipos de arroces y utilizan cuatro variedades diferentes de arroz, a saber: Albufera, Gleva, Bahía de L’Estany de Pals y Carnaroli.

La sorpresa y alegría del día fue que los arroces se sirven por ración individual. Se acabó la tiranía de tener que compartir un arroz, se acabaron las discusiones de yo lo quiero meloso y tu seco, por no hablar de cuando uno va sin compañía a un restaurante.

Respecto a los panes os recomiendo el de tomate, muy crujiente, sabroso y gran acompañamiento.

Comenzamos con unas gambitas de Huelva a la brasa. No podían estar más frescas y bien hechas y como veis el pan resulta muy útil.

Lo siguientes fueron unas navajas con escabeche tibio de sidra. Abundante, con mucho sabor, las navajas de muy buen tamaño y el juguillo mezclado con el escabeche, la piscina ideal para hacer barquitos.

Había pedido un pulpo a la brasa con chimichurri marino, pero lo dejaron pendiente para después de los arroces por si era demasiado y finalmente lo anulamos.

Los arroces elegidos fueron un arroz negro meloso con sepia y all i oli de ajo negro. Para este utilizan la variedad Bahía de L’Estany de Pals, de Gerona. Super cremoso, muy negro, excelente.

El otro fue un arroz al horno con pintaroja y papada 100% ibérica para el que utilizan un arroz variedad Gleva con D.O. Valencia. El resultado es un arroz de mar y montaña muy suculento, tanto el pescado como la papada estaban perfectamente cocinados, el arroz suelto, unos agradables garbanzos tipo pedrosillo, patata, tomate y el toque del ajo asado con el que no me pude resistir a ir mezclando.

A los postres volví a revivir un clásico que se ha ido perdiendo en muchos restaurantes, el carrito de los postres. Aquí vienen presentados en una bandeja y el elegido fue el mousse de chocolate relleno de melocotón.

Si al principio os hablaba de la dopamina, cumplida la fase del deseo y una vez hecha realidad, cerramos el circuito de recompensa con una sensación de satisfacción. Aquí es donde aparece la serotonina, que está relacionada con nuestro estado de ánimo y con el deseo de volver a experimentar la sensación.

Por si no os ha quedado claro tanta jerga médica, quizás se entienda mejor que Mi Candelita es un lugar para regresar una y cien veces. Junto con los arroces de Bruno Lomban en su Quince Nudos de Ribadesella, no se me ocurren mejores sitios para disfrutar de diferentes arroces con variedades específicas.

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La Fustariega


La Fustariega – Ctra. de Avilés – Cabo de Peñas  –  Verdicio  Tlf: 985 878 103

Como asiduo visitante a las playas de Verdicio, La Fustariega, ubicada en un pequeño alto, a 9 kms de Luanco, es una de esas sidrerías que no pasan desapercibidas, su especial visibilidad en la carretera que desemboca en el Cabo Peñas convierte su parking  e instalaciones en parada obligatoria ya sea para tomarse una refrescante botella de sidra tras una jornada playera o alejarse de la arena y comer como señores.

Aunque este año ha perdido la distinción Bib Gourmand, este negocio familiar que lleva desde 1998 creciendo sobre los cimientos de apasionados que no tenían vinculación hostelera, sigue siendo uno de esos lugares donde se come bien a precio contenido.

Realizan una cocina tradicional asturiana donde el tratamiento de una buena materia prima nos permite comer pescados y mariscos con buenos puntos de cocción sin olvidarnos del tapeo con el que iniciaron el negocio.

Las instalaciones son muy amplias y su gran parking y zonas ajardinadas nos permiten comer disfrutando de las generosas vistas que ofrece el Mar Cantábrico. Lo que antiguamente era una vieja cuadra se distribuye en tres comedores, el principal, el de la sidrería donde al frente destaca una gran barra alberga 23 mesas tradicionales, los otros dos de 6 y 9 mesas, son más íntimos y por decirlo de alguna manera, nobles, donde poder comer a la carta en mesas vestidas con manteles.

