Nunca Estuvimos Solos


Nunca Estuvimos Solos                           

Hoy se cumple un año desde que nos dejaste. La enfermedad y la negligencia médica, hicieron que emprendieses un nuevo camino, tan indeseado como injusto. Cercenaron tus ilusiones, truncaron cuarenta siete años de feliz matrimonio, dilapidaron la suerte de poder contar en la sociedad con una persona buena y generosa, pero has de saber, allá donde estés, que aunque seamos pocos, tu memoria permanecerá impertérrita.

Con lo puntilloso y perfeccionista que eras, nos sentimos pequeños a la hora de editar y dar formato final a tu segundo libro, una edición impresa tan limitada como gente preocupada has dejado en tu ausencia. Esperamos haberlo hecho tan bien como esposo y padre has sido, aún con los fallos que corresponden a la humanidad.

Prosa, poesía, narrativa se recogen en este libro al que dedicaste tantísimas horas. Personajes y escenografía de ficción en la que tus allegados reconocemos claramente el trasfondo de por y para quién fueron pensados y escritos, porque el 13 de mayo: nació la Rosa, naciste tú…y contigo yo.

Hace dos años, plantaste con tus manos este árbol navideño al que quisimos seguir dando vida, una nueva oportunidad para seguir creciendo y así estamos, intentando sobrellevar tu ausencia, echando raíces y buscando los nuevos brotes que nos permitan avanzar, porque Nunca Estuvimos Solos.

Se que te dará pudor que airee tu manuscrito, pero escribir casi 175.000 palabras, una tras otra, no está al alcance de muchos y por ello me siento orgulloso. Estate tranquilo no son tantos los seguidores del blog y lo que se estila hoy en día es el mundo virtual. Vivir en la nube, tan idílica como efímera y etérea, pero al menos se que unos pocos podremos viajar con tus palabras a cualquier lugar del mundo, ya sea terrenal o celestial.

Tu hijo.

                                                                

 

 

Dedicatoria 

Para Gael, especialmente, porque le fue prometido en el momento en que nació a las 15:05 (UTC+2) del 24 de agosto de 2011. Con entusiasmo y todo el amor del mundo, de su abuelo Juan.

Y para su abuela Pili, una vez más, dado que nunca estará ausente de cuanto proyecto en mi vida. 

Y para quienes siguen creyendo que todavía puedo aportar algo a la suya. Y también para cuantos opinen lo contrario, si los hubiere.

         

1.- Mientras la mar plateaba

 

 Yo te dije, embelesado, mientras la mar comenzaba a cubrirse de abrazos plateados:

      —¿Qué hacemos?

      Y tú dijiste, buscando complicidad en la mirada:

      —Juguemos.

      Entonces, sin demora ni freno, comenzó el juego, el eterno juego de la vida. Hubo un intenso momento de búsquedas alocadas luego de superar los primeros escarceos. Surgieron besos enfebrecidos, tactos deslizándose por el cálido contorno de una piel rezumando esencias y forjada de seda. Llegaron brotes de locura, pasiones desbordadas, cielo y tierra fundidos.

      Y yo, trémulo como la misma mar en tiempo agitado, acerté a decir, despojado de velos:

      —¡Te quiero!

      Y tú respondiste con un profundo y evocador suspiro, permitiendo que el aliento consumara la exaltación sustraída a la noche, a la espera de renovadas oportunidades: más suspiros, otros alientos, emociones nuevas hasta dejar, como ahora, que nuestros cuerpos se perdieran de pura evanescencia.

      El poderoso navío, entretanto, urgido de premura en pos del destino, surcaba las profundas aguas de la noche espantando miedos. Iba acompañado de sirenas y delfines, hermosos cantos, lamentos lejanos escondidos bajo los surcos que iban dejando las olas.

      Y en el cielo, abriéndose paso entre nubarrones, la Luna, esplendorosa y acogedora de cráteres y valles, hermosura dejando luces plateadas en una mar tranquila.

      Y tú dijiste, encandilada por aquella luz, por aquella luna y por aquellos abrazos ya guardados:

      —¡Te quiero! 

Yo no respondí porque estaba suspirando, emocionado. Sumergido permanecía entre recuerdos y anhelos; arrastrado por intensas nostalgias y vehemencias concluyendo en encrucijadas nuevas, en un futuro de ensueños, amor e interminables placeres. El mundo estaba eclipsado, no había otra cosa en él más que tú y yo, fundidos en el mismo propósito, en el mismo fin.

      Mientras tanto, pacíficamente, la mar rielaba y la noche se hizo larga, muy larga, esperando que amaneciera en otros confines, donde volví a preguntarte, ingenuo:

      —¿Qué hacemos? 

2.- Desde la atalaya 

 

Hoy he venido hasta aquí para reencontrarme con la mar. También con parte esencial de mi vida. Llevaba tiempo dando forma al deseo, planificando detalles, argumentando motivaciones que justificaran esta presencia. Detrás, un sugestivo propósito nacido a partir de llamadas tan enigmáticas como profundas: recordar momentos inolvidables vividos en torno a este paisaje de turbulencias y serenidad.

      Con toda la intención, lejos de improvisar, he dejado que el día fuera languideciendo. He pretendido que el encuentro entre espacio y recuerdos tuviera lugar al atardecer, justo porque esos instantes donde la luz se desvanece siguen evocando aquello que busco. ¿Quizás la memoria resistiéndose a olvidar por fidelidad inquebrantable? 

      El día, de este modo, se ha hecho muy largo. Podría decir incluso que infinito acercándose a la desesperación. La lentitud con la que han transcurrido las horas, ha traído consigo estados de ansiedad que me han colocado al borde de echar a andar a destiempo para aliviar los acelerados pálpitos de un corazón desbocándose. Finalmente he conseguido reprimir las urgencias hasta que consideré llegado el momento de iniciar el camino. Sin premura aunque desbordado de entusiasmo.

      Eché a andar al amparo de una fuerza poderosa e invisible. Me acompañaban recuerdos escogidos y buena disposición hacia el objetivo idealizado. Después de un tiempo, ahora sí, volvió a alcanzarme un estado de ansiedad exploradora. La ausencia de apremio tornó a súbitas emociones, instante en que comprendí la cercanía entre ese momento y el ayer añorado, el espacio ínfimo existente entre la vida y los recuerdos agolpándose hasta confundir la realidad con lo imaginario.

      Antes de llegar atravesé un breve bosque de robles cuya edad centenaria di por sabida respondiendo a la envergadura y grosor que presentaban. Y, añadidamente, porque sus portentosas presencias aún viven en mí a pesar del tiempo transcurrido.  Salpicados entre los gigantes, aquí y allá, avellanos asilvestrados han comenzado a convivir en difícil equilibrio en busca de la luz. La bóveda que entre ambos han construido ensombrece y refresca el sendero; bajo un liviano pontón de añejos troncos retorcidos discurre el suave murmullo de un arroyo. El pobre, en su efímera travesía, termina sucumbiendo absorbido por las dunas extendidas hacia la ensenada de oriente, sin alcanzar siquiera a ver la mar, sin alcanzar siquiera un abrazo con olas pleamares bajo el atractivo influjo de la Luna.

      De igual modo he ascendido, con denodado esfuerzo, por escarpadas sendas que han traído presencias añejas, parece que próximas, sin embargo muy lejanas. El encantamiento envolvente del camino, seducción a cuyo tránsito se han añadido evocaciones llegadas de improviso, ha dejado abierto y sin remedio un diáfano mirador a través del cual los recuerdos han tomado protagonismo repentino y anticipado. El mundo, de esta manera, ha comenzado a empequeñecerse, a convertirse por momentos en minúsculo círculo de transparencias donde toda una vida queda al alcance, imágines confundiéndose entre presente y pasado, no obstante mixtura inabarcable.

      En el llamativo intervalo, he comenzado a explorar cada rincón inmediato. Las luces repentinas sobrevenidas a modo de aldabonazo emocional, han ahondando con fuerza en la memoria, esa fiel compañera todavía dispuesta a quedarse. Y mientras lo hacía, cándido refugio de soñadores, la mirada fijaba identidades que siguen permaneciendo imborrables, apariencias vivas de aquella época pretérita preñada de ilusiones, a cuyo encuentro he decidido someterme.

      En tanto que estos acontecimientos sucedían, acaso como resultado de dos fuerzas contrapuestas sumando fatiga, ha surgido una repentina extenuación que me ha obligado a sentarme sin demora. También con el fin de neutralizar el loco trasiego de emociones que ha venido a visitarme con desaforo, sin duda para hacerme comprender que el mundo es infinitamente más grande que la infinitud de mi propio universo.

      Lo hice sobre un manto de hojarasca, recostándome en el talud del camino y al abrigo de un claro, dejando que la serenidad me alcanzara. Aproveché para cerrar los ojos y en mis ensoñaciones acabé por no saber si el momento que vivía era presente o me había anclado en el pasado: he aquí la fuerza de la seducción onírica, capaz de transmutar realidades en sueños y sueños en realidades imposibles.

      Superada la interrupción, tan inquietante como placentera, y aparcadas a su vez las emociones en confines manejables del cerebro, continué la ascensión que habría de traerme hasta la atalaya donde ahora me encuentro en relajado y absorto sosiego. No sin esfuerzo, he de confesarlo. La senda, en su inagotable serpenteo, aparenta estar más empinada, quizá una percepción benévola para justificar algunas diferencias vitales entre entonces y hoy.

      Con todo, fruto de casualidad o providencia, vino en ese instante a socorrerme un hallazgo. Se trató de una gruesa rama de avellano de cinco palmos aproximados, ya curtida, que los vientos otoñales o alguien descuidado habían puesto a mi alcance. Agradecí de veras la oportuna presencia y con su ayuda, a modo de bastón de apoyo, conseguí culminar la ascensión al collado. Lo hice con bastantes resuellos e inevitables muestras denunciando que la vida ha transcurrido nutriendo huellas indelebles, unas para atesorar, otras, sin embargo, para dejar constancia del tiempo socavando energías.

      El logro de culminar la ascensión ha sido gratificante después de los muchos años cumplidos desde que lo hiciera por última vez. Superadas las dificultades, antaño sometidas a pura liviandad, la brisa del mar llegó de inmediato a mí; me abrazó, recorrió el cuerpo inundándolo de sabores y secó la frente perlada. Noté esa frescura de alivio, entorné los párpados, abrí los sentidos y desde la lejanía dejé que me penetraran los murmullos de las olas rompiendo bajo los profundos acantilados, pertinaces y cautivadoras, coros acoplados sin desaliento. En ese estado un tanto hipnótico y embriagador donde la mar, de alguna forma diabólica y subrepticia, estaba poseyéndome, respiré profundamente, una, dos, tres veces, a fin de enfrentarme a la realidad física de cuanto tenía al alcance.

      Seguía de pie acompañándome de susurros. Eran extraños cantos sin procedencia, llamándome. Y de pie, en una primera percepción de simple contacto, alcancé a verla hasta donde su lámina azulada se perdía en el horizonte, hasta los confines donde su curvatura comienza a intuirse, esa línea mágica cargada a la vez de inseguridades y zozobras.

      Verdes seguían también los prados. Como siempre en esta época, alejada ya la siega y el estío y cualquier bullicio propio de su tiempo. No perdí más el mío e inicié, apoyando la cadencia de los pasos en mi recién adquirido bastón de mando, el suave y prolongado declive que llega a esta atalaya, magnífica y solemne, con la disposición de enamorarme de nuevo. 

Aquí estoy contemplando la mar, embebiéndome de añoranzas sobre la tupida hierba que baja a estos límites. Nada ha cambiado en lo aparente. Todo sigue igual, salvo el marcado sendero que dirige a este lugar de ensueño, confín de tierra ahora buscado por otras gentes con derecho a enamorarse como antaño hice yo, como seguirá haciéndose hasta que el mundo se apague o el amor sucumba a mercancía de mero intercambio.

      La quebrada línea de costa permanece invariable en su escarpado recorrido. Agreste y peligrosa, mantiene el sello de sólo apta para jóvenes alcanzados de temeridad o locura buscando el final de sus días. Allá a la izquierda sigue varada la recóndita playa de finísima arena, concha de nácares y cuarcitas donde vienen a descansar náufragos y amantes.

      Más allá, perdiéndose en la próxima lejanía, aún emergen vestigios inhiestos del viejo faro. No puedo olvidar esta torre luminosa de las noches, cuyo castillo fortificado fue abatido no por galernas ni olas, sino por desidia y obsolescencia, forma infame de morir impuesta por gentes hieráticas y lejanas. ¡El faro! Qué paraje idílico y qué vivos recuerdos surgen en estos instantes al vislumbrar su ruina, qué tristeza desprenden sus difusas formas comparadas con el esplendor mientras reinó iluminando destinos. Y a mayor gloria de su existencia, cobijando promesas, esquivos besos y amores apasionados que iniciaban el tránsito del camino.

      Al amparo de sus muros, al amparo de sus sombras, siempre refugiando, siempre uniendo, territorio del faro sin nombre, esculpí yo con cándida paciencia un corazón, una fecha y un nombre. Allí debe seguir hundida la enseña apasionada, imposible de abatir por vientos y temporales, sobre la ceremoniosa roca donde se cimentaba la tapia protectora de encuentros furtivos; allí también, perdidas en el cielo, la misma luna y estrellas que iluminaron aquel grabado de proyectos infinitos mientras tomaba vida propia, mientras algunas palabras comprometiendo amor eterno volaron sin quererlo, usurpadas por la suave brisa de poniente.

      Cierro de nuevo los ojos para ver mejor aquellos instantes. Me traslado de urgencia, en un soplo, junto a la torre vigía donde germinaron pasiones y propósitos, donde siguen guardándose recuerdos y sueños imborrables. No espero otro encuentro que con la soledad y desde las piedras de la muralla en ruinas, abatidas unas y alzadas majestuosas otras resistiéndose a sucumbir, junto a la roca grabada que concluye asomándose al acantilado, surge una cálida llamada invitándome a pasar.

      En aquél territorio de añoranzas sigo yo después de tantos años, sonriente, juvenil y en actitud pletórica. Escucho la llamada, reconociéndome al instante. Corro al encuentro y abrazo a mi propia sombra, momento en que pierdo el equilibrio hasta caer, cual piedra del muro acometida por una poderosa ráfaga de viento, delante de un grabado reconocible que todavía guarda un corazón, una fecha y un nombre. Siento escalofríos lacerantes, abro los ojos, lentamente, lentamente, y contemplo cómo el sol, buscando ya la línea del horizonte, me está deslumbrando con sus rayos oblicuos y rojizos, un manojo de relámpagos multicolores y cegadores con el que desaparecieron faro y sombra, trayéndome de nuevo junto a la realidad de la hierba que me acoge.

      No puedo evitar el recuerdo de los momentos vividos por estos parajes. Sigo diciendo que son de ensueño, próximos al mejor paraíso imaginable. Me llegan atropelladamente, empujándose, queriendo ser los primeros en manifestarse. Trato de ponerlos en orden y se niegan a aceptar cualquier instrucción que suponga someterse a normas, así que decido dejarlos a su voluntad para que surjan según les venga, a capricho y aunque luego cueste procesarlos. 

      Entretanto, el sol va poniéndose. Ha venido a declinar sin pausa dejando en la lejanía un cielo de elevadas nubes lenticulares de increíbles y fantasmagóricas formas, presagio de vientos que habrán de llegar. El cielo y algunos cúmulos han ido conformando colores nuevos según avanzaba hacia el crepúsculo: amarillos, anaranjados, violeta, escarlata, un universo sugerente y embriagador para los sentidos. Se está, afortunada presencia, ante la mágica, provocadora y enardeciente imagen que pintores, músicos y poetas tratan de condensar en lienzos, partituras o versos, la esencia misma de esa magia vívida no siempre a nuestro alcance porque no siempre nuestras posibilidades pueden plasmar semejante estado de grandeza.

      La mar, en la distancia, aparenta serenidad mirada desde esta atalaya. A lo lejos, sin otra referencia que obligarse a aguzar con profundidad la vista, se aprecian no obstante algunos rizos espumosos, de manera que no está encalmada como finge, probablemente iniciando una de sus acostumbradas metamorfosis para decir que sigue dispuesta a sorprendernos.

      Sopla la brisa, ligera y estimulante. Todavía es agradable, y si bien el agua no alcanza los niveles a que estos acantilados están acostumbrados durante los violentos temporales del norte, se percibe la ronroneante rotura de las olas ascendiendo contra la áspera roca degradada, abrazada, a través de milenios. Llega su sonido hasta mí. Una y otra vez, cadencioso, inundando estas praderías donde la hierba, en su limitada altura otoñal, consigue mecerse al compás de esa brisa aduladora que arrastra a su paso densos perfumes llegados desde la frondosidad marina. Y salobres, un sabor inolvidable traído del almacén de los recuerdos para inyectarle nuevas esencias. 

      Ha comenzado el agua a tornarse de vivos colores conforme los rayos han ido iluminándola. Desde el azul radiante del día, reflejo de un cielo añil siempre añorado, se ha ido transmutando acompasándose al declive natural de la luz. Ahora mismo, cuando comienza su ocaso, las aguas se han enrojecido, intenso sofoco de enamorados, tal parece que cielo y líquido estuvieran fundiéndose en un único espacio para protegerse de cualquier desquiciado quebranto.

      A mi espalda y ambos lados, completan el cuadro praderas de verdes intensos que vienen a sumarse al juego para componer una sinfonía de colores de olvido imposible. Por encima del collado, lejos, sobresalen elevadas montañas con el enfebrecido color rojo que cae de soslayo desde el cielo, allá por poniente. La arena de la playa recóndita, que ha visto tantos anocheceres y escarceos, concha de nácares y cuarcitas durante los días soleados produciendo rayos deslumbrantes, brillan en este momento al sol atenuado de la tarde, luces postreras, pálidos diamantes que comienzan a apagarse. Y a adormecerse a la sombra del precipicio esperando el resplandor de la luna.

      Recuerdo que en aquella delicada arena, días de sentimientos profundos, estuve yo buscando la soledad. Mientras lo hacía esperaba a que nacieran las estrellas y esperaba también a que las olas llegaran cercanas a mis pies yéndose al encuentro de los acantilados, eternos amantes suyos. 

      La gran estrella, adormeciéndose definitivamente, se esconde, inmensa esfera de fuego que comienza a iluminar allende los mares. Aquí se desvanece, deja rayos carmesí postreros hundiéndose en las procelosas aguas de la lejanía; los cúmulos llaman a la fantasía, jirones desprendidos del cielo construyen figuras sobrecogedoras, alados caballos, misteriosos platillos voladores, diablos y guerreros, hadas anunciando que llega la noche, avanzadilla de otras promesas, quizá de otros sueños.

      Se está disipando la luz del día. Cesa el espectáculo y yo continúo aquí, en la atalaya donde el mundo se ha detenido, recuerdos varados en esta orilla de la vida. Vienen a acompañarme, raudas, otras evocaciones y con ellas siento cómo esa vida me ha gratificado, ilusiones cumplidas, avatares superados, un mundo construido a partir del amor cimentado en la huella profunda dejada en la piedra del viejo faro, del viejo faro al que nunca quisimos poner nombre.

      Permanezco un tiempo impreciso contemplando cuanto me rodea, deseo irrefrenable de eternizar el instante si pudiera. Trato de absorber las últimas luces crepusculares y sus colores, de acoger los últimos sonidos, de sentir el frescor y tersura de la hierba húmeda, de oler apresuradamente los aromas de la tierra y de la mar para dejarlos guardados. Y trato de saborear el dulce regusto de todo ello para no olvidar que en este rincón del mundo, un día, se abrió la vida a multitud de placeres, alegrías, deseos y desvelos. Para no olvidar, así viviera acercándome a la eternidad, que en este lugar se abrió la vida al amor, con tal fuerza y engarces que hicieron de él un sentimiento indestructible.   

En la línea del horizonte veo cómo se desplaza en perfecta sincronía un grupo de aves. Quizá sean gaviotas, acaso cormoranes regresando de la ardua tarea de cada jornada. No oigo sus voces, no siento su vuelo, no puedo tocarlas, siquiera acercarme a ellas; cruzan el espacio a lo lejos dejándose iluminar por el testimonio mortecino de un sol ya perdido, siluetas de libertad yendo donde en un soplo yo quisiera.

      Transportándome varias veces al encuentro de otras acogidas, me pongo en pie buscando apoyo, suavemente, en el rústico cayado de avellano de cinco palmos. Trato de evitar su rotura, todavía ha de protegerme; trato de preservarlo, aún le esperan otras manos y destinos nuevos, quién sabe dónde. Miro alrededor y contemplo la soledad. Y con ella me sumerjo en cuantas compañías me acogen en este preciso instante. 

      Cierro una vez más los ojos y veo de nuevo el faro resplandeciente, inmaculada blancura, ajeno a cualquier tiniebla. Respiro con tal profundidad que dejo sin aire cuanto me rodea. Absorbo todos los recuerdos que es como absorber toda la existencia hasta entonces vivida; paseo por los años transcurridos con sus exaltaciones, recorro espacios y secuencias, visualizo el trayecto con imágines que van sobreponiéndose a velocidades de vértigo y cuando llega la última me trae justamente aquí, que es principio y final de un todo.

      Abro los sentidos, despierto, y la noche se ha echado encima. Trae sus propias cosas, su propio tiempo, su propia y sugerente vida, abriendo la ventana para que surjan nuevos días.

      Asoman en el firmamento las primeras estrellas, la luna está escondida. Miro finalmente hacia la mar y con una leve sonrisa de complacencia, no sé de dónde ha salido, emprendo el regreso siguiendo la ascensión del camino. Al llegar al punto donde comienza el sendero serpenteante que ha de llevarme al breve bosque de robles y al arroyo, referencia de otras ensoñaciones, siento una inquietante presencia.

      Giro el cuerpo, a mi derecha, y observo un resplandor deslumbrante que antes no había. Intento rehacerme ante la sorpresa y cuando acabo comprendiendo qué pasa, alborozándome, compruebo que estás junto a mí, que no has dejado de hacerlo desde que inicié el camino y acabé sentándome en la atalaya. No tengo freno, te abrazo con emoción e intensidad desbordada, al filo de alcanzar la locura; contemplo tus ojos seductores, absorbo las chispas destellantes de tu mirada, beso tus labios y me traen mieles, también la sal de la brisa marina; te miro ahora sin sorpresa, rodeo tu cintura, huelo tu piel intensamente perfumada, esencias de espliego; te llamo por aquel nombre esculpido en la roca y respondes a mi pasión. Me recreo en tu sonrisa abierta y en la mirada desplegada de emociones, rayos de vida compitiendo con las estrellas. Eres tú, si, mi luz, mi vida. Sí, soy yo, tu luz, tu vida, el otro nombre esculpido en la roca del faro. 

      Vuelve a deslumbrarnos. Está allí, a lo lejos, solemne y níveo al borde del acantilado, todavía alzándose al cielo, todavía inhiesto y vivo, como nosotros, siempre juntos… porque nunca estuvimos solos.

 

3.- Montesión   

                                                                        

1.El monasterio (La realidad apreciada)                  

 El Monasterio de Montesión se encuentra al borde de la ruina técnica. Triste estampa la suya, ajado testigo del paso del tiempo cuando las construcciones se dejan al arbitrio demoledor de su fuerza. Ha llegado hasta aquí presentando un aspecto declinante, lejos de cualquier metáfora y del esplendor y poderío que tuvo en el pasado.

      Aledaño al Castillo de Salvatierra y a escasa legua de la ciudad de Cazorla, al monasterio le acecha la muerte, sin remedio. Con respiración asistida y alimentándose exclusivamente de agua que a su vez va devorándole, nadie parece estar en verdadera disposición de librarlo de la miseria que a cada instante viene a acechar el derrumbamiento súbito del conjunto. O, cuando menos, parte del mismo dada la distinta capacidad mecánica de los materiales con que está construido.

      Así lleva décadas, resistiendo protegido por una pléyade de hadas madrinas y fuerzas celestiales que apuntalan sus quebradas bóvedas y achaques. Próximo aunque impreciso el fin de sus días, se mantiene en pie de puro milagro, esperando el momento en que dejará tras de sí historia y leyendas de una vida intensa acercándose a cuatro siglos. Eso aparenta, si bien todavía ninguna autoridad ni funcionario ha decretado o firmado el parte de defunción para clausurarlo en previsión de cualquier desgracia. Así pues, permanece en modo de inquietante vigilia para que bien la piqueta o la naturaleza terminen el trabajo que esta última, aliada del tiempo, lleva ejecutando en su inquebrantable y silenciosa labor de zapa.

      Representantes terrenales de las hadas consiguieron en la segunda mitad del siglo pasado frenar el deterioro progresivo del edificio. Antes lo habían dejado a su suerte los pocos monjes que allí ejercían el santo fin de sus vidas. Pero el alivio sólo afectó a parte muy escasa dado el alcance del problema: a la vista queda la evidencia de la ruina, sin que ésta pueda esconderse por mucho interés o escapismo que se ponga en el escenario.

      En defensa del patrimonio histórico y cultural, ciudadanos de Cazorla tomaron conciencia de aquella necesidad, agrupándose en una Junta para la Reconstrucción de Montesión. Con el movimiento puesto en marcha, poderoso y cargado de buena intencionalidad, se construyó un trípode.

      La confluencia de intereses dio como resultado la asunción de un reto. Por una parte, que algunos monjes fueran llamados por la Orden para retornar a su recogimiento eremita con sus tradicionales labores de estudio y austeridad, añadiendo la expresa misión de trabajar sin desmayo en la consolidación de las partes más deterioradas del monasterio. De otro lado, el propio Ayuntamiento, propietario a la sazón de todo aquello, contribuyendo al sostén, si bien más adelante pudo constatarse que lo hizo sin entusiasmo ni medios parejos a la dimensión del problema. Y la Junta, convertida en eje impulsor, tratando de recaudar dinero a fin de que no decayeran compromisos y ánimos.  

      No dejó de ser un parche aunque oportuno. Muchos proyectos, mucho protagonismo voluntarioso y figurativo y pocos cuartos; mucha lengua prometiendo lo imposible, el oro y el moro, y pocas realidades que enseguida fueron diluyéndose según los monjes tiraban la toalla, enfermaban o morían físicamente en el intento arrastrados por la edad. Ocurrencias de cara a la galería, todas las imaginables para mantener encendida la hoguera de las inquietudes… Quizás también de las vanidades. Por parte municipal se trasladó al mundo que seguían preocupados por su patrimonio histórico, de tal suerte que amparándose en esa voluntad se estudiaba seriamente la iniciativa de instalar allí un emblemático establecimiento hotelero para potenciar turismo de nivel y empleo permanente de calidad.

      A estas alturas, nada ha vuelto a saberse de la iluminada iniciativa. Es posible que el proyecto pudiera deberse a inquietudes políticas admirables, bienintencionadas e incluso sustentadas en procedimientos ortodoxos, aunque cargadas de excesiva fantasía. Acaso al contrario, por calenturas en noches de verano con dos copas de más —Aunque fueran de agua; un empacho.

      No debe olvidarse —conviene recordarlo de vez en cuando— que entonces se vivían tiempos gloriosos. Eran años de bonanza en que el dinero entraba a chorros en las arcas municipales mediante impuestos y subvenciones de índole diversa; a veces, por urgencias, sin saber en qué ni cómo gastarlo. Ahora, con el grifo seco por la crisis y el paro, y la Unión Europea harta de comportamientos manirrotos, cuando no corruptos, no cabe esperanza alguna de destinar siquiera un euro para retejar la capilla. Mucho menos para restaurar frescos, celdas, paramentos e instalaciones básicas ajustadas a exigencias del momento. Y aun menos gastarse dinerales en abrir una hostería rural y construir la nada despreciable carretera de alta montaña, de doble dirección, para el acceso rodado al lugar.

      Habrá de reconocerse que la propuesta, si realmente alguna vez tuvo virtualidad para llevarse adelante, era un envite demasiado costoso amparado en alegrías desbordadas. Costoso y desproporcionado para un edificio al borde de la ruina, semihundido en un barranco y con riesgo de infrautilización dado el lugar y la sobreoferta del entorno. A pesar de la belleza del paraje. A pesar de la historia del edificio. A pesar de los pesares.

      Y si no, pregúntese: ¿qué le está pasando a la Villa Turística de San Isicio, en su día promovida con dinero público para potenciar el turismo interior? ¿Qué utilización media tiene un equipamiento de esa envergadura y qué futuro incierto le espera?      

 El edificio del Monasterio de Montesión tiene sus orígenes formales en 1625. Es probable que antes de esa fecha, hacia finales del siglo XVI aunque no datado con solvencia, se hubieran iniciado trabajos de asentamiento del mismo a raíz de la aparición que allí tuvo lugar ante San Julián Ferrer.

      Con su dilatada longevidad, ha visto pasar muchos acontecimientos. Y a través de sus moradores, los monjes ermitaños del Desierto de Montesión de San Pablo y San Antonio Abad, conoce bien a las gentes de Cazorla y sus aledaños. Sin embargo, éstas no parece que durante tan extensa trayectoria hayan tenido reciprocidad relevante: en su inmensa mayoría, ni siquiera una vez han subido a reclinarse ante la Señora del lugar. Se han perdido así, por ingratas, la posibilidad de contemplar la imaginería de bella talla sometida a enclaustramiento forzoso para aplicarse al fervor patrimonial de un puñado de hombres empeñados en conseguir un pedazo de cielo.

      Según testimonios verosímiles, el monasterio ha vivido ajeno a devoción significativa por parte del pueblo. Incluso a pesar de la aparición de la Virgen —a quien dijo que se le había aparecido— en el lugar donde se encuentra. Este sólo hecho, por cuanto tiene de contenido religioso y crédula disposición de las muchedumbres para agarrarse a un clavo ardiendo en beneficio de sostener una fe inquebrantable, bastaría para que allí hubiera peregrinación permanente. Pero no, nunca ha ocurrido tal cosa.

      El desafecto no deja lugar a dudas. Encuéstese a los habitantes de cualquier edad si conocen que el último domingo de septiembre, en torno al monasterio, hay una romería donde los monjes sacan en procesión a la Virgen. ¿Cuántos han estado allí alguna vez?  

      ¿Qué ha generado esa apatía, esa frialdad mostrada a pesar del respeto que siempre han sentido hacia los monjes por su trabajo sacrificado y labor espiritual? No existe ninguna referencia digna que explique las razones o circunstancias que vienen motivando el desapego.

      Quedará especular.

      Cabría pensar que fue por saturación. Cabría decirse que las gentes ya tenían cubierto el espacio religioso con los santos y vírgenes puestos a su alcance para rezar y sostenerlos en pie. Pudiera ser también que no habiendo realizado otro milagro más que el de su aparición, terminaran por no darle mayor credibilidad. Y acaso tampoco sería descabellado intuir que las dificultades de ascender hasta el paraje hayan echado para atrás a demasiados visitantes, hasta el punto de tenerla en un plano muy secundario.

      El cúmulo de circunstancias y la presunción que conllevan, pudieran ser las causantes del escaso cariño y devoción mostrados, tales pueden ser los efectos nocivos surgidos de la distancia y el distanciamiento. En paralelo, no es asunto menor para justificar la extrañeza el hecho de los intervalos de tiempo muerto en que el monasterio ha permanecido cerrado, fuera de todo cuidado y de todo culto, de manera que la falta de continuidad en las celebraciones ha podido acentuar el olvido o la desmotivación. O ambas cosas a la vez.

      A mayor abundancia de causas, bien mirado, pudiera ser que los monjes, con su advocación posesiva, terminaron por ‘secuestrar’ a la Virgen. Y al hacerlo con tal vehemencia la dejaron fuera del conocimiento extensivo, no ya del pueblo llano sino también de las gentes notables, siempre cautelosas ante los eremitas aunque frente a la galería mostraran respeto por su labor.

      Este hecho histórico, este sentimiento de posesión cuasi exclusiva, podría haber dado origen al alejamiento popular. De igual modo explicaría que la puntual procesión de finales de septiembre nunca haya sido suficiente para arrastrar pasiones ni romper la tendencia del olvido. O cerca del olvido para ser justos y equidistantes. Si a ello se añade la escasa publicidad institucional y religiosa, así como el ámbito exiguo de la procesión, porque limitadas son las posibilidades por donde puede airearse talla, corona y vestimentas, puede que se encuentren algunas de las respuestas que justifican el desafecto. Al menos el desafecto emocional.

 No todo habrían de ser desdichas o desatinos. Afortunadamente. La creación de asociaciones y plataformas civiles que intentan recuperar o no perder tradiciones culturales, religiosas o costumbrismos, así como mantener la vitalidad y decoro del patrimonio histórico, están permitiendo en muchos lugares que se tome conciencia social de esas realidades. Los movimientos cívicos, en este particular sentido, son de agradecer y no han de dejar indiferente a nadie siempre que detrás de ellos —fundadores o mandatarios— no existan intereses espurios o carezcan de independencia política.  

      La Asociación Montesión de Amigos del Patrimonio surgió en Cazorla. Una más en el inmenso listado de las repartidas por la geografía del mundo, cada cual con sus peculiaridades y proyectos, intenta consolidar sus fundamentos. Se trata de un grupo de gentes inquietas y especialmente preocupadas, entre otras cuestiones, en que el Monasterio de Montesión no se venga abajo como viene amenazando. Así lo pregonan con el voluntarismo propio de quienes esperan soluciones a sus inquietudes y esfuerzos, lo que ennoblece su labor. En ocasiones impagable.

      Cuestión aparte serán los logros, siempre sometidos a vicisitudes. Entre ellas la escasez de recursos, sin olvidar la posible incomprensión o ingratitud al trabajo realizado y el desaliento que suele sobrevenir a semejante injusticia.

      Será deseable, no obstante, que la labor de estas asociaciones sea fructífera en beneficio del colectivo y sus predicados. Con el éxito, parece indudable que se estará ante una sólida razón para que prosperen otros ánimos, otras iniciativas de naturaleza análoga, de tal forma que la sociedad en general logre, en última instancia, preservar todo tipo de valores culturales puestos en peligro. De igual manera y al encuentro de honradez y equilibrio, sólo queda esperar la inexistencia de intereses distintos a los reseñados como objetivo estatutario de tales asociaciones. ¿Puede imaginarse otra alternativa para obtener respeto y credibilidad?

      El patrimonio cazorlense merece mucho respeto por su importancia. Y mucho esfuerzo para preservarlo. Los emblemas históricos llevan demasiados años descuidándose, especialmente su limpieza. ¿Es posible que buena parte de la población haya entrado en un proceso degenerativo y sea incapaz de darse cuenta de la importancia que tiene ese patrimonio, el cual asolan de mala manera? ¿Las autoridades municipales, del mismo color político desde hace treinta y seis años, no están en condiciones de corregir esos desmanes incívicos? ¿La sociedad en conjunto no es consciente de cuánto futuro hay en juego dejando que los patrimonios vayan degenerándose o perdiéndose? 

      Así pues, bienvenidos sean los grupos sociales que tengan por objetivo cubrir esas y otras deficiencias. Y bienvenido que con su trabajo alcancen capacidad suficiente para movilizar conciencias a fin de lograr la recuperación de cuanto culturalmente corre riesgo de perderse. Y bienvenidos como punta de lanza denunciando apatías o desmanes, con la autoridad moral de quien con desinterés económico presta un servicio encomiable destinado a todos.

      En beneficio del Monasterio de Montesión, algo se ha logrado a pesar del estado de calamidad en que se encuentra. Quizá sin ellos, lo que hoy está cerca de la ruina técnica ya habría devenido a certeza física. Habrá de agradecerse.

      Al menos momentáneamente hay atisbos de esperanza. De todos modos, siendo objetivos, no puede perderse de vista el estado real del edificio: no podrá salvarse so pena de inyectar mucho dinero en su consolidación, lo que con seguridad no estará en manos de los voluntariosos mensajeros de las hadas madrinas. Por mucho esfuerzo ejercido, estarán ante un problema de orden mayor, y bueno será asumirlo pronto —si no está hecho ya— para no defraudar ni frustrarse. Mientras tanto, vayan poniéndose trabajo e ilusiones para al menos alcanzar parte de los objetivos.

      Sea como fuere, milagrosamente, el monasterio sigue en pie cuando desde hace bastantes años ya se daba por perdido. Quizá por escasa fe; por escasa fe en las personas, en la ciencia del trabajo bien hecho y en lo inescrutable.

      En cuanto a la última romería, la de septiembre de 2014, han conseguido darle un impulso. La Asociación, el Ayuntamiento, algunas gentes nostálgicas y los exiguos restos que han quedado del Desierto de Montesión y Orden de Ermitaños de San Pablo y San Antonio Abad, han logrado potenciar ese proyecto religioso tan limitado como alejado de las gentes. Se trata de un empujoncito, tampoco conviene lanzar demasiadas campanas al vuelo. De momento, sólo una, la que le queda a la escueta torre del monasterio después de los muchos saqueos a que fue sometido en el transcurso de su historia.