La decoración abunda en elementos rústicos tradicionales del campo, desde garabatos hasta yugos, suelos cerámicos, piedra natural y ladrillo cara vista es la imagen que os encontrareis al atravesar una entrada que simula un hórreo.

Mi artículo se corresponde con la última visita de hace un año, ya iba siendo hora!! pero hay veces que se me quedan en el tintero. Por aquel entonces visitaba a una amiga en el mercadillo de Las Dunas, no había día de playa así que nos acercamos a La Fustariega y tuvimos suerte, conseguimos reservar una mesa en el jardín, el mejor sitio para que los niños pudiesen esparcer.

La comida fue de picoteo, de esas para compartir y por supuesto no pudo faltar el cachopo, un plato que por el concejo de Gozón es un clásico existiendo unos cuantos templos cachopistas, alguno como La Figal ya desaparecido me trae muy buenos recuerdos de juventud así como El Rexidor y Casa Paquín.

Comenzamos con una longaniza de Avilés, unas croquetas variadas de jamón, oricio y centollo, patatas tres salsas, unos buenos calamares y rematamos con el cachopo y hamburguesa para los niños.

De postre una buena tabla de quesos y dos tartas bastante ricas.

La verdad que con estos elementos de juicio no puedo valorar en profundidad la cocina de La Fustariega, me faltan sus platos destacados de cuchara como les fabes o el repollo con almejas y cualquiera de sus pescados, mariscos o carnes rojas.

En plan picoteo todo es muy correcto y me quedo con la abundancia de la longaniza, los buenos calamares y la jugosidad del cachopo además del buen servicio y trato recibido.

El Muelle


Bar El Muelle – Pº del Muelle S/N – Luanco    Tlf:  985 880 035

Si existe un denominador común en cualquier villa o pueblo marinero, es que en estos, alrededor del puerto siempre encontraremos un bar o restaurante que por ubicación entendemos debe tener la mejor materia prima, por cercanía.

Lamentablemente, en muchos caso no es así y precisamente estos lugares se suelen aprovechar en calidad y precios del incauto turista. Lo que para muchos nos supone una ofensa al escuchar en la mesa de al lado “me vas a traer 4 nécoras, unos caracolitos y una botella de sidriña”, para el ávido camarero es sinónimo de ponérsele los ojos como al Tío Gilito con el símbolo del $.

Detesto este tipo de practicas allá donde voy, pero me duele mucho más si se trata de mi región, debería ser todo lo contrario, ofrecer el buen producto a precio normal para que regresen y se traigan hordas en compañía por el buen recuerdo que les supuso su estancia en Asturias.

No tolero una fabada de bote o una merluza congelada, si no es buena para ti con mas razón no se la puedes endosar al que visita tu casa, por muy apurado que estés y falto de despensa, es preferible decir que se ha acabado.

Tendría menos de 10 años pero aún recuerdo un gazpacho en Linares (Jaen), tierra paterna, donde supongo que por nuestro acento norteño nos endingaron el susodicho gazpacho lleno de cubitos de hielo. Al menos si hubiese estado picado, habríamos pensado que era cocina de vanguardia y lo que en realidad comíamos era un granizado de gazpacho.

Volvamos a los puertos marineros y nos quedamos con aquellos que realizan buenas prácticas, como El Muelle.

A partir de la Semana Santa parece que a todos nos empieza a recorrer el ansia de estar en la calle, la primavera la sangre altera y aunque el tiempo siempre es una incógnita, el cuerpo pide oler a mar previendo la pronta llegada del verano y sus vacaciones.

Aunque no soy fan de Luanco, por amistades, a lo largo del año acabo yendo varias veces ya que en su concejo, Gozón, se encuentra una de mis playas preferidas, Verdicio. Luanco es uno de los Marina D’Or de la costa asturiana, ciudad de vacaciones, su población se multiplica por no se cuantos miles y por cercanía se llena de ovetenses y avilesinos que ejercen de Rodríguez a media pensión.