      Con los años, el camino de herradura para acceder al lugar y luego poder continuar hacia la profundidad de la sierra, ha podido abrirse al tráfico. Al menos a un tráfico rudimentario. Ha sido posible gracias al abnegado esfuerzo de los últimos monjes acogidos a la Orden, así como por apoyos puntuales de gentes socializadas en el empeño de ayudar, o por otras simplemente interesadas en poder transitarlo sobre cuatro ruedas.

      Sigue siendo un camino para cabras, ovejas, pastores y arrieros montaraces —nadie se lleve a engaño—, aunque ahora transitable para vehículos todoterreno o suicidas jugándose el coche y la vida. Tal es la pendiente, estrechez e inseguridad de la calzada: sin posibilidad de cruzarse en ella salvo con riesgo severo de despeñarse o que al vehículo le nacieran alas. Imposible, ni siquiera echándole al depósito el isotónico Red Bull en lugar de gasolina. 

      La posibilidad de llegar en coche hasta la explanada del conjunto de cipreses próximos a la portería del monasterio, es un añadido relevante. A pesar del apuro de subir y bajar en condiciones no exentas de peligro, esta aportación ha permitido que el distanciamiento mental de las gentes se acorte. Montesión ya no queda tan lejos. La Virgen tampoco.

      Al menos últimamente, si se quieren emociones fuertes, puede evitarse el sacrificio de salvar a pie el camino. Pero con la inconveniencia de perderse la intensidad de la ascensión, la satisfacción del esfuerzo, la eliminación de toxinas y las vistas magníficas que a cada poco van abriéndose ante el viajero: ahora la campiña, ahora huertos y olivos, ahora los pinos; a cada paso la explosiva esencia del espliego, a cada instante la brisa rozando la frente perlada; el sol, el agua o la nieve azotando al cuerpo para advertirle de que sigue vivo.

      La dinámica de reconciliación entre el pueblo y el monasterio está tomando un cierto aire. Escaso, muy escaso, pero aire después de todo, después de tan largo encalmado. Y aire, ya sabemos, es vida aunque haya de mantenerse con respirador mecánico.

      Ya hay carteles anunciadores de la procesión, modernos emisarios públicos sin necesidad de heraldos ni trovadores. En ellos se pide ayuda y colaboración para que la ruina no continúe, en ellos se retrata la semblanza pacífica y humilde del último eremita llamando a la caridad. Allí reza también que habrá misa justamente a mediodía.

 El gran momento ha llegado. La cita esperada, un año donde trabajo e ilusiones van a convertirse en realidad perceptible para el propio gozo, está a punto de materializarse. Y para el disfrute de otros, igualmente satisfactorio porque acreditará que las cosas se han hecho con cierto éxito y decencia. Algunos han rezado para alcanzar este momento, otros han confiado la suerte al sacrificio personal y buen hacer durante meses. Entre unos y otros, algo importante han logrado: al menos la fiesta no estará pasada por agua.

      La ceremonia litúrgica ha concluido en la reducida capilla. En ella todavía se mantienen pinturas al freso en bóvedas y paredes, alusivas a la pasión de Cristo y otras muchas de orden figurativo. Todo está dispuesto. No han sido pocos los madrugadores para prevenir los últimos detalles a fin de garantizar el premio del esfuerzo: la recuperación de una fiesta cuya identidad se resisten a perder.

      Ya salen en procesión no más de cien romeros. Niños incluidos que exclaman ¡vivas!; mujeres que cantan a la Virgen recién salida de su altar, un par de guitarras son rasgadas; entre seis y ocho hombres según las dificultades, que de cuando en cuando van turnándose, la transportan sobre angarillas; adornada está de flores, rosas blancas a sus pies, luce la Virgen sus mejores galas; salen todos del recinto amurallado y caminan por los andurriales con la dificultad propia del quebrado y sus pendientes sofocantes.

      La reata continúa, siguen los cantos, siguen los ¡vivas!; un sacerdote de blanco impoluto, el oficiante, va en la comitiva; el único monje, guardián renqueante por el peso de los años y sus muchos ayunos, se adelanta o le sigue. Todos van en desordenada armonía, contándose sus cosas, riendo si cabe, contemplando el paisaje; la Virgen va a lo suyo, la mirada de solemnidad, perdida.

      Descansan de tanto en tanto para que los porteadores respiren en libertad. No hay hombres viejos, tampoco beatas de oscuros sayos. Enfilan hacia el soto de los cipreses, lo traspasan y comienzan a descender el camino, tal parece que intentan alcanzar el valle; acaso quieren encontrarse con San Isicio, pasando antes por la huerta exuberante del Peñón, nogales centenarios ensanchan su sombra, tragaluces de arabescos cambiantes adornándose en el caz de aguas montaraces y frías.

      Siguen la marcha descendente en deslavazada comitiva. El calor aprieta, bien atrás ha quedado el mediodía y el estío resistiéndose a ser desplazado. Y a la vuelta de una curva aparece, imponente y temible, el Castillo de las Cinco Esquinas; moros abyectos, raptores de jóvenes cristianas despeñándose en sacrificio antes de ser ultrajadas. Enfrentados a la mole de Salvatierra, allí se queda un buen rato el séquito, tomando resuello. Se hacen fotografías, junto al cura van siempre las mismas mujeres, dándole coba, acaso confesando pecados veniales, quizá sonsacándole alguna travesura, en su mayoría aún son jóvenes, de sesenta para arriba ninguna.

      Los hombres giran las andas y dándose media vuelta enfocan el retorno. Los críos se entretienen correteando y lanzando más ¡vivas! ¡Viva la Virgen de Montesión! —dicen sin demasiado arrebato, autómatas a quienes se han puesto pilas y dicho que de vez en cuando lancen su grito de guerra para contagiar emociones—. Y las gentes repiten a coro ¡viva la Virgen de Montesión!

      Se animan entre sí viendo qué tienen por delante. El camino de ascenso, con ser el mismo, es más duro, no ha de tornarse a llano así estén en procesión. Las paradas se acrecientan, los romeros se espacian, cada cual a su aire; los pañuelos ya chorrean, los abanicos multicolores, airosos, cortan el aire;la Virgen se bambolea. No hay un solo árbol en el camino, sólo intensos aromas; los primeros cipreses de la explanada, en una tierra hozada por jabalíes y sembrada de hormigueros de voraces hormigas irritadas, todavía están lejanos.

      La penosa ascensión encalma el entusiasmo. Ahora el reto es llegar al destino, mejor hacerlo con sosiego. Incluso la talla de la virgen parece cansada. No hay vítores, la cháchara ha cesado, los cuerpos se resienten, brilla por ausencia el viento, el calor pega de plano e inmisericorde va dejando huella. Finalmente llegan los primeros, ansiosos por ocupar la sombra protectora y el ligero frescor que la ampara, son los más jóvenes; llegan los porteadores sofocados y beben. Se espera a los rezagados, una mayoría; todos beben lo que tienen a mano, congratulándose durante el descanso de haber logrado la hazaña de alcanzar la loma en aquellas condiciones y en aquella hora tardía en pleno cénit.

      Juntos y ya recuperados reemprenden la marcha. Comienzan el descenso hacia la capilla con sumo cuidado por las dificultades, transitan de nuevo la senda de cipreses muy viejos con su vieja sombra; se enfrentan los porteadores a la respetable portalada maciza de burdeos tintada, sobre el arco de medio punto luce la piedra dorada de una hornacina vacía. Aún permanecen vestigios de su rica talla, encima de ella los restos de un antiguo tejadillo protector de la escultura que allí hubo hasta que la violentaron. Tras  no pocas maniobras ya medidas de ocasiones anteriores, entra de espaldas la Virgen coronada hasta quedar donde ha permanecido sin moverse desde el año pasado.

      La procesión ha concluido, sólo hay que esperar 31.449.600 segundos de nada, una fruslería, un soplo en la vida: el año que viene, si el monasterio sigue en pie, cosa que no dudan, se prometen sumar más romeros, más grandeza, más espectáculo y bailes. La Virgen y Montesión merecen más brillo.

      Bronce por ningún lado, la solitaria campana tañe airosa, enloquecida. El viento, imperceptible brisa, termina por llevarse el tañido, vagan un tiempo al albur las ondas para concluir perdiéndose entre pinos y olivos. A lo lejos, alguien con buen oído se pregunta: ¿qué pasa por allí arriba?

      En la ardua tarea comprometida, hombres y mujeres, sellan su conjura dándole a ésta un contravalor etimológico. No será un complot contra nada instituido, sino rebeldía ante la resignación de no recuperar como merecen el Monasterio, la Virgen de Montesión y su Romería. Sí, conjurados quedaron, las manos estrechadas, abrazos y besos estampados, la palabra empeñada, el tiempo por delante dictará sentencia. Como siempre. Como en todo cuanto acometemos en nuestras vidas: lucha y resultados.

      Después de estos lances las gentes se han desperdigado. Grupos aislados y reducidos o grupos nutridos, se acomodan bajo alguna sombra para la comida campestre preparada con tanta ilusión, con tanto esmero. En los coches ha permanecido a buen recaudo. Una cerveza fresca, ahora mismo sacada de la neverilla, resulta una bendición caída del cielo. El filete empanado también, la tortilla no digamos, qué decir del melón y la sandía. Surgen cánticos nuevos, la Virgen de Montesión ya ha tenido los suyos. Comen, ríen, gozan. Ahora los romeros viven la otra parte de la romería y meditan sobre la felicidad que sienten o sobre el placer de vivir días como este aunque les devoren las hormigas. 

      No hubo más de cien romeros. Esa es la pujanza de la audiencia, ése el tirón que tiene la Virgen a pesar de esfuerzos tan intensos y prolongados. Se está haciendo una labor de recuperación, mas habrá de convenirse que falta entidad, que falta devoción, que falta mayor calado para penetrar en la piel de una sociedad que ahora supera ampliamente los siete mil habitantes. El problema radica en que incluso cuando a mitad del siglo pasado la población era prácticamente el doble de la actual, con los condicionantes de estar menos instruida, y por tanto más influenciable, los tiempos no fueron mejores.   

 La trayectoria del Monasterio de Montesión es larga. Dentro de poco alcanzará cuatro siglos. En sus buenos tiempos de esplendor y prestigio llegó a albergar a más de medio centenar de hombres cultos dedicados a la divina causa de sus creencias religiosas. Y con ellas, dispuestos a sacrificarse a través del trabajo, el desprendimiento mundano, la oración y la humildad.

      En fin, ermitaños organizados procurando alcanzar un diminuto pedazo de cielo a través de un tránsito terrenal cargado de carencias materiales.

      Desde su construcción en 1625, el monasterio ha vivido ajeno al mundo. Siguiendo los preceptos de la Orden, sus habitantes quedaron sujetos al aislamiento de su peculiar Desierto y por lógica tutela y obediencia, lejos de cualquier posibilidad secular. Incluso en buena medida han vivido ajenos al contacto con gentes próximas, sólo lo imprescindible para cubrir necesidades básicas y cumplir con reglas esenciales de decencia, doctrina y educación, sin ninguna intencionalidad proselitista. «Buenos días», «vaya usted con Dios», «que Dios os guarde». Si acaso, preguntando por caridad si había algo para echar en las alforjas, tales fueron siempre las estrecheces, la penuria de sus ingresos y la parquedad productiva de su huerto, construido sobre un peñascal de rocas calizas y nunca dimensionado para alimentar a gentes por encima de la cincuentena.

     Cazorla siempre ha tenido a los monjes de Montesión en buena estima. Su presencia cargada de humildad, sin ninguna ostentación de riqueza, más bien pobres solemnes a los que socorrer, ha calado tradicionalmente entre sus gentes. Y entre todas, por pura identificación, con quienes vivían del duro trabajo del campo, tan desposeídos como ellos mismos. Tenían no obstante una perdición obsesiva: cuanto ingresaban contante y sonante, de aquí y de allá, ingeniándoselas como buenos mercaderes, se iba directamente destinado a conservar el edificio, agrandarlo y embellecerlo para gloria de Dios y de Nª Sª la Virgen de Montesión, su enseña.

      Lo decían solemnemente, sin disimulo ni miedos. Así lo pregonaban todos, no parece que se estuviera ante ninguna impostura. Desde luego, no existe constancia de que alguien saliera rico del monasterio. Se antoja imposible, demasiado miedo al infierno para jugárselo por vanidad o codicia.   

      Nunca han dado mucho que hablar, tampoco guerra para tenerlos como enemigos o gentes mal vistas. Estaban allí arriba perdidos rezándole a Dios y hechos unos harapientos aunque con dignidad: qué mal podía achacárseles si no hacían daño a nadie. Se decía que eran unos santos varones, aunque en realidad nadie llegó a conocer con fundamento qué se cocinaba entre sus paredes, qué secretos guardaban si realmente existía alguno. Habladurías, de todos modos, nunca faltaron también sin fundamento, un hecho consustancial con la maledicencia humana. A qué engañarse, no hay forma de sacudirse ciertas predisposiciones emocionales cuando se trata de buscarle las cosquillas a quienes tenemos a nuestro lado. 

      Todavía resuenan en la memoria de muchos la reata de acémilas que en días señalados partían desde la Plaza Vieja hacia Montesión, su última parada para abrevar y tomarse un respiro. Aparte de lo recogido en anales, las caballerías y sus alforjas iban colmadas de pertrechos, enseres y alimentos capaces de satisfacer o complementar las necesidades primarias de aquellos hombres enclaustrados. Entre lo mercado y lo obtenido por dádivas tendrían para una temporada. Ésa era su lucha. Ése era su sino y acomodados a él vivían sintiéndose fieles al voto de pobreza y a la entrega de su fe.

      Aun parcos en palabras y lisonjas, no perdían la oportunidad de saludar a quienes se cruzaban en el camino. Allá por donde pasaban con sus humildes sayos blancos, coronados de casulla con capucha a base de un elemental paño marrón oscuro, se hacían querer. La obtención de caridad exigía, cuando menos, buena cara aunque ya la llevaran innata consigo. No había en sus ropas ornamento ni bordado, pero sí había siempre una sonrisa de satisfacción, de buen ánimo y buen deseo. Y las gentes, generosas a pesar de sus propias limitaciones, les aportaban con buena voluntad lo que podían.

      Con su aspecto de bonhomía y espartanas sandalias dejando a la vista los pies desnudos y encallecidos, arreaban a asnos y mulas. Era un espectáculo ver y oír a las esforzadas bestias repiqueteando con sus cascos sobre las piedras desgastadas de las calles, enfilando el Camino de San Isicio para luego torcer a la izquierda, en La Pedriza, en busca de la dura ascensión al monasterio. 

Antonio Rodríguez Roldán es el único ermitaño que queda del Desierto de Montesión. El hermano Antonio, como se le conoce, es un hombre enjuto y sencillo, nacido en la provincia de Granada y curtido en la batalla de obligarse a mantener en pie el monasterio. Viéndole ahora, sigue siendo la imagen de un paso atrás en el tiempo. No obstante, justo por su condición de último monje del reducto, a la fuerza lleva años viviendo un protagonismo que con seguridad nunca ha buscado.

      Fallecido el Padre Juan en 1999, postrero abad responsable de mantener activada la vida monástica, la Orden se extinguió. Él y sus limitados acólitos, después del regreso en los años setenta del siglo pasado para recuperarlo del abandono y ruina en que había caído, siguieron haciendo lo imposible para evitar su derrumbamiento. Tanto fue el trabajo, así como algunos apoyos, que a partir de ese tiempo el edificio recobró cierto esplendor dentro de la austeridad y escasez de medios a los que siempre ha estado sometido.

      Sin refuerzos posibles por la constante pérdida de vocaciones espirituales, aún menos debido a los sacrificios que se inflingían los propios eremitas, se lo llevó por delante la ancianidad. Pero no sólo los años, también el duro trabajo que estos hombres de acero seguían imprimiéndose, flagelos incluidos.

      No existía futuro, no había jóvenes dispuestos a seguir con la dura tarea trasnochada, un comportamiento alcanzado por la obsolescencia, fuera del tiempo nuevo que tocaba vivir. Así fue que la Orden, ya de limitadísima relevancia, sin savia nueva y sin recursos, presentó un ‘ERE de extinción’ y lo poco que tenían, hombres y peculio, pasaron a la tutela de San Francisco. Ocurrió la absorción justo a comienzos de este siglo, dando por concluidos 375 años de vida. El Desierto de Montesión de Cazorla, desde el punto de vista formal, pasó a mejor vida. Pero quedaba el monasterio junto al cerro de Salvatierra.          

      El hermano Antonio solicitó la exención en el proceso. Quizás habría de decirse que de buenas maneras se negó a integrarse en la Orden de San Francisco, con rica sede e iglesia en la ciudad. Allí se custodia el lienzo dedicado al Cristo del Consuelo, la verdadera enseña religiosa que cada año por septiembre se pasea bajo palio con excepcional devoción. El ermitaño, a media jornada reconvertido a urbanita dada la escasa actividad monacal, debió argüir que en Montesión había una Virgen venerada, una historia obligada a mantenerse viva, un edificio a conservar con la ayuda de gentes dispuestas a hacerlo y unas tradiciones que no debían perderse.

      Así pues, la sensatez exigía preservar el trabajo de tantos años. Y él, humildemente, era el hombre para hacerlo posible mientras Dios le diera fuerzas. Ilusión y entrega nunca le habían faltado, era inmensamente rico en esos bienes.

      Concebida así la situación, la dispensa el monje y a partir de entonces ha dedicado sus días a ese esfuerzo supremo. En exclusividad y en solitario, revindicando el sacrificio, la fe y el voto de pobreza. Ahora, con setenta y cuatro años, está achacoso, cojea y tiene los andares bamboleantes, fruto quizás de algunos problemas óseos o reumáticos. O de ambos a la vez.

      Salvadas causas inevitables y sirviéndose de un palo rudimentario, quizá una raíz a modo de báculo curvado, ha subido a Montesión cada día. En su soledad errante, ha cuidado de lo mucho que había de cuidar y ha mantenido el fuego sagrado para que la casa no se viniera abajo. Es un héroe de carne y hueso con vestimenta sin relumbrón, pobre de solemnidad, abnegado y popular, de actitud condescendiente, beatífica en grado sumo, y una enseña personal dejando testimonio de la dureza de su tránsito terrenal: debido a las muchas inclemencias padecidas yendo y viniendo de su particular desierto, próxima al ébano si se descuida, tiene envejecida y tostada la piel que alcanza a vérsele. Parece un monje africano, o cuando menos un hombre de sangre cruzada. 

      La labor que estaba llevando a cabo, apoyada por miembros de Montesión de Amigos del Patrimonio, ha trascendido a las gentes, a los medios de comunicación y a blogueros más o menos profesionales. Y a los turistas, siempre vivamente interesados en encontrarse con el personaje para extraer parte de su esencia. Algunos, además, por las emociones que destila hablar con un ser humano que lucha en soledad por los menesteres que tiene asumidos, modelo a seguir del que quisieran tomar ejemplo. Pero, después de todo, sin atreverse a dar el primer paso.

      De una manera u otra, el hermano Antonio es muy conocido. Fotos, vídeos y apariciones en reportajes y blogs lo han alzado más allá de donde su propia condición y filosofía espiritual debía situarlo. Es una estrella aun a su pesar y le gusta la labor de cicerone exigida por las muchas entrevistas que le requieren. Siempre aparece dando muestras de gozo por la labor de sostén que sigue llevando a cabo, su gran obra personal, la entrega que le abrirá directamente las puertas del cielo. Ya no puede sustraerse a esa realidad, las circunstancias le han superado de un modo u otro. A partir de aquí sólo le queda que la popularidad resulte beneficiosa para los objetivos perseguidos.

      Después de todo, debe decirse que nada malo hay en su comportamiento si consigue que la Virgen y el Monasterio se salven del olvido. ¿Puede haber mejor servicio a Dios? —se preguntará—. Ningún esfuerzo, ninguna dedicación en este sentido, será bastante para lograr tan alta meta, un desafío que Él, acaso también los hombres de buena fe, sabrán valorar y premiar. Eso debe pensar, eso debe creer que ocurrirá finalmente. 

«D.O.M.

BQV MARIAE DE MONTESION B PAVLO PRIMO EREMITE MAGNO PATRAE DE SANIVLIO FERRER PRESB. EREMO HVIVS SER EREMI FVNDATORE FERE ESTRVCTAE. AÑO 1625»

«A la Bienaventurada Virgen María de Montesión y al bienaventurado Pablo primer ermitaño y gran padre de San Julián Ferrer Presbítero ermitaño fundador de este sagrado retiro. Se construyó en el año 1625».*  Abraham López, 2007. ‘El olvidado Monasterio de Montesión’

Así están recogidos los orígenes de Montesión en su entrada más antigua, fachada pétrea mirando al sur, a través de la cual se accede a la capilla y demás partes nobles del conjunto.

      Con la explícita reseña grabada sobre piedra embebida en varias capas postreras de yesos encalados, no parece que existan dudas sobre la antigüedad. Tampoco qué llevó a construir la edificación primigenia sobre el roquedal donde se asienta, un espacio escarpado aprovechando el fuerte declive del terreno, de modo que  prácticamente queda ocultado a la vista cuando se llega por el camino que viene de Cazorla. Allí tuvo la aparición Julián Ferrer y allí debía perpetuarse la obra, sometida con los años a múltiples ampliaciones aunque siempre dentro de límites de suma austeridad. Sólo hace falta verla ahora para darse cuenta de la mesura de esos límites territoriales y la ausencia de ostentaciones.

      Desde cualquier perspectiva que pueda mirarse, todo indica que nunca hubo delirios de grandeza en el proyecto. Parece que la intencionalidad quedó constreñida a atender la exaltación religiosa con las exigencias y ornamentos debidos al culto, aunque sin excesos indignos capaces de herir a gentes alcanzadas por la pobreza. Y junto a ello, la necesidad de encerrarse entre cuatro paredes    exentas de bienestar para responder a la llamada de la fe con la particular visión de ermitaños entregados a aislarse del mundo. En ocasiones un mundo oscuro. Pero ésa, admítase, ha de ser necesariamente otra historia, sobre la cual mucho se fabulará si te animas a seguir.

      Sobre este proceso y este sentimiento, así como las creencias derivadas de aquella iluminación milagrosa, será cuestión aparte y cada cual con sus tribulaciones quede. Ahora bien, aceptando de antemano que tan respetable puede ser la opción de creer en lo inescrutable como disentir de semejante predicado porque la fe esté basada en hechos empíricos. Es más, en esa línea conductual habría de afirmarse que sólo seremos verdaderamente libres si aceptamos que nadie está en posesión de verdades absolutas; si acaso, estarán más cerca de la sustancia quienes soportan su entendimiento en la constatación de realidades tangibles, donde física y química tienen las únicas claves de la vida en su materialidad. De la vida y de la muerte. Lo demás, simples cuestiones de intelecto, inculcación, aprendizaje y sabiduría natural. 

      En fin, váyase a otro escenario para dar continuidad al relato: el monasterio no ha carecido de avatares. Con ellos, los sucesos han ido transformando o modelando su propia historia hasta presentarla según puede verse o vivirse ahora, fruto de un proceso consustancial común con el devenir de los años, qué decir tratándose de siglos.

      Desde luego, nada extremadamente anormal hay en tan dilatado camino. Tratándose de un espacioso compás temporal donde los pueblos han vivido profundas transformaciones sociales, culturales, religiosas y económicas, el monasterio no habría de quedar exento de ellas. Aun con todas las carencias y adversidades, la fe de los monjes al servicio que habían de prestar a Dios, intransmutable, ha sido el motor que durante cuatro siglos ha movido energía y sacrificio suficientes para poder sobrevivir frente a todo pronóstico según avanzaban tiempos nuevos. La pobreza y desprendimiento impuestos a sus monjes por la Orden de San Pablo y San Antonio Abad ha dado más longevidad de la presumible, especialmente a partir del momento en que la propiedad quedó afectada por la desamortización impulsada por Mendizábal.

      Como tantas otras propiedades eclesiásticas, el Monasterio de Montesión quedó sometido a las leyes expropiatorias promulgadas en 1837. En todo caso, atendiendo al uso que se estaba dando al edificio, no fue hasta bien avanzado ese siglo XIX cuando se aplicaron o hicieron efectivas aquellas disposiciones. Hasta entonces, los monjes y la Orden se fueron apañando para que su casa gozara de cierta dignidad, con especial dedicación a la capilla, su santo y seña y lugar en el que pusieron gran parte del esfuerzo económico y creativo. Lo demás, pura evanescencia, la vida llevada a los límites del sacrificio y del desprendimiento: el horizonte, subsistir añadiendo mayor fe a través precisamente de la entrega absoluta.

      Hubo añadidos y siguió dominando la ortodoxia de la austeridad. El principio nunca fue perdido, al margen de algún despropósito decorativo en la bóveda que cubre el coro de la capilla. De este modo, salvados la nobleza de los frentes sur y oeste, a base de sólidos cimientos sobre la roca natural y revestimientos de piedra, el resto de la construcción es modesta, incluso diríase que rudimentaria, lo cual ha hecho más dificultosa su conservación. De ahí el estado peligroso en que se halla ahora parte del edificio a pesar de cuantos trabajos de emergencia se han ejecutados para apuntalar su estructura, tratando de mantenerlo en pie unos años más. Parches, aunque bien mirado parches que han cumplido el objetivo, si bien éste haya sido de mínimos.

      El interior del edificio, en la actualidad, no puede ser más espartano siguiendo principios fundacionales de la Orden. Cuatro muebles de relieve, cuatro sillas, cuatro bancos, algunos cuadros y fotografías diseminados sin mayor orden por las paredes y carentes de valor material (uno, sorprendentemente, de Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei tan lejano a la filosofía ermitaña, con sus muchos oropeles y grandezas, aunque de igual modo alcanzado por la santidad, aquí en un santiamén); cuatro faroles, cuatro cántaros, cuatro cazos, cuatro enseres. Y muchas cruces, y muchos manuscritos en las paredes llamando a la oración y a la sencillez, amenazantes también. Y poco más.

      Abandonadas las celdas al uso, a excepción de la que sigue ocupando el último eremita cuando por alguna razón excepcional ha de quedarse allí, aunque sea para echar la siesta contemplativa, todo lo que resta es reducción a casi la nada. Únicamente la sala capitular y la capilla, así como la chimenea de la cocina, atestiguan una presencia de acogimiento y uso. Calor de hogar. Lo demás, un desierto, un arrumbamiento y alguna sorpresa en las catacumbas para recordar que detrás de la muerte seguimos siendo materia aun careciendo de todo sentir, de toda capacidad para retornar. 

AVERTE OCULOS TUOS NE VIDEAN VANITATEM

Aparta tus ojos –  No miren la vanidad

HERMANO

Una de dos, o callar, o hablar de Dios

SILENCIO

Hasta de las palabras ociosas se nos pedirá cuenta, según el Santo Evangelio

+

Los que están en el infierno

allá no pensaron ir;

tú que imitas sus costumbres

¿en qué piensas? – ¡Ay de ti!

CLAUSURA

(Por si no tuvieran poca los monjes estando allí)

BEATI QUI NON VIDERVM ET CREDIDERVNT

Bienaventurados los que no vieron y creyeron

SINANT LUNBI VESTRI PREVECI LUCERNA E IN MAMBUS VESTRI

Estén vuestras cinturas ceñidas y las candelas encendidas  en vuestras manos

… caridad para las obras de este santo

Monasterio de Montesión

(Al pie de una escultura de la Virgen)

SAN JUAN  –  SAN ANTONIO  –  SAN PABLO  –  SAN HILARIÓN

Bautista                 Abad                    Ermitaño               Ermitaño

      Y así, en continuada sucesión, llamando apocalípticamente a cuidarse muy bien de no sucumbir a los placeres y riquezas de la vida. Desde luego, tampoco a las tentaciones de la carne. Sobre el dintel de la puerta de cada celda, talladas éstas con buen oficio de maestros antiguos, una sencilla cruz. Cruces por todos lados: grandes, pequeñas, ínfimas, de madera, talladas, de simples palos cogidos al azar, de forja, dibujadas en las paredes, sobre el pecho, bajo el alma. Vida monacal y disciplinada, camastros de paja o borra, ¿qué otra cosa cabía esperar?

      Y cada viernes, hasta no hace mucho, empuñando el flagelo para castigarse y apagar tormentos, para sentirse más cerca de Dios y de su obra en este valle de lágrimas.

      ¡Viva la Virgen de Montesión!

      ¿Mas qué hace San Josémaría Escrivá de Balaguer bien enmarcado colgado en la pared? ¿Acaso tiene Montesión y su Orden algo que ver con la muestra de soberbia, dispendio y grandeza que el santo mandó construir en Torreciudad? ¿Quién lo puede entender sino desde la vanidad? 

El monasterio, ciertamente, ha vivido muchos avatares. Lo ocurrido entre sus paredes con los hombres que las han morado durante buena parte de estos casi cuatro siglos, queda oculto al conocimiento. Y ahí debe quedarse para guardar la vida de quienes siguiendo sus creencias han puesto la misma a disposición de esa causa, de esa entrega espiritual.

      Verdad es, sin embargo, que con escasos frutos hacia sus semejantes fuera del recinto, pues nada han hecho en su favor. Ni siquiera apostolado, exclusivamente celosos de su propia obra e intereses, de su encierro, desprendimiento y sacrificio. A la sazón, un comportamiento cargado de egoísmo dado que ninguna obra trascendente ha surgido de su enclaustramiento. Valoración aparte merece el hecho de haber conservado el patrimonio histórico aun admitiendo el deplorable estado en que se encuentra. Pero no toda la culpa, desde luego, ha sido de ellos.

      Con el fallecimiento futuro del hermano Antonio se perderán en buena medida las historias humanas. Y a partir de ahí, probable y definitivamente, el propio edificio si es que antes no sucumbe como apunta. Montesión, entonces, pasará a ser una historia muerta. Como tantas otras, unas ruinas de la que quedarán algunos apuntes.

      La desamortización fue el inicio de la puntilla. La propiedad pasó a manos del Ayuntamiento; hubo saqueos, se intentaron llevar las dos campanas de bronce y al no poder con ellas quedaron despeñadas sobre las rocas, lo que no fue impedimento para que finalmente su materia quedara fundida con las destinadas a  San José. A otra iglesia más noble y poderosa habían llegado aportando peso, de tal suerte que el espolio a los monjes aún tañe cada día y acabará sobreviviendo a buena parte de nosotros, bronce infinito.

      No fue lo único que recaló en la Parroquial de San José. En su presbiterio terminaron losas de mármol donde, al parecer, se reclinaban los monjes para orar y besar la tierra. Estos hechos, por sí solos, indican el nulo grado de simpatía o respeto que el clero convencional tenía a los ermitaños y su encierro allá por Salvatierra. Que el contagio de esa actitud, desde púlpitos o confesionarios, pudo alcanzar a los fieles, no parece un razonamiento alejado de la realidad.

      Así pues, el distanciamiento del pueblo hacia la Virgen de Montesión bien pudo estar inducido durante tiempo. Los monjes eran unos pedigüeños impenitentes, mejor si se eliminaba la competencia, no fuera que les llegaran heredades por sorpresa: demasiados a pedir, pocos dispuestos a dar, más hierba que tenada.   

      Asentamiento, consolidación y sacrificios debieron ser los pasos esenciales dados durante el primer siglo de existencia del monasterio. Se gastaron lo que no tenían y allá sobrevivieron conforme a las pocas necesidades que se procuraban. Los monjes de entonces debieron trabajar lo que no está escrito, y encima sometiéndose a frugalidad extrema y castigos corporales a base de latigazos. La parte sustancial de los ingresos no tenía otro fin que volcarlos en el acrecimiento de la obra y en dotarla de identidad religiosa, donde llegó a destacar en la capilla un bello retablo barroco del que sólo queda vagos recuerdos.

      La casa era un saco roto y sus necesidades no tenían fin. Forzados por la penuria, incluso alimentaria, a mediados del siglo XVIII tuvieron que pedir auxilio de emergencia a Toledo. Más adelante florecieron los réditos y mejoraron los tiempos, de manera que uno de sus monjes, hermano mayor en 1807, alcanzó prestigio y ascendió en la congregación hasta el punto de poder observar su retrato y una referencia a Montesión en el atrio del conjunto de capillas de las Ermitas de Córdoba, un lugar en Sierra Morena ahora de enorme atractivo turístico, donde los eremitas de varias órdenes religiosas se concentraron de manera notable.

      Fueron quizás las mejores décadas del Desierto de Montesión y durante las mismas el monasterio debió tener el mayor esplendor de su historia en cuanto a uso y embellecimiento. Luego llegaron las secuelas de Mendizábal y todo se vino abajo dominado por espolio y decadencia.

      El Ayuntamiento, heredero imprevisto no ya del monasterio propiamente dicho sino también de huertos aledaños, se encontró con unas propiedades perdidas en el monte con las que, de entrada, no supo qué hacer. Fue un muerto en toda regla, a cuya ganga hubieron de enfrentarse tratando de sacar partido. Terminó por ceder a los aprovechados de turno —es probable que mediante prevaricación dada la naturaleza de las operaciones y el natural anhelo de favorecer a familiares, amigos o políticos allegados— la explotación de la productiva huerta, capaz de alimentar a buena parte de la media centuria  de monjes que hasta entonces habitaban allí.

      En cuanto al edificio, consta que se dedicó a residencia de ancianos eclesial, curas y monjes de órdenes distintas. Hallaron así un modo de mandarlos al último y definitivo destierro dado como estaba un siglo antes el acceso. Algunos, no obstante, parece que permanecían allí sólo por temporadas, a modo de prolongados ejercicios espirituales o vacaciones forzosas esperando mejor destino.

      Más adelante, a principios del XX, Montesión terminó siendo colegio de segunda enseñanza, cuya utilidad no deja de sorprender ahora por insólita teniendo en cuenta su ubicación y espacios limitados donde poder impartir clases. Salvo que también se quisiera llevar a los alumnos al destierro. Más razonable, por el contrario, parece el uso que también se le dio por ese tiempo como lugar de enclaustramiento de enfermos contagiosos e incurables: al menos estos tenían espacio muy saludable donde poder respirar el aire puro de la sierra y acaso salir de allí con la sangre regenerada.

      En el proceso de estos vaivenes y sin nadie al frente cuidando del patrimonio de manera efectiva, las propiedades que no consiguieron llevarse los monjes durante el abandono forzoso, fueron desapareciendo paulatinamente, sin remedio. Unas robadas, otras adjudicadas a usureros oportunistas o protegidos que por cuatro duros arramblaron con todo aquello que tenía valor: cuadros, tallas, muebles, esculturas. 

      Luego llegó la guerra civil, por si faltaba poco. Y su barbarie. A consecuencia del odio, la malquerencia, el revanchismo y la ignorancia se terminó por robar o destruir lo que quedaba, entre ello parece que parte del retablo barroco. Ya no era mucho aunque se careciese de inventario, pero lo que había susceptible de ser usado con algún fin quedó arrasado. Los frescos de la capilla, en sus bóvedas, fueron de lo poco que en buena medida quedó a salvo de las hordas, probablemente porque nunca tuvieron a mano una escalera con suficiente altura para llegar a ellos y cargárselos.

      Con tan lamentables sucesos, el monasterio quedó sujeto a una prolongada travesía del desierto. No el Desierto de Montesión precisamente, sino el del abandono y su crepúsculo. Muchos años más tarde de aquellos nefastos acontecimientos, con holgura mediado el siglo XX, fue cuando la sociedad civil de Cazorla comenzó a tomar conciencia de aquel abandono, de aquel ocaso. Y con ello, irremediablemente, del peligro físico a que estaba sometido el edificio y cualquiera que entrara en él: se imponía la necesidad de recuperar el uso, había que hacer algo, tenían que movilizarse.

      El germen del movimiento y la propiedad que seguía estando en manos municipales, culminó con el retorno de los monjes ermitaños. Sólo queda que el hermano Antonio siga disfrutándolo con la sacrificada entrega de siempre y junto con él las gentes de Cazorla, creando un espacio donde la calidez de la vida esté presente. Y para que esto ocurra, cuanto antes, más bien con toda inmediatez, vuelvan a llevarse a cabo actuaciones encaminadas a la recuperación. Pero a una recuperación que mantenga en pie el monasterio otros cuatro siglos. 

¿Habrá voluntad bastante?

¿Habrá dinero suficiente?

¿Llegarán las hadas madrinas a tiempo?                       

  

  El Monasterio hacia 2004 

                                (Una percepción retrospectiva y emocional)                                     

 Montesión sigue en pie aunque sucumbiendo sin descanso. Se mantiene enhiesto alcanzado de poderosos achaques, tratando de resistir al empuje demoledor de una muerte tiempo atrás prevenida. Y milagrosamente aparcada, acaso esperando algún tipo de indulgencia de última hora, cual si de un reo se tratara.

      En pie permanece la torre del modesto campanario. Bajo ella hay un tejadillo de reducidas dimensiones construido con teja curva siguiendo la línea de todas las techumbres. En su vértice emerge una cruz blanca, tan liviana como escueta, coronando la imagen de la Virgen incrustada en el paramento, santo y seña y origen del monasterio.

      La sensación que se tiene echando una mirada rápida al conjunto es que se está ante un lugar en proceso de declive, abandonado. Aparenta acercarse a la ruina, aunque resistiéndose a caer porque las fábricas más recientes se apoyan en buena parte en la edificación antigua, construida con piedra y asentada sólidamente sobre una base rocosa que declina hacia la garganta de un barranco: extraño lugar para asentar un monasterio si no fuera que el motivo, dicen, vino porque allí se produjo la aparición de la Virgen a un monje. A un monje de relumbrón. El resultado del encuentro revelado trajo consigo la construcción de lo que hoy queda a la vista, con trayectoria cercana a cuatro siglos.

      Frente al porche del edificio desde donde emerge la torre del campanario, a escasa distancia, se eleva un muro de mampostería desconcertada que mantiene distintos niveles según se mire a uno u otro lado. En su parte central, la más realzada en cuanto a altura y ornamento, a modo de frontispicio sin grandes pretensiones, se abre un pórtico recercado de piedra labrada. Sobre el dintel se indica que se está ante la portería. De considerable anchura, está el portón anclado a un vetusto cerco de madera. Penden de él dos hojas vaciadas a las que se han añadido simples tablas dispuestas groseramente en horizontal a fin de formar enrejado.

      Los autores del mal apaño, sin duda con más voluntad que medios y buen oficio, han debido perseguir que la puerta, en su abandono, pueda seguir llamándose puerta capaz de guardar mínimamente a cualquier morador que por allí recale. El enrejado, y con él las dos hojas que permiten abrir el hueco de par en par, permanecen amarradas por una cadena y su conveniente candado.

      Siguiendo el muro, a la derecha, tras del parapeto se encuentran la zona destinada a huerto. En su día ubérrimo, está guardado dentro del propio recinto amurallado, junto a la corraliza. Todo indica que hace tiempo dejó de atenderse. Arrumbado en él aparecen bidones metálicos que albergaron aceites e incluso una moderna bañera vitrificada que pudo hacer de abrevadero o de simple contenedor de agua en tiempos pasados. El abandono es absoluto y nada hace presuponer que haya existido vida reciente. Al menos por este lado, tal es la dejadez y el erial en que está convertida la superficie.

      El conjunto del monasterio, sin embargo, permanece cercado bien con muros de piedra o alambrada. Quizá sólo en previsión del asalto de alimañas porque superar los límites y entrar en el recinto no presenta grandes dificultades. También, desde luego, para avisar que se está ante una propiedad que no debe asaltarse por las buenas.

      En un punto del perímetro junto al camino que bordea las edificaciones, dos rudimentarias pilastras se cierran mediante tosco entramado de maderas y alambres. Son paso obligado hacia la entrada principal por donde se accede a la capilla y están unidas por los eslabones de una cadena a los que se abraza un fuerte candado de acero. El cerramiento, en su limitada capacidad de impedir, intenta inútilmente salvar la privacidad y los bienes que allí pudieran estar guardados: cualquiera que lo deseara tendría opciones infinitas para llevar a cabo el asalto. Parece que la pretensión del cierre sólo trata de advertir que allí poco puede obtenerse, además de persuadir a no hacerlo para evitar otros males, quién sabe si para no quedar sepultado.

      Observando con atención, puede apreciarse que tanto el candado como la cadena, en las partes donde han de ser manipulados para abrir y cerrar, atestiguan que la portilla se abre con alguna frecuencia. La percepción no requiere grandes dotes deductivas, sólo es necesario fijarse en la pátina que ambos tienen y en la ausencia de óxido rancio, pues de lo contrario y estando a la intemperie, el grado de oxidación sería relevante. Hasta los topos se darían cuenta de tal presencia.

      Hay certeza en cuanto a que el monasterio guarda vida palpitante aunque exigua. En el encuentro de este día, desgraciadamente, no se ha manifestado a la vista, pero está constatada. Sin duda.

      Se trata del último monje del Desierto de Montesión, la semblanza trasnochada de una estirpe de monjes ermitaños. Parece que no vive aquí de manera permanente dada la penuria y el peligro. De todos modos, sigue ocupándose de menesteres apremiantes, cuidando de lo más sagrado que todavía guarda el monasterio: su capilla, la talla de la Virgen y otras pertenencias menores. Aparte, naturalmente, viene aquí a recogerse y a buen seguro a rememorar recuerdos y sacrificios, los muchos que durante su ya prolongada vida puso a disposición de Dios, la Orden y su fe.

      Ahora, exilado en una casa del pueblo y mantenido por la caridad, cada día y siempre que las fuerzas le responden, sube para reencontrarse con su propia historia. Con su historia y con la esencia que rezuman estas paredes y el reposo que le ofrece la soledad. Y para alimentarse de fuerza capaz de permitirle seguir luchando a fin de que la voluntad de los hombres, con la ayuda de Dios —en eso confía ciegamente—, no decaiga y las paredes y cuanto significan se mantengan en pie. 

Tiene Montesión como entorno más próximo la propia sierra de Cazorla. Hacia arriba, que es el noreste, queda flanqueado por un profundo cordón de pinares a los que de vez en cuando, aislados, se unen abetos y cipreses. El camino que bordea el monasterio, tanto para acceder a la portería como para llegar al edificio noble del primer siglo, está salpicado por elevados cipreses. En su longevidad y sometidos al medio, han conseguido asentar sus raíces mucho más allá del lugar que ocupan sobre un escaso manto de tierra. La sombra, larga y estrecha dibujando la esbeltez, se agradece por la ausencia de otras sombras más profundas.

      Las tierras circundantes están muy empobrecidas. El escaso espesor de la capa vegetal al hallarse sobre la epidermis de una placa rocosa, además de contempladas cuando está finalizando un estío severo, aparecen escarbadas por animales en busca de los últimos tubérculos, de los últimos insectos, de moradores subterráneos. Hay una soledad inquietante. Cuatro pasos hacia el norte, después de los cipreses, y el monasterio queda escondido detrás de un cortado que lo protege de inclemencias y de las vistas. 

      Entre el profundo bosque de pinos y los terrenos monacales aledaños, una senda serpenteante desciende dirigiéndose hacia Cazorla. A modo de transición, sin árbol alguno y azotada por los vientos, sólo perviven matojos agostados por los rigores del sol y la ausencia de agua. A ambos lados del pedregoso y estrecho camino se abren con amplitud dos franjas de tierra que presentan grupos de matorrales, retamas y espliegos que aún desprenden la intensidad de sus fragancias. Con el calor y el aire caliente traído a través de los pinares, llega también el perfume denso de las resinas, una borrachera de alientos.

      Contemplando esta tendida ladera y su sequedad, dejándose llevar por otras sensaciones, la imaginación vuela rápido hasta la próxima primavera y principios de verano. Las imágenes asociadas a ese momento llegan agolpadas interpretando una sinfonía de color y olores, una maravillosa eclosión que permitiría dejarse caer sobre el manto multicolor para ser acariciado por la vida, plena naturaleza en perfecta armonía.  

      Algo más abajo y a la derecha, sin que los monjes pudieran verlo desde sus celdas, emerge con sorpresa el Castillo de las Cinco Esquinas, todavía poderoso señor de la loma de Salvatierra. Con la muralla parcialmente destruida, pero en su mismo sitio después de nueve siglos, y la torre enhiesta en parte y desmochada en otra, el castillo, en su imponente soledad, imprime respeto por no decir miedo.

      Se cuentan historias de moros secuestrando a bellas mujeres. Cristianas, naturalmente. Y se cuenta que éstas, antes de someterse o soportar humillaciones, acababan despeñándose por propia voluntad, dejándose rodar ladera abajo hasta convertirse en alimento de alimañas, sin honores ni sepultura. Mártires de la cristiandad, alimento para las almas.

      Verdad o fantasía de las gentes para meter miedo a niñas ya crecidas, la leyenda ha trascendido después de siglos. De ahí la fuerza del testimonio oral, en ocasiones incluso tan potente como la escritura aunque finalmente sometido a degradación al no poder constatarse su fiabilidad según las historias pasaban de generación en generación. De todos modos, buena era la enseñanza para que los jóvenes, especialmente zagalas, fueran conscientes de la inconveniencia de correr riesgos ante extraños, dejándose llevar por astucias de desaprensivos sacamantecas, violadores y carniceros sin más oficio que sus malas artes.

      Con leyendas de esta naturaleza o sin ellas, el Castillo de las Cinco Esquinas es el testimonio vivo de la soledad y de las duras condiciones que hubieron de soportar los desterrados sobre Salvatierra. Primero moros y después cristianos, vivieron allí su aislamiento para salvar la propia vida y la de quienes estaban protegiendo a sus pies. Esa fue su gloria.

      La torre pentagonal del castillo, un cuerpo monolítico mellado en la base de una de sus esquinas, está coronada por arbustos que han crecido espontáneamente. Esta presencia arbórea, así como las hierbas que crecen sobre su corona, le dan un aspecto menos aguerrido, quizás asemejando una gran maceta de piedra para un pequeño bonsái. Es majestuoso y solemne, es el ojo avizor de la campiña, es historia y leyenda. 

      La visualización del conjunto, con parte de la muralla anexa todavía en pie, parece que la torre fue una construcción en cuyo interior se guardaban las gentes. La existencia de ventanas de vigía, especialmente las abiertas al oeste y al sur, dejan sentado que por allí, aparte del círculo abarcable desde la explanada del cerro, debía vislumbrarse el peligro.

      El castillo de Salvatierra, de cualquier manera, es un gigante acorazado en las entrañas de la sierra. Posee cinco enormes brazos y enarbola en cada uno de ellos espadas y puñales que atemorizaron durante cientos de años a la gente menuda de Cazorla.

      Sabiendo que existía, tras de la loma ha estado escondido a la vista del pueblo. De este modo,  sólo los más atrevidos alcanzaban a conocer de cerca sus misterios, si bien por osados cuentan viejas historias que algunos murieron decapitados a manos del despiadado gigante. Es por eso que sólo las estúpidas cabras sin pastor, algunos cuervos y grajos altaneros que sobrevuelan la torre calibrando que espadas y puñales nunca llegarán tan altos, así como algún despistado turista en busca de emociones fuertes, se atreven a llegar hasta allí. Ni siquiera los monjes, a pesar de la proximidad y la protección divina, osaron nunca turbar la paz del solitario gigante que aún se esconde agazapado entre las murallas y la torre, esperando que un día lo fulmine un rayo para poder descansar eternamente. 

El Monasterio de Montesión se queda sólo, abandonado en la soledad y a merced de la acechante tragedia. Sin cánticos ni rezos, sin plegarias, guardando en rincones y en la oscuridad miserias y frustraciones acumuladas durante siglos. Ya no quedan monjes ermitaños, desvaneciéndose están los recuerdos, años de convivencia sin más compañía que consigo mismos, círculo cerrado, círculo vicioso, hombres devotos alcanzados por la castidad, hombres privados de sensualidad.

      Según van perdiéndose las vocaciones se van perdiendo también, hasta destruirse, vestigios de un mundo próximo. De él hemos recibido conocimientos, sacrificios y leyendas con independencia de religiosidad, cuestión aparte y privativa. Llegará el amargo momento en que el último monje del Desierto de Montesión, con su humilde hábito, sandalias y cara serena y bondadosa, deje de ascender camino de su retiro, dejando atrás cuatro siglos de historia. Sólo quedará entonces la remembranza, y con ella el ascenso desde Santa María arreando a sus bestias para volver a enclaustrarse.

      Presumible ha de ser que la evocación torne a recuerdo trasnochado sólo interpretable por los más viejos. O sujeto a los testimonios escritos que unos y otros hayan dejado esparcidos inconexamente. Y con ellos, quizás, seguir hilvanando los caminos que todavía permiten encontrarnos con nuestro pasado y con nuestra propia historia.

      Aun con todo, no quisiera que se perdiese el camino que desde La Pedriza quiebra a la izquierda mientras asciende serpenteando. Ajustado a la ladera, trecho a trecho, la áspera calzada pasa delante del caz que alimenta a la alberca de la Huerta del Peñón: allí están, para sentirlos y estremecerse de emoción, los más inmensos nogales que pudieran imaginarse. Luego vienen quiebros y más quiebros, siempre ascendiendo y horadando la tierra.

      No tiene la senda otro destino mejor que el monasterio, ahora también abierto a plantaciones de olivos en altitud límite. Más arriba, esperando, la sierra y su frondoso manto verde. Las vistas se acortan o expanden conforme se va ascendiendo: el gigante dormido de Salvatierra unas veces aparece, otras se esconde. Se coronan varias lomas y el sendero se va configurando a través de pequeños muros perdidos entre las rocas en perfectos banqueos ajustados a las curvas de nivel, asunto de orfebrería fina.

      Tras el último quebrado, repentinamente, se alcanza la cota y la breve planicie por donde termina accediéndose a la portería del monasterio.

      Sí, no quisiera perderlo.

      Cabe imaginar, sin demasiado esfuerzo, cuántos monjes y novicios, probablemente ayudados por lugareños antiguos, han debido hincar las rodillas entre esas piedras. Y cuántas manos se habrán desollado para conformar el trayecto que les llevase hasta el reducto de espiritualidad que debió ser el destierro del Desierto de Montesión.

      Allí ha quedado el sendero, sembrado de vez en cuando por esporádicos árboles que antaño cobijaron amplia sombra. Son ahora naturalezas muertas con su fornido ramaje de aspecto tenebroso y temible; parecen viejas acacias de gran porte que sucumbieron destruidas, unas por los años y otras partidas por rayos o aniquiladas sus vidas por incendios.

      El camino se ha quedado sin sombras donde guarecerse del sol de justicia que asola todo el trayecto: puro azote cuando la gran estrella aprieta. 

Habrá de confiarse en que haciendo camino al andar —acercándonos al maestro—, andemos lo suficiente para impedir que se borren los pasos de quienes nos han precedido. Y confiar también en que nadie borre los que ahora mismo estamos dando nosotros. ¿Dónde sino quedarán nuestras estelas en la mar?

 

 

2.Los muertos * 

                                                Diez años después – 24 de agosto de 2025                                                  

 Sargento, tenemos un problema. Un problema serio, ¡créame!… —tomando aire—. Serio y de mucho cuidado; no se lo puede imaginar…

     El cabo Mendieta de la Policía Local de Cazorla, a través de la línea inalámbrica del Toyota, cargado de emoción incontenible, hablaba con su superior. Los nervios, un manojo, atenazaban su capacidad para conducirse con sosiego. Excitado tras las evidencias descubiertas minutos antes, aún le temblaban las piernas. Incluso la voz a pesar de su dilatada experiencia de veinte años en el Cuerpo, quince como policía raso hasta que consiguió ascender en el escalafón. Creía haberlo visto todo.

      Desde el otro lado de la emisora municipal, el sargento Vilches, inquieto en su silla giratoria, trató de calmarlo, llamándolo a la serenidad. Pero al tiempo, preocupado por la manera de comportarse del subordinado, pidiéndole explicaciones no fuera que se desbocase.

      —Dime, Mendieta, qué pasa; ¿en qué lío te has metido ahora? ¿Puedes explicármelo con calma para que te entienda?

      —¿Lío dice, sargento? Ya puede coger un coche sin perder más tiempo y subir a Montesión, desde donde le estoy llamando. ¡Temblando estoy todavía! Y no se entretenga. Esto va a ser un escándalo. Se lo digo yo, ¡créame!

      —¡Mendieta, tranquilízate! —gritó para ver si conseguía centrarlo en la orden y tomar conciencia de la envergadura del problema que le estaba anunciando—. De acuerdo, pero antes dime de una puta vez qué ha pasado, me estás cabreando y no ando ya para semejantes trotes cuando estoy a punto de jubilarme. Y encima empezando la semana.

      El otro reaccionó, flotando en una nube peliculera y sudando la gota gorda. Era lunes y estaban a punto de dar las doce. Teniendo muy atento el oído, podría ocurrir con suerte que hasta la explanada llegara el tañido de las campanadas que pronto emergerían a las ondas desde de la torre de La Merced.  

      —Muertos, sargento, hay muchos muertos en el monasterio.

      —Pero hombre de dios, ¡qué tontería dices! ¿Acaso te ha dado una insolación? Quiero hablar inmediatamente con tu compañero. Estás con Sánchez, ¿no?

      —¡Claro! Pero no puede ponerse; no está aquí.

      —¡Que se ponga de inmediato! No me jodas, Mendieta, ¡ya está bien de bromas!

      —Ya le he dicho, jefe, que no puede ponerse. No es que no quiera hacerlo. Es que no está. Se ha quedado custodiando a los muertos, dentro del monasterio. Bueno, en la puerta de entrada, vigilándolos y para no contaminar ninguna prueba.

      —Me cago en la puta, Mendieta. ¿Hablas en serio?

      —¡Pues claro que hablo en serio! No sé cuántos muertos hay, pero le juro que huesos he visto muchos. Así es que no pierda el tiempo con tanto palique y suba a toda leche porque esto va a dar mucho que hablar. Voy a bajar de nuevo a acompañar a Sánchez y echar un vistazo con más tranquilidad…

      —Mendieta,…

      —No le oigo, sargento… Cambio y corto. 

El cabo Mendieta miró su reloj de pulsera. Se trataba de un Time Force sumergible de cinco atmósferas, regalo de su esposa en el día ya lejano en que cumplió los treinta y cinco. Las 11:56. El sargento, a más tardar, viniendo irritado como iba a venir, a toda leche y con la sirena anunciándole, tardaría entre quince y veinte minutos. Así es que le daba tiempo a relajarse mientras bajaba al encuentro de su compañero fumando un cigarrillo rubio americano auténtico. Eso creía aun sabiendo de las falsificaciones.

      Abrió la cajetilla y abstraídamente sacó el veneno de la caja. Con maestría mecánica, en un soplo, ya estaba inyectando a los pulmones y al riego sanguíneo bocanadas de sustancias venenosas a cada cual más nociva. La profusión de imágenes y mensajes de advertencia grabadas en los seis lados del cartón no dejaban duda al desgarrador impacto desincentivador del consumo, cuestión que no obstante el cabo Mendieta, al igual que millones de fumadores, se pasaban por el forro alegando, entre insolentes y estúpidos, que de algo había de morirse.

      La inconsciencia, a pesar de constantes consejos sanitarios y del irritante costo social, seguía habitando en los seres humanos. Ni siquiera el acortamiento de la vida, su mala calidad durante lo que quedara, los quince euros que habían de pagar por aquel veneno autorizado, así como el desagradable olor que desprendían cuerpos y vestiduras, eran suficientes razones para hacer mella en la intención de seguir drogándose.

      Pero no lo hacían.

      Miró el cabo Mendieta a su alrededor. Sacó el pañuelo del bolso del pantalón y, una vez más, volvió a secarse el sudor pertinaz que arrollaba por toda su cara enrojecida. Le sobraban algunos kilos. Lo sabía. Pero tampoco era capaz de rebajarlos a pesar de sus muchos intentos. Le echaba la culpa, precisamente, al tabaco porque a alguien debe culparse cuando no se encuentra voluntad suficiente para afrontar situaciones adversas.       

      Pasó delante del muro de mampuesto desconcertado, en cuya parte central seguía estando el acceso a la portería. El hueco del portón, cinco años atrás, fue cegado a cal y canto, imposible acceder por allí a no ser asaltando la tapia. La torre y su liviana campana estaban ausentes, desaparecidas a la vista.

      El policía, parsimonioso, agasajándose con un merecido respiro que vino a pedirle el cuerpo —se dijo que para tratar de alcanzar la serenidad que tanto su espíritu como el corazón necesitaban después del impacto recibido—, siguió bordeando el muro hasta llegar a los cipreses que guían a la capilla. Erguidos como siempre, sin que los años dejaran huellas serias en ellos, proyectaban una sombra agradecida aunque prolongada y estrecha.

      Entre bocanada y bocanada de humo, mientras miraba distraídamente a su alrededor, se enfrentó a un cerramiento de bloques de hormigón grises que impedían el acceso franco a la finca. Dos metros de altura, suficientes para no ver nada de lo que había detrás a no ser que se brincara atléticamente o ascendiera ladera arriba y a vista de pájaro descubrir el estado del monasterio por este lado.

      Entremedias del muro, imposible no contemplar cómo destacaba, un portón de dos hojas de chapa galvanizada. El conjunto de puerta y muro no podía tener otro calificativo que el desatino dada su estridencia en un paraje merecedor de mejor envoltura. La calidad medioambiental seguía siendo asignatura pendiente por mucho paraíso que se pretendiera vender en ilustraciones, entrevistas y reportajes; ni siquiera las instituciones públicas cuidaban de los atropellos. Éste era uno más, simple despreocupación por la armonía, cada cual haciendo las cosas conforme se le ocurrían, sin cuidar del cumplimiento de las normas y desmereciendo las leyes elementales del sentido común. 

      Llegó hasta su compañero.

      —¿Estás tranquilo, Sánchez? —dijo como quien pregunta si has dormido bien esta noche. Intentaba, a su manera, de animarlo después del mal trago—. Por cierto, ¿un cigarro?

      El policía Sánchez asintió con varios movimientos de cabeza a las dos cuestiones planteadas, así que de inmediato aceptó la invitación. Estiró la mano y comenzó a fumar con profundas inhalaciones. Ansioso por la espera en soledad, se había quedado sin veneno y a punto estuvo de abandonar el puesto para subir a pedirle tabaco al cabo. Siendo el servicio sagrado, desistió del loco intento y esperó su llegada no fuera que durante la ausencia ocurriese algo anómalo y le alcanzara un disgusto y una mancha en el expediente. ¡Quién sabía los caprichos de los muertos!

      Con independencia de periodos puntuales de turnos cruzados, vacaciones, enfermedad o sustitución imprevista, llevaban patrullando juntos cinco años, desde el momento en que Mendieta había ascendido a cabo. Él aspiraba a alcanzar pronto el mismo rango, quizá con motivo de próximos reajustes de plantilla.

      De ahí que como un apéndice de su cuerpo, en cuanto las circunstancias lo permitían, se le viera estudiando el programa oficial de oposición. Con claridad se lo planteó: no quería que una convocatoria sorpresa le pillara desprevenido, pues no era suficiente el oficio y acreditar experiencia en el currículo, sino que había de saber de leyes tanto o más que un abogado, dominar mil cosas inútiles, gozar de un cuerpo atlético, hacer los cien metros en once segundos y no pocas abdominales. Y qué decir de la Constitución, de memoria había que tenerla aprendida. Y buena parte del Código Civil. Y del Penal.

      —El sargento viene para acá —dijo Mendieta después de dar la última calada al cigarro y echar la colilla al suelo, donde lo aplastó hasta dejar abierta la tripería del filtro y sus mensajes cifrados—. No podía creerse lo que le estaba contando. Siempre creyendo que los demás somos idiotas. Le he cortado la comunicación; de lo contrario seguiría pidiendo explicaciones. Mejor que lo vea personalmente, ¿no te parece?

      —Desde luego. Una imagen, ya sabes, mejor que mil palabras. Que lo vea y flipe, como nosotros.

      —¡Vaya panorama!, ¿verdad? —apuntó el cabo tratando de asimilar lo que había detrás de aquellas paredes. 

      —Traerá cola, ya lo verás. Y, además, creo que no lo hemos visto todo. Ahí dentro puede haber muchas sorpresas. Son cuatro siglos de aislamiento, sin control; imagina lo que ha podido cocerse en ese tiempo y aquí perdidos en medio de la nada. A propósito, mira aquella placa: justo ahora se cumplen cuatrocientos años desde que se levantó esta parte.

       El policía Sánchez, que preparaba oposiciones y tenía la intelectualidad a flor de piel, tuvo tiempo de reflexionar durante la guardia obligada. Caviló sobre cómo pudo desarrollarse la vida cotidiana de los monjes durante su aislamiento y en qué forma pudo articularse la convivencia al margen de disciplinas convencionales. Cómo pudo ser la vida de aquellos hombres, no ya espiritual sino sexual, qué ansiedades o frustraciones podían alcanzarles. Y a mayor profundidad, en su agnosticismo, intentó imaginar cómo pudo desarrollarse la aparición de la Virgen al fraile Julián Ferrer; bajo qué lengua le habló si es que le habló, qué le dijo si es que algo le dijo, qué sintió, qué enajenación le alcanzó en ese momento para salir iluminado de la gruta y ponerse a buscar dinero para construir un monasterio.    

      —¿Has vuelto a entrar?

      —No, no; de ninguna manera. Bastante he tenido con la primera impresión y el tiempo apostado alrededor de esta puerta. Espera a que nos recuperemos. Si acaso todos juntos; yo no vuelvo a entrar solo hasta la sala. 

A lo lejos comenzó a oírse la tenue presencia de una sirena. Aun así ya avanzaba su estridencia. Colocada sobre el techo del vehículo, siguiendo la normativa interna, sólo se activaba la señal acústica ante asuntos graves. Y éste era uno de esos momentos, según la sabia percepción del sargento Vilches. Le habían hablado de muertos. ¿Qué más grave podía ocurrirle a la policía de Cazorla que tener sobre la mesa varios muertos? 

      El camino de ascenso a Montesión seguía siendo estrecho y de tierra. Durante los últimos diez años poco se hizo por él, simplemente mantenerlo como senda para vehículos todoterreno con necesidad de acceder a los olivares, para algunos tránsitos hacia las pistas forestales del Parque Nacional y como ruta para turistas atrevidos buscando el monasterio o lo que fuera, el afán infinito de aventura que los seres humanos se han propuesto para cargar las pilas aunque a costa de no pocos sustos y tragedias.

      —Sánchez, quédate aquí. Yo subo a buscarlo y le voy contando con más detalle, no vaya a ser que si entra de sopetón le dé un soponcio y quede jubilado antes de tiempo.

      Rieron. Después de todo, reírse de los jefes no dejaba de ser un desahogo placentero. Además, lo llevaban incluido en el sueldo, tampoco era cuestión de quejarse.

      —¿Me das un cigarro, jefe?

      —Cómo no. Mejor te doy dos por si nos entretenemos. Eso sí, me debes tres, pues si hemos de suicidarnos con ese maldito veneno, al menos seamos culpables a partes iguales.

      Mendieta miró su reloj. Eran las 12:10 en su Time Force de acero inoxidable.

      No se habían escuchado las doce campanadas del reloj de la torre de La Merced, sede del Ayuntamiento. Al menos desde la hondonada del acceso principal al monasterio, debido a que la práctica ausencia de viento no ayudaba precisamente: la exigua brisa, además, traía dirección contraria. La sirena, en todo caso, debió ayudar lo suyo para desequilibrar el tránsito de las ondas.

      La flota móvil del Ayuntamiento era japonesa en su integridad. Optaron en su momento por el modelo Mirai, que traía orígenes embrionarios desde diez años atrás. Se trataba de un vehículo experimentado capaz de impulsarse a través de una pila de combustible a base de hidrógeno presurizado. Emitía sólo vapor de agua y por tanto exento de contaminaciones nocivas. Se estaba ante una utopía hecha realidad mediante un híbrido con dos depósitos de hidrógeno y un motor eléctrico. En el  momento de la adquisición eran la vanguardia y Cazorla, como municipio que proclamaba ser el paraíso, vio la oportunidad de exhibir la enseña. Se predicaba con el ejemplo, no existía mejor forma de llamar la atención para resultar creíbles. En este tiempo presente los avances no cesan y el oro negro comienza a diluirse en los pozos. 

      El sargento Vilches conducía uno de ellos, otro Toyota. Con la urgencia, cruzaba las estrechas callejuelas a más velocidad de la aconsejable, con riesgo de cargarse a algún peatón sordo o despistado. Había intentado ponerse en contacto con la emisora del subordinado y no recibió respuesta. Venía cabreado, no por esa circunstancia, sino por la parquedad y misterio de Mendieta al transmitir la información. Desconocía exactamente con qué iba a encontrarse y esa realidad le enfurecía: no era hombre que a estas alturas le gustaran las sorpresas.

      Ascendió con tranquilidad el cabo hasta encontrarse con su vehículo, estacionado bajo la sombra de los cipreses. Abrió la puerta, miró la pantalla de la emisora y enterado quedó del interés de su jefe por volver a hablarle. No le dio mayor importancia, tampoco iba a responderle ahora cuando estaba a punto de aparecer. Echó mano de una cantimplora que formaba parte del set de emergencia con el que estaba dotada la flota municipal. Lentamente, con delectación, llenó un vaso de plástico y tragó el agua en sucesivos sorbos, saboreándola, hecho que le produjo un disfrute indescriptible. Cerró recipiente y puerta y siguió caminando unos doscientos metros hacia el norte, a la vera de la senda.

      Hacía un sol de justicia, agravado por la tórrida arena sahariana traída del sur. Varios días llevaban soportándolo, irritados por la persistencia. Ni siquiera las chicharras, en su salsa, se atrevían con el canto, mejor dejarlo para horas menos intempestivas. 

      La pendiente desde el lugar donde dejó a Sánchez le fatigó, como de costumbre ocurría con cualquier plano inclinado. El breve descanso y el agua no resultaron suficientes para mitigar el esfuerzo, de manera que enseguida fue necesario sacar el pañuelo de nuevo —húmedo y arrugado, un trapo de presencia lamentable— para enjugar el sudor. Su cuerpo era una sauna destilando toxinas y un desagradable olor acre.

      Tosió aparatosamente y se vio obligado a escupir hacia el suelo para no tragarse la flema. No debía hacerse, más viniendo de un agente público obligado a velar por civismo y salubridad. ¡Cuántas veces lo había denunciado en otros! Era un acto recriminable y enseguida se apresuró a taparlo empujando con la bota una ligera capa de tierra, ocultando la prueba en la seguridad de que pronto se secaría. En esa apreciación quedaban fuera las dudas. 

      El tabaco, silencioso, estaba haciendo su trabajo de precisión, acosándole sin pausa. Era consciente de esa realidad, quizá mañana, con mayor claridad mental y sosiego, se enfrentaría a ella.       

      Alcanzado el quiebro que le permitía vislumbrar la loma de Salvatierra y la campiña, observó con curiosidad parte de la polvareda que tras de sí dejaba Vilches. Yendo como iba a una velocidad excesiva, la estela de polvo ocre era perfectamente visible a kilómetros. Presumiblemente, la nube que comenzó a crearse desde La Pedriza todavía estaba sin asentarse de nuevo en la tierra, tal era el torbellino que iba formando al subir a toda pastilla, Fangio o Fittipaldi redivivos.

      No veía el vehículo, escondido detrás de alguna curva. Calculó que en tres minutos, si no se despeñaba antes, estaría ante él. Viendo cómo le azotaba el sol, se dijo que era un absoluto sinsentido quedarse esperando en aquella intemperie, sufriendo la inclemencia.

      Tenía tiempo suficiente para hacerlo, así que decidió darse media vuelta y esperar ante los cipreses. Era lo sensato y más sano. Pensó que si había de aguantar alguna bronca, preferible hacerlo a la sombra, aunque ésta fuera estrecha y alargada. Mejor bajo una higuera junto a una fuente. O un nogal vecino de un arroyo. O una morera al lado de un caz trasvasando sin pausa agua cristalina. Y puestos a pedir, ¿por qué no bajo ciruelos de monjillas, ahora en su mejor momento de madurez natural, al lado de una alberca? Mas sólo había cipreses… ¡Menos mal!

      Recién llegado a su refugio temporal se hicieron presentes en un solo acto el coche, la sirena, el polvo y el sargento. Llegado a su altura, paró el vehículo en la misma dirección que traía y también paró el ruidoso chisme de luces azuladas. Lo dejó al sol, para que se achicharrara. No se esforzó en maniobra alguna para aparcar a la sombra o girarlo por si la urgencia al salir obligaba, una suerte de rango y excitación vinculados al mismo lance. Había frenado con violencia, urgido por saber qué estaba pasando. La polvareda ascendió no menos de seis metros, de modo que durante un tiempo estuvieron masticando polvo, añadido al menos perceptible del Sahara. El cabo, dispuesto y cumplidor, le abrió la puerta. Venía sólo y salió apresuradamente y enfurruñado.

      —¡A sus órdenes, mi sargento! —exclamó, cuadrándose y saludando siguiendo el protocolo. Una cosa era el trato personal de gentes conviviendo a diario y conocidas de siempre, sin demasiados distanciamientos salvo rencillas, y cosa distinta los actos formales y reglados como este. Estaban de servicio, habían de cumplirse las formas, aunque entre ellos, aquí y en este trance solitario, podían perfectamente olvidarse de un saludo tan extremo. No obstante, los galones imponían sus reglas para colocar a cada cual en su sitio. La misma distancia que él, llegado el caso, imponía a Sánchez, un compañero honrado y fiel para lo que fuera menester, con el añadido de pasar juntos más tiempo que con sus hijos. ¡Dónde iba a parar!

      —A ver, dime, ¿qué coño está pasando aquí? ¿Dónde están esos muertos? No pudiste darme más detalles, ¡vaya por Dios! ¿Quizás te mordía la emisora? ¿Acaso crees que hiciste bien dejándome tirado y en ascuas?… ¡Conque cambio y corto! ¡No te fastidia con el cabo!…  ¿Dónde está Sánchez?

      Así arremetió el sargento Vilches frente al cabo Mendieta, sin responder siquiera al saludo. Parecía descontrolado, un torbellino como los muchos dejados en el camino. Era una persona que poco tiempo atrás había entrado en el extraño mundo sexagenario, un momento crítico en que los hombres en particular, ya sin mucha capacidad de maniobra, suelen hacer repaso de su vida y habitualmente sacando a relucir un listado de frustraciones que terminan por amargar lo que queda de existencia no ya a sí mismos sino a cuantos les rodean.

      —Sánchez está guardando la entrada de abajo del monasterio, conforme le tengo ordenado. En cuanto a los muertos, están dentro del edificio esperando su llegada para tomar decisiones. Y sobre más detalles, con el impacto de lo que allí observé grosso modo, no tenía yo demasiadas palabras para expresar mi propia sorpresa   —respondió el cabo sin inmutarse, sereno y didáctico, para ver si con ello el jefe se iba calmando y podían hablar civilizadamente, sin improperios—. No olvide, además, el grado de excitación y pálpitos que me alcanzaron en un momento como ése. Había que estar en el ajo para saberlo. A usted, mi sargento, le habría pasado lo mismo. Estoy por asegurarlo.     

      Vilches escuchó atentamente y con estupefacción la serenidad del subordinado. Iba a ser verdad que tendría que tomarse las cosas con cierta tranquilidad. Se lo decía su mujer y se lo repetía él mismo cada día. Pero cada día era distinto y cada día presentaba hechos diferentes impidiendo comulgar con lo proclamado siquiera unas horas antes. Después de todo, sus muchos años de servicio le exigían esa serenidad para calibrar y resolver con  mejor criterio los acontecimientos ordinarios o extraordinarios. Éste parecía un suceso extraordinario. Ya vería hasta dónde, si es que de una puñetera vez Mendieta lo llevaba hasta las pruebas.

      Se hizo un breve silencio. Sobre los primeros pinos de la ladera, montaña arriba, sobrevolaban un grupo de grajos que en su trasiego de árbol en árbol armaban gran alboroto.

      —Pálpitos has dicho… No me extraña. Incluso me parece poca cosa. Lo de adelgazar vas a tener que tomártelo con mayor interés en beneficio de tu futuro. ¿Tú crees que estás en condiciones de correr detrás de un delincuente? ¿Y qué me dices de la salud que hay detrás? Como no te cuides, no vas a estar en condiciones de sucederme —le recriminó el jefe, pero ya en tono de cercanía, sin ningún atisbo de molestar más allá de su preocupación: llevaban veinte años juntos, habían patrullado juntos, estaban envejeciendo juntos. 

No era el sargento un hombre frustrado. Al menos en lo profesional. Sin embargo, no escondió nunca su sueño de haber desarrollado mayor carrera en el Cuerpo, tener mayores responsabilidades. Para ello tendría que haberse preparado con otros sacrificios y estar dispuesto a traslados fuera de su hábitat natural. Había nacido en Cazorla, comenzó de policía y se sintió razonablemente a gusto con sus cometidos. Después fueron pasando los años, llegaron los ascensos y los hijos creciendo y yéndose, de modo que acabó acomodándose a la rutina de una vida colmada de cierta satisfacción.