Quizás porque mi veraneos han sido de lo más variopinto recorriendo diferentes localidades españolas, nunca he sentido ese apego a la pandilla del verano y sentirme atrapado en bucle viendo las mismas caras que veo por Oviedo el resto del año, no me resulta nada atractivo.

Quitando mi intrascendente opinión (puede que algunos la compartáis), Luanco es un pueblo bonito y sin duda tiene ambiente. Tiene unos cuantos sitios en los que se come muy bien como El Tormentín, El Guernica, los desaparecidos Casa Nestor y el Chiringuito de Moniello, las pizzas de El Ombu, el brunch de La Playa o un delicioso helado en Hermanos Helio.

En la cuesta del Paseo del Muelle nos encontramos con el bar El Muelle y La Rula, estos dos locales reúnen a mucha gente a cualquier hora, no importa que no encontremos mesa, para tomarse una botella de sidra, un bocadillo de calamares o unas copas, es tradicional sentarse en el murete departiendo con los amigos.

El interior del local es todo menos tranquilo, hay que estar preparados para el bullicio porque el trasiego de gente para pedir en la barra, es constante. Conseguir una mesa en la terraza está más cotizado que un chalet en la Milla de Oro marbellí y una vez que la consigues te haces fuerte e incluso se estila la donación entre diferentes amigos “marchamos en media hora, te la guardo”.

El día de autos, con un sol que no sabía si salir o permanecer escondido, tuvimos suerte y montamos nuestro pequeño fortín. Tras vermutear unas cuantas botellas de sidra, pensamos que mejor que allí, no podríamos encontrar mesa a esas horas en otro sitio, así que le dimos un buen repaso a la carta, con un resultado muy satisfactorio.

Chorizo a la sidra
Ensalada LTC
Parrochas
Chipirones
Calamares
Mejillones
Pulpo a la gallega
Gambas a la plancha
Queso Cabrales

Casa Belarmino


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Casa Belarmino – GO-11 Km11 – Manzaneda    Tlf:  985 880 807

Es mucha la literatura y cinematografía que ha tratado el tema de los viajes en el tiempo en sus diferentes modalidades de regresión al pasado o avanzándonos al futuro, quien me iba a decir que una comida de sábado con amigos se convertiría en el regreso a mi pubertad.

La perspectiva del tiempo torna sentimientos y en mi caso el aislamiento rural de un chico de ciudad en pleno crecimiento que cambió sus primeras salidas a discotecas, su primera cerveza, su primer beso, por un mundo agreste en que comenzaba el día cortando leña para la chimenea, subiendo calderos de carbón para la cocina de chapa o recogiendo manzana aunque fuese intercalado con el hurto de manzanas del vecino, disparando a los gorriones o lanzando flechas hechas con varillas metálicas de paraguas que afilaba en el torno, ahora es recordado con gran añoranza en contraposición al hastío que supuso en aquella época.

Ya ubicados en el presente, aquella etapa en La Goleta (Piloña) me permitió conocer a día de hoy, los auténticos sabores de productos recolectados directamente del árbol, de las hortalizas que con tanto sudor y mimo ayudaba a mi padre a plantar y recoger, de la leche de vaca recién catada, de la mantequilla, bizcochos y galletas que mi madre elaboraba con sus natas y de los manjares de la matanza que proveía algún vecino.

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Los domingos a la hora de la comida tocaba descansar y alternando con diferentes restaurantes de Infiesto, Sevares o incluso Arriondas, a simple cruce de carretera Tinina, mujer del reservado Leandro, nos servía alguna exquisitez casera en el bar-tienda-restaurante. Ese lugar tan entrañable donde lo mismo conseguías unas madreñas, un Phoskito, veías a Lito como tentetieso beberse otro vino o comer un pote de escándalo.

Ubicada a poca distancia del Cabo Peñas, de mi playa de cabecera en Verdicio y a unos 15 minutos de Avilés se encuentra Casa Belarmino o lo que es lo mismo, el déjà vu sensorial narrado con antelación.

A los pies de la carretera de Manzaneda, en un núcleo y entorno rural, una gran casona verde es fácilmente reconocible además de por su cartel, por la banderola de Tabacalera Española que nos indica la presencia de un estanco.

Anexado al frente de fachada nos encontramos con un comedor luminoso que preserva la intimidad con unos estores, un confortable banco corrido sirve de apoyo a un buen número de mesas con sus manteles de hilo bordados y sillas de madera a tono con un suelo de madera que resulta de lo más acogedor.

Casa Belarmino

A la izquierda, una terraza abierta donde poder tomarse el aperitivo o café en días soleados  como el que nos recibía. La preside una pomarada de bonsais, esencia de Asturias, un preludio de la concentración de sabores que estaba por llegar.

Pomarada

Atravesamos una de las puertas y hallamos el bar-tienda-estanco que hace las veces de comedor exclusivo, tan solo un par de mesas para un reducido número de comensales os permitirá vivir experiencias no tan lejanas en el tiempo.

Rodeados de productos de siempre y de un espacio gourmet indicativo del mimo al género, conviven los espirituosos que dan vida al bar con potas y candiles colgados del que las numerosas fotos de reconocidos clientes son testigos mudos del ir y venir de las suculentas raciones que salen de los fogones de Ramona.

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Ramona Menéndez Cuervo pertenece al selecto grupo del Club de Guisanderas de Asturias, guardianas de recetas tradicionales. Son patrimonio de nuestra tierra, que además de su labor meritoria en los fogones tienen también un papel fundamental en la promoción y recuperación de recetas tradicionales de la gastronomía asturiana.

Entrar en una cocina profesional y ver como trabajan me produce casi tanto placer como el comer. Para alguien que también se pone a los fogones de forma amateur, ver el orden, estructuración, limpieza, y calma que en este caso transmitía Ramona mientras le daba a la varilla, me reafirma en el mérito de estas personas en el desempeño de su profesión.

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Mientras y como perfecto anfitrión Juan Luis González Álvarez me va comentando muchos aspectos internos, filosofías y métodos de trabajo que desembocan en una cocina que pretende hacernos recordar aquellos platos de toda la vida. El pesaje de cada ingrediente es plena garantía de que siempre salga el mismo resultado, esos sabores que el cliente va buscando y de los que aunque transcurran años en repetir visita, siempre serán los mismos.

Pequeños matices incontrolables, como el sabor de la leche dependiendo de la estación del año según los pastos están más o menos verdes, la infiltración de grasa en la piel del pitu de caleya, son las únicas variables que se escapan al rigor culinario.

Juan Luis nos acompaña a otro comedor de piedra y ladrillo visto, suelos cerámicos rústicos, presidido por una vinoteca surtida con magníficos caldos que no tiene reparo en comentar, como una botella de la bodega que surtía al Papa Juan Pablo II.

Sin duda tiene don de gentes y resulta muy didáctico, pausado y entusiasta en esa importante labor de guiar al comensal novato. Aceptando sus sugerencias en cuanto a cantidades y con la represión impuesta por el limitado estómago, han quedado unos cuantos platos pendientes para próximas visitas.

Una copa de sidra EM Brut Nature cortesía de la casa nos ayuda a seleccionar la bebida con la que acompañar nuestros platos. Mis amigos a lo suyo, y yo a lo mío, una cerveza artesanal valencia que no había probado, la Altura de Vuelo es muy ligera pero de marcado sabor.

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Comenzamos con su aclamado pastel de puerros, un clásico que no podíamos pasar por alto. De gran suavidad y cremosidad está coronado por un alioli de pan y leche gratinado, lo acompaña un simpático cracker de pan suflado con el nombre impreso.

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Seguimos con una sardina de Avilés marinada en aceite La Niña de Mis Ojos de los gijoneses Osaceite con D.O. Baena, un aceite de gran calidad para consumo en crudo procedente de un primer prensado en frío,  sin filtrar. Se acompaña de un pomodoro secchi italiano.