      Para un pueblo, importante y con título de ciudad, no estaba mal. Su estatus de ciudadano notable en la comunidad y línea directa con el alcalde, permitía alimentar el ego, un plus de contentura suficiente para reafirmar la no aspiración a mayores responsabilidades. Tampoco necesitaba mucho más. Y por si fuera poca gratificación, sin pretenderlo, conocía muchas cosas de sus vecinos, colocándolo en posición de mayor relieve social.

      —Bueno, ¿me llevas o no me llevas a ver esos muertos? Todavía no sé qué hacemos aquí aplatanados. Tal parece que quisieras tenerlos secuestrados, tanto misterio, tanta dilación en lugar de echar a correr. ¿Dónde están?

      —Ahora mismo, jefe. Esperaba las instrucciones, usted manda. Y estar, están, se lo aseguro; entre la cocina y el refectorio, por allí desparramados.

      —¡No me jodas! Me asustas. ¿De verdad crees que son tantos?… Si tienes alguna teoría, ¿puedes avanzármela?

      —Sí, tengo mi opinión aunque inmadura. Pero no quiero conjeturar. Prefiero que su mayor experiencia juzgue. Y en cuanto al número, yo creo, a primera vista y sin detenerme demasiado porque subí de inmediato a llamarle, que pueden ser entre seis y ocho. Dos recientes, los otros momias y huesos.

      —¡No! ¡Va a ser un escándalo! —asustado y antes de comenzar desbordado por los efectos mediáticos que iban a caerle encima. Quisiera o no, estaba irremediablemente ante una carga de trabajo extra y un aluvión de preguntas. La mayoría sin respuesta, ése iba a ser su verdadero tormento.

      —Vaya novedad, jefe. Ya se lo dije desde el primer instante —sereno y cáustico, saboreando su victoria. Después de todo, sabía perfectamente cómo manejar estos asuntos, aunque luego llegaran los superiores a embarullarlo todo y a decidir por su cuenta. Ya intuía que la explanada se convertiría pronto en un hervidero de guardias civiles, comisarios y científica, disputándose entre unos y otros el protagonismo       

      —De acuerdo, ¿vamos para abajo? —sugirió Vilches al tiempo que encaminaba sus pasos hacia el viejo muro de piedra que habría de conducirles a la entrada principal del monasterio. La única oficial en estos últimos años.

      Entretanto, el policía Sánchez esperaba inquieto, preguntándose dónde estaban sus jefes. 

En la primavera de 2019 el hermano Antonio comenzó a perder la salud. El último monje del Desierto de Montesión dejó de subir como de costumbre hasta lo que fue el reducto de su vida. Las fuerzas quedaron sometidas al empuje de la edad y finalmente, acercándose a los ochenta, le alcanzó la tragedia humana de la demencia senil, la evasión final hacia la nada, el encuentro con el vacío emocional. Ya no supo quién era ni qué era Montesión.

      Su vida y recuerdos, los pocos que emergían de vez en cuando, quedaron al cobijo de la caridad. No le faltaron apoyos sociales por el esfuerzo y desvelos mostrados durante tantos años en favor de mantener viva la historia y su patrimonio. Ni el reconocimiento público mediante dos grandes honores concedidos por el municipio: hijo adoptivo y el nombre de una plaza pendiente de urbanizar, justo la explanada del monasterio frente a la portería, con su hilera de viejos cipreses de alargada y estrecha sombra.

      Los franciscanos tomaron la última decisión. Careciendo de quién pudiera ocuparse de lo que allí había propiedad de la Iglesia, como administradores de los bienes muebles terrenales, optaron por desalojar del monasterio cualquier bien que pudiera ser utilizable a sus fines o susceptibles de ser donados a familias necesitadas. No quedó nada allí que mereciera la pena.

      Desde luego, no la Virgen, ni mesas, ni sillas, ni aparadores, ni cuadros, ni faroles. Otra vez en soledad subsistían las pinturas al fresco de la capilla. Y los muros encalados una y cien veces. Y un par de calaveras tiempo atrás mostradas sobre la peana de dos nichos vacíos existentes en las catacumbas.

      El cementerio subterráneo, compuesto de diez unidades visibles, estaba construido en torno a los basamentos del edificio, sujetándose entre las propias rocas. Los enterrados debieron ser evacuados al cementerio civil y allí quedaron las dos muestras representativas de la levedad de nuestras vidas. Bien centradas entre los nichos, el autor o autores de la exhibición quisieron dejar constancia de nuestra inconsistencia terrenal, para decir a quien quiera pararse a reflexionarlo que «esto somos finalmente, a qué tanta grandeza ni vanidad, a qué tanta inquietud». 

      Sin otro contenido más que el propio inmueble y los terrenos aledaños, cesó la actividad religiosa. En este año de 2019, a la postre fatídico, se celebró por última vez la procesión de Nª Sª de Montesión. Fue el 29 de septiembre y en ella comparecieron el mismo número de romeros que cinco años atrás. Acaso cincuenta más; siendo generosos, cien: ninguna multitud ni fervor especial. A pesar del empeño, no hubo forma de potenciar el acto: Montesión y su Virgen seguían siendo respetables desconocidos de los que era mejor olvidarse.

      Desamparada política y religiosamente, la sociedad civil abandonó el proyecto y sus inquietudes por recaudar fondos para seguir manteniendo y potenciando lo edificado. No encontró eco a sus desvelos. El hermano Antonio, aun renqueante, era el hilo conductor de aquello desde la emotividad y con asombro funcionaba porque consiguió aglutinar el interés de otros. Sin él y sin auxilios religiosos y políticos relevantes, el esfuerzo estaba resultando baldío, de forma que las gentes perdieron interés con la misma fuerza que antes pusieron en el empeño. 

      No levantó cabeza la propiedad municipal en la medida esperada. El asunto del hotel, como era presumible, pasó a mejor vida. Sin contenido social, religioso o de actividad económica alguna, trayendo el declive que traía, los achaques del monasterio pronto se acrecentaron. Sin la inyección de recursos necesarios para su rehabilitación —al menos estructural—, no hubo otra consecuencia directa más que el deterioro progresivo. La ruina inminente no se produjo en el tiempo presumido por los agoreros visto el estado. La longevidad siguió adelante no sin deterioros paulatinos aunque no determinantes; cosas de los trabajos bien hechos alcanzados, además, por algún tipo de protección especial, milagrosa o esotérica.

      Las desgracias no habrían de venir solas. El Ayuntamiento, por un tiempo y esperando mejores oportunidades, decidió olvidarse del peculio heredado. Pero no así las inclemencias meteorológicas. A mediados de noviembre, cuando ya el edificio estaba desalojado totalmente y a disposición de lo que deseara hacer su propietario, le alcanzó de lleno una depresión aislada a niveles altos: gota fría para mejor entendimiento común.

      Sobre las islas británicas, siempre ahí poniendo chinitas en el camino, se centró una poderosa borrasca. Finalmente se desprendió de ella la temible gota fría que terminó por asentarse y fortalecerse en el Golfo de Cádiz. Llovió a mansalva en toda Andalucía y el frente, después de castigar con dureza la costa occidental, terminó yéndose en dirección noreste, hacia el norte de Granada, Jaén y Almería, camino que lo llevaría a morir en las costas del Golfo de Valencia, no sin estragos.

      Por alguna razón que el destino tenía guardada, sobre la sierra llovió abundantemente. Pero de forma puntual, en no más de tres horas, cayeron sobre los aledaños de Montesión, ciento sesenta y ocho litros por metro cuadrado. Fue una catástrofe, la puntilla que necesitaba para que la ruina se hiciera efectiva.

      Cazorla, sometida a las escorrentías de las montañas, tuvo inundaciones aunque sin gravedad. Nada excepcional que no se hubiera producido otras muchas veces. No corrió igual suerte el monasterio. Debido a la hondonada donde está construido y con el agua concentrándose en tan escaso tiempo, viniendo del Este, se llevó por delante el muro en torno a la plazoleta de la entrada principal, dejando inundadas las dependencias por este lado más deprimido del terreno. La lluvia torrencial estuvo acompañada de fuertes vientos. Quedaron dañadas parte de las cubiertas y con ellas el agua entró sin remisión para comenzar su labor destructiva. La liviana torre con su pequeña campana quedó afectada hasta el punto de venirse definitivamente abajo un mes después con las primeras nieves, destruyendo en la caída parte importante del pórtico de entrada.

      Fue el principio del fin.

      El Ayuntamiento, ejecutando meses más tarde obras de emergencia de ‘tente tieso mientras cobro’, parcheó la situación. No había dinero en caja ni sobrantes de otros lados, ni préstamo de dónde obtenerlo por el elevado endeudamiento endémico, así que el retejado fue superficial. El edificio, a partir de ese momento, quedó sometido a las muchas inclemencias que tras de aquella gota fría vendrían a sucederle. Nada anormal por otro lado.

      Más adelante aunque sin prisa, la propiedad optó por vallarlo con distintos materiales y tapiar las entradas sujetas a mayor vulneración. Analizaron previamente el peligro potencial que corría cualquiera que se adentrara en el recinto, y aun tratando de cubrirse las espaldas también fueron conscientes que nada impediría franquear el acceso por muchos lados y sin grandes dificultades. No ya al recinto, sino al propio edificio. Era sumamente costoso ponerle puertas al campo y de esta manera esperaban eludir cualquier responsabilidad futura.

      Lo edificado, bajo estas condiciones extremas y de carencias, siguió declinando. Pero en pie todavía, revelándose al abandono, sujetándose las paredes unas con otras y a la espera de alguna solución administrativa que permitiera recuperar su esplendor. Entretanto, la propiedad retejaba. Cada año. Lo mínimo obligado para no verse acusado de dejaciones punibles o abandono de sus bienes.

      Fue a partir del inicio de 2024 cuando la Policía Local recibió el encargo de presentarse allí una vez a la semana para ver cómo seguían las cosas. Nada interesante, salvo algunas puertas talladas, rejas y frescos, quedaba dentro. No obstante, era asaltado con frecuencia porque en cualquier rincón de la tierra siempre habrá gentes desprotegidas, marginadas o saqueadores profesionales. Su testimonio evidente, la acumulación de leña al lado de la chimenea de la cocina. Y el humo delator. Y las rejas metálicas y contraventanas desaparecidas, pasto el hierro de la chatarrería usurera y del fuego la madera. 

—¡A sus órdenes, mi sargento! —se cuadró el policía, saludo que con un movimiento de cabeza también extendió al cabo Mendieta.

      —Qué tal, Sánchez. ¿Ya pasó el susto? —preguntó Vilches a modo de interrogante cordial, sabiendo que entre una cosa y otra llevaba cerca de una hora apostado al sol y un nudo en la garganta. Mirando al suelo, observó que fumar sí había fumado lo suyo para calmarse—.Ya estoy mejor enterado por tu compañero, ¡vaya par de informadores de primera división!… Bueno, muchachos, vamos a ver qué tenemos ahí dentro. Mendieta, pasa delante y me vas guiando.

      Entraron a través del gran portalón granate donde Sánchez estuvo haciendo guardia. El mismo lugar por donde, en su rutina habitual, entraron a las 11:26 hasta llegar a la zona del descubrimiento. Y el mismo lugar por el que cada semana, en días aleatorios, solían entrar para hacer un recorrido rápido por las dependencias importantes y determinar si el informe recogería la expresión «sin novedad» o por el contrario el relato de incidencias reseñables. Lo habitual, reflejar situaciones sobre estas últimas.

      A pesar de la claridad exterior, la mayoría de salas y pasillos, con recovecos estrechos y laberínticos, guardaban una oscuridad inquietante. Entre aquellas paredes, era inevitable intuir no ya el paso de los siglos sino el misterio mismo. Había que ir con cuidado. Por esa razón Sánchez iba ahora al frente de la comitiva, experto semanal en guiar los pasos de su compañero con una potente linterna que intentaba competir con el propio sol.

      Olía a humo. Todos los huecos por donde iban pasando olían a humo añejo. Estaba impregnado en las paredes, en las puertas, en los techos, y de inmediato en su ropa y en la piel, como si hubieran estado acampados días enteros ante hogueras de leña húmeda. También olía a humedad, una humedad densa hasta el punto de poder masticarse. La conjunción de ambas fragancias, unidas a la sensación de agobio producida por la angostura y oscuridad, resultaba ciertamente desagradable. Ya ansiaban salir de allí cuanto antes.

      —¡Joder, vaya sitio! —exclamó contrariado el sargento Vilches, quien sometido a la burocracia y comodidad del despacho, llevaba años olvidado de estos quehaceres.

      —Y que lo diga, jefe. Pues nosotros, ya sabe, nos lo tragamos todas las semanas, va para dos años y recorriéndolo con mucho detalle, de arriba abajo —contestó Mendieta, exagerando el alcance de la prestación de sus visitas, adornándose.

      —Me parece muy bien… Para eso creo que os pagan, gandules. ¿O no? —replicó riéndose y con el ánimo de distenderse de la rigidez que llevaba consigo.

      —Sí, pero creemos que nos pagan poco. ¿No ve cuántos riesgos y miedos hay que aguantar? —intervino el policía Sánchez, autorizándose a sí mismo a formar parte de la camaradería que les animaba en ese momento para rebajar tensión, especialmente cuando ya estaban llegando al lugar donde andaban esparcidos los muertos.

      Rieron todos al tiempo aunque sin estridencias, por respeto a los que iban a encontrarse. De todos modos, sus risas rebotaron contra los paramentos y a lo lejos, difuminado, quiso oírse un eco inquietante.

      Se hizo un silencio que por instantes nadie rompió. Avanzaban alcanzados por la ansiedad, mirando a un lado y otro, reparando en paredes y suelos. Fue el sargento quien terminó por hacerlo.

      —¡Hummm…! ¡Qué raro! ¿No os huele también como a carne chamuscada, aparte de la humedad y el humo?

      —No sé, qué quiere que le diga, jefe —contestó Mendieta sin darle mayor trascendencia.  

      —Pues a mí me lo parece… Bueno, de todos modos alumbra bien, Sánchez, que nos vamos a trompicar. Como acabe cayéndome por tu culpa, te meto un paquete de no te menees y este mes no cobras —resolvió el sargento—… Pero bueno, decidme, ¿cuándo llegamos? No me estaréis dando un paseo supletorio por venganza, ¿verdad?

      —Ya llegamos, jefe, no se preocupe. Vaya preparándose, no habrá visto algo tan desagradable en mucho tiempo —le exhortó el cabo a tranquilizarse y al tiempo a que fuera poniéndose en guardia y acumulando adrenalina suficiente para neutralizar el impacto de la emoción.                                     

Habían pasado por la capilla. La bóveda conseguía iluminar los frescos, deteriorados en parte y decaído el color en su integridad por un velo de humos trasegados desde otras estancias. El sargento, que nunca había tenido oportunidad o interés de reparar en ellos, pidió pararse unos instantes para observar las delicadas filigranas y las figuras que se representaban. Pensó, distraídamente, en el trabajo minucioso de los pintores y sin pretenderlo, durante un fugaz lapso de tiempo, quedó trasplantado a su presencia de siglos atrás. 

      Luego dejaron atrás la sala capitular y no pocos quiebros a través del laberinto. Yendo sólo, para perderse. Finalmente alcanzaron la cocina y su chimenea exenta de todo ornamento o utensilio.

      El olor a humo y las paredes ennegrecidas era aquí tan intenso como propio. Se percibía sin estridencia una luz tamizada a través del reducido hueco de una ventana. Estaba desnuda; no tenía hojas, sólo el marco abierto al breve espacio de un patio cubierto de escombros, yerbajos y arbustos que superaban ampliamente la altura de la meseta.

      La dependencia, de formas irregulares, disponía de una puerta igualmente desnuda dando al mismo espacio abierto del patio. Por uno y otro sitio, desde el exterior, podía accederse de manera franca sin necesidad de allanamiento. Nada lo objetaba, nada se hizo para corregir la deficiencia. Viéndolo así, de poco servía que la enorme puerta granate de entrada, de robusta madera maciza y tachonada de herrajes, estuviera bien guardada y con potentes llaves cuando podía entrarse libremente recorriendo escasos metros.

      Un espectador ecuánime, puesto a valorar la situación, concluiría con rapidez en la escasa diligencia aplicada por parte de la propiedad. Si lo pretendido era guardar el riesgo de asalto y sus posibles consecuencias, tal y como estaban ahora mismo las cosas, no se calibró con suficiente profesionalidad o interés el proyecto.

      Sánchez, con indudable intencionalidad y de su propia cosecha, enfocó la luz de su potente linterna hacia la chimenea para concentrar toda la atención en ella, para evitar, de momento, otras distracciones.

      —¡Oh, no! ¡Por los clavos de Cristo!, ¿qué es esto?… No puedo dar crédito —exclamó Vilches llevándose ambas manos a la cabeza, en un gesto que por sí solo describía el horror.

      No sólo olía a humo y humedad. También olía, y poderosamente, a carne chamuscada. Y era en efecto carne. Pero no de ninguna alimaña, sino humana. Dos cuerpos encogidos, solo reconocibles por las formas. Se distinguía no obstante y sin posibilidad de error que se trataba de un hombre y una mujer. Las vestiduras, escasas y ligeras, estaban fundidas a los cuerpos; los cuerpos, menguados y ennegrecidos, exhibían una dolorosa e impactante masa informe que en algunos puntos dejaba ver la osamenta. Un escalofriante horror, ni siquiera la truculencia cinematográfica podría recrear la escena. 

      Mendieta y Sánchez dejaron que el sargento sacara sus propias conclusiones. Sobre el olor que había detectado momentos antes, era preferible no advertirle para que pudiera calibrar el estado de las cosas en su propia intensidad.

      Vilches quedó impactado por esta primera escena. Incómodamente impactado.

      Sin pretenderlo, instintivamente, se había provisto de enormes orejeras. De esta forma, guiado por la concentración y ayudado por el haz de luz artificial, durante un tiempo no fue capaz de apartar la mirada de aquellos dos cuerpos yaciendo achicharrados a poco más de un metro de la chimenea. Intentaba comprender qué había sucedido.

      Observó en la esquina derecha un desordenado montón de ramas, pequeños troncos y tablas que alguien, en algún momento, debió recolectar para hacer fuego. Siguió la estela de los tizones no consumidos y las cenizas que había alrededor de los cuerpos. Éstas le llevaron hasta la cercanía del combustible. Fue en ese preciso instante cuando reparó en que delante de los cuerpos, enfrentados al hogar de la chimenea con trazas recientes de haber sido encendida, había un ligero hoyo sobre la baldosa de barro cocido con la que estaba pavimentado el suelo. Le alcanzó una luz reveladora. Se acercó lentamente, pensativo. Se colocó detrás de los cadáveres e izó la mirada hacia el tiro. Acariciándose el bigote blanco que lustraba su enjuta cara, volvió su mirada al suelo. Alzó la vista hacia el frente y buscando la explicación intuida se espantó como si hubiera visto al diablo.

      —¡Joder! ¿Qué estoy viendo?… ¡Mendieta, cabronazo, así te parta un rayo!… Y encima no olía a carne quemada, ¿verdad?… Ya hablaré yo seriamente contigo… ¡No puede ser, estoy flipando! ¿Es esto real o se trata de atrezo que habéis montado para espantar a los malos espíritus?

      Retirados hacia un lado permanecían sus dos subordinados, expectantes. Uno sujetando el arma luminosa e iluminando los lugares donde se iban las miradas, el otro sin perder de vista muecas, sorpresas y movimientos. Sonrieron ambos imperceptiblemente: sólo ellos sabían el sutil motivo. Fue el mismo impacto. También fliparon, así es que podría comprenderse mejor su comportamiento.

      —¿Por qué demonios no me avisaste de los detalles? ¿Por qué coño me has ocultado este espectáculo? —inquirió irritado sin poder apartar la vista del montón de huesos y cuerpos momificados que había esparcidos entre esta parte de la cocina y muchos más al otro lado, en el refectorio, en un frente de quizás cercano a cinco metros lineales.

      —Ya le dije que había muchos muertos y que iba a ser un escándalo, ¿no se acuerda? Y sobre avisar, ¿cómo puedo yo contarle a alguien esta escena? Resultaría increíble; mejor contemplarla para darse cuenta de la magnitud, sus consecuencias y de manera subjetiva poder valorar impresiones que no hayan estado previamente inducidas o contaminadas. ¿No le parece, sargento? En todo caso, sepa que en ningún momento he tratado de ocultarle nada que no debiera usted ver de primera mano. Eso me ha parecido que tenía que hacer y así lo he hecho. Si estoy equivocado en la conducta, me lo dice y no volverá a ocurrir… Diga usted que difícilmente volveremos a encontrar algo así en nuestra vida.

      —Vale, de acuerdo. No sigas, ya me conozco la historia que sigue. Puede que hasta tengas razón; ¿te quedas contento? —replicó, ya distendido del pronto y dándose cuenta de que él tampoco lo iba a tener fácil de explicar.

      Sánchez, que había superado el miedo escénico del primer impacto, disfrutaba observando y oyendo las dulces puyas envenenadas que se lanzaban aquellos dos gallos. También aguzaba el ingenio en tanto procedía a examinar con mayor cuidado el escenario, sacando tras de ello nuevas conclusiones. Tiempo tendría a exponerlas, llegado el caso.

      —Bueno, así que este panorama infernal tenemos… Y vosotros dos, que vais más adelantados, ¿tenéis alguna teoría viéndolo ahora con más calma y sin el bombazo del momento inicial? —preguntó el sargento, queriendo involucrarlos para encontrar cuanto antes una explicación al amasijo de cadáveres rancios.

      Alzó la mano el cabo Mendieta. Tomó la palabra ya que por rango a él correspondía responder primero al requerimiento solicitado por el jefe. Y porque tenía una visión del suceso perfectamente razonable. Quería brillar y hacer valer su sagacidad.

      —En mi opinión, sargento, lo de los muertos recientes parece explicable con cierta imaginación a falta de la autopsia. Entraron aquí por alguna razón que ahora mismo desconocemos. Encendieron fuego en la chimenea sin ninguna dificultad. Leña encontraron suficiente, de hecho ahí queda todavía porque se cortó la conexión entre los cuerpos y ése montón que queda. Algo ocurrió que fulminó a ambos en un instante y después, bien las llamas del fuego encendido o la leña que tenían al lado, los incendió y provocó lo que ahora vemos. La presencia del agujero en la baldosa indica que a través de la chimenea pudo entrar un rayo que…

      —¡Alto ahí! —interrumpió Vilches con autoridad, levantando la mano izquierda por encima de la cabeza—… A través de la chimenea pudo entrar un rayo que efectivamente, tienes razón, los cegó y fulminó con sus muchos millones de voltios y luz azulada. Rayo, quiero intuir, que rebotó en el suelo y fue a estrellarse contra esa pared de enfrente, echándola abajo en parte y poniendo al descubierto la cosecha que había entre los dos muros, desparramándola por encima de los escombros tal cual ha quedado. Y a buen seguro que huesos quedan por ahí debajo triturados. ¿Os habéis fijado en la anchura anormal de la cámara? Unos cuarenta centímetros aparenta al menos. La cuestión será averiguar quiénes pueden ser los muertos, qué hacían ahí metidos, cómo murieron, cómo entraron y cuántos más puede haber guardados en otros lados.

      —Sargento, cabo, ¿me dais permiso para opinar? —preguntó humildemente el que quedaba, sometido al rango.

     —¡Pues claro! En eso hemos quedado y para eso somos un equipo —respondió con resolución el jefe de sala.

      —Bien, veamos… —comenzó Sánchez titubeando. Luego de carraspear se animó a relatar sus conclusiones preliminares—. Ya hemos dicho que no sabemos cuánto llevan aquí los muertos recientes. Sin embargo, yo me inclino por pensar que llevan algo menos de tres días.

      —¿No me digas? —interrumpió de nuevo el sargento, incrédulo y sorprendido por la aseveración, y dispuesto a ejercer de jefe según y cuando le pareciera.

      —A ver, no aseguro que se trate de una certeza absoluta. No obstante creo que la opinión puede tener sentido a falta de mayor investigación científica que ahora no está en nuestras manos. Me explico… El viernes pasado, a última hora de la tarde, casi anocheciendo, hubo una tormenta difícil de olvidar, ¿lo recordáis? Llovió lo suyo y rayos y truenos asolaron toda esta zona. ¿Quién nos dice que no entraron aquí para cobijarse porque les pilló la tormenta en medio de la nada? ¿Quién podrá negar que ante la intimidación que produce este lugar en medio de una tormenta, mientras escampaba y alumbraban con el fuego, no se entretuvieran haciendo el amor? Luego, en mala hora, acabó entrando el rayo. Mirad la posición que tienen, acurrucados el uno junto al otro, unidos en posición ‘sospechosa’, dicho sea con respeto, en términos coloquiales y para entendernos entre nosotros al margen de muestras de fluidos. Ya sabéis cómo son los turistas, atrevidos, irresponsables queriendo vivir a tope la vida.

      «Continúo. Que los fulminó un rayo, seguro; que el rayo rebotó y se cargó la pared, probablemente ya dañada, también. Sólo tenemos que pasar a la sala e investigar por dónde tuvo el punto de fuga ese rayo fatídico. Rastro, con seguridad que ha dejado a poco que busquemos. Y en cuanto a cómo acabaron los muertos entre las dos paredes, es extraño pero no imposible. Observad entre los huesos sueltos e incluso en las momias. ¿Qué veis? Amigos míos, ¡sogas de cáñamo! Pues siendo así, convencido estoy que el amasijo del que un día formaban parte los cuerpos, han estado colgados de esas cuerdas. Y si vamos para allá y entre el revuelto encontramos calaveras, omóplatos y húmeros  —que los hay en cantidad a simple vista—, seguro que esas gruesas cuerdas penden todavía de algunos de ellos. O al menos como elemento por donde los sujetaron para colgarlos. Tened en cuenta, además, que parte de la cosecha puede llevar tiempo arrumbada en el suelo porque pudo romperse la soga debido a la edad. ¿Cuánto tiempo llevan colgados? ¿Quién lo sabe ahora?      

      «Os preguntaréis, ¿cómo los pusieron ahí, emparedados? Pues creo que desde la planta de arriba y una vez muertos. De muerte natural o asesinados. Eso lo dejamos para forenses y científicos. Algún acceso oculto y hueco ha de existir en el suelo a través del cual se iban descolgando los cadáveres, atados a una viga longitudinal embebida en la cámara como elemento probable de la estructura soporte del edificio. No hemos tenido tiempo de investigarlo, pero está ahí mismo, a nuestra disposición. Sólo hace falta…

      —Para, muchacho, para… Danos un respiro —se atrevió a interrumpir el sargento Vilches. Tanto él como Mendieta estaban asombrados de la capacidad deductiva del policía, ignorando en ese momento hasta qué punto podía llegar el conocimiento y frescura intelectual de un funcionario preparándose continuamente para el instante de las oposiciones de ascenso. Todo cuanto expresó tenía bastante sentido, sólo era cuestión de ponerse a investigar con rigor, sin los miedos ni prisas por informar de dos horas atrás—. Por cierto, ¿cuándo has llegado a semejantes  conclusiones?

      —Verá, sargento. Entre lo que observé antes, entre lo que estoy observando ahora, entre las sabias opiniones que he escuchado, lo cual dicho de paso ha permitido que mi mente se abriera con mayor alcance, así como las muchas vueltas que durante la guardia en la puerta le di al asunto, me ha llevado a esta conclusión. También pudiera ser que esté equivocado. Pero para salir de dudas lo mejor será ir a inspeccionar, primero las cuerdas y la viga y después la cámara secreta de arriba. Y espere, no vayamos a encontrarnos mayor número de cadáveres.

      —¡Vaya sorpresa! No podía imaginarme que teníamos en el Cuerpo lumbrera de semejante calado —dijo el sargento, adulador.

      —Sánchez, me has dejado deslumbrado, como un rayo benéfico cargado de sabiduría —refrendó el cabo, más adulador y bromista, tratando de humanizar el impacto de la tragedia que estaban viviendo—. ¿Sabes que te digo?… Como reconocimiento a tu inteligencia y al mucho trabajo que me parece que vas a ahorrarnos, te condono los tres cigarros que me debes, ¿vale?      

      —Gracias, cabo. Pero aún tengo más. ¿Habéis reparado en las dos mochilas que hay en aquélla esquina? —las señaló con el índice—. En la primera inspección nos pasaron desapercibidas y a punto hemos estado de que nos ocurra de nuevo porque siendo negras y apoyadas bajo una sombra intensa, apenas se aprecian. Eso ha sido simple casualidad, un instante de distracción y lucidez al tiempo mientras vosotros hablabais. Ahí tendremos muchas claves.    

      —¡Cuidado! No las toquéis, no vayamos a destruir alguna prueba —señaló el sargento antes de cometer un error primario—. De acuerdo, muchachos, ¡a trabajar!… Poneros vosotros manos a la obra para investigar lo comentado y a ver si Sánchez tiene razón. Yo me salgo fuera para hablar inmediatamente con el alcalde. Va a tener que venir aquí a toda leche, como yo mismo. ¡Vaya día vamos a darle!                

 Mendieta y Sánchez se fueron a lo suyo, linterna en mano y convencidos de encontrar las claves del misterio. Vilches salió al boscoso patio y con sorpresa agradable comprobó que tenía cobertura suficiente en el móvil. Gozaba de línea directa con la alcaldía, de la misma manera que ella con él para lo que fuera y a la hora que fuera. De diario y en festivos. Daba igual, sin miramiento.

      Para aliviar el disgusto, se decía a sí mismo que formaba parte del trabajo, del sueldo, aunque lo despertaran a las tantas para tonterías. Era una forma práctica de no envenenarse. Se iba a jubilar pronto, no era cuestión de hacerse el importante a estas alturas ni poner reparos a lo que siempre fue uso y costumbre. 

      Marcó el número de la secretaria personal del alcalde Gabriel del Castillo y conectó la tecla de manos libres.

      —Sí, dime, Vilches —se escuchó al otro lado una voz jovial, anticipándose al ver en pantalla de quién era la llamada.

      —Eloisa, buenos días, princesa. Necesito hablar urgentemente con el alcalde. ¡Pero ya! —le urgió.

      —Lo siento,  no puedo. Está hablando por la línea fija.

      —Pues necesito que le digas que abrevie. Es un asunto importante, grave. ¿Me entiendes?

      —La llamada que está atendiendo es también importante. Eso me ha parecido por el tono imperioso. Es el teniente González, de la Guardia Civil.

      —¡Qué tripa se le ha roto a ése! Bueno, de todos modos, pásale una nota y dile que es realmente muy urgente, ninguna tontería. Estoy en Montesión, espero a que se ponga si antes no he perdido la cobertura. O le llamo directamente a su móvil, como quiera.

      —De acuerdo, vamos a ver —contestó Eloisa dulcemente—. No te inquietes si tardo, cariño. Y cuidado con el calor y los sofocos, que ahí aprietan.

      Para calores estaba el sargento Vilches viendo lo que ya tenía encima. Con el teléfono pasando de oreja a oreja y de mano a mano porque la batería se recalentaba, paseó la zona apartando maleza a patadas. Ello no le impidió observar que en torno a las paredes se insinuaba una senda que iba bordeándolas hasta alcanzar un cerramiento de simple valla metálica, con seguridad abierto por algún lugar. «A través de ella habrán entrado», pensó. Los terrenos de la huerta estaban cercanos y abandonados como nunca estuvieron. Sus pensamientos iban de un lado a otro, vertiginosamente. Le dio por repasar la tesis deductiva de Sánchez y hubo de convenir que el joven estaba más que preparado para un ascenso si se creaba la ocasión. Confiaba en que no se malograse; además tenía a su lado a Mendieta, un buen maestro.

       Comenzó a desesperarse por la espera y a punto estaba de colgar para llamar un poco más tarde o que le respondieran. Seguía habiendo cobertura.

      Sonó una voz al otro lado. Activó el botón de grabación, nunca era excesivo estar prevenido, por si acaso.

      —Vilches, dime, ¿a qué viene tanta urgencia? Me comenta Eloisa que estás en Montesión… ¿Y puede saberse qué haces ahí con tu rango? —por fin el alcalde al teléfono, perceptiblemente tenso conociéndolo como lo conocía.

      —Hola, alcalde. Pues de eso va, de Montesión, adonde he tenido que venir de urgencia reclamado por el cabo Mendieta. Hoy teníamos la visita semanal programada —respondió con serenidad, con tacto, no quería revolucionarlo largándole de sopetón la andanada de muertes.

      —¿Y qué pasa para que tengas que llamarme sin que lo puedas resolver directamente? —inquieto, poniéndose ya en situación para escuchar un mensaje con problema a la vista.

      —¿Estás sentado?

      —¿Y qué tiene que ver eso? ¡Venga ya, suéltalo y no te andes por las ramas! ¿Cuántas veces te habré dicho que no des rodeos si tenemos un problema? Porque tenemos un problema, ¿verdad?

      —Varios, jefe. Con muertos. Estamos…

      —¡Joder, no! —se oyó el grito en Quesada.

      —¿Qué pasa, Gabriel? Vaya susto me has dado. No te conozco, ¿qué está pasando ahí que deba saber ya?

      —Pues pasa, amigo, que acabo de colgar con el teniente González, ya sabes, y me dice que ha desaparecido un matrimonio francés, dos jóvenes de unos treinta y pocos que están hospedados en Riogazas. Según me cuenta, a lo que saben los del hotel, muy por encima, es que son gente de familia importante. Nos pide, como de costumbre, colaboración institucional para su localización. El hotel ha presentado una denuncia en la Guardia Civil porque llevan desaparecidos desde hace tres días, sin dar señales de vida y con todas sus cosas en la habitación menos lo que llevaban puesto el viernes, con sus mochilas y documentación.

      —¡La hemos jodido, jefe! —replicó Vilches, alarmado.

      —¿De qué hablas?

      —Hablo de que están aquí, en la cocina de Montesión, dentro del edificio. Sin duda son ellos por la pinta. Fiambres, alcalde. Fiambres y calcinados, como quemados en una parrilla pero sin parrilla. Suponemos que ocurrió el viernes a última hora, durante la tormenta y fulminados por un rayo que entró a través de la chimenea. Un verdadero horror, ya lo verás tú mismo.

      —Me dejas perplejo, estoy asustándome ¿Y cómo es posible, cómo han entrado?

      —¿Cómo han entrado me preguntas? Pues por los muchos sitios que hay para hacerlo. Las especulaciones que tenemos es que les pilló la tormenta por la zona, o previeron que podía pillarles, y decidieron resguardarse aquí como pudieron hacerlo bajo un árbol o en una cueva que hubieran encontrado a mano. Entraron como Pedro por su casa porque esto es un coladero. Y creo que justo por eso podemos tener un problema añadido.

      —¿Pero no quedamos en que está todo vallado, tapiadas las posibles entradas y vigilado?… ¡Van a rodar cabezas, sargento!  

      —Tranquilicémonos, alcalde. Vigilado, sí, una visita de inspección a la semana. Hoy tocaba y hemos descubierto el pastel, así que por ese lado diligencia plena. Tapiado, también, hasta que asaltos de vándalos y descuideros han ido comiéndose rejas, puertas y ventanas. Vallado, igualmente, hasta que el alambre aguanta y los jabalíes lo destrozan. Hoy puedes reparar y mañana abierto ha quedado de nuevo, ya sabes la fuerza que tienen esos bichos si hay algo de comer al otro lado. Todo ello está puntualmente en los informes.

      —De acuerdo, pero no me vengas ahora con esa gaita de que está todo en los informes. La cuestión es que el edificio es nuestro, han entrado y han muerto dentro de él. Por un rayo, por un infarto, por sed o comidos por las ratas. Es indiferente. Se han muerto en nuestra casa y vendrán a por nosotros. Ya lo advertirás.

      —Eso tendremos que esperar para verlo,, tranquilo. Harina de otro costal… No obstante, al margen de que los asuntos formales los tratemos como corresponde y donde corresponde, creo que tienes que venirte para acá inmediatamente.

      —Sí, ahora mismo lo organizo, porque el reguero de pólvora va a prenderse en un instante. Pero escucha, antes de alarmar a nadie y hablar de suposiciones, aunque apunta a que son ellos, ¿tenéis forma de identificarlos?

      —Creo que sí. Sus mochilas están intactas aunque he decidido no tocarlas para no contaminar posibles pruebas —cauto, ajustándose al guión.

      —Vilches, no me vengas con exquisiteces. Arréglatelas ahora mismo, busca la documentación y dime los nombres de los muertos porque inmediatamente tengo que notificárselo a González. Ellos tendrán que hacerse cargo de la investigación porque la denuncia se ha puesto allí. Esto nos sobrepasa. No va a ser de nuestra competencia, ya se verá si de nuestra responsabilidad. Y para mayor desgracia, extranjeros              

      —¿Quieres el nombre de los dos muertos? —dubitativo, pensando si debía decirlo ya o esperar. Decidió ir por partes.

      —¡Pues claro, coño! ¿Acaso tienes alguno más?

      —De acuerdo, espera a ver si puedo resolverlo sobre la marcha, si es que no me quedo sin cobertura —dijo mientras caminaba hacia la entrada de la cocina.

      Gritó a voces el nombre de Mendieta para que se acercara de inmediato. Éste lo escuchó y en un instante quedó plantado ante él.

      —¡Sargento, Sánchez tenía razón! Conforme lo narró, clavado. ¡Vaya intuición, un fenómeno!

      —Deja eso ahora, Mendieta. Coge las mochilas, ábrelas aquí delante de mí y busca la identificación de los cadáveres.

      —¿No quedamos en que no las tocáramos?

      —Mendieta, no me toques lo que ya sabes. Haz lo que te digo inmediatamente. Ponte unos guantes si los tienes a mano, y si no coge tu pañuelo sudado, la camisa, los calcetines, los calzoncillos o lo que se te ocurra. O nada, me da igual ¡Pero hazlo ya, sin rechistar!

      El cabo obedeció a toda leche. El jefe estaba cabreado. «Al otro lado de la línea debe haber problemas», pensó.

      —Alcalde, sigo aquí. Ahora mismo inspeccionamos las mochilas. Vas a oírlo en directo… Venga, Mendieta, apura que tenemos al jefe esperando. —El cabo manipuló los compartimentos y nervioso por la presión acabó encontrando lo que buscaba. Primero el de ella—. Lee en alto, Mendieta.

      —Violette Blanc, nacida el 12 de diciembre de 1993, residente en Marseille (France). Voy al siguiente. —Pasó a la otra mochila y tras rebuscar como un sabueso, lo encontró con mayor prontitud—. Aquí va. Henri Passedat, nacido el 26 de diciembre de 1992, residente también en Marseille (France).

      —De acuerdo, cabo. Toma nota de los nombres, ordena bien los documentos, deja las mochilas en su sitio y ocúpate de lo que estabas haciendo. Después hablamos, ¿de acuerdo?

      —Sí, cómo no —respondió sorprendido por la sequedad de las palabras.

      —Gabriel, ¿estás ahí?

      —Son ellos, Vilches. Al menos hemos sido eficaces encontrándolos rápidamente. Habrá que ver la parte positiva.

      El sargento se quedó unos instantes paralizado. Se estaba dando cuenta que él mismo podía ser parte afectada por los derroteros políticos o penales que podían desprenderse de la muerte de los dos marselleses.

      —¿Sigues ahí?

      —Sigo aquí, alcalde —distante.

      —De acuerdo… Voy para arriba. En media hora estoy con vosotros. Subiré con los concejales de cultura, de obras y servicios y con el aparejador para que vayan tomando conciencia de lo que hay —dudando—… Si le parece oportuno, creo que también subiré con el secretario. Avisaré de inmediato a González y que se ocupe él del juez para levantar los cadáveres. Por cierto, las declaraciones públicas me las dejas a mí. Tenemos que forjar un plan. Lo hablamos, ¿te parece?

      Vilches salió del trance de su parálisis momentánea.

      —Alcalde, ¿sigues sentado? —se preparó el sargento para la traca final.

      —Déjate de cachondeos, sargento, ¿tú crees que estamos para bromas?

      —¿Bromas dices? Tendrás también que ir preparando el discurso para hablar de otros seis o siete muertos desparramados entre la cocina y el refectorio.

      —¿Qué dices, estás loco? —incrédulo.

      —Lo que oyes —gozoso, sonriendo.       

      —No me tomes el pelo… ¿De que va esto?

      —No te oigo, se pierde, he debido quedarme sin cobertura. ¿Me oyes?… Nos vemos en la explanada de los cipreses.

      —Vilches…

      Al poco sonó el teléfono. Era Eloisa, la eficiente secretaria personal de Gabriel del Castillo. También se decía maliciosamente que algo más, aunque sin soporte y a pesar de que este tipo de relaciones humanas resultara un topicazo recurrente para activar la salsa del chismorreo y el pábulo. Hiriente, sí; intensa realidad cotidiana, también. No activó la techa… El teléfono estaba fuera de cobertura. 

—Muchachos, viene la caballería al completo. Nos van a quitar de la circulación de inmediato. Calculo que en un cuarto de hora tenemos aquí a políticos y técnicos para ver cómo salvan el culo. La Guardia Civil se hará cargo de la investigación porque hace un rato han denunciado la desaparición del matrimonio francés.

      «Resulta que son matrimonio y de familia pudiente. Estaban hospedados aquí encima prácticamente, en Riogazas, lo que justifica que con la tormenta a la vista no quisieran cruzar el pinar para alcanzar la pista forestal y llegar al hotel. Fueron inteligentes tratando de evitar los rayos bajo árboles, vinieron a refugiarse aquí y mira por donde los fulminó uno. Curiosidades de la vida. Ya veis, no sabe uno dónde la tiene guardada. Los del hotel, como vieron que llevaban tres días sin aparecer, se fueron a denunciar la desaparición al cuartel.

      «Llegará el juez, llegarán los forenses, llegarán las ambulancias, llegarán los curiosos y esto se va a convertir en una feria de no te menees porque no cabes. Así es que tenéis que estar preparados para participar en ella, cumpliendo la misión que en cada momento os vaya asignando. En cuanto a declaraciones, ninguna bajo expediente disciplinario. Habéis subido aquí como de costumbre, siguiendo las instrucciones del parte de actividades. Habéis hecho la ronda en cumplimiento de vuestros deberes y habéis encontrado lo que habéis encontrado. Me habéis llamado con urgencia como correspondía hacer y juntos hemos vuelto a inspeccionar la cámara de lo horrores, con diligencia y profesionalidad. Hemos sacado nuestras propias conclusiones como policías que somos y dejamos que ahora los más listos o mejor dotados concluyan la labor.

      «Las mochilas las hemos abierto, exclusivamente, para identificar con certeza a los muertos, siguiendo indicaciones expresas del alcalde, porque él, a su vez, había de confirmar al teniente González que los habíamos encontrado. En cuanto a por qué el matrimonio ha muerto en nuestra propiedad, siendo una propiedad técnicamente cerrada, revisad bien vuestros informes de estos casi dos años por si habéis omitido algo importante que tanto yo como los concejales, alcaldía o técnicos afectados debiéramos saber. Luego habrá que ver lo que en función de vuestros partes de incidencia hayamos podido pasar por alto los demás.

      «Pensad que van a buscar culpables. Pensad que los tres estamos metidos de lleno en el fregado. Y pensad que los políticos tenderán a dirigir la culpa hacia los de abajo. Sabed también que conmigo no habrá problema, que os defenderé en lo que haga falta si es que llegara hipotéticamente a salpicaros. Espero que no ya que, en efecto, ni al campo ni a gentes de mal vivir se les pueden poner barreras, siempre terminarán reventándolas. No digamos a las bestias. Y con ellas reventadas, el paso franco es un hecho para cualquiera de buena fe o desconocedora de cómo está el monasterio realmente y los peligros que entraña meterse dentro.

     «Sobre los colgados, enhorabuena Sánchez. Mi mayor felicitación; eres un hacha habiendo dado con las claves de los enterramientos y su procedimiento. A partir de aquí, que los científicos investiguen y calibren número, sexo, edad y fecha aproximada que llevan escondidos ahí. ¿Asesinatos, violaciones, brujería? ¿Es una secuela dejada por los monjes? ¿Son muertes a consecuencia de la guerra civil? ¿De otras épocas?

      «Demasiadas interrogantes, y muchas otras que a continuación podamos añadir. En todo caso, ya no es un problema nuestro desde ese punto de la instrucción. Seremos espectadores aunque espectadores privilegiados porque hemos tenido el privilegio de encontrarnos con un caso que dará mucho que hablar en los próximos años. Al tiempo. También veremos si los tres, los demás implicados y el propio Ayuntamiento salimos indemnes…

      «¿Estamos de acuerdo, Eduardo Mendieta?… ¿Estamos de acuerdo,  Práxedes Sánchez?       

      —No puedo estar más de acuerdo, sargento —asintió el cabo Eduardo Mendieta, alcanzando a comprender la magnitud de lo que se les venía encima—. Y quiero agradecerle sus palabras. Yo pondré de mi parte lo que haga falta. En cuanto a fidelidad, absoluta.

      —Por mi lado, sargento, sólo tengo palabras de agradecimiento a su confianza, y como a dicho Eduardo, quedo también a su disposición —anunció Práxedes Sánchez al tiempo que se cuadraba y elevaba la mano derecha hacia la cabeza a modo de saludo reglamentario. Estaba emocionado, a punto de saltársele las lágrimas. Demasiadas emociones en tan pocas horas.

      —De acuerdo entonces… Dicho lo cual, buena gente, me queda deciros que podéis llamarme Antonio en todo momento salvo cuando las exigencias del reglamento lo impidan. ¿Vale?

      —Vale —contestaron uno tras de otro, un eco.  

      Se estrecharon las manos y se dieron un abrazo, todos a una, el mismo objetivo. Los tres eran conscientes, especialmente Antonio Vilches, de que a partir de ese instante las cosas iban a ponerse feas. O al menos había serias posibilidades de que se pusieran feas a poco que alguien apretara las tuercas. El matrimonio francés y las dos muertes asociadas iban a ser muy influyentes en sus vidas. Por una razón u otra.

      —Vámonos para arriba a recibir a la comitiva y su polvareda. Y cuando estemos allí, a la sombra de los cipreses, nos tomamos un trago de agua y nos fumamos un cigarro tranquilamente —anunció Vilches—. ¡Ah!, y daros por enterados de que hoy no almorzáis. También va incluido en el sueldo. A ti te vendrá bien la abstinencia, Eduardo. A nosotros dos no tanto.  

      Rieron por no llorar mientras echaban a andar cuesta arriba bajo un sol aplanador. El Time Force marcaba las 13:45. Al poco, Eduardo Mendieta tuvo que sacar el pañuelo mojado del bolso para volver a enjugarse.     

       

                                                         3.Las consecuencias *                                                      

 Cincuenta y cinco meses después – 27 de marzo de 2030

  La polvareda que se levantó en la explanada aquél 24 de agosto de 2025 fue visible a larga distancia. Por cualquier ángulo que se mirara, un día infausto, un día de tensiones desbordadas y presagios inciertos.

      Tres policías municipales hacían tiempo a la sombra de los cipreses. El sargento Antonio Vilches fue responsable del reducido grupo que durante la mañana había descubierto y descifrado parte de los hallazgos. Los macabros descubrimientos, de inmediato, dieron lugar a la inusual concentración que a lo lejos ya anunciaban las sirenas.

      Los policías, expectantes y preocupados, trataban de asimilar el revuelo que en escasos instantes iba a producirse en torno al espacio donde permanecían a la espera de acontecimientos. Las 14:02 marcaba el reloj sumergible del cabo Eduardo Mendieta cuando llegó al recinto el primer vehículo de la comitiva. Ésta, en el menor tiempo posible, habría de dar respuesta oficial a las muchas interrogantes surgidas a raíz de los diez cadáveres iniciales descubiertos entre la cocina y el refectorio del monasterio.

      Todo apuntaba a que sería una tarde larga, agitada y muy calurosa. Así fue, ciertamente. E inolvidable también porque los llamados a resolver el hallazgo en sus distintas vertientes, junto a quienes por subordinación debían esperar obligados, tuvieron que vivir el suceso más importante de su trayectoria profesional. Se trataba de hechos sin parangón en decenios, no ya en Cazorla sino en buena parte del territorio nacional. Y, por si fuera escaso el alcance, lo sucedido tenía sobrados ingredientes para convertirse en asunto dañino y mediático. El sargento Vilches y el alcalde de la ciudad, experimentados supervivientes, no se equivocaron en sus primeras apreciaciones en cuanto a los perjuicios que podían sobrevenirles a ambos.    

      Fueron llegando los que tenían que llegar. Y alguno más de añadido, incluido un periodista afín a la causa interesada. El alcalde, temiendo como temió desde el principio efectos colaterales, maniobró rápidamente: pasado el ecuador del mandato, su intención para la primavera de 2027 era repetir en el cargo, de forma que no quedaba otra que salir airoso de la contienda social y política que iba a librarse. Las noticias, en la medida de lo posible y siempre que no se fueran de las manos, habían de estar tamizadas por un profesional de la información.

      Eloísa Arenales, a la sazón entonces eficiente secretaria personal de la alcaldía, se movió entre la polvareda que siguió a su llegada como angelical alma errática dispuesta a mediar con buen oficio en cuanto resultara preciso. Fue la primera en alcanzar el recinto, acompañada del periodista protegido.

      Saludó y enseguida dio instrucciones al responsable policial, cariñosa pero guardando ya las formas. Año y medio después la joven, para sorpresa general, se convirtió en esposa de Gabriel del Castillo tras un sonado divorcio que escandalizó al pueblo por el abandono conyugal de él y los treinta y tantos años que separaban a los nuevos contrayentes. Resultó que los rumores eran ciertos, si bien lo llevaron con tal discreción que nunca la rumorología se hizo creíble ante el mundo. Para refrendar su cautela, ni siquiera el cuerpo policial de la casa pudo nunca ‘certificar’ como comidilla pública el secreto de la relación oculta que muchos del entorno más próximo daban por sentada.

      Según iban llegando los actores al teatro de operaciones, después de los saludos de cortesía propios del encuentro y sus circunstancias, todos terminaron por llevarse las manos a la cabeza, preguntando el cómo y el por qué, extrañados. Los policías Mendieta y Sánchez, en ese tráfago incontrolado, era náufragos intentando estar en las cercanías de su jefe para lo que pudiera ordenar en cualquier momento. Casi su sombra. 

El sargento se acercó a rendir presencia y subordinación ante el alcalde en cuanto éste llegó acompañado del resto de su séquito. Lo hicieron en distintos vehículos porque algunos creían poder librarse de la presencia con rapidez para evitar horas extraordinarias gratuitas y llegar a casa para comer aunque fuera tarde. Se saludaron con cierta frialdad, con cierto distanciamiento, una sensación incómoda sin saber muy bien por qué. Gabriel del Castillo, en cuanto pudo librarse de los saludos corporativos, se escabulló y cogió del brazo a Antonio Vilches. Se lo llevó hacia un aparte y con claridad meridiana le transmitió un mensaje que era una orden taxativa:

      —Mira, Antonio, en relación con este asunto, lo que tengas que hablar porque te lo exijan quienes pueden hacerlo, ha de ser muy conciso, sin ningún comentario añadido. Sin elucubraciones. Te limitas a responder con absoluta parquedad, ni una palabra más por encima de las precisas. Ten en cuenta que detrás de la muerte de los franceses puede haber mucho en juego para todos. ¿Lo entiendes?

       —Claro que lo entiendo, alcalde. Así lo haré. Está más claro que el agua.

      —Esto, como es natural, hazlo extensivo a tu gente.

      —Sobra el comentario. Ya está hecho desde el primer instante y saben perfectamente cómo comportarse al respecto.

      —Por cierto, ponme al tanto en una pincelada sobre esos otros muertos. Me dejaste petrificado. Luego se cortó la comunicación y durante un cuarto de hora llamándote no he conseguido contactar contigo. ¿Dónde coño estabas? ¿Problemas de cobertura? Y con dos coches aquí, ¿tampoco funcionaban las emisoras?

      Vilches puso al corriente al alcalde sobre los otros muertos, en una pincelada. Con parquedad, sin elucubrar, como había exigido. También le explicó con suficiente claridad qué había estado haciendo y la imposibilidad de llamarle. 

      — De acuerdo… Oye, en todo caso, ya hablaremos con calma y ante un café —dijo Gabriel del Castillo cuando ya se iba porque le reclamaba la presencia Eloisa a fin de cumplimentar al reportero. 

      —Lo del café, encantado; lo de hablar también porque nunca estará de más conocer las posibles implicaciones y saber a qué atenerse —contestó con la cortesía debida mientras ambos se retiraban en direcciones opuestas. 

La noticia había corrido como un reguero de pólvora. Con tanto revuelo de coches y sirenas alarmando a la población, comenzaron a llegar los primeros curiosos porque siempre hay gentes ociosas dispuestas a conocer los asuntos de primera mano y cuando poco para regodearse con las miserias de los demás. «Algo gordo ha ocurrido por allí arriba, mejor voy a ver qué pasa por si puedo ayudar en algo», ésa era la excusa perfecta y solidaria para hacerse presentes.

      Fue así como la polvareda rojiza no cesó hasta que la benemérita dio la voz de alarma: el camino podía colapsarse en cualquier momento. De inmediato surgió la orden de impedir el acceso a todo tráfico que no estuviera relacionado con la investigación. Especialmente, dejando fuera a curiosos y a la prensa. Pero la prensa ya estaba infiltrada, en su lógico papel.

      Alguien, en un momento dado y con autoridad, determinó que estaban los que tenían que estar. Sobraba no obstante mucha gente. Comenzaron las órdenes expeditivas, la Guardia Civil se erigió en responsable máxima y se bailó al son que sus operativos marcaron siguiendo las instrucciones del juez de guardia. La gran maquinaria administrativa había echado a andar. A partir de ese instante, nada ni nadie pudo pararla. Sería lenta, sí; seria laberíntica, sí; sería irritante, sí. Pero su fuerza, imparable; un mastodonte que a base de perseverancia, en la mayoría de las ocasiones, llega a su destino.

      El calor arreciaba, tan potente como la maquinaria ya en movimiento. Acotadas las zonas de acceso prohibido, las personas obligadas a estar presentes en el lugar donde se hallaban los diez cadáveres, echaron a andar cuesta abajo.

      Antes, a instancia del juez encargado y bajo su dirección, se había producido un largo encuentro preliminar donde estuvieron el teniente González, el alcalde, el secretario municipal y el sargento de la policía local como persona conocedora directa de los hechos. Éste, siguiendo las peticiones de información que se le formularon, puso en conocimiento de todos ellos cómo se había iniciado el procedimiento, qué se habían encontrado y qué conclusiones iniciales habían extraído, al margen, naturalmente, de ser corroboradas por técnicos más especializados. El juez, tras requerir algunas explicaciones al sargento Vilches en cuanto a los accesos, decidió que la entrada se efectuaría por allí donde presumiblemente lo hicieron los dos turistas. Aunque hubiera dificultades, quería comprobar hasta qué extremo. 

El reloj de Mendieta indicaba las 20:41. Día de autos del 24 de agosto de 2025 que no olvidaría jamás. Él fue, en ése instante, el encargado de cerrar con la poderosa llave de forja el portón granate desvaído tachonado de herrajes, sobre el que aún sobresalía la hornacina de piedra labrada con formas perdiéndose en su definición. El paso del tiempo, sin restauración, dejaba señales inequívocas en la orfebrería pétrea, lo mismo que sus huellas dejan marcas indelebles en la lozanía de nuestros cuerpos. Pero en contrapartida, también señales de grandeza en recuerdos y sabiduría, el poderoso alimento que amortigua el viaje hacia la vejez. 

      Un poco más tarde, junto con su compañero Práxedes Sánchez, iniciaron el camino de descenso hacia Cazorla. Estaban agotados.

      No quedó nadie custodiando el monasterio; el juez decidió que nada se hiciera al respecto. Se habían evacuado los cuerpos de Violette y Henri; fueron recogidos y envasados escrupulosamente los huesos de los muertos emparedados, incluso aquellas partes machacadas por las paredes al venirse abajo. Tampoco fueron ajenas a la recolecta las potentes sogas de cáñamo, testigos mudos aunque capaces de señalar pruebas relacionadas con los colgamientos. Hubo necesidad, además, de levantar los escombros hasta asegurarse de que no quedaba una sola astilla ósea entre ellos. De igual modo, no dejaron de incluir entre los pertrechos testigos de las paredes para su análisis.

      Policías y guardias civiles trabajaron a destajo. No hubo desaliento en ningún instante, lo que no impidió la necesidad de incorporar nuevos miembros de ambas plantillas para acelerar el proceso. Fue una tarde febril, una tarde sometida a la incertidumbre de la aparición de nuevos cadáveres y con la única ventaja de haber operado durante bastante tiempo a la sombra.

      Eloisa, siempre atenta y oportuna, al quite, trasladó a su jefe la conveniencia de aportar bocadillos y bebidas refrescantes para todos los presentes. Sin dificultades presupuestarias para atender el gasto contra la partida de protocolo, con saldo suficiente a estas alturas del año, la demanda propuesta por la secretaria resultaba tan oportuna como evidente. Nadie había comido. Todos, por una razón u otra, venían obligados a estar al pie del suceso.

      La responsabilidad de alimentar y saciar la sed, con presteza tras el encargo telefónico, corrió a cargo de la Cueva de Juan Pedro, rancio local hostelero situado en un borde de la Plaza Vieja. El alcalde encontró con esta iniciativa la estupenda oportunidad de colgarse ante los demás una medalla: la política, después de todo, no era insensible a las necesidades humanas, sabía corresponder con prontitud a cualquier improvisación. A cualquier necesidad del pueblo. De la naturaleza que fuere.

      Cumplidas las exigencias más perentorias, el juez instructor mandó reanudar los trabajos a primera hora del día siguiente. Una vez levantados los cadáveres, aceptó el consejo del responsable de la investigación en el sentido de dar comienzo a una exhaustiva revisión de todo el edificio.

      El objetivo sería comprobar que en ningún otro lugar existían cámaras o espacios susceptibles de estar ocupadas por cadáveres. Autorizó incluso la demolición de fábricas si ello era preciso y siempre, naturalmente, que no afectaran a la estructura. El alcalde, presente en la toma de esa decisión, no tuvo inconveniente y quedó comprometido a que los servicios técnicos municipales estuvieran presentes para certificar que las actuaciones que pudiesen llevarse a cabo no afectaban a la solidez estructural. 

     Mendieta y Sánchez, por fin, iban camino de regreso a casa. Amparados por el aire acondicionado de su Toyota Mirai movido por hidrógeno, no dejaron de comentar algunas incidencias de la extraña jornada que concluiría en no más de media hora. Decidieron que el momento de cumplimentar el parte de incidencias quedara para el día siguiente: ellos habían cubierto con holgura su cometido en Montesión, nada pintaban allí salvo que recibieran instrucciones expresas por parte del jefe. Si acaso, dejar las llaves a disposición de otros usuarios.

      El sol estaba poniéndose, rendido a la proximidad del horizonte. La temperatura había bajado ligeramente. Sin embargo, el calor continuaba siendo insoportable, ya no existía pañuelo con el que enjugarse, sólo algún tissue o servilleta de papel de esas que casi siempre están a mano en la guantera del coche. Salvo que se olviden las reposiciones, circunstancia que con frecuencia ocurre para desesperación del instante en que se alcanza la necesidad. 

      —Para un momento donde puedas, ¿quieres? —mandó el cabo—. Vamos a relajarnos un momento contemplando cómo se pone el sol más allá de los tan traídos cerros de Úbeda, camino de Córdoba, camino de Cádiz.

      Al poco de dejar atrás el Castillo de Salvatierra, en el primer recodo de la senda y sobre un elevado promontorio, se abría con amplitud la campiña en dirección norte y oeste. Aparcaron arrimándose a la orilla, se bajaron y enseguida encendieron un cigarrillo.

      —Éste no lo apunto, invitación personal —comentó Mendieta a su compañero, quien agradeció la importancia del donativo.

      Llevaban sin fumar siete horas. Ni siquiera a escondidas pudieron lograrlo, tal fue la intensidad y vigilancia a que estuvieron sometidos. No sólo estaban agotados, también afectados por la abstinencia del tabaco. Verdad que pudieron darse cuenta de ella después de cerrar el portón del monasterio, pero el rescoldo de la intensidad y fuertes emociones del día impidió a la mente ahondar en otras demandas entonces menores. Sin embargo, sólo cuando les alcanzó un cierto estado de serenidad se dieron cuenta de la carencia. Ahora mismo, tirana sin alma, la complacían.

      La campiña, entre ocres, grises y verdes, permanecía salpicada de tonos rojizos traídos por los últimos rayos. Y el Sol, ante el ocaso, se iba acompañado de un terroso velo que apagaba el brillante resplandor de otros atardeceres. Los cirrostratos, allá en el horizonte de poniente, anaranjados y hechos jirones, permanecían inmóviles. Hacia el norte asomaron nubes amenazantes, presagio de tormenta. ¡Ojalá fuera cierto! Aun con el calor todavía asfixiante, el escenario llamaba a la serenidad. Los dos compañeros, estoicos cual árboles enfrentados a un destino incierto, se quedaron absortos contemplado la belleza del paisaje que se difuminaba allá en la amplia lontananza. En silencio, sin dirigirse la palabra.

      La presencia del sol concluyó a las 20:59, poniéndose definitivamente por este día y en estas latitudes. Los rayos terminaron por declinar sobre llanuras y cerros. Las franjas nubosas, en altitud casi imposible por encima de donde vuelan aviones, tornaron a intensidad de brasa. A los pies de la ladera, en algunos olivos, vibraron los últimos cantos de cigarra macho. La calurosa noche se acercaba, sólo el agua y el amor podrían apaciguarla. O enardecerla.

      —Qué te parece, Práxedes, si vamos bajando al encuentro de la familia —apuntó Eduardo Mendieta en un tono evanescente, alcanzado por una paz interior como pocas veces había conseguido en su dilatada tarea profesional.

      —Vamos… 

El Ministerio Fiscal entró en el proceso de los hallazgos. Parte esencial del entramado jurídico para determinar posibles responsabilidades, la fiscalía echó a andar no pocos papeles y a provocar no pocas preocupaciones en el Ayuntamiento.

      Las investigaciones siguieron adelante sin pausa hasta determinar que el matrimonio francés había muerto, sin duda, alcanzado por un rayo mientras ambos estaban cobijados en la cocina del monasterio. Y tras de la muerte, quemados por el fuego producido desde la chimenea en el entorno inmediato donde se hallaban. Hubo sin embargo un descubrimiento atroz: Violette Blanc estaba embarazada de entre cuatro y cinco meses, de modo que teniendo en cuenta al non nato si habían de seguirse tendencias médicas y éticas de su tiempo, los cadáveres a contabilizar quedaron finalmente establecidos en once.

      Los cuerpos de los emparedados, tras dos años de investigación científica, dieron como evidencia, después de recompuestas y analizadas las piezas, que se trataba de siete adultos y una joven oscilando entre trece y dieciséis años. Sobre los adultos, tres eran varones —no más de veinte años uno de ellos— y los cuatro restantes, mujeres. En cuanto a los ocho cadáveres resultantes, atención especial tuvo la circunstancia de que tres estuvieran momificados, en concreto los cuerpos de dos mujeres adultas y la joven.

      Quedó determinado con cierta aproximación, sin poder alcanzar la certeza, que momias y huesos pertenecían a seres humanos fallecidos entre ochenta y doscientos años atrás. Todos presentaban distintos signos traumáticos, de donde a su vez se dedujo que la muerte se originó después de alcanzarles la violencia, bien a manos de terceros, o bien generada por los propios individuos tras algún estado de enajenación. El estudio de los cadáveres momificados determinó que tanto la técnica de embalsamado como la edad de los mismos se remontaban al periodo más longevo, es decir, en torno a doscientos años.

      Se investigó la desaparición de personas nunca halladas de las que aún existía constancia documental y pudieran encajar en los parámetros morfológicos. Hasta donde alcanzaron los archivos, destruidos en buena parte durante la contienda civil, sólo dos descendientes, con posibles vínculos con otras tantas mujeres, pudieron encontrarse para realizar pruebas de parentesco a través del ADN. Resultaron estériles y a partir de ahí se difuminaron las actuaciones.

      No se profundizó mucho más en esta parte del asunto porque nadie hubo especialmente interesado en saber el origen de aquellos misteriosos sándwiches. El proceso careció de acusaciones particulares, no existió identificación personal y posible de los cadáveres. No pudo determinarse ninguna responsabilidad penal contra persona conocida o institución dada la amplitud de edad estimada en las muertes, razón por la cual ni juez ni fiscalía encontraron argumentos para seguir gastando recursos del erario. El caso concluyó archivado en Jaén bajo el título de «Los emparedados de Montesión», sin que nadie hubiera reclamado hasta aquí su reapertura.

      No ocurrió lo mismo con los dos franceses.

      El revuelo que se armó en Cazorla en la tarde/noche del 24 de agosto de 2025 fue delirante. También inolvidable. El ir y venir de vehículos oficiales sin privarse de sirenas para espantar a las moscas, atrajo especialmente el interés. Tras de las primeras filtraciones tintadas de macabros mensajes, enseguida se excitó la avidez de emociones fuertes en las gentes, de forma que echaron las campanas al vuelo. Comenzaron habladurías e invenciones fantásticas, todos dispuestos a dar opinión de algo que desconocían, un comportamiento silvestre dejando en evidencia al intelecto, todavía con reminiscencias ancladas en la mitad del siglo pasado.

      Luego, ya sosegadas cuando se tuvo conocimiento del alcance real y de las circunstancias de unas y otras muertes, las mismas gentes entraron en valoraciones más juiciosas: había de esperarse a noticias de la investigación. Pero no por ello los más exaltados dejaron de montar películas, un entretenimiento frívolo cargado de demasiados efectos secundarios. Los monjes eran unos sátiros, los comunistas habían cometido tropelías incalificables, los falangistas masacraron sin piedad a sus enemigos incluso después de la contienda. Todos eran culpables de las muertes, viles asesinos que colgaron y guardaron los cadáveres entre dos paredes sin enterramiento digno.

      Nadie en el pueblo con edad para hacerlo dejó de opinar. O de interesarse por los sucesos. Había en el ambiente demasiadas preguntas. ¿De qué murieron o quiénes habían matado a unos y otros? ¿Quiénes eran, qué hacían allí escondidos, de qué familias procedían? ¿Quedaba algún descendiente para reclamar compensación y cuerpo? Esa incertidumbre, esas calenturas odiosas en el verano de 2025, sacaron a relucir heridas viejas que nunca se cerraron a pesar de que pronto se cumplirá el centenario del gran fracaso de la convivencia nacional.

      La memoria histórica sigue viva a esta fecha de 2030. ¡Cuándo se cerrará esa herida maldita! Cinco generaciones después, terrible despropósito, hay quien se empeña en mantenerla abierta. 

Las familias Blanc y Passedat llegaron a Cazorla rodeadas de enorme expectación. Venidos de Marsella, pusieron todo su poderío económico al servicio de hacerse presentes con inmediatez para repatriar los cadáveres de sus hijos. Fueron informados de la tragedia aquél mismo día al anochecer. El martes 25 de agosto, a media mañana, estaban siendo recibidos por las autoridades municipales. Venían acompañadas de letrado asesor. 

      Gabriel del Castillo se estremeció al presentarse a sí mismo el abogado que habría de seguir las pesquisas de lo acaecido, en defensa de sus clientes y en memoria de sus hijos, si es que había lugar. Los Blanc tenían incluso intereses empresariales en España, de modo que no les resultó complicado gestionar esa logística jurídica con la urgencia exigida por si era preciso utilizarla. Con independencia del sobresalto inicial, el alcalde intentó deshacerse en atenciones y amabilidades. Hicieron preguntas, muchas preguntas respondidas sin titubeos, con presteza, orillando lo más dramático.

      Inquietos y desubicados, la familia quiso ver con prontitud los cuerpos de los fallecidos. Sin embargo, los cadáveres no estaban en Cazorla. Por orden judicial fueron trasladados para realizar la autopsia al Anatómico Forense de la capital. No existía seguridad de que en el transcurso de la jornada pudiera estar concluido el proceso. De todas maneras, su Señoría, con seguridad, estaba no sólo en disposición de recibirlos con la urgencia exigible, sino además intervenir ante los forenses para acelerar los trabajos dada la repatriación que pretendían de manera urgente.

      La intención del grupo francés, en el intenso programa que habían diseñado, estaba el de trasladarse a los juzgados para celebrar una entrevista con el instructor del caso e igualmente con la Fiscalía. El abogado, socio de un prestigioso despacho madrileño, en un aparte de la conversación ya estaba cerrando esos encuentros, a los que encontró eco inmediato.

      Antes de despedirse del equipo municipal en este primer encuentro, pidieron colaboración para ser acompañados al hospedaje de Riogazas a fin de recoger las pertenencias de sus hijos, sus últimos recuerdos, sus últimas imágenes. También pidieron personarse en el lugar del fallecimiento, ante lo cual no se puso ningún inconveniente siempre que, como bien sabía el señor letrado, el juez instructor del sumario lo autorizara por ser asunto de su competencia. Es más, hubo ofrecimiento para que el propio jefe de la policía local, el sargento Antonio Vilches, estuviera a su disposición para trasladarlos con los medios precisos al respecto, dejando asimismo y desde este instante, dos vehículos municipales a su disposición.

      Se estrecharon las manos, se besaron y unos y otros quedaron a disposición para resolver cuanto se precisara y para nuevos contactos. El Ayuntamiento de Cazorla se honraba con la presencia de tan ilustres visitantes y lamentaba profundamente el fallecimiento accidental de sus dos familiares, jóvenes queridos en la ciudad por sus frecuentes visitas a la misma, circunstancia que habían podido averiguar esa misma mañana.

      En efecto, Violette y Henri ya había visitado Cazorla en otras dos ocasiones siendo novios. Eran unos enamorados de la zona, especialmente de la sierra y sus intrincados parajes. Aun teniendo posibilidades económicas, gustaban de alojarse en hotelitos rurales para disfrutar con mayor intensidad de un turismo donde paisanaje, gastronomía, costumbrismos, medioambiente y ecología se dieran la mano. Cazorla, en este sentido, era el verdadero paraíso. En cuanto aparecieron sus fotografías en los periódicos, no faltó quien los reconociera, una pareja de jóvenes fácil de catalogar a primera vista: hippies.

      Pero ya sabemos, no siempre es oro todo lo que reluce.   

—Eloisa, llama a Vilches y que suba inmediatamente —urgió el alcalde a su secretaria y amante.

      En menos de cinco minutos estaba ante la presencia del jefe.

      —Antonio, acaban de salir los franceses, ya los habrás visto. Van de camino a ver al juez y al fiscal —dijo el alcalde sin más preámbulos, excitado y viendo llegar el peligro—. Creo que vienen con toda la artillería, abogado madrileño de relumbrón incluido. Mira, aquí está su tarjeta. ¡Menudo despacho de linces!

      —Y bien, ¿qué debo hacer según tú? —preguntó con ingenuidad, intuyendo por dónde iban a salir los tiros. ¡A estas alturas con semejantes triquiñuelas! A él, que estaba a punto de jubilarse.

     —Nos han pedido colaboración para pasearlos por Riogazas y Montesión. Naturalmente, no he podido negarme si lo segundo lo aprueba su Señoría, como le corresponde. Todo lo contrario, he dejado expuesta nuestra mejor disposición. Dos coches he ofrecido y tu persona para cuanto precisen. Amabilidad, mucha amabilidad, Antonio. Tenemos que neutralizar cualquier intencionalidad negativa hacia el Ayuntamiento, quien sabe si también alcanzándonos a nosotros. Mejor que estén contentos. ¡Pero ojo, sin pasarse!, que no vean debilidades, ¿me entiendes?                 

      —Te entiendo, alcalde. Ya te dije que está claro todo el proceso. Me esforzaré en cumplir el cometido, como también corresponde a mi obligación. No hay problema. Además, pobre gente, estarán muy afectados y con pocas ganas de cháchara, con el problema añadido del idioma.

      —¡Ojo, no te equivoques! Los padres de ella chapurrean el castellano con bastante fluidez y lo entienden todo a la primera. Así es que ten cuidado. En cuanto a ganas de hablar, es probable que ellos no, pero no te fíes del abogado. No ha venido aquí para hacer turismo. Le han encargado asistencia legal para el proceso de repatriación a Marsella. De acuerdo. Pero no obstante, seguro que valorará si detrás de las muertes hay algo dónde escarbar. Medallas, ya sabes. Y fuertes honorarios, que no son despachos que se conformen con minutas de tres al cuarto.

      —En eso creo que tienes razón —asintió Antonio Vilches.

      —De todos modos, lo dicho. Palabras, las precisas; comentarios, ninguno; evasivas, cuantas puedas aunque con infinita educación y cortesía. Ya me entiendes, ¿no?… Por cierto, un asunto importante: cuando subáis a Montesión, naturalmente, entráis por la puerta principal, nada de atajos ni a través de vallados rotos o descuidados.

      —Desde luego, ¡faltaría más! No te preocupes de esas cuestiones, déjalas en mis manos; sabré aplicar el buen criterio en cada momento, según surjan los asuntos.

      —Así me gusta… Oye, sobre lo hablado ayer, tenemos que defender nuestra inocencia todos a una. Si entraron por donde entraron fue responsabilidad suya. Aquello es propiedad privada que no puede asaltarse por las buenas aunque existan accesos puntualmente vulnerables. Si había tormenta y no encontraron mejor sitio donde resguardarse, cosa suya, que mayorcitos ya eran bastante. Nosotros no podemos responder de actitudes negligentes aunque estén cargadas de buena intención, ¿no te parece?

      —Bien, no deja de ser una perspectiva razonable. Pero ya sabes, alcalde, no es lo que nosotros podamos pensar, es lo que otros puedan entender y juzgar. Y entre uno y otro, como puedes imaginarte, muchas incertidumbres —reflexivo, tratando de no caer en la complacencia interesada de su jefe, en aquella verdad absoluta que transmitía como arma defensiva. La suya, naturalmente; la de los demás, atenerse a las consecuencias.

      —¡Tú y tus monsergas! —se irritó Gabriel del Castillo, contrariado—. Vamos a dejarlo, quédate al tanto de los movimientos, cumpliméntalos según lo dicho e infórmame de inmediato si entiendes que puede haber algo interesante que deba conocer.

      —Está bien, de acuerdo. Me pongo a ello. Pero en cuanto al fondo del asunto, simplemente he señalado una visión sobre la misma naturaleza, una perspectiva distinta que no conviene desdeñar.

      —Que sí, que sí, que ya te entiendo. ¡Dejémoslo! —concluyó desabrido, con un aspaviento elevando la mano hacia el techo.

      —A tus órdenes —saludó Vilches levantándose de la silla—. Te informaré puntualmente. 

Los cadáveres de Violette y Henri se repatriaron desde Jaén con destino final a Marsella en la tarde del miércoles 26 de agosto. Lo hicieron en un vehículo funerario hasta Granada, en cuyo aeropuerto esperaba un avión fletado ex profeso por una compañía de seguros a fin de trasladar ataúdes y familia hasta la capital provenzal. El abogado del importante bufete madrileño, después de ultimar sus gestiones profesionales, durmió esa noche en la capital nazarí. Antes, emitió a las familias informe verbal sucinto de sus conclusiones preliminares, sobre las que dedujo que existían indicios suficientes para personarse en la causa. Quedaron en estudiar en profundidad el asunto y días más tarde tomar decisiones. Lo importante ahora se centraba en organizar el funeral y enterramiento.   

      El informe forense recogió lo ya sabido y certificó la existencia del feto, circunstancia que los familiares conocían. En razón de ello su dolor estuvo acrecentado desde el primer momento. Para los padres Blanc y Passedat era el primer nieto, de modo que frustración y rabia alcanzaron mayor intensidad. ¿Estaban ya buscando culpables?

      Desde Riogazas pudieron contemplar, a lo lejos, la belleza que se abre hacia los inmensos campos de olivos. Centenarios unos, en su juventud otros, todos verdes, siempre verdes y plateados en su envés, salpicados en primavera de florecillas blancas que inician el fruto, moteadas manchas negras rezumando el néctar aromático de la tierra, oro líquido y saludable. Desde allí también, observaron en los mismos campos el testimonio pajizo de las mieses recolectadas durante los primeros tiempos del estío. Y a su alrededor, por cualquier lado, vestigios de agua, esencias y pinares sin límites. Y las cigarras con sus cantos, siempre llamando. 

      De esta tierra estuvieron enamorados Violette y Henri. De esta tierra comenzaron a enamorarse algunos de los presentes.

      El turno de visita a Montesión fue más doloroso. Si emotivo resultó hacerse cargo de las pertenencias, donde no pudieron faltar llantos y abrazos desconsolados, llegar hasta la explanada de los cipreses y ver las paredes del monasterio donde encontraron la muerte, atrajo un dolor más intenso, insufrible.

      El juez instructor autorizó la presencia de la familia en el lugar del fallecimiento. Gozaban de todo el derecho del mundo y eran parte directa en la causa: en nada podían interferir cuando ésta ya estaba canalizada El hecho de que dentro hubiera presencia de guardias civiles y un equipo de empleados municipales intentando averiguar si había más cadáveres escondidos, en nada interfería el procedimiento. Así pues, no hubo inconveniente en la autorización, de la que el teniente González quedó puntualmente informado por si tenía algún interés en estar presente. Declinó el ofrecimiento, no era hombre que soportara las lágrimas. Además, al frente de las indagaciones sobraba personal con experiencia para atender cuanto fuera preciso.     

      El grupo que alcanzó la explanada estaba compuesto por nueve personas. Llegaron distribuidas en tres vehículos e iba guiado por Antonio Vilches, asistido de su lugarteniente y perfecto conocedor del laberinto por donde habían de dirigirse hasta encontrar la cocina. El cabo Mendieta, siguiendo la costumbre para dejar constancia en el informe, registró la hora en su bloc de notas: las 18:43.

      Hacía una tarde preciosa. El calor asfixiante de la jornada anterior se había reducido notablemente. El cielo estaba despejado y el horizonte también, sin rastro de arenas saharianas porque finalmente, en mitad de la noche, los amenazantes nubarrones del norte acertaron a traer una leve tormenta que no obstante los escasos litros vertidos consiguió limpiar la atmósfera ayudada por fuertes vientos. Corría una ligera brisa, los cipreses, en su altura, se acariciaban cadenciosos, apenas perceptible.

      La autoridad, representada por el sargento Vilches, pidió que le siguieran. Se admiraron los extraños del paisaje circundante y del entorno próximo. Al quite, tuvo la buena ocurrencia el anfitrión de señalar que este tiempo agostado no era el más bello a pesar de las fragancias intensas que podían respirarse, que su esplendor primaveral, e incluso el invierno, sí permitía darse cuenta de la grandeza de cuanto les rodeaba. En cuanto al estado de la explanada, dijo deberse a la ausencia de moradores desde hacía tiempo y que con algo de riego y jardinería podía estarse, a pesar de la sequía, ante un vergel.

      Se presentaron ante el portón granate desvaído. Mendieta portaba la llave y abrió. Vilches, que en el poco tiempo que tuvo refrescó a fondo el origen e historia del monasterio, sus hitos trascendentes, sus pinturas y vaivenes de la propiedad, estaba preparado para responder a preguntas que no supusieran entrar en demasiadas profundidades.

      Antes de penetrar en el espacio cerrado, y en previsión de sorpresas desagradables, explicó qué habían encontrado el día de autos, cuestión que corría paralela al fallecimiento de Violette y Henri aunque sin otra causa conexa que el rayo. Ésa era la razón por la que iban a encontrar a técnicos y operarios del ayuntamiento y de la policía trabajando en el recinto. Esto justificaba la presencia de varios vehículos aparcados en la explanada. Explicó también a los presentes el tiempo que llevaba el edificio deshabitado y la razón por la que iban a encontrarlo en el estado en que se hallaba. Información harto conocida, nada que comprometiera. Simple cortesía para que el impacto negativo no les incomodara demasiado.

      Al cabo de una hora, aproximadamente, la comitiva respiraba aire puro de nuevo mientras, lentamente y recreándose en la placidez del lugar, iban acercándose a la explanada. Habían puesto en su conocimiento los pormenores del hallazgo, cómo los encontraron y los pasos dados para el levantamiento de los cadáveres. A petición de los padres de los jóvenes, Vilches explicó la función de la puerta de la portería, tapiada, el cerramiento perimetral de piedra, el huerto ubicado a la derecha, el sólido cimiento del edificio, en pie después de cuatro siglos recién cumplidos.

      Hizo el abogado una pregunta capciosa cargada de intencionalidad. Se interesó por quién se ocupaba de mantener el recinto, una añagaza, como si a estas alturas no lo supiera.

      —El edificio, como probablemente ya sabrá usted, es de propiedad municipal que le viene dada de antiguo, a consecuencia de Mendizábal. Desde entonces ha tenido usos variados y desde finales de 2019, ninguno. El Ayuntamiento, dada su limitada capacidad económica y sin posibilidad de obtener subvenciones de fondos europeos, no ha encontrado uso posible por la inversión que requiere ponerlo a punto. No obstante, lo mantiene en aquellos aspectos básicos estructurales para que no siga deteriorándose… Creo haberle contestado.

      —Sin duda, ha sido usted muy amable. Gracias —contestó el experto en leyes.

      —¿Precisan ustedes alguna información más que podamos darles? —preguntó el sargento para ver si con aquello concluía la visita y no se entraba en otros detalles quizá más comprometidos.   

      Monsieur Blanc levantó la mano.

      —¿Sería posible, señor, pasear unos minutos antes de irnos?

      —Desde luego, monsieur Blanc, el tiempo que precisen.

      Se alejó el grupo de seis franceses y el letrado. El sargento y el cabo quedaron expectantes, siguiéndoles desde la distancia los movimientos y preguntándose las razones del insólito paseo. ¿Ver cerramientos y buscar las cosquillas?, ¿observar el paisaje que tanto les entusiasmaba?, ¿rememorar los pasos de sus hijos para sentir su cercanía espiritual? ¿Qué otras cosas podían buscar?

      Regresaron después de media hora y no hubo comentarios. Junto con ellos, en el ambiente venía flotando un silencio sepulcral que cortaba el frescor de la brisa. Tampoco era cuestión de preguntar sobre aquella emoción contenida aunque la curiosidad lo pidiera; pura grosería en la que de ningún modo tenían intención de penetrar.

      Se produjo el retorno definitivo hacia los vehículos. Sólo quedaban ellos porque los buscadores de huesos habían dado por concluida la jornada y la investigación complementaria sin ningún otro hallazgo que incrementara el escándalo. Caso concluido por esta vertiente de sobreabundancia.

      Iniciado el camino de regreso, al enfrentarse al Castillo de las Cinco Esquinas, alguien del primer vehículo, el que conducía Eduardo Mendieta, pidió parar, excusándose. Se detuvo la comitiva, salieron al exterior y preguntaron por aquella construcción aislada, imponente.

      El sargento, en función de cicerone obligado aunque con gran placer porque las historias de moros y cristianos le entusiasmaban, explicó que era del siglo XII, de origen probablemente árabe aunque luego ampliado hacia el XIV por cristianos. El territorio amurallado medía poco más de 1200 metros cuadrados y la torre del homenaje, dijo, era un polígono irregular, razón por la cual se le llamaba de las Cinco Esquinas. El cerro tenía por nombre Salvatierra y desde allí se dominaban grandes espacios que ellos mismos podían otear en ese instante. También se cuentan muchas historias tristes de doncellas maltratadas, pero eso es fantasía de gentes antiguas que han trascendido hasta aquí —expuso concluyendo su breve labor didáctica.

      Los invitados mostraron agradecimiento por las explicaciones. Y mientras atendían, no pudieron dejar de mirar hacia el sol que comenzaba su declive, cargado de amapolas sobre los olivos verdes y plateados, más allá de los cerros de Úbeda. 

Concluida la misión con los franceses, Antonio Vilches informó puntualmente por teléfono a su jefe. Conforme al deseo expresado, en líneas generales, nada omitió sobre las preguntas y lo respondido. Para evitar males futuros ni contradicciones, gravó subrepticiamente la conversación. Allí quedaría archivada por si acaso. Como otras, pura costumbre policial.

      Por fin había acabado la tensa jornada del martes 25 de agosto. Sólo quedaba que al día siguiente familia y asesor jurídico desaparecieran de la escena, de sus vidas, y con ello poder relajarse llevando a cabo su labor rutinaria, sin sobresaltos especiales.

      No anhelaba el sargento otra cosa. Demasiada tensión, demasiadas lucubraciones sin sentido y su relación con el alcalde helándose. No hacía falta verlo, pero un afilado cuchillo invisible, capaz de cortar la tirantez entre ambos, había aparecido en escena desde el momento en que surgieron las primeras palabras relacionadas con la muerte del matrimonio francés.

      Gabriel del Castillo, abiertamente, estaba transmitiendo miedo ante las consecuencias públicas y personales que pudieran derivarse del caso. Enseguida, sin necesidad de andar muy avispado, trató de ponerse a la defensiva y dispuesto a incriminar a Napoleón si fuera preciso para salvarse de la quema. Después de diez años juntos sabía perfectamente de qué pie cojeaba. Y justo por ello estaba inquieto porque él, desde su responsabilidad de agente custodio, podía ser la cabeza de turco a poner en bandeja de plata para cubrir responsabilidades políticas.

      Ante la tesitura, Antonio Vilches no dejaba de estar preocupado. Tendría que defenderse con ahínco si su honor y profesionalidad corrieran riesgo de quedar en entredicho en un momento crucial de su vida. En cuanto al puesto de trabajo, no tenía especial desasosiego, ni siquiera desde la perspectiva de necesidad vital; después de todo, la jubilación estaba a la vuelta de la esquina, llamándole. 

Dos semanas habían transcurrido desde el lunes 24 de agosto. Un procurador de los tribunales, acreditado previamente, presentó escrito en el Juzgado de Primera Instancia, a través del cual se personaba en la causa abierta por la muerte de Violette y Henri. Seguía instrucciones del letrado Arcadio G. Sepúlveda, miembro de un bufete de Madrid, a su vez apoderado y acreditado ante el Juzgado para representar en el proceso a las familias Blanc y Passedat.

      La demanda iba inicialmente dirigida contra el Excelentísimo Ayuntamiento de Cazorla, contra el Alcalde Presidente de la Corporación en su nombre y asimismo frente a cualquier otra persona de su plantilla que pudiera tener causa o responsabilidad en las muertes señaladas.

      Tras la exposición de antecedentes, legitimación y fundamentos de derecho, el letrado firmante de la demanda solicitaba incorporarse al proceso, señalando que el Ayuntamiento era culpable de las muertes. Y lo era, a su entender, en tanto que como propietario de las edificaciones conocidas como Monasterio de Montesión, descuidó las mismas permitiendo que pudiera accederse a ellas a través de no pocos lugares con independencia de que formalmente el recinto —sólo formalmente— estuviera vallado.

      Afirmaba el documento que los fallecidos en ningún caso asaltaron la propiedad. Simplemente atravesaron un cerramiento sin forzarlo, asustados por la tormenta. Luego, para cobijarse dado el peligro que corrían en el exterior, accedieron hasta las dependencias a través de paramentos abiertos, sin ningún tipo de impedimento, a través de puertas no tapiadas. No había dudas sobre tal hecho, la propia inspección ocular del momento lo atestiguaba.

      El escrito de demanda era puntilloso y enfático en este extremo Se extendía con no poca profusión y jurisprudencia sobre obligaciones que tienen los propietarios de un bien inmueble respecto a preservar la integridad de las personas que eventualmente pudieran acceder a ella. Especialmente, tratándose de un edificio sin uso y en aparente ruina, profundizaba en la necesidad de instrumentar medidas efectivas para impedir el acceso y evitar desenlaces punibles cuya relación causa/efecto pudiera acreditarse.

      Éste era el caso, en toda su realidad, en toda su tragedia. Recriminaba la demanda la negligencia municipal de no impedir con mayor contundencia el acceso. Sólo hacía falta observar el peligro potencial de estar bajo aquellas paredes, situación agravada por el hecho poco edificante de tratarse de una institución pública, con especial obligación de preservar el patrimonio y velar por la ausencia de cualquier siniestro evitable. 

      Después de incidir en otras cuestiones vinculadas con la seguridad del monasterio y argüir no pocos fundamentos legales, soltaba la carga de profundidad: se requería una indemnización millonaria. Aparte, obviamente, las responsabilidades penales que la Fiscalía interpretara una vez puesto a disposición de las partes el expediente administrativo sobre el mantenimiento del edificio, y con él a la vista la evaluación de hasta dónde y con qué alcance debían ser imputadas personas físicas.

      La reclamación económica de los demandantes fue establecida en cinco millones de euros y petición expresa de costas. Tuvo el escrito de demanda dos Otrosí digo: 1.- Que dando por cierto que la parte demandada ha de contar con un seguro de responsabilidad civil, se llame al pleito a la compañía aseguradora como responsable subsidiario, y se aporte al expediente la póliza pertinente. 2.-  Que se requiere al demandado para que se abstenga, en tanto el Juzgado lo determine por si fuera preciso alguna prueba pericial o presencial de su Señoría, de reparar cerramientos exteriores o tapiar paramentos, especialmente aquellos por donde razonablemente entraron los fallecidos, dejando sentado que en modo alguno pueden alterarse dichas pruebas sobre cómo estaban el día de autos.   

El pleito fue una bomba en la línea de flotación del Ayuntamiento. En muchos despachos municipales, comenzando por la Alcaldía y siguiendo por concejales, secretario municipal, técnicos de obras y servicios y policía, demasiada gente quedó encogida. Cada cual comenzó a evaluar qué parte de culpa podía caerle. Fue un tornado que acoquinó a más de uno por aquella maldición de «pleitos tengas y los ganes»: se sabe cómo empiezas pero desconoces absolutamente cómo puedes terminar, ésa es la incertidumbre de la justicia.

      El alcalde, en cuanto tuvo conocimiento oficial de la demanda, reunió en su despacho a las partes que podían estar afectadas, incluido el concejal de asuntos económicos. Había preocupación y se masticaban las consecuencias. Gabriel del Castillo mandó que todos y cada uno repasaran sus propios informes para afrontar la defensa. El secretario iniciaría de inmediato la revisión del expediente administrativo para comprobar la posible existencia de lagunas. Dijo éste que la demanda le parecía un sinsentido, y que en cuanto a la indemnización, mejor no hablar siquiera, una cifra endemoniadamente absurda, sin posibilidad de sostenerse en pie. Un problema se puso no obstante sobre la mesa. Contemplando la más adversa de las situaciones, que los demandantes ganaran con todos los pronunciamientos, el seguro de responsabilidad civil sólo cubría hasta dos millones de euros por siniestro.

      Las voces cantantes, por razón de rango y conocimientos, fueron monopolizadas por alcalde y secretario. Resolvieron que, en todo caso, se llevase a Junta de Gobierno la contratación de un abogado de talla suficiente para la envergadura y responsabilidad del caso, persona que desgraciadamente en Cazorla no parecía que hubiera. Dicho abogado defendería los intereses del Consistorio y de cuantas personas físicas pudieran finalmente quedar imputadas. Esperaban que tal cosa no sucediese de ningún modo. De cualquier manera, las personas afectadas, si lo deseaban, podían defenderse individualmente y a su cargo. 

      Los pleitos, efectivamente, se sabe cómo comienzan y terminan cuando terminan con el último fallo. Ésa es su realidad y su incertidumbre; lo demás, conjeturas sobre las cuales surgen decepciones humillantes.

      La oposición política comenzó su particular batalla contra el equipo de gobierno. Querían que rodaran cabezas de manera inmediata. La primera la del alcalde y sus dos concejales directamente señalados, que iban a terminar llevando a la ruina al Ayuntamiento, por si no estaba ya con problemas económicos suficientes y muy endeudado. ¿Quién y cómo iban a pagarse los millones de euros que estaban en juego? Eran unos incompetentes apoltronados en el poder; ya tuvieron su tiempo, llegó la hora de quedarse unos cuantos años donde debían estar, en la oposición.

      Nada nuevo: trifulcas políticas de manual, proceso de ida y vuelta.

      Los rifirrafes en aquellos meses fueron dialécticamente violentos. El propio pueblo comenzó a dividirse ante lo que podía caerle encima, un empobrecimiento que afectaría a muchos de ellos y a cualquier inversión o subvención futura. Con denuedo constante, los opositores acusaban de dejaciones e irresponsabilidad a quienes gobernaban enquistados en el poder desde 1979; los aludidos replicaban que aquéllos sólo pretendían el mal del pueblo, mejor si estaba arruinado, una oposición de miserables que eran capaces de pedir mayor indemnización si con ello les perjudicaban personal y políticamente.

       En este estado de confrontaciones se produjo la sentencia de primera instancia.

      Nueve meses después de iniciarse el proceso, un parto en toda regla, el juez instructor del caso emitió su fallo en relación con el fallecimiento de Violette Blanc y Henri Passedat. Fue un tiempo razonablemente rápido, quizá porque le pesaba demasiado en las manos y quiso quitarse cuanto ante el voluminoso expediente, bien por las dos muertes que acogía o bien por la presión social en torno al suceso y sus consecuencias. O por ambos a la vez, cuestión muy razonable. Y una tercera causa: la Justicia, por fin, ya podía escribirse con mayúscula. En esta época los avances tecnológicos, medios económicos, modernización y mayor productividad estaban siendo capaces de mejorar la ratio y dar respuesta rápida a los litigios, de modo que fue eliminándose del escenario la tan traída cantinela de que justicia a destiempo no era justicia.

      La Fiscalía había imputado finalmente a quienes se esperaba en razón de sus responsabilidades directas. Al propio alcalde, a los concejales de patrimonio y obras y servicios, al aparejador y al jefe de policía. Fueron defendidos por el abogado convenido, un experto en la materia procedente de Úbeda. Les fue bien a todos ellos en el fallo: el juez no interpretó responsabilidad penal en sus actuaciones. No obstante, determinó que hubo negligencias en cuanto al trámite y resolución de partes de incidencias emitidos por el cabo Eduardo Mendieta.

      Dichos partes o informes advertían de las deficiencias o novedades observadas en sus visitas semanales, primero tramitadas hacia su jefe inmediato y éste, como pudo demostrarse sin lugar a duda, elevándolo hacia la Alcaldía para su conocimiento o resolución. Después, el rastro se desperdigaba de unos concejales a otros y todo concluía en que no habiendo más presupuesto para  dedicarlo a Montesión, se dejaba pendiente a resultas de una actuación más amplia.

      En este punto, la sentencia judicial daba un plazo de dos meses, a contar desde la firmeza de la misma, para que el Ayuntamiento acometiera los trabajos necesarios encaminados a realizar un cierre de la finca con medios que aseguraran su blindaje y a tapiar absolutamente todos los huecos de ventanas y puertas susceptibles de poder asaltarse. La única entrada al monasterio quedaría reducida a la puerta principal histórica. 

      Sobre la demanda económica el juzgador se despachó a gusto. Aun reconociendo la no ejecución de los trabajos perentorios que precisaba la propiedad, basada en carencia de recursos y prioridades insoslayables, fue rechazada íntegramente. Dejó establecida, además, una amonestación pública hacia la demandante y su letrado por la exagerada petición indemnizatoria reclamada, por su temeridad. No dejaba de ser insólito, pero así resultan los fallos judiciales en función del criterio o sentir que cada juzgador aplica a leyes, curiosamente parece ser que duales. De ahí la fortaleza y vigencia imperecedera de «pleitos tengas y los ganes».

      No hubo señalamiento de costas.

      El día en que se publicó la sentencia, hubo en la Casa Consistorial saltos de alegría. El alborozo y felicitaciones duraron poco sin embargo. Los demandantes, inmediatamente, plantearon recurso en segunda instancia y el caso fue trasladado a la Audiencia Provincial de Jaén. Declinaron seguir la persecución penal, tenían otros planes de más altura. Todo se centraba ahora en la vía administrativa y en la indemnización reclamada, ante la cual insistieron. El abogado demandante elevó incluso una queja a la Sala de la Audiencia por la amonestación del juez instructor en cuanto a la temeridad: se había extralimitado. 

Las alegrías de mayo de 2026, con el pleito ganado en Primera Instancia, duraron otra vez nueve meses. Algo menos incluso dado que a mediados de febrero se produjo la nueva sentencia. Daba gusto ver cómo la Justicia se había hecho más operativa, más resolutiva, más justa. En fin, más grande.

      El palo fue demoledor. La Audiencia aceptaba en todos sus términos la demanda y condenaba al Excmo. Ayuntamiento de Cazorla al pago de una indemnización de cinco millones de euros e igualmente al resarcimiento de costas. Asimismo, mediante un voto particular de uno de los ponentes, se recriminó la actitud del Juez de Instrucción y la escasa motivación jurídica con la que defendió su fallo. Concurrían en el expediente poderosas razones que llevaban a la responsabilidad del Ayuntamiento como propietario de un edificio sin guardar la debida seguridad. De hecho, hubo políticos y funcionarios que aunque no incriminados penalmente fueron responsables por acción y omisión. El alcalde a la cabeza.   

 La oposición política se frotó intensamente las manos. Se trataba de una perspectiva interesada aunque bien mirado enmascarando bajeza y mezquindad. De cara a la opinión pública, cargó las tintas contra los gobernantes. Contra los nefastos gobernantes que llevaban al pueblo a la ruina, una ciudad cada vez con mayor declive, perdiendo población. Mediaba febrero de 2027 y en mayo habrían de celebrarse elecciones municipales.

      Gabriel del Castillo ya relamía las mieles de un cuarto mandato. Era el pretendiente indiscutible, el único capaz de ganar a una oposición tan conservadora como rancia, arcaica y casposa, sin iniciativas, incapaces de hacerles sombra ni a él ni a su partido.

      Por este tiempo, justo aún se mantenía vivo el escándalo de su divorcio y el nuevo matrimonio con Eloisa Arenales. Ésta seguía ejerciendo de secretaria particular sin ser funcionaria, una evidente prueba de nepotismo que la oposición criticaba un día sí y otro también. Políticamente, oídos sordos.

      Pero el runrún en la calle estaba calando con intensidad. Demasiado flagrante como para tolerarlo aquietándose. Incluso votantes clientelares, con sus propias dificultades para vivir sin apuros, asumían lo intolerable del despropósito, su impunidad y la sinvergonzonería que conllevaba el doble e importante sueldo familiar. La popularidad, sin perjuicio de sus propias creencias apoyadas en la trayectoria de él y su partido, se reducía sin remedio. Sostenerla y no enmendarla era su máxima para no reducir ingresos. Eloisa ejecutaba un trabajo brillante, contrastado por los años. «¿Por qué había de ocuparlo otro (u otra) y no ella?», se preguntaba y respondía indignado.

      Y en estas llegó la sentencia como una losa, aplastándolo.

      Dijeron desde el Ayuntamiento que recurrirían al Tribunal Supremo. Estaban ante una resolución injusta; la Audiencia de Jaén se equivocaba, el juez de Cazorla tuvo mejor tino a la hora de juzgar un caso evidente y de enriquecimiento injusto a consecuencia de dos muertes. ¿Hasta ése punto valía ya la vida de una persona? Dos millones y medio, ¡una locura sin sentido!

      De entrada, los demandantes solicitaron la ejecución de la sentencia. Para empezar, cobraron a cuenta los dos millones de euros garantizados por la compañía de seguros. Quedaban otros tres y las costas. Después empezó la campaña electoral y decidieron esperar para ver con qué interlocutores se sentaban a negociar. Las familias Blanc y Passedat tenían planes que no iban a desvelar sino a la nueva Corporación que resultara elegida en función de los resultados electorales.

      Esperaron, tiempo tenían. Necesidades económicas, ninguna.

      Las relaciones personales e institucionales entre alcalde y  jefe de policía, se enturbiaron seriamente. Gabriel del Castillo llevaba tiempo acusando a Antonio Vilches de ser culpable en buena medida de lo sucedido. Ante los informes de los subordinados, bien pudo dar órdenes para atemperarlos o bien hacer seguimiento del cumplimiento de los mismos y avisarle a él, la máxima autoridad municipal, de los riesgos que se corrían si no se ejecutaban los trabajos mínimos necesarios para que el monasterio estuviera cerrado a cal y canto, sin posibilidad de acceder como hicieron los franceses. Y antes que ellos otras gentes de mal vivir.

      Cuando esto se produjo, y acabó diciéndoselo a la cara, ya sin esconderse, el sargento no pudo hacer otra cosa que echarse a reír. El descaro irritó al alcalde y comenzó a vociferar, lo que no impidió que el subordinado tomara la palabra.

       —Mira, Gabriel, por respeto no te mando donde no quisieras estar. Pero escúchame. ¿Cómo eres capaz de responsabilizarme de unas obligaciones que no me corresponden? ¿Cuál es si puede saberse la labor del secretario más que la de asesorar en asuntos jurídicos? ¿Y a qué se dedican tus dos concejales? Y tú, o tu secretaria, ¿no sois capaces de coordinar los papeles que os envío cumpliendo mi trabajo y hacer el seguimiento de ellos? Sabes perfectamente cómo está la ruina de Montesión. Yo mismo te lo he dicho varias veces. ¿Qué me contestabas? ¡Déjalo, a ver si se cae! ¡Habrá mayor desfachatez! Y no sigo porque me irritas, no sabes cuánto y hasta dónde.

       —¡Vete ahora mismo de mi vista! ¡No quiero volver a verte! ¡Estás despedido! —seguía gritándole hasta el momento en que abrió la puerta del despacho y la cerró dando un sonoro portazo.

       Ambos habían perdido los papeles. Y ambos sabían que no podía despedirse de cualquier manera a un funcionario. No obstante, sin ningún expediente disciplinario, cuya existencia habría dejado en ridículo a instigador e instructor, lo tuvo relegado y no volvió a dirigirle la palabra. Una situación, desde luego, imposible de sostener en el tiempo. 

El mapa electoral de Cazorla dio un vuelco insólito a mediados de 2027. Por primera vez desde 1979, los conservadores consiguieron mayoría absoluta, relegando a la oposición al partido socialista luego de cuarenta y ocho años de hegemonía en el gobierno municipal. Gabriel del Castillo, después de doce años al mando, dimitió de su cargo de número uno de la oposición y entregó al partido su acta de concejal: no estaba preparado para un ejercicio de esa naturaleza. A partir de aquí, tanto él como su joven esposa tendrían que buscarse la vida allá donde pudieran. Pero ésa, también, es otra historia.

      La renovación política trajo consigo otra novedad relevante. Al frente del partido conservador, por primera vez en la historia de la ciudad, empuñaba el bastón de mando una mujer. De modo que Cazorla había iniciado el camino para suspender la hegemonía del hombre al frente del Ayuntamiento. ¡Ya era hora!, decían las gentes, entusiasmadas por la novedad y por ver cómo se las apañaba, si sería capaz de conseguir los éxitos prometidos.

      María de Tíscar Estévez, la mujer del bastón de mando, estaba resuelta a cambiar si no el mundo, al menos sí la política de su pueblo. Y por encima de todo, una voluntad inquebrantable: se había propuesto dejar huella. Su mandato, además, estaría fundamentado en la transparencia y el destierro de cualquier asomo de corrupción.

      Constituido el Consistorio, el abogado Arcadio G. Sepúlveda dejó pasar un par de semanas para que los nuevos munícipes se asentaran. Contactó finalmente con la alcaldesa y le transmitió que sus clientes estaban dispuestos a venir desde Marsella para tratar personalmente sobre la liquidación de la sentencia.  Indicó, hasta donde podía transmitir, que se trataría de un encuentro para analizar posibles acuerdos de carácter comercial, susceptibles, sin duda, de interesar a ambas partes. No explicó mucho más, pero sí lo suficiente para atraer el interés de su interlocutora y cerrar una      reunión urgente para mediados de junio si sus clientes podían encajar fechas.

      La Corporación, siguiendo criterios jurídicos del secretario municipal, había presentado recurso de casación ante el Tribunal Supremo, admitido a trámite. Se trataba de ganar tiempo, siempre se tenía la opción de retirar el proceso ante algún tipo de acuerdo extrajudicial. Fue la última huida hacia adelante de Gabriel del Castillo. A partir de ahí todo fueron pasos atrás. 

Los matrimonios Blanc y Passedat volvieron a Cazorla el jueves 17 de junio de 2027. Venían acompañados del letrado Arcadio G. Sepúlveda. Estaban citados a media mañana del día siguiente con la alcaldesa, el concejal de hacienda y el secretario municipal: Política, Economía y Derecho, tres pilares esenciales para cerrar acuerdos serios y del alcance.  

      Dedicaron la tarde de este primer día a visitar Montesión por su cuenta, como unos turistas más. Traían planes muy serios sobre aquél lugar apartado, alcanzado por la belleza y emblemático a pesar del deterioro. Aparcaron junto a los cipreses de la explanada y pronto pudieron observar la imposibilidad de acceder al interior del recinto. Ello no impidió que ascendieran camino arriba, hacia el pinar, para contemplar el conjunto con mayor amplitud. Recordaron su estancia de dos años atrás y la tragedia que se cernió sobre ellos. Ahora tenían otra perspectiva, otros sueños.

      Al regresar, a modo de cortesía, visitaron a Antonio Vilches, del que guardaron grato recuerdo, así como de su ayudante. Les agradeció la deferencia y se interesó por el motivo de su estancia. Le anunciaron que mañana mismo, sin duda, tendría conocimiento de sus planes. Enigmáticos, le transmitieron que terminaría acostumbrándose a ellos.

     A mediodía del viernes se celebró la esperada reunión. Otras caras en el escenario ayudaron a aliviar los malos recuerdos del encuentro anterior, tan distinto, tan desagradable. Ahora, desde el lado de enfrente, entonces cargado de amabilidad y buenas palabras, estaban viendo a unos enemigos que venían a sangrarles, a ponerlos en verdaderos aprietos y a cercenar muchas posibilidades de futuro. Sin embargo, desde este otro lado, contemplaban la escena de manera distinta, justo la inversión de posicionamientos.

     Arcadio G. Sepúlveda presentó a sus clientes. Se cruzaron tarjetas de visita y enseguida el abogado, como solicitante de la reunión, tomó la palabra. Estaban allí para resolver el pleito. Para resolverlo de la mejor manera y a ser posible sin heridas insalvables.

      —Señora alcaldesa, señores —dijo con altisonancia de abogado ilustre —, mis clientes traen una propuesta para someterla a su consideración. Creemos que es un ofrecimiento muy interesante y que de un plumazo puede resolver los problemas económicos que subyacen del pleito.

      —Les escuchamos. Ustedes dirán  —apuntó la mandataria en un gesto que quiso ser amable aunque al mismo tiempo estaba cargado de tensión y expectación.

       —Verán. El matrimonio Blanc, Antoine y Juliette, si este acuerdo llegara a cerrarse, estarían dispuestos a venirse a vivir a Cazorla y trasladar parte de sus decisiones empresariales a este lugar. Pretenden abrir en el antiguo Monasterio de Montesión un hotel de lujo con Spa que calculamos podría alcanzar las cincuenta habitaciones. La propuesta, que está contenida en este dossier que después les dejaremos para su estudio —señaló los documentos a los que se refería, colocados encima de la mesa pero tapados por otros para no descubrir anticipadamente ninguna carta—, contiene las condiciones. Básicamente, se trata de que las familias Blanc y Passedat recibirán libre de cargas y como dación en pago de la deuda del pleito, la totalidad de los terrenos del monasterio, incluida la plaza de los cipreses y las edificaciones en el estado en que se encuentran.

      Las caras de estupefacción eran notables. No estaba claro si en positivo o en negativo: una partida de póker de muecas incalificables.

       —¿Tienen alguna opinión preliminar para ampliar su contenido o prefieren que continúe?

      —Mejor concluya y así nos hacemos una composición de lugar plena —respondió la alcaldesa mientras los demás asentían. Aquello sonaba demasiado bien, ¿dónde estaba el gato encerrado?

      —De acuerdo. En todo caso, permítanme ustedes un comentario marginal para dejar clara nuestra posición. Entendemos, y probablemente en ello estarán con nosotros, que los terrenos no tienen ningún valor, o si lo tienen, en el lugar que están y con sus escarpaduras, ha de ser insignificante. Y en cuanto a la edificación, no les descubro el estado calamitoso en que se encuentra, en ruina y milagrosamente de pie dado el abandono a que ha estado sometido. Cuatro siglos son demasiados años sin actuaciones severas de mantenimiento, con el perjuicio añadido de largo tiempo sin uso, bien lo saben.

      «Así pues, señora —se dirigió expresamente a la presidenta de la Corporación, mirándola con fijeza—, estamos ante una cuestión sentimental, donde las emociones juegan por encima de la economía. Es el caso de mis clientes, compréndanlo y ténganlo en cuenta para tomar su decisión. Mi opinión personal, aunque la valoren como interesada, es que el municipio se halla ante una ocasión irrepetible. Una respuesta negativa, lamento decirlo con toda su crudeza y así lo tengo aconsejado profesionalmente, es seguir con la ejecución de la sentencia de forma inmediata. Entiendan, por favor, que no estoy planteando ninguna amenaza; se trata, simplemente, de constatar hechos materiales… Perdonen el inciso, ¿quieren hacerme algún comentario al respecto?

      Las caras del otro lado de la mesa seguían en posición de partida de póker. El matrimonio Passedat, oyentes perdidos en la verborrea, obligados por los problemas idiomáticos, no perdían sin embargo ripio gestual. Como espectadores privilegiados, observaban con atención los movimientos de sus anfitriones: sorpresa mucha, pero no desagrado ni rechazo frontal a la propuesta. Sus gestos lo adelantaban.

      —No, no. Continúe. Creo que lo aconsejable es escuchar la propuesta en su conjunto. Después llegará el momento de las valoraciones.

      —Me parece muy correcto… Dicho lo cual, la oferta pasa por la construcción del hotel, como he señalado, a cargo íntegro de mis clientes. Asimismo, queda incluida la urbanización integral de la Plaza del Hermano Antonio, con jardines y aparcamiento. Debe asegurarse una edificabilidad cubierta de en torno a cinco mil metros cuadrados, mínima para alcanzar las cincuenta habitaciones previstas. El Ayuntamiento de Cazorla ha de comprometerse a ejecutar, en plazo máximo de treinta meses a partir del convenio, la traída de agua que garantice el suministro con presión y caudal suficientes para el uso hotelero. De igual modo, será condición obligada para el Ayuntamiento que a su cargo y en el mismo plazo se construya una carretera de acceso asfaltada desde La Pedriza hasta enlazar con la plaza. Aun siendo una carretera de montaña, su anchura no será menor a cinco metros y por tanto capaz de una circulación con doble sentido.

      «Decir también, naturalmente, que el edificio será rehabilitado siguiendo un proyecto que ustedes habrán de sancionar. Se pretende, en todo caso, mantener los elementos singulares que dan carácter a la edificación y en torno a ellos configurar el resto de fachadas a base de piedra dorada similar a la existente. La distribución interior preservará los espacios nobles como por ejemplo la capilla, restaurando todos sus frescos. En cuanto a la zona del huerto, se pretende instalar allí una construcción acristalada que ubicará el Spa, así como una zona ajardinada a modo de espacio botánico con especies mediterráneas y autóctonas. Finalmente, indicarles que mis clientes se comprometen a tener un empleo fijo continuo del entorno de veinte personas, con refuerzos puntuales en temporada alta. Todas ellas serán de Cazorla o su municipio, a excepción de la dirección del complejo, cuya elección podrá ser externa siempre que no se encuentre entre los residentes la candidatura ideal para el cargo…

      «Bien, señora, señores, creo haber terminado exponiendo lo esencial. Disculpen el discurso y quedamos a su disposición.

      Monsieur Blanc levantó levemente la mano y pidió la palabra. Sobre la mesa tenía una nota manuscrita.

      —Señora Estévez, caballeros: Hablo en nombre propio y de mi esposa. También, desde luego, en el nombre de monsieur y madame Passedat, que lamentan no poder hacerlo al no dominar su idioma. Pero especialmente hablo en nombre de nuestros hijos Violette y Henri y de su hijo non nato, que ilusionados con esta tierra vinieron a perder la vida en ella. Fue una crueldad perderlos en plena juventud cuando sólo seis meses antes habían contraído matrimonio.

      «Nuestro asesor jurídico se ha expresado con claridad. No obstante, me permitirán transmitirles que este proyecto es consecuencia del amor de nuestros hijos a esta tierra. Y a ser posible queremos perpetuar su memoria en el lugar donde fallecieron. Creemos los padres que no hay mejor recuerdo hacia ellos que éste. Por esa razón, estamos dispuestos a realizar una importante inversión capaz de crear empleo estable y atraer turismo de nivel, con los beneficios que ello comporta para todos. Además, nos honrará ser vecinos de ustedes. Si finalmente el acuerdo no fuera posible, lamentaremos las consecuencias y buscaremos otras alternativas. En sus manos queda la decisión… Muchas gracias por escucharme atentamente.

      Terminó emocionado al pronunciar las últimas palabras. No pudo evitar la imagen yuxtapuesta de su hija riéndole, cargada de vitalidad, y su cuerpo encogido y quemado en la morgue del Anatómico Forense de Jaén, la última visión que tuvo de ella. Después no quiso ver más.

      Al concluir el emocionado mensaje de Antoine Blanc, Arcadio G. Sepúlveda se permitió hablar de nuevo. Pidió perdón, se había dejado un par de asuntos importantes en el tintero.

      —Disculpen, por favor. He omitido en mi presentación dos cuestiones de relieve. En primer lugar, damos por sentado que el Ayuntamiento gestionará la calificación urbanística precisa para el uso que se pretende. Y, por otro lado, mis clientes necesitan una respuesta en el plazo máximo de quince días a partir de hoy. Después de su posicionamiento, caso de ser positivo, se redactaría el convenio, cuyo borrador tenemos preparado al objeto de lograr avances rápidos. El objetivo se centra en poder materializar la operación con tiempo razonable límite de finales de julio. Con estos plazos y la urgencia que se pretende, la planificación nos llevaría a inaugurar las instalaciones a principios de 2030…

      «Disculpas de nuevo. Éste es nuestro posicionamiento y detalladamente queda recogido en el dossier. Nos ponemos a su disposición para cualquier duda o comentario que les parezca oportuno.

      Se inició un  silencio que terminó por prolongarse en un lapso que pareció infinito. La propuesta era sorprendente, una carga de alto voltaje que no podía asimilarse con la premura exigida. Ni la alcaldesa ni ninguno de su lado sospecharon que podían encontrarse con aquello, tan explícito, tan cercano, tan inmediato. Finalmente, la jefa del parlamento municipal tomó la palabra.

      —No diré, señoras y señores, matrimonios Passedat y Blanc, que la propuesta no nos haya sorprendido. ¿Es conveniente para los intereses de esta Corporación y los habitantes de Cazorla? ¿Es equilibrada? Pues a decir verdad, no me atrevo a juzgarlo sin estudiar adecuadamente lo que proponen, sin valorar las contraprestaciones que plantean. Sí puedo decir que el Ayuntamiento va a estudiarla con cariño y de manera inmediata. La construcción de la carretera y la traída de agua, así como establecer un valor simbólico a terrenos y edificio, tienen alta enjundia. Entenderán que hay que hacer números. En este sentido nos llevan mucha ventaja, nosotros tendremos que echar a andar la maquinaria.

      —Sin duda, señora Estévez —terció el abogado para neutralizar el movimiento adverso—. Pero también tienen enjundia los tres millones y pico pendientes de abono de la sentencia. Y la fuerte inversión que ha de realizarse. Y la eliminación de la carga que supone el mantenimiento del edificio. Y la creación de empleo estable. Y el turismo de alto poder adquisitivo que llegará a la ciudad a través de un hotel de nivel que Cazorla precisa y no tiene… En realidad, señora alcaldesa, concejal, secretario, es cuestión de valorar lo que se aporta con proyección de largo recorrido, una inversión en infraestructuras, y contrabalancearlo con lo que se gana. No olviden, en este sentido, que la carretera también servirá para enlazar rutas a través de la sierra, y el agua para abastecer cualquier núcleo o viviendas aisladas que pudieran llegar a construirse en el entorno.

      —No discutiremos tal cuestión, señor Sepúlveda. Creo que ni aquí ni ahora mismo es el momento. Agradecemos enormemente su interés, su propuesta y las buenas intenciones manifestadas. Por nuestra parte, en tanto que institución pública, tenemos los procedimientos reglados, como sin duda conoce. Los echaremos a andar a partir de este instante. Y estamos de acuerdo en los plazos: en un par de semanas tendrán nuestra respuesta —alegó con la intención de cerrar esta primera reunión.

      Arcadio G. Sepúlveda, al igual que en otros pasajes del encuentro, tradujo a sus clientes las últimas palabras emanadas del frente de la mesa.

      —De acuerdo… Esperamos su respuesta según lo expresado. Nuestro asesor estará en contacto con ustedes para cualquier aclaración y para sellar las bases del pacto si finalmente se produce. Mientras tanto, las dos familias quedamos agradecidas por su tiempo —concluyó Antoine Blanc, sin concesiones a la galería.

      Se levantaron, no sin antes haber dejado resuelta la forma de establecer la operativa a seguir.

      —Adiós, hasta pronto.  

      —Mercí, a été un plaisir. 

Amaneció un día desapacible. Sin embargo, a medida que avanzaron las horas el cielo se fue abriendo y la luz del sol alumbró a la resplandeciente Plaza del Hermano Antonio, en Montesión.

      La primavera estaba presente en este miércoles 27 de marzo de 2030. Recién llegada, tratando de acomodarse, exhibía sus mejores galas, nubes de algodones flotaban dejándose transportar por un fresco viento traído del norte. Los viejos cipreses se mecían, ligeramente, acompasados.

      Desde el campanario próximo repicaba una campana, llamando a júbilo. Dispuestos los actos para media mañana, pronto comenzarían a llegar autoridades locales, provinciales  e incluso desde la propia Sevilla, cuna inamovible del poder omnímodo. Ninguno de sus vehículos tendría posibilidad de levantar polvareda alguna. Las familias Blanc y Passedat, al completo, esperaban ilusionadas para cumplir su función de esforzados anfitriones. Sonreían. Sonreían y recordaban…

      Los empleados, distribuidos estratégicamente y uniformados, cavilaban sobre el futuro que podía alcanzarles en su nuevo trabajo. Mientras tanto, ya cumplían satisfactoriamente con su cometido de atender con eficacia y amabilidad a los invitados.  

      Los policías locales Antonio Vilches, Eduardo Mendieta y Práxedes Sánchez, vistiendo sus mejores galas de los momentos importantes, ejercían su trabajo alrededor de las gentes, informando sobre su destino inmediato. Aún no podían creerse lo que estaban contemplando: no era posible aquel cambio, testigos de otro mundo. Incluso el sargento, a petición de la alcaldesa y sin que se hubiera iniciado expediente sancionador alguno, había decidido en su momento que aún no estaba en tiempo de jubilarse. Era feliz, aunque un sentimiento de culpabilidad carcomía su conciencia: seguía taponando el ascenso de Mendieta ahora que tuvo la fortaleza de dejar de fumar y perder diez kilos.

      Dudaba si dejar los atributos con las próximas elecciones; dudaba si antes de cumplir los sesenta y cuatro, a la vuelta de la esquina. O incluso después de este día de hoy histórico, una sorpresa merecida. ¡Quién sabía!    

A mediados de septiembre de 2027, en plenas fiestas del Cristo del Consuelo, se hizo la luz. Animadas ambas partes por la voluntad de resolver amistosamente el conflicto que arrastraban desde dos años atrás, cerraron un pacto que poco más tarde concluyó en escritura de compraventa y en diversos convenios que sellaban los compromisos alcanzados.

      Dos años y medio más tarde veía su culminación un propósito que se antojaba extremadamente improbable. Hubo cesiones de carácter económico, hubo interés en que el proyecto no descarrilara porque el Ayuntamiento estaba seriamente comprometido a consecuencia de una propiedad que siempre estuvo envenenada. Por el otro lado del negocio, una obsesión en que la idea nacida dos años antes pudiera convertirse en realidad: el homenaje póstumo a Violette y Henri.

      Así pues, cediendo aquí y allá, tirando un poco de la cuerda y recogiéndola cuando se veía cercana la ruptura, Arcadio G. Sepúlveda y un equipo de técnicos municipales presididos por la alcaldesa María de Tíscar Estévez, alcanzaron a darse un abrazo. El Ayuntamiento, en su evidente interés por lo que suponía de futuro, desarrolló una labor encomiable encaminada hacia el éxito final. Éste fue posible, entre otras razones, porque nunca como hasta entonces hubo la unanimidad política que suscitó el proyecto y los acuerdos, refrendados por unanimidad por el Pleno municipal. Increíblemente, resultó en este sentido un camino de rosas. ¡Lo nunca visto! Todos se pellizcaban para descubrir que no vivían un sueño con duro despertar.

      El recurso de casación fue retirado. La Alcaldía y sus asesores, con buen criterio, alcanzaron a entender que mejor era un mal acuerdo que un resultado incierto en el Tribunal Supremo. Si perdían, cuestión probable, al problema se le sumaban más intereses, más costas e hipotecados por muchos años. 

      Fueron salvados no pocos escollos de carácter administrativo en los que tuvieron que intervenir autoridades autonómicas. Todo se resolvió, todo se soslayó, incluso el propio municipio obtuvo subvenciones y créditos a largo plazo para poder acometer las obras comprometidas a su cargo.

      Sin darse cuenta habían alcanzado el paraíso imposible. Todavía seguían preguntándose cómo. 

La Plaza del Hermano Antonio presentaba un aspecto inmejorable. Jardines y rocallas embellecían el entorno. La antigua explanada se había convertido, en parte, en zona de aparcamiento con adoquines de piedra y sus juntas selladas con césped. La armonía se había dado cita en el entorno. El camino de acceso de tierra, ahora carretera, estaba construido con mimo; ningún talud descarnado, muros de gaviones de piedra se acomodaban al paisaje, sin agresión visual ni estética; terraplenes con plantaciones arbustivas, el cuidado medioambiental llevado a la práctica con devoción.

      Al fondo de la plaza, el antiguo monasterio. La mejor palabra para describirlo, conocido el estado que tuvo, sería ¡asombroso!  Un bello diseño combinando lo antiguo con la modernidad, sin ninguna estridencia ni disonancia, una propuesta arquitectónica inteligente.

      Cincuenta y dos habitaciones, un restaurante acorde con la categoría, la piscina climatizada en los terrenos del huerto, la audaz distribución del Spa. Confort, vanguardia, diseño, acogimiento. Y en la antigua capilla, la recreación de otra capilla acondicionada como sala de lectura y eventualmente para acoger citas musicales, conferencias o encuentros literarios. Los frescos, irradiando una luz nueva recibida a través de bóvedas acristaladas con vidrieras, no dejaban de sorprender.

      El acceso al conjunto hotelero se practicaba a través de la mismísima portería de siempre aunque, como es natural, sometida a realce y restauración. El resultado conseguido, un excelente pórtico invitando a entrar en un lugar de ensueño. El muro de piedra de antaño había quedado reducido a esa entrada principal con aletas declinantes hasta quedar embebidas en el césped, dejando que lo eliminado diera grandeza a la nueva y lujosa hospedería de Cazorla. Plantas y flores reinaban por todos los lados, un sello de identidad propio, muy cuidado.

      Había que felicitarse y además hacerlo sin limitaciones. Del surgimiento del pleito y sus calamidades hubo muchos vencedores y beneficiados. El Ayuntamiento, especialmente, se había librado de la carga del monasterio, conseguido por fin tener un hotel aunque éste con notables mejoras sobre cualquier proyecto inicial, obtenido su honrosa salida del pleito sin costo alguno salvo las dos infraestructuras de servicio financiadas sólo en parte y a largo plazo; logrado mejorar el empleo local, obtenido una calidad turística de la que carecía y mejorado al menos por un tiempo las relaciones institucionales entre los partidos que representaban los intereses de todos los ciudadanos. No era poca cosa, desde luego, podían incluso tirar voladores. Por la otra parte, radiando felicidad, se había dado respuesta y materializado el sueño de rendir homenaje a dos seres queridos. 

A la derecha del pórtico de entrada, brillando el lustrado metal para reflectar al sol cuando le alcance sobre mediodía, como un faro, puede apreciarse una placa grabada. Dice así:                                                                    

 En este lugar de Montesión

encontraron su último destino

Henri y Violette Passedat.

Fue el 24 de agosto de 2025 y la vida quedó cegada por la luz.

En su memoria,

eterna existencia tenga este nuevo monasterio.

Su hogar, nuestro hogar, vuestro hogar.

 27 de marzo de 2030

                                                                          He aquí el origen de la vida.

He aquí el origen de un proyecto.

He aquí el futuro

Violette Cazorlensis****Spa

Plaza del Hermano Antonio, s/n

Teléfono +34 121 212 121

http://www.violettecazorlensis****spa.es

Montesión. Cazorla. Jaén (España)

* Nota de autor: 

Los hechos que se presumen ocurridos entre 2016 y 2030, contenidos en los capítulos 2 y 3, son pura ficción. El devenir de estos próximos quince años dirá en qué medida la fabulación ha podido convertirse en realidad. Vayan por delante mis disculpas hacia el monje Antonio Rodríguez Roldán, Hermano Antonio, al que desterré al ostracismo por exigencias del guión. Si finalmente su vida no concluyera así,   cosa en que confío—, espero que siga disfrutándola con salud y lucidez durante muchos años más allá de 2030 y al amparo de su fe en Dios.

      En cuanto al estado del monasterio y sus avatares, también confío, según se novela, en que concluya con final feliz en beneficio del interés común. O de cualquier otra manera posible y mejorada, como su historia merece. Como merecen las gentes de Cazorla y el patrimonio cultural a disposición de la humanidad. Como merecen nuestros descendientes.

      El resto de contenidos, sucesos, instituciones y personas forman parte de la fantasía.- JG.

                                                                                                                                  

4 .- Junto al arroyo

 

Del pueblo lejano llegaron siete campanadas. Limpias y metálicas anunciaron que el sol comenzaría pronto a tornarse de colores más arriba de un primer manto de amenazantes nubes oscuras. Atardecía en el angosto valle y la despoblada aldea, envuelta en campo de castaños, nogales, brezos y abedules, sometía su estampa a la proximidad de la noche, preparándose para un alba nueva.

      Solo un viejo y apático mastín venido a mi presencia quiso participar de aquella soledad abrazada por el cálido viento otoñal. El perro, saciado ya de rezongar, cansino y necesitado de caricias, buscó la compañía mientras se arremolinaba a los pies, zalamero. No hizo otra cosa sino acostumbrarse, pacífico y comedido, al olor y contacto que podía ofrecerle. Surgieron de mí algunas palabras de aliento hacia su aparente soledad. Tras un lapso impreciso y con la misma pereza que había llegado, cuando creyó oportuno, prosiguió el camino en busca de mayor descanso, quizá en pos de otra compañía que vigilaba movimientos y acciones, oculta a la vista para esconder su propia soledad.

      A la izquierda, un pontón de maderos informes y envejecidos por decenas de años y más de una embestida, cubre el cauce del arroyo. El riachuelo, aguas transparentes y raudas van al encuentro del río meciendo líquenes y limando guijarros para dejar constancia de su existencia. Tributario exiguo del río madre del valle, se complace en darle cauce y compañía hasta que juntos se abracen al mar.

      Más arriba, al borde mismo de la profundidad del denso bosque de pinos, dando transición al de eucaliptos, un caz centenario capta el fluir del agua. Ésta, al ser desviada por la ladera, deja sentado que algunos humanos alcanzados por la sagacidad, en los albores del conocimiento hidráulico, habían domesticado en parte su bravura. Luego del recorrido forzado, el tránsito de aquella agua de fluido manso queda estancada en un aljibe de amables formas y dimensiones, alberca de piedra y argamasa antiguas dispuesta a cumplir con fidelidad su cometido ancestral.

      Al fondo del embalse, a la vista queda su vieja historia e inevitables señas de identidad. Primitivas compuertas de lajas pizarrosas se abrían en aquel tiempo pasado para permitir que el agua almacenada cumpliera su trabajo, obligación previa antes de seguir el natural camino al que finalmente estaba destinada. Bajo la techumbre, tan sólida como rudimentaria, todavía permanece la estructura del vetusto molino movido por aquella agua inquieta. Se desplomaba, en su cadenciosa estridencia, para transmitir a pesadas ruedas calizas la orden de triturar el grano que ha conseguido traernos hasta el progreso cibernético de nuestros días, un mundo nuevo capaz de descifrar el origen de la vida y la infinitud del universo.

     Ahora el espacio duerme en vigía expectante. Ha dejado huella indeleble de doscientos años de serenos rumores primero y ruidosos movimientos luego, gentes transformando alimentos, hacendosos molineros, y el agua cantarina buscando el arroyo de donde venía por encima.

      Quedan viejas construcciones restauradas en esta breve aldea sumergida en la profundidad del bosque. Hay tiempos nuevos para vivir ocios rurales, valiosas enseñanzas de oficios trasnochados y tradición artesana, cultura en suma con necesidad de ser embebida. Después de todo, desde la percepción ensoñadora de este momento, nada o poco parece haber cambiado salvo la ausencia de molineros, su trasiego y el de las gentes que se acercaban a las tierras de este molino.

     El viejo mastín vuelve a la escena, parsimonia viva, buscando caricias nuevas. La transparencia del agua eleva el ánimo y surgen de inmediato sensaciones perdidas: aún seremos capaces de recuperar lo destruido, todavía podemos salvarnos de la autodestrucción y de nuestras muchas contradicciones. El viento trae otras campanadas desde la torre del pueblo lejano. Son ocho y prolongadas; la luz comienza a abrazar sombras, el agua del caz sigue descendiendo hacia su vieja senda, rauda y cristalina, perdiéndose bajo el pontón de troncos al encuentro certero de la mar cercana. Y así el arroyo será río y el río un mundo perdido en el océano.

      De igual manera nos perdemos nosotros en el camino. Cristalinos cuando nacemos, contaminados en cuanto crecemos y purificados, mediante un profundo lavado de humildad, cuando nos hallamos ante dimensiones inabarcables, cuando llegamos a confirmar que somos escasa parte de la inmensidad. Luego queda la ardua tarea de mirar a nuestro alrededor, repasar la vida y alcanzar consciencia objetiva de que, en efecto, apenas somos nada comparado con el horizonte de un tiempo imperecedero. Si acaso, para apaciguar miedos y desasosiego, un cúmulo de acciones, obras y proyectos, en buena medida incumplidos porque esa vida ha decidido sernos efímera.

     Y el arroyo y el reloj, en su inmensidad sin límites, aun en su liviandad, siguen marcando tiempos y horas… Nuestras horas y nuestro destino.      

 

 

 5.- Cigüeñas 

 

Las cigüeñas castañetean después del alba sobre la torre de Santa María. De Santa María la Mayor, en el mismo corazón de Augusta Emérita, dominando territorios alrededor del Guadiana. Hieráticas parecen estar desde la distancia, esculpidas en piedra recortándose sobre un cielo que asoma con timidez el intenso azul que pronto acabará exhibiendo, presagio de calores sofocantes del estío.

      Amanece y las estrellas dejan de brillar. Van difuminándose a cada instante, en cada mirada palideciendo de su reciente resplandor, un intento imposible de retorno a las ondas gravitatorias del universo primigenio de donde surgieron catapultadas por una fuerza gigantesca y descontrolada. La Luna, de igual modo, también palidece y corre a esconderse, risueña, para iluminar otros espacios, otras gentes al encuentro del mismo anhelo.

      La ciudad, lentamente, comienza a desperezarse. Surgen ruidos que en el silencio se potencian hasta resultar estruendosos. Movimientos de sillas disponiéndose alrededor de mesas son bajadas de su particular castillo nocturno donde han dormido hacinadas, encadenadas y al abrigo de cualquier asalto de vándalos nuevos surgidos de una nueva sociedad de tolerancias sin límites.

      No hay duda ni mayor sorpresa inicial. El día está comenzando, preparándose para el trasiego y a no pocas incertidumbres que vendrán a suceder de improviso, un guión recién abordado para dejar sentado que cada día es distinto al que precede.

      Un hombre riega la plaza. Otro los jardines de la fuente, otro más allá pasea la soledad de su jubilación, errante y ocioso, sin destino. Acaso va caminando hacia el balcón que es el puente romano de sus ancestros, veinte siglos atrás contemplándole con la inmutabilidad de su coraza de piedra.

      Al tiempo que esto ocurre, en la plaza se iluminan algunas ventanas con tenues luces mitigadas por la luz de un sol todavía oculto en el horizonte. Dejan entrever figuras que restriegan ojos y piel mientras bostezan. Un cuerpo, despreocupado, cruza desnudo la escena, iniciándose al alumbramiento del nuevo día para recordarnos, aunque resulte inapreciable, la cotidianidad a la que hemos venido a someternos.

      En el reloj del Ayuntamiento, torre sin pretensiones, concluye el corto silencio de la noche profunda y atruenan dos breves campanadas. Son dos cuartos de una hora temprana e incierta ante la somnolencia. Las cigüeñas, entonces, aletean al unísono dejando sentado que estaban lejos de ser frías esculturas expuestas al deleite humano. Aves de leyenda, aves con alma errante, cada año tendiendo a quedarse entre nosotros para evitar derroches innecesarios y acaso para transgredir viejas costumbres. Vuelven a crotorar, se hacen presentes y convierten su hueca llamada en llamada al tumulto contestada desde los aledaños.

      Nada escapa ya al pulso de la vida. El corazón se ha activado con mayores pálpitos, los resortes de la existencia continúan su andadura inmortal y cadenciosa, ajena a cualquier tribulación de cuantos seres la pueblan.

      Alberga la torre catedralicia de Santa María la Mayor dos nidos de apariencia añeja, quizá curtidos de otros estíos y azotes invernales. Trenzados con rusticidad propia de constructoras fiables e incorruptibles, ambos se ubican a Oriente del cuadrángulo que forma el torreón de blancos desconchados, de manera que sus zancudos habitantes otean todos los vientos.

      Nada pasa desapercibido a su inescrutable mirada. Observan con atento sosiego por dónde sopla la vida y por dónde emprender el vuelo para protegerse o alzarse en busca de sustento. O para asegurarse que las crías incipientes, pollos inexpertos, teniendo el río y sus islas tan próximas, culminen más adelante el viaje iniciático con toda suerte de acrobacias y éxito: el triunfo de vidas nuevas sobre cuantas adversidades vendrán a cernírseles. 

Un grupo de grajos, quizá una docena, atraviesa el espacio de la plaza con estruendosos graznidos. Han llegado inesperadamente para sobresaltar a quienes todavía duermen y a cuantos están en proceso de desperezarse. Sobrevuelan tres veces los tejados rojizos tiñéndolos de sombras que a almas influenciables espantan porque recuerdan leyendas tan rancias como negras. De un lado a otro, aleteando y planeando en perfecta sincronía, y a cada instante con mayor estridencia en su alboroto, mantienen la presencia errática sin llegar a posar sus rojas patas de uñas negras en tejado, chimenea, tenderete, antena o árbol alguno. Están a su alcance y persisten, no obstante, en seguir sobrevolando sus aciagos presagios hasta que un oportuno estruendo de sillas desplomándose les hace emprender, asustados, otro rumbo, otro destino carente de espanto.  

      Con el estrépito del aluminio y algún santo bajado del cielo, se alcanzó sosiego momentáneo. La cercanía del teatro romano de Augusta Emérita aún trae ecos de las primeras horas de la madrugada: la voz antigua de Lucio Apuleyo clama desde su envoltura de asno tras sucumbir a pérfidas pócimas que, metafóricamente, cambiaron su vida de hombre honorable.

      Bajo la luz embriagadora de la luna y algún foco incandescente atenuado, se alumbró escenario y proscenio. Sobre ellos y ante una esbelta fachada corintia de piedra con historia de veinte siglos, Rafael, “El Brujo”, usurpó reminiscencias de Lucio Apuleyo y convertido ya en “Asno de Oro” narró esencias, desventuras y éxitos traídos desde aquella Roma pretérita: una delicia, un gratificante encuentro rebosando sabiduría.

      De impoluta vestimenta blanca, incluido chaqué y alborotada cabellera, el actor se movía con soltura propia de la experiencia. Entretanto, ávidos y entregados espectadores reían el desparpajo y las desgracias y excesos del hombre convertido en asno, tomando buena nota de enseñanzas y proclamas filosóficas que la obra encierra como un tesoro bien guardado de sabiduría. Asuntos, en fin, tan lejanos como actuales, tal pareciera que la condición humana estuviese regresando de las profundidades del tiempo y que no Rafael, sino Lucio redivivo estuviera haciendo la representación, aquí y ahora bajo una grandiosa túnica de astros tremulentos.

      A su aire, la Luna ascendía en libertad condicionada al encuentro del cénit, la misma luna plateada que en el siglo segundo pudo ver Apuleyo en Roma. La misma luna de antaño, lamento sin respuesta, si no fuera porque ahora está mancillada y preñada de chatarras debido a hombres de buena voluntad, dicen, que fueron a su encuentro para observar los secretos inconfesados de su cara oculta y apoderarse de tesoros escondidos.         

      La función teatral, el espectáculo de palabras y luces, ha concluido. Desvelado el desenlace de la representación, aplacado el estruendo de aplausos agradecidos, superados agradecimientos y desvanecidos los últimos murmullos, quedó el teatro embebido en el recuerdo de la noche y su trasposición a mundos de fantasía.

      Oculto bajo las sombras fantasmales de algún árbol de los alrededores, expectante, un búho ululó con insistencia metódica, aguardando su oportunidad, cuando escenario y portada iban desprendiéndose de trasiegos y luces, a la espera de nuevas funciones, de otros pulsos y ensoñaciones, de otras enseñanzas y otros gozos. 

Las viejas piedras romanas de Augusta Emérita siguen vivas. Emiten sensaciones de acercamiento a su histórico pasado; las aguas del Guadiana se renuevan cada día templando su ritmo cansino entre islotes de juncares donde vienen a cobijarse peces, anfibios, pájaros y aves.

      Todo transcurre conforme a secuencias establecidas. Los siglos apenas consiguen transmutar su acervo, las piedras siguen siendo piedras y los hombres continúan siendo hombres en su constante búsqueda de horizontes nuevos, en pos siempre de provecho y libertad. Ese comportamiento ha hecho grande a la Humanidad y a él aspiramos con persistencia inquebrantable, para que la vida y esta civilización, después de otros veinte siglos, cuando menos, siga siendo apreciable, tangible, sólida y recordada.

      Una, dos, tres,…, uniformes, y así hasta ocho campanadas sonaron desde otra torre próxima. Metálicas y rotundas, mensajeras de la acción cotidiana de cada mañana, anunciaron la irrupción del día que llegaba. La plaza, ágora vieja, halló no obstante un breve tiempo para el encalmado, a la espera de albergar su esencia como punto de encuentro de gentes con propósitos variados. Ni chiquillos, ni madres cuidando de sus chiquillos, ni abuelos deambulando recuerdos, ni bicicletas, ni patines, ni limonadas, ni agua en movimiento; sillas y mesas quietas, sin gentes sobre ellas, sólo un cadencioso sosiego esperando que la incipiente jornada tomara la iniciativa, como cada día de este plácido estío. 

      Las cigüeñas de la torre de Santa María, inquietas ante el silencio momentáneo, aletearon de nuevo, desperezándose al fin. Debajo de ellas, el campanario dispuesto en dos plantas para funciones solemnes, ocho campanas de bronce capaces al unísono de alentar el alma hacia los altares y a las cigüeñas a tomar otros aires. Sobre sus cabezas, recortándose a la inmensidad del firmamento, cruz, veleta y pararrayos. Alzan el vuelo, primero una, luego otra, después la tercera. En el espaciado que provocan, dejan ver pequeñas cabezas coronadas de plumones; enfilan hacia el río, planean en círculos y acaban lentamente recogiendo alas sobre los juncales. Allí se pierden entre ellos, refrescándose y a lo suyo, intuyendo un día con sol de justicia, de alerta naranja al menos.

      Mérida y sus gentes preparan la faena. El agua del río fluye mansamente y con ella muchos serpenteos al encuentro de otras tierras. Los sillares, envejecidos y cansados, esperan para seguir exhibiendo su historia. Luego vendrá el crepúsculo, se echará la noche y comenzará una forma distinta de vivir la vida: estrellas, cerveza, habladurías, risas, quebrantos, helados y limonada. Y la alegría de la palabra, y el griterío, y la proximidad del contacto, esos pálpitos que tanto unen y tanto precisamos para decirnos y demostrarnos, a cada instante, que seguimos siendo parte de un todo, del pasado y del futuro; y parte esencial, en fin, de nosotros mismos y de las contradicciones flagrantes en que caemos cada día sin apenas percibirlas.  

  

                                                                                              

6.- Río Duero

 

 1. Aproximación

  Río Duero, no esperes que a pesar del empeño sea capaz de cantarte como hicieron Antonio Machado o Gerardo Diego. O tantos otros poetas de antes, de ahora y luego, maestros exaltando tu recorrido castellano, lusitanos esperando para de igual modo hacerte suyo, río Douro.

      En esta experiencia percibo que no estaré a la altura. Vaya por delante, bien lo sé y bien lo siento. Mas con limitaciones que sabrás dispensar, tengo necesidad de intentarlo para lograr un punto de aprendizaje que pueda llevarme, aunque sea a hurtadillas y de prestado, a cola de la alargada sombra de quienes ya han logrado tu ensalzamiento.

      Traigo yo raíces de tierras altas de otro río hermano. Me refiero al que árabes avanzados, en su empeño posesivo, dieron en llamar al-wadi al-Kabir. Sobre él también lo he intentado y por ahí andan desperdigados mis cantos, sometidos al infortunio del ostracismo. Espero que esta ascendencia mía y la emotividad que acarrean no sean inconveniente, sino aldabonazo, para lograr que el propósito de mi breve excursión culmine con el éxito y fervor que tu importancia merecen.

      Antes de proseguir, me pregunto con ánimo de eliminar cualquier duda que pueda acontecer al socaire de aquellas raíces sureñas: ¿habría yo de abandonar el buen propósito que albergo por ésta condición natal, fruto del azar?

      Ten por seguro, río Duero, que no. Guadalquivir y Cazorla, con sus pinos, fragancias, huertos y olivares, ahora mismo pueden esperar porque mañana seguirán estando ahí, igual que yo. Pretendo cantarte a mi modo de tasado poeta que busca armonía en palabras y sentimientos; poco más. Bajo esa intención, ¿cómo venderte, sin que me alcance la vergüenza, por necias pasiones de localismos propios de gentes sin razón? No cabría mayor desatino, tampoco menor cordura ni inteligencia sabiendo que los bienes de la naturaleza y la historia pertenecen a la humanidad. Si rompiéramos ese equilibrio, ¿dónde soportar entonces nuestra condición de seres aventajados, qué estúpida locura nos estaría alcanzando?  

 Desde Urbión a Oporto, desde las cumbres nacientes hasta declinar con el abrazo de las olas del mar, abrupto camino en busca de libertad. Te has despeñado mil veces, otras tantas serenado el caudal, meandros de sosiego al encuentro de choperas y campos de trigales salpicados de amapolas replicando el ocaso del sol. Y de paisajes sembrados de viñas que juegan a lucirse entre verdes, ocres y almagras a la espera de que concluya el verano. Luego, con generosa sinfonía de fruto y color abrirse al júbilo de la vendimia, a ese dulzor del mosto desprendiendo fragancias, el momento culminante donde se consagra la unión de la tierra, lo humano y lo divino.

      Has dido testigo de sangrientas batallas en pos del poder. De igual modo, de fatigas y entregas, de componendas, contemplaciones y amoríos a tu vera, de miserias infligidas a hombres obligados a trabajar de sol a sol, de sequías, inundaciones y hambrunas, de cosechas generosas, bailes y romerías. Del dilatado camino recorrido almacenas recuerdos infinitos en los que no podemos ahondar si no es a través de fabulaciones. Tu memoria prodigiosa trasciende más allá de nuestras posibilidades, no en vano llegaste con antelación sobrada; estabas ahí mucho antes que nosotros, una longevidad que nos empequeñece y obliga a guardar respeto a la experiencia que atesoras. Nada podemos enseñar, todo el conocimiento empírico nos será dado por ti; a nosotros nos quedará cantarte y acaso adentrarnos en la historia reciente, no más allá de anteayer.

      He venido a verte a Tierra de Almazán en un diciembre de frío severo. Quise conocer tus aguas plateadas en el momento en que nacían de las fuentes y los hielos lo impidieron, ni por Vinuesa ni Duruelo. Y hube de conformar la intención siguiendo tus pasos por las primeras planicies de Castilla después que abandonaras riscos, hayedos y pinares. También me quedé sin reflejo en las aguas menos profundas de la Laguna Negra, a los pies de la muralla de piedra sobrevolada por buitres y águilas, allí siguen sumergidos los tres Alvargonzález con su leyenda de codicia, muerte, tragedia y remordimiento; otra vez Antonio Machado.

      Por Almazán he caído como pude hacerlo por Soria, Osma o Berlanga. Por la primera, tiempo atrás y con sofocantes calores, ya te había paseado, mejor buscar lugares nuevos. Se trataba de estar dos días por tus alrededores, río Duero, y desde las proximidades ascender a las tierras altas, algo que finalmente no alcancé a contemplar, ya digo, porque mucho era el frío y el hielo que diciembre dejó acumulado en el paisaje y en quienes lo sufrimos con estoica devoción. 

      Doblegada la intencionalidad por los elementos, contra los que no pude luchar, más quisiera, en recompensa me acogió un cómodo hospedaje junto a la Ermita de Jesús Nazareno. Tiene hermosas vistas a tu cauce, al puente viejo y La Arboleda. Y en la cabecera de la cama, negro sobre amarillo, una leyenda anónima convertida en mensaje trillado que circula por Internet expandiéndose cual virus imposible de combatir. Peor que las diez plagas juntas sobre Egipto. Tal parece que fuera un imán catalizador de sabiduría dado que mucha gente abraza al texto como idea propia y original, quizás esperando el reconocimiento a cierta intelectualidad o acaso para que siga creciendo el globo, es de suponer. Ésta es la proclama y se encuentra en un modesto pero moderno hotelito, a tu orilla:                               

«Los viajes son como los libros,

se inician con cierta incertidumbre,

y se finalizan con nostalgia»         

                     

      Al menos aquí, en la alcoba donde descanso, han tenido el buen gusto de acompañar al mensaje viral con trazos esquemáticos de la arquitectura renacentista del Palacio Hurtado de Mendoza. Habrá de aceptarse que estamos ante un acierto cultural tratándose de  parte esencial del patrimonio histórico en la Plaza Mayor de la Villa, antigua Adnumantia romana, como bien conoces.

      Almazán tiene historia vieja para contar. Qué no sabrás tú que ya estabas alrededor antes que alguien llegara alzado de pie. Desde Soria vienes en dirección sur, pensando que ese camino debes seguir con la fuerza que ya trae tu caudal. Pudiera ser, mas te equivocas, río Duero, porque la breve colina donde está Almazán alguna suerte de seducción debió transmitirte millones de años atrás, al margen de condicionantes geomorfológicos de entendimiento limitado al común de los mortales.

      Mírate ahora: debió ser un flechazo. También pudo ser la comodidad del camino fácil ya que te quiebras de manera inesperada hasta el punto de conformar un amplio meandro que bordea la loma. Desde entonces la contemplas cada día, abrazada por tus aguas frías y claras, pero ya mirando cada tarde cómo se pone el sol camino del mar, igual que tú en su pos.

      Este giro repentino, ese amplio meandro de amor o pereza a los pies del altozano, ha condicionado tu existencia. En perfecta línea recta vas ahora, con parsimonias y desprendimientos, cruzando la anchura de Castilla por la mitad, camino de Aranda, de Tordesillas, de Toro y de Zamora al encuentro de Portugal. Y ya dentro de él, un poco al sur otra vez para remembrar, en la profunda lontananza las profundidades del océano y Porto esperándote. Esperando paciente, encalmado, para contemplar y presumir con orgullo del gran río Douro en que te conviertes desde que alcanzas la frontera, desdeñando con torpeza tu historia castellana: ya sabes, cuestión de viejas rencillas familiares ajenas a cuanto nos une.

      Pero recuerda, llegas a las procelosas aguas del mar después de caer contenido en profundos embalses cargados de luz y pan. Hasta en quince ocasiones te contendrás, siete aquí, ocho allá. Por primera vez en La Cuerda del Pozo, forma de tiranosaurio rex parece que tienes mirado desde las alturas, garras incluidas en las riberas, a los pies de Urbión entre pinares, regadíos y turbinas. Ésa será tu gloria y contribución, también tu servidumbre y esclavitud, río Duero, río Douro, río domesticado, ya lo verás.

  

2. Por intramuros

 Villa con historia y abolengo, Almazán formó parte de la ancha red feudal castellana. Desde ella se nutrían nobles y reyes de sangre para guerrear con presteza e inquina contra cualquiera que se enfrentara a mandatos o designios. Como tantas aldeas, pueblos, villas y ciudades, sirvió también de punta de lanza para vérselas con el moro invasor hasta que derrotado en Castilla y otros reinos fue desplazándose hacia el sur al encuentro del Mare Nostrum. Desandando lo andado hacia su reducto natural. Por aquí estuvieron varias veces Isabel y Fernando, por aquí sus validos, por aquí la Iglesia haciéndose presente y de manera ostentosa defendiendo peculios y adoctrinamientos a base de tormentos, sangre, fuego, perversión e indecencia llegado el caso. Le quedan a la Villa vestigios de ese pasado entre glorioso y negro.

      Paseemos y comprobémoslo. 

      Cruzando el puente viejo se accede a la ciudadela. La modernidad le ha yuxtapuesto una pasarela metálica peatonal de llamativa tintura roja con el fin de salvar peligros sobre la calzada, conectar las dos orillas y sus ensanches, y con ellas los espacios lúdicos y deportivos del conjunto de La Arboleda. El casco urbano inmediato intramuros presenta un aspecto limpio y bien cuidado, no exento de edificios dejados a su suerte, próximos a la ruina.

      Enseguida está la plazoleta que preside la Ermita de Jesús Nazareno. Situado entre las Cuestas de Jesús y Santiago, a modo de botón de muestra del poderío del clero, tiene pórtico adelantado de impoluta blancura coronado por cuatro campanas menores. Luce verja de forja, tapia de fábrica por un lado, de otro con mampostería, un jardincillo exiguo y dos arbustos añejos modelados por la mano transformadora del hombre. Este adelantado níveo y su cierre protegen a la torre-ermita, octogonal y aislada, con sus ocho arcos tragaluces superiores tapiados. Y de igual modo a sus centenarias piedras de grises surtidos, algunas calizas blanquecinas al azar y argamasas que guardan en su interior devoción, reliquias y ornamentos.

      Sorprende, de entrada, la retahíla abrumadora de construcciones religiosas. Todavía activas, siguen en un lugar que a principios del siglo XIX no tenía siquiera dos mil habitantes, menos, sin duda, en tiempos de mayor gloria señorial: San Miguel, San Vicente, Santa María, Nuestra Señora del Campanario, San Pedro, Capilla del Cristo, Convento de Clarisas, Convento de la Merced: no hay mejor prueba de esplendor y prosperidad, acaso de explotación.

      Pasear por el interior amurallado de Almazán, como en tantos recintos de esta naturaleza, supone incrustarse en el pasado. El casco histórico y sus elementos más singulares, dentro de los límites razonables de su tiempo, resulta atractivo, amplio y a simple vista en condiciones muy aceptables de conservación.

      A poco que se ahonde, se ve que el dinero ha llegado con facilidad para preservar un patrimonio que exige guardarse a generaciones venideras. Casas nobles, torres y puertas de presencia imponente como las del Mercado o de Herreros, con sus arcos ojivales, van sucediéndose ante un paisaje urbano cargado en muchos puntos de soledad, trasnochado, dormido. Traspuestas las horas centrales del día, sólo almas errantes o quienes curiosean sin rumbo fijo se dejan ver en un andar indeciso, parsimonioso, cargado de pereza, esperando alcanzar cuanto antes el refugio de una lumbre, el brasero o la templanza de un radiador de agua caliente.

      El arco gótico de la Puerta de la Villa llama pronto la atención. De paso obligado y examen detenido para acercarse a la historia de Almazán, marca el tiempo en su torre de piedra, cornisas intermedias de fábrica y ladrillo almazarrón con relieves mudéjares rematándola. Ahora mismo van a dar las cinco, las cinco de la tarde. Serán tañidos solemnes surgiendo del campanario con que finalmente concluye la obra, sin olvidar el aderezo último de la cruz de forja alzada al cielo azul e infinito que tiene tras de sí. De una sola campana surgirán las cinco campanadas al viento, alarmando a la quietud del ambiente cuando el sol comienza a declinar sobre los álamos de La Arboleda, camino del océano de Oporto.

      Hay anuncios llamando a la compra de yemas tradicionales, un dulce manjar que esta tierra tiene en buena estima. Alguna se habrá caído, río Duero, para darte de comer sin quererlo. Tanto aprecio alcanza a la exquisitez que aún perviven obradores que comenzaron a trabajar la especialidad allá por 1820. Así lo enseñan como reclamo de su excelencia, justo delante de la Puerta de la Villa y su Torre del Reloj.

      La Puerta, como toda puerta, abre estancias. Ésta en concreto al corazón de la Villa, su Plaza Mayor, el ágora donde vendrán a confluir todas las gentes para verse, mercadear, celebrar, lamentar, enterarse y un sinfín de propuestas, incluso las de pagar impuestos o reclamar diferencias, pues en ella está el Ayuntamiento.

      La Plaza Mayor es fiel reflejo de un tiempo cambiante. Como ocurre en infinidad de lugares cuyo carácter identitario no se ha preservado conforme al diseño original y a cuantos elementos singulares los definen, es frecuente encontrarse con alternancias arquitectónicas que cuando menos debieron llamar al bochorno público y posterior destierro de autores y consentidores.

      En su conjunto, no tiene aquí el desaguisado carácter de mayúsculo. Confluyen en ella, con cierta armonía, el pasado más añejo, la evolución de nuevas tendencias y materiales y algún toque de modernidad asumible. No puede decirse lo mismo en cuanto al hecho de encastrar un mirador de acero de nada menos que quince metros, volado sobre la base de la muralla y vistas hacia ti, río Duero, junto a la iglesia de San Miguel por la izquierda según la miramos.

      En la remodelación de la plaza, cerca de dos años atrás pavimentada, se dan la mano piedras calizas grises y doradas. Se le unen barro cocido tostado puesto de canto, madera y acero, de modo que la totalidad, incluyendo otro mirador construido entre el templo y el edificio del Ayuntamiento, sobre un espacio abierto donde la muralla ha desaparecido, juega con decoro en relación al resto de la plaza, sus edificios y su historia.

      No puede pasar desapercibido al más insensible de los visitantes que por aquí se acerque, la magnífica iglesia de San Miguel. De estilo románico soriano y en perfecto estado de conservación exterior, luce esplendorosa. Examinándola desde la propia plaza, que es su vista noble, destacan tanto el cuerpo principal como la torre octogonal, coronada a su vez por ocho arcos conformados de cerámica, de los que penden sólo dos campanas: las otras debieron quedar sujeta a Mendizábal, siempre presente cuando toca toparse con la Iglesia.

      Se está ante un bello edificio del siglo XII al que han adosado lateralmente, maldita la ocurrencia y la hora, una esbelta pared de ladrillo. ¿El objetivo?: albergar en uno de sus lados proyectores luminosos que realcen en la noche la muralla y el Palacio contiguo. Con la otra iglesia habríamos topado. 

      Por antigüedad, historia acumulada y prestancia arquitectónica, el Palacio Hurtado de Mendoza es enseña de Almazán. Incluso mayor que la tuya, río Duero. Esta familia rancia de castellanos medró sin tiento por saber vender nobleza y valía al lado de reyes, y en cada momento al sol que más calentaba. Tuvieron aquí una de sus imponentes casa-palacio a partir de riquezas dejadas a herederos y aquellas otras sobrevenidas a la estirpe luego de ser validos preeminentes de Enrique III y Juan II, suma y sigue. Aquí está todavía de pie, construcción de primera.

      Siguiendo las estelas hereditarias, cuando no interrumpidas por disputas, enlaces o asesinatos, llegó al poder Enrique IV para intentar gobernar a la ingobernable Castilla. Y sellando alianzas para evitar males mayores, no dudó en seguir comprando voluntades. Entre ellas, desde luego, las del Hurtado de Mendoza de turno, cada día más fuertes, cada vez más favorecidos, a quien regaló la Villa y Señorío de Almazán por los buenos consejos y servicios prestados. Y desde aquí, a buen seguro que allá mediado el XV, la familia maquinaba cómo guardarse de los enemigos que acechaban y cómo aposentar su estirpe no ya sobre tierras, hombres, bestias, haciendas y canonjías, sino también sobre mitras purpúreas para mayor gloria y poderío. Mejor estar también protegidos desde los cielos.

      El Palacio de los Hurtado de Mendoza, uno más entre los muchos atesorados, es un emblemático edificio renacentista ahora dedicado a actividades privadas. En su cuerpo final, junto a la muralla, ha venido a instalarse un bar que para no perderse se llama Bar Palacio, afeando el edificio con su enseña de chirriante color amarillo que destaca tanto como el propio edificio en su conjunto. Espanto da verlo.

      La Plaza Mayor, desde luego, no concluye aquí. Al fondo de la misma, cerrando al noroeste el solar primitivo, está la muralla defensiva, piedra solemne que ha resistido mil embates y guardado honra, haciendas y tesoros. Por otro lado está el edificio municipal, junto a San Miguel, de nobleza pétrea pero de época posterior, con menos prestancia, porticado y en conjunto sin desmerecer.

      Pero no podían faltar los borrones. El mancillado de la armonía arquitectónica y el atropello a la historia tienen difícil erradicación. Valga esta realidad: adosado entre el Ayuntamiento y la Torre de la Puerta de la Villa desluce estridente una casa de dos plantas, también enclavada en soportales. Presenta deplorables galerías asimétricas de hierro y cristal que están clamando a gritos que las quiten de allí. Y a partir de ahí, salvo la honrosa excepción del edificio de piedra y ladrillo que intenta emular al de la torre de San Miguel, junto al Palacio, lo demás es un pastiche. Casas de distintas alturas, calidad muy dispar y arquitectura desigual, son fruto acaso de que los viejos edificios no consiguieron sobrevivir y acabaron sustituidos por otros de época más temprana sin guardar ninguna exigencia con el entorno, todo lo cual ha dejado al rectángulo con gloria desparejada. Lo único común a la mayoría de estas edificaciones es que mantienen el soportal y dan a la plaza una cierta continuidad y acogimiento, siempre que no se mire hacia los alzados.

      Después de todo, qué no has a saber tú: una cacicada de tantas y tira adelante que bien está.

      De todas maneras, habiendo recorrido muchos pueblos, villas y ciudades de España, de la España adinerada y de la España profunda, habrá de decirse que el conjunto de la Plaza Mayor de Almazán no está para colocarla en los altares ni en ningún top ten. Pero tampoco para aborrecerla. Es más, considerando globalmente el conjunto arquitectónico, su limpieza, mantenimiento, pavimentos y mobiliario urbano, está bastante aceptable. Cuestión distinta es no poder alcanzar la perfección después de atravesar siglos de alcaldadas, indiferencias y quebrantos económicos, donde poder llevarse algo a la boca era lo primordial.

      Queda decir de la plaza un comentario de cierto valor. No sé qué opinarás tú cuando te alzas para contemplarla y detectas una imprevisión perfectamente subsanable a poco que alguien se ponga a pensar y a padecer. No desde luego los arquitectos diseñadores del proyecto, que con seguridad no viven aquí y probablemente en su domicilio gocen de vergeles privados. Resulta casi vergonzoso, hasta el punto de sonrojarse, tener que reclamar cosas así en beneficio de lo obvio: una plaza de tanta dimensión, sujeta a los rigores del estío de Castilla, ha de tener más sombra natural que la producida por cuatro contados árboles ornamentales que la pueblan deslavazados entre sí y de escaso porte.

      Alguien tendrá que bajar a tu ribera, río Duero, para pedirte la solución. Aunque también dirán que los árboles no pueden impedir la visión y esplendor del bosque pétreo y razón tendrán. O bien podrá argüirse que la necesidad se paliará con sombrillas publicitarias horrorosas que a buen seguro el Bar Palacio y otros sacarán a la calle llegada la ocasión, para dar vida y buenas vistas al negocio. Pero también tengo razón yo si te digo que en el medio está el equilibrio. Tampoco se trata de colocar hileras de álamos de veinte metros ni sauces llorones de otros veinte de diámetro.

      Dadas las respetables dimensiones, en nada desmerecería algo de sombra y frescor en zona acotada que no estorbe la visión. De igual modo, ¿qué inconveniencia presenta una fuente chorreando refrescantes borbotones? Vamos a jurarlo ya, aunque también litigarán diciendo que para sombra y frescura, mejor y bien cerca están el Duero y La Arboleda: más barato, más lúdico y sin consumos eléctricos ni gastos de mantenimiento añadidos.   

La Plaza Mayor se ha quedado atrás y atrás sus luces y sombras, sin gente que a estas horas se atreva siquiera a deambular. El Ayuntamiento está cerrado, queda de guardia la guardia municipal. La alcaldía y los munícipes con cartera y atribuciones, fuera de hora, hacen cábalas tratando de cuadrar el presupuesto guardándose de no delinquir y velando que no haya ninguna corrupción. Ni económica, ni ética, ni moral, para no tener que dar cuenta del atropello en la próxima fiesta de mayo por San Pascual, o en las patronales de septiembre con las de Jesús, donde esperan lucirse impolutos ante el respetable y obtener su próxima bendición a modo de papeleta en la urna con las siglas que defienden.

      Esta parte del casco histórico de la Villa, por su propia naturaleza defensiva, genera el habitual laberinto al que nos tiene acostumbrado el mundo medieval y antes el beréber. Almazán no habría de ser excepción incrustada como está en territorio de tránsitos. La calle Palacio, para recordar la casa del prócer escogido a dedo desde la Corte, sale de la Plaza y luce poca armonía. Es estrecha, está adoquinada, presenta aceras mínimas para andar de perfil y prácticamente carece de comercio porque alguno que había ha cerrado a cal y canto espantado por la soledad, lo mismo que muchas casas dejadas al abandono.

      Las gentes de esta zona de intramuros, en busca de trabajo o mayor comodidad, han preferido mudarse a otros lugares aprovechando las buenas comunicaciones o desplazarse unos cientos de metros hasta las viviendas nuevas del ensanche más allá del recinto amurallado. Se trata de chalecitos y adosados, casas en altura con ascensor, agua caliente, calefacción central, jacuzzi, parqué y excelentes certificaciones energéticas para ahorro. Nada de chimeneas, braseros, bastones de apoyo ni palanganas.

      El casco viejo se está quedando para visitantes, hacendados y nostálgicos. Y para quienes no tienen ninguna posibilidad de mudarse porque en la casa de planta baja o en la vivienda que poseen tienen toda su fortuna, en el mejor de los casos, si es que no están alquilados con riesgo de desahucio. 

      Sin solución de continuidad, a Palacio le sigue Monjas. Mejor bautizada no pudo quedar por lo que al final de ella hay. Para comenzar, en los pares, la recogida iglesia de San Vicente, románica, cuyo postigo lateral desemboca en una bella plazoleta que mira hacia La Arboleda. Salvada de la ruina, ahora es de propiedad municipal, alberga el Aula de Cultura y se encuentra cerrada por estas fechas invernales esperando mejores oportunidades. Sobre el exterior se aprecia una restauración muy acertada, o al menos muy lucida, lo cual es de agradecer cuando se ha empleado dinero aportado con generosidad pública: como ha de ser, faltaría más, si supiéramos administrarlo bien y con decencia para salvaguardar un patrimonio histórico inestimable.

      Más adelante, siguiendo por Monjas, empedrada e igual estrechez, a ambos lados van sucediéndose casas de mínimo interés. En su mayoría aparentan abandono o estar habitadas por personas de recursos limitados, según puede entreverse a simple vista y mirando con discreción para no ofender. A mitad de la calle, girando a la izquierda, puede ascenderse por el camino del cementerio y alcanzar la solitaria y majestuosa Puerta del Mercado.

      La Puerta del Mercado, en su aislamiento, presenta una estructura de arco ojival, profundo espesor de los sillares y remate almenado. Conformada a base de piedra pajiza para mimetizarse con la mies del campo que tiene a la misma orilla, deja testimonio de su grandeza. Está bien restaurada y se halla en medio de la nada, cerrándose parcialmente en los laterales con lo que queda del amurallado por esta parte: escaso vestigio de la defensa y del poder que tuvo en su día, eje de vida y comercio, eje de riqueza.

      Ahora se queda en puro testimonio del pasado, sin más valor que su historia. Y para darse cuenta, asimismo, del declive que le ha sobrevenido al humilde caserío que hay detrás de la puerta de entrada. Sólo es necesario fijarse, aunque sea de soslayo también aquí, en las gentes y en lo que cuelgan de los tendales a pesar del frío.

      Si fuera cuestión de reírse de la vida y de nosotros mismos, a lo que estamos poco acostumbrados, tienen una ventaja macabra estos habitantes a modo de consuelo. Bien mirado, están más próximos del cielo porque pasando por el arco de la Puerta del Mercado, aunque sea en Mercedes funerario, se enfoca directamente al Paseo de San Roque, con su calle de hormigón y breve arboleda, camino del cementerio que tienen al lado, el último paraíso perdido que a algunos les queda en su tránsito.

      Por el intrincado callejero de esta zona, pobre aunque intentando mantener la dignidad, se vuelve a Monjas para llegar al otro convento: al de Clarisas. Llegado el número 26, para mayor seña y un potente portalón de madera tallada, se hace presente una placa de cerámica antiquísima que dice que estamos ante la «Yglesia de Santa Clara».

      El edificio, en líneas generales, está bien restaurado y sometido a la explotación privada como centro de eventos. A la puerta y en sucesivas banderolas al viento se dice que aquello se llama «Convento Espacio Grumer» y que allí lo mismo organizan una boda de viernes, normal o blanca; que un bautizo o una comida de negocios; que comuniones, desayunos, cócteles o catas. Y les faltó incluir una timba o un funeral, ¿qué impedimento habría si encima vas a heredar y puedes permitirte el lujo en recuerdo del fallecido?

      Lo siento, río Duero, pero tú no podrás subir aunque bien cerca estás. Tendrás que contentarte con ser contemplado desde los jardines públicos exteriores, a los pies de la muralla y del torreón de ángulo con que termina esa propiedad. En ellos podrás observar, si no lo has hecho mil veces ya, las esculturas modernistas allí ancladas y la escasa perspectiva que tienen, la que impide, precisamente, el exceso de árboles, justo algunos que faltan en la Plaza Mayor.

      Cerrado ahora mismo el establecimiento, lo que puede apreciarse del interior, mirado desde la verja y su publicidad, es un conjunto bien cuidado y decoración esmerada. El convento reconvertido presenta un espacio de lujo del que se hubieran espantado aquellas monjas ya desamortizadas también por el recurrente Mendizábal: jardines y flores, esculturas y rocas a la vista donde está asentada la muralla defensiva que ahora cumple la función del recato exclusivo.

 

 

3. Alrededor de la muralla 

Repentinamente la Villa se ha extinguido. Por delante, a la izquierda, se halla el antiguo edificio del matadero, enhiesto todavía aunque libre de servicio. Sólo cargas y a la espera de que un día se caiga. Guarda cierta apariencia, los muros al menos parecen sólidos y carecen de desconchados notables. Tiene lavada la cara: cercos, esquineros, cornisas, jambas y dinteles están tintados en el color de la sangre para realzar su arquitectura, ocurrencia sibilina aunque en su día muy de moda.

      Después están los campos abiertos, tierras ya labradas sin más vida humana. A lo lejos, junto al cauce por la calle de Zamora, algunas casas sin porte  y negocios aislados son arrabal por este lado. De vez en cuando, vehículos intermitentes atraviesan la Ronda de Burgo de Osma camino de Berlanga, siguiendo tus aguas, río Duero.

      Girando a la derecha por la que ahora se llama Ronda del Duero, sobre la cabeza quedan muralla y edificios que están detrás de ella. Calles de Monjas y Palacio, desandar lo andado pero a la orilla del río, acompañándose de rumor y frescura, aunque ahora mismo ésta sobraba.

      El talud que sostiene la muralla y fundamento de su estabilidad primitiva, rondando los cuarenta y cinco grados, ha de estar cimentado en roca muy estable. De otro modo, después de siglos, habría sucumbido. Sin embargo, varios metros más abajo, sobre la calzada de la carretera cuya existencia hubo de ser muy posterior, el talud está a su vez protegido por gruesos muros de contención inclinados de piedra con poderosos contrafuertes, todo ejecutado con artesanal maestría, orfebres de la piedra que ya no quedan.

      La muralla y los edificios que protege, algunos elevándose de manera sobresaliente sobre el alzado, miran por este sitio del río al noroeste. Así lo hace también el muro, revestido con el paso del tiempo de musgos y líquenes que en algunos puntos esconden la piedra por completo. Sólo por lógica se intuye. El muro mampostero va declinando altura a medida que también declina la del talud. Finalmente, concluye en un camino de acceso peatonal empedrado que accede a la recoleta de Plaza de San Vicente. Antes de subir a ella, la rampa tuerce a la derecha y mediante tramos de pasarela metálica, y de otros sobre tierra, se bordea la muralla hasta encontrar de nuevo el jardín exterior del antiguo Convento de Clarisas.

      Siguiendo este entronque, en sentido descendente, ya se está debajo del Palacio de Hurtado de Mendoza. Deja a la vista paramentos y contrafuertes originales de piedras centenarias, seis siglos sosteniendo el edificio, pues aquí no hay muralla, la muralla es el propio frente del palacio. Por este lado, a la izquierda, destaca sólo por altura aunque muy moderada, una torre de aparente desinterés y sin apenas ornamento. Sin embargo, es parte esencial de la construcción primigenia. Adosada a ella y proyectándose hacia el oeste, sigue una magnífica galería en la planta superior, soportada por once arcos de medio punto en piedra labrada. Sin duda, el elemento más representativo del palacio con independencia de la fachada principal, levantada un siglo después.

      El círculo se está cerrando. Vuelve la muralla brevemente para sostener a San Miguel. Declina acto seguido la pendiente, el río está más cerca, pequeños muros de gaviones con guijarros tomados de la ribera están cautivos en su enrejado metálico para contener la brevedad del declive. Desde aquí también se accede a los aledaños posteriores de la Torre del Reloj y de la propia Plaza Mayor con su discreto mirador de madera y acero de escasos dos años de historia. Un poco más adelante se está de nuevo ante el puente que te cruza, río Duero, y a la derecha la Cuesta de Santiago. Y en ella la Ermita de Jesús Nazareno, patrón de la Villa.

      Ha concluido el circuito del eje noreste/noroeste, ida y vuelta a distinto nivel topográfico. Por detrás del recorrido, hacia el sur y el este, hay mucha Villa para andar y conocer, y detrás de ella el nuevo Almazán: urbanizaciones, comercio, polígonos, industria transformadora agraria, con su potente feria anual en La Arboleda, y también de la madera, otra enseña. Muebles de Almazán, fama, dinamismo, riqueza, seis mil habitantes y bastante pujanza, intentando ensombrecer aún más el escaso desarrollo de la propia Soria, que sobrevive esencialmente en su condición de capital administrativa de la provincia y del recuerdo turístico de Antonio Machado.

      Sobre el cauce del río y todo su entorno, hasta donde alcanza la vista —no mucha—, está cayendo un velo blanquecino rezumando tal humedad que cala ropa y huesos. No hay un alma al alcance, las luminarias de farolas y focos se difuminan en un halo de intensidad mínima, queriendo guarecerse de sí mismas. Los proyectores enclavados en el suelo de la Plaza Mayor, para marcar territorio, intentan alzar la luz hacia el espacio y aplastados por la densa neblina se quedan en un haz tan nimio que apenas asciende escasos centímetros.

      Sin estar lloviendo, los pavimentos destilan agua perlada que comienza a congelarse. El frío se ha hecho dueño de la escena, un frío de mucho cuidado donde no queda otra que protegerse del espanto. Y si no fuera porque se está ante la cena y no el almuerzo, bien podría pedirse en el restaurante del hotelito, que alberga un magnífico horno de leña al estilo tradicional, que presenten sobre la mesa y sin dilación un cuarto de suculento asado lechal crujiente sin otro aditamento ni ensalada, junto con una botella de tinto de reserva de Ribera (de Ribera de Duero, claro). Advertidos quedarán de antemano que no habrá postre porque éste será a base de yemas y “paciencias” de Almazán que ya traigo dispuestas y compradas en la pastelería-cafetería de la familia Almarza, que las producen desde 1820 y las venden como quintaesencia de placeres terrenales. Sin duda, un punto de ensalzamiento extremo para justificar que vas a pagar un sobreprecio razonable teniendo en cuenta el mucho goce que prometen.

      A ello me pondré luego. Y entre deleite y deleite, miraré a través del ventanal el aspecto fantasmal de la noche, el ahogamiento del sonido de las aguas y cómo se congela la vida ahí fuera. Sobre tu cauce, río Duero.

 

4. Bajo la niebla 

Ha amanecido con niebla impenetrable. Llega hasta mí un destello plateado que viene del río y La Arboleda. Adormecido todavía, desplazo la cortina para ver tras el cristal de dónde surge tanta blancura, ese aspecto lácteo llamando a la inquietud.

      De doble acristalamiento la ventana, está el cristal exterior helado. Cercos de cristales de hielo persiguen colonizar los cuarterones mientras avanzan adheridos desde las esquinas. Se trata de un ejército orgnizado multiplicándose a cada paso para poseerlo por entero y cegar, hueco a hueco, toda la ventana. No veo el río, sólo lo intuyo bajo mis pies detrás del breve talud y la carretera. La bruma es densa como el desgarro de una locura, está con sigilo recostada sobre cuanto existe en las proximidades, emboscada entre tinieblas de plomo para aplastar con su peso a los hombres que la temen, cegados por una luz inquietante que no permite ver ¡nada!

      La quietud es alarmante, todo parece estar dormido en medio de la nebulosa que nos ha atrapado. No hay gente, ningún trino, ninguna llamada, ni siquiera el agua del río suena, dormida. El mundo aparenta estar sumergido en un túnel de blancura difusa camino de la inexistencia o la vida, el momento crítico en que nuestro espíritu no sabe si ha llegado o se ha ido.

      Prestando mayor atención, algo parece oírse en las afueras. Después de espantar al sopor del último sueño y abrir el ánimo a las luces del nuevo día, intento saber qué es, qué forma tiene y si procede de este mundo. Abro la ventana con cuidado para que se acerque hasta mí una bocanada de aire gélido y la humedad que lo envuelve, un instante mínimo y suficiente para que los pulmones se estremezcan, para que los oídos capten en su magnitud lo que parece una renqueante motocicleta que comienza a subir la cuesta, camino del viejo matadero. Despacio, muy despacio. Pruebo a mirar qué va encima de ella e intuyo, sólo intuyo, que sobre la motocicleta va montado un bulto informe y embozado, de imposible reconocimiento. Sólo se perciben, y con aguzado arqueo del entrecejo para concentrar la mirada, una exigua lucecita roja detrás de otra blanquecina que al instante terminan desapareciendo entre la niebla y la distancia.

      Despiertos sin remedio los sentidos por lo que acaba de entrar, y por la conveniencia de desperezarse para disfrutar del momento, se maravillan los ojos y enardece el espíritu viendo la blancura que tienen delante. Ya no hay miedos.

      La bruma permanece estable. Quizá un poco más clara, intentando diluirse: la luz de la mañana está llamando con fuerza. No hay nieve, los árboles desnudos sobre el talud están blancos y blanca es también la hierba que lo sustenta. La calzada vive cubierta por una película de hielo peligroso, igual que los caminos de tierra y la hojarasca, duros como los cantizales acopiados en el cauce del río.

      A la izquierda se vislumbra con dificultad otro mirador de acero y madera. Está volado sobre el caudal de uno de los ramales que aquí presentas, río Duero, caminando aterido en tu andar infatigable. Los sauces llorones de esta orilla cercana, todavía guardando hojas otoñales, están en este momento adornados de guirnaldas blancas desparramándose hasta el suelo para juntarse con pequeños arbustos y matorrales abatidos por el peso que esta noche les ha caído encima.

      Más allá, en toda la franja de La Arboleda, el espectáculo blanco de los cristales de hielo lucha por comenzar a brillar, por sacar a relucir sus infinitos diamantes de unas horas. Incrustados están en hojas, ramas,  troncos y en cada centímetro cuadrado de farolas, bancos, papeleras, bordillos y cualquier tipo de basura que por allí ande desperdigada, excrementos de animales incluidos. Forman parte de una visión fantasmagórica que conforme se aleja la vista y ésta se pierde en el horizonte de la niebla, resulta difícil saber si detrás y a cada lado, en este momento, hay más mundo que éste.  

      Al fenómeno «centellada» le llaman ahora los meteorólogos. Se ha puesto de moda hablar de ella en cuanto los fríos intensos llegan y con reiteración nos explican cómo y porqué se produce. Así, de esta manera, con el verbo y las ilustraciones terminamos siendo aplicados alumnos del telediario camino de obtener un doctorado. Tan antiguas las centelladas como la vida, sin el medio ilustrativo de las imágenes a todo color y miles de pixeles, antes se pregonaba que esta noche habían caído chuzos de punta y el término servía para un roto y un descosido, de tal suerte que todos entendíamos que había helado y helado de lo lindo, así que para salir a la calle, mejor ponerse gorro, sombrero o boina y siempre bien calados.

 

5. Hacia tierras de Berlanga 

Acercándose está ya el mediodía, las brumas guardan persistencia, aunque más debilitadas. El sol intenta abrirse paso en lucha de titanes que acabará ganando algo más tarde. Poco a poco, abriendo a las nieblas persistentes en jirones para desterrarlas y alumbrar y calentar unos grados, bastante necesidad se tiene. Los árboles siguen manteniendo su blancura y la vida ya circula de aquí para allá con el mismo dinamismo de cada día. Las gentes comentan que en la noche pasada habían caído chuzos de punta y que para verlo sólo bastaba acercarse a La Arboleda.

      Yo no tuve necesidad de hacerlo. Lo había visto antes que muchos a primera hora de la mañana desde un lugar de privilegio tras los cristales, también emboscado a mi manera. La retina lo captó, en la maraña de redes queda guardado.

      La Ronda del Duero que lleva de Almazán a Berlanga está despejada aunque ha de conducirse con cuidado, evitando el peligro de alguna placa aislada de hielo. Luce ya el sol, aunque en tramos: ahora despejado, ahora nieblas de nuevo, bancos de luz blanca pie en tierra durmiendo, luces cálidas y deslumbrantes abriendo esa misma tierra.

      Los campos de secano ya están labrados. Con la centellada encima, son peñascales blancos esperando algo de calentura para ser tierra de nuevo. Los chopos aislados en el margen de la calzada son alargadas bolas de nieve que producen imposibles sombras blancas. En el camino, apariencia de humildes casas aisladas perdidas en la nada, campos castellanos, alguien caminando en busca de faena cercana, tratando de quitarse el frío de encima, sobre el hombro una azada, en bandolera morral y escopeta y al lado un ilusionado lebrel pardo. En lontananza, ronroneante, un tractor va y viene dejando roturada la tierra, preparando su gloria.  

      Voy en busca de Berlanga, siguiendo los pasos del Duero, campos de Castilla. Voy al encuentro de Alvargonzález, dueño de mediana hacienda que fue a la feria de Berlanga, se prendó de una doncella y al año casó con ella. Así lo pensó Antonio Machado y lo puso en verso, versos de amor y tragedia que con justicia han trascendido a nuestro tiempo.

      Entre Almazán y Berlanga, yendo por carretera y a pesar de cuantos kilómetros las separan, no hay pueblo alguno que se atraviese de por medio ni por los lados. Sólo Barca, Velamazán y Fuente Tovar por la izquierda y Ciadueña, Santa María del Prado y Rebollo por la derecha, reducidos enclaves, tienen cierta proximidad al viajero si la vista está afinada. A lo lejos quedan encerrados en vastos campos de soledad, campos también de libertad y de riqueza ahora que los tractores dominan las hidalgas tierras y el Duero las riega mientras serpentea meandros en forma de ondas, línea directa hacia Poniente, olas camino de la mar.        

      Por Berlanga de Duero no pasa el Duero. Lejos le queda ribera y frescura, ni siquiera desde la colina del castillo se atina a vislumbrar, águila habría que ser y volar por encima de trescientos pies. Sobre Alvargonzález, en leyenda literaria se quedó, no hay vestigios sobre él ni su descendencia, pues la riqueza, ya sabemos, era de mediana hacienda que su hijo Miguel, el pequeño, no pudo acrecentar hasta el punto de hacerse acreedor a alguna piedra que todavía pudiera seguir en pie.

      Sí quedan, en lógica contraposición, las piedras forjadas yendo de la mano nobleza e Iglesia. Como de costumbre por tierras de vasallajes, oprobios y expolios sin freno. Aquí están algunas muestras: castillo-fortaleza, sus murallas defensivas, la magnificencia de la Colegiata de Santa María construida con piedras de otras iglesias cristianas, el monumental palacio de los Duques de Frías y Marqueses de Berlanga, los grandes próceres; ermitas, conventos, puertas, plazas, soportales, casas señoriales blasonadas e incluso un rollo gótico de gran porte, de lo mejorcito que todavía puede verse hoy por esos caminos de Europa.

      Tiene Berlanga mucha historia para contar y mucho patrimonio para empaparse en él, aunque cueste asumir que ese poderío haya declinado hasta nuestros días presentando una población de algo más de ochocientos habitantes.

      Está la Villa perfectamente cuidada para su vejez. Ordenada y limpia, realzando en muchos rincones el estilo medieval que aún conserva, después de callejear un rato se alcanza la Plaza de Nuestra Señora del Mercado. Probablemente, el lugar adonde en las fiestas patronales y feria de finales de agosto de un año indeterminado vino Alvargonzález a buscar noviazgo vestido de gala, como correspondía al buen linaje y al buen gusto si de cortejar se trataba.

      Situándose en la plaza, a la izquierda, apabulla ver la fachada del palacio de los marqueses y su grandeza. A través de ella se alcanza también la puerta de entrada al castillo y puerta por donde hay que entrar para pasar por taquilla. El palacio presenta la fachada restaurada, con una de sus dos torres primigenias todavía en pie, siendo ésta