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Estábamos obligados a degustar las croquetas de compango, en ellas utilizan un compango casero desgrasado procedente de matanza propia, hasta 3 gochos crían al año.

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A la otra croqueta la denominan Bombón Cremoso de Callos, todo un placer para los sentidos que incluso a gente como mi amigo Jorge que le repugnan los callos, se la come y la disfruta.

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Turno de los escalopes de foie gras, realmente deliciosos. Están cocinados a 40º en su interior para que no pierdan su grasa y yacen sobre una sorprendente compota de pera al vino de Ribera del Duero con trozos de naranja confitada.

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Otro plato destacado es su pote de berzas en el que es protagonista indiscutible de su compango, la fariñona. A simple vista podríamos pensar que se trata de una morcilla pero en realidad es un producto típico de los concejos de Carreño y Gozón.

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Elaborada con tocino, cebolla, perejil, orégano, sangre de cerdo y harina de maíz es embutida en tripa de vacuno algo que la diferencia de su “hermana” oriental propia de Ribadesella y Llanes, el emberzao o pantrucu pues esta última sustituye el perejil y orégano por una mezcla de pimentones y se envuelve en hojas de berza que se bridan para dar consistencia.

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Llega el aclamado y esperado arroz con pitu de caleya, ¿que tendrá para ser tan popular?. Lo primero un magnífico producto, sin un buen pitu no hay nada que hacer, si lo intentáis en casa como yo hice en mi receta, no perdáis el tiempo con pollos al uso, no saldrá nada parecido.

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Otra de las claves es servir miles de raciones, tener claras las medidas para que siempre salga igual y por supuesto un buen arroz. Yo ya tengo claro mi podium asturiano de arroces con pitu, situando los 3 al mismo nivel si bien se notan algunas diferencias en el guiso y el punto o clase de arroz. El Molín de Mingo, los que elabora la familia Manzano con Nacho a la cabeza y este del Belarmino.

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Una pena llegar tan forzado al postre y perderse alguna de sus elaboraciones típicas u otras procedentes de colaboraciones con Paco Torreblanca y Miguel Sierra, nos tuvimos que conformar con un café de puchero.

Cuando se está tan a gusto, pasan las horas a la velocidad de minutos y la sobremesa fue de lo más animada escuchando lo mucho que Juan Luis aporta. Casi enlazando con el turno de cenas, por el relax se notaba que al día siguiente comenzaban un periodo vacacional para recargar energías y seguir haciendo las cosas así de bien.

El Horreo


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El Horreo – Carretera As-239, 33449 Antromero- Luanco  Tel: 985 871 470

Recientemente unos amigos hacíamos una reflexión que se encontraba entre un análisis de mercado y grandes dosis de nostalgia, ¿qué fue de las marisquerías?. Con la misma forma exponencial que surgieron las pizzerías, hamburgueserías, …etc. fueron desapareciendo las marisquerías propiamente dichas, aquellos templos del mar que hicieron las delicias de al menos un par de generaciones.

Hablamos de Asturias, nada que ver con la tradición que aún existe en Galicia por tomarla como referente en su máxima expresión. Puede que alguno esté pensando que no se de lo que hablo pues en muchos restaurantes/sidrerías tienen marisco, estimados lectores, tener una cetárea del tamaño de mi acuario con 2 tristes bogavantes esperando sentencia no es de lo que hablamos. Nos referíamos a marisquerías con solera, con tradición, con variedad de producto, con frescura, con rotación, con entusiasmo de los comensales, con precios “populares” según mercado y calidades, lugares donde tomar una botella de sidra con unos bígaros, una andarica (nécora), una buena centolla cargada o una cazuela de almejas a la marinera era tan cotidiano como esas empanadillas congeladas que sirven en algunos bares acompañando el vino, sabíamos distinguir el producto nacional y que ni les ocurriera meternos un francés o quedaban condenados a la guillotina.

Esta claro que los tiempos han cambiado, los oricios ya no se utilizan como abono y ahora hasta se hacen pates con ellos, ¿donde está el equilibrio?. Las capturas incontroladas y la especulación con los precios nos ha llevado a comer aberraciones como las gulas o el surimi e incluso darlas por buenas, la época del Marchica, La Mejillonera e incluso La Gruta pasaron a mejor vida y hoy por hoy esas marisquerías de las que os hablo se cuentan con una mano sobrando dedos.

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A mitad de semana recibo una llamada de un buen amigo y me pregunta si me animo a una mariscada que se esta fraguando en El Horrero para el viernes noche. Juntar mariscada en una misma frase con El Horrero, es sinónimo de ojos que se salen de nuestras órbitas, imposible renunciar y es que tengo comprobado que el marisco en múltiple compañía se disfruta mucho más y libera endorfinas. Otro tema es que realmente sea afrodisíaco, eramos 18 comensales y nadie me hizo proposiciones deshonestas.

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El Horrero se encuentra en el pequeño núcleo rural de Antromero, a 3,5kms de Luanco y nadie que se precie de ser Asturiano puede ignorar su existencia aunque solo haya sido de oídas. Han sido bastantes veces las que lo he visitado y alguna de ellas bastante relevante pues recuerdo que mi cumpleaños de hace dos años lo celebramos allí en familia, precisamente se trata de un restaurante muy familiar donde Richard y sus hijos te hacen sentir muy cómodo.

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Su terraza exterior resulta muy agradable y podemos contemplar la belleza del Mar Cantábrico mientras disfrutamos de lo que nos proveé.

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El Horreo es uno de esos sitios que comentaba antes, no se si es el dedo índice, anular o meñique pero lo que está fuera de toda duda es que reúne todos los requisitos que harán de nuestra visita una experiencia inolvidable pues no solo de marisco vive el hombre y sus pescados y arroces están al mismo nivel de excelencia.

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Disfrutar de una buena comida con seguridad resulta imperativo en los tiempos que corren y privarse de unos buenos caldos de uva o manzana no es aconsejable, por ello conscientes de su lejanía/proximidad con Luanco cuentan con un servicio gratuito de transporte que nos permite olvidarnos de tener que coger el coche. Imagino que sólo será durante el verano, fechas en las que Luanco es un hervidero de veraneantes.

El organizador de la reunión cerró un menú que incluyó hasta una copa, así da gusto, un Me Lo Dan Hecho al cuadrado. Percebes, centollo, calamares, almejas, tacos de bonito, bogavante, lubina y tatin de manzana con helado de yogur fue la composición elegida. Pocas explicaciones requiere lo degustado, máxima calidad con muy buena ejecución así que pasen y vean.

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Aunque ya tenía elaborado el artículo, antes de publicarlo he vuelto con mis padres para celebrar otro cumpleaños más y he sustituido algunas fotos que tienen mejor luz. El contenido el mismo e igual de bueno, nunca pierde el nivel.

Casi en un suspiro ha pasado un año y para celebrar el 1 de agosto de este 2015 he de agradecer que Javi Monreal una vez más cuente conmigo para la “mariscada del verano”. Volvíamos a unirnos a la causa 19 entregados comensales con ganas de pasarlo de escándalo y aunque no nos arrancamos por asturianadas el repertorio de cantares pareció una de las míticas noches de Valpa.

El menú fue muy parecido al del año pasado pero esta vez se vió incrementado con unos fritos de pixin y la lubina fue sustituida por el besugo. La calidad y cantidad propia de una bacanal romana donde las botellas de Fillaboa y sidra se contaron por dos dígitos.

Si me tuviese que quedar con un par de imágenes a parte de la autocensura del cachondeo, son las del tamaño de los percebes y de esta pinza.

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Un año más, aunque fuese con un grupo de amigos diferente, no podía faltar a mi visita estival. Los productos los conocéis de sobra aunque esta vez incluyo un besugo al horno.

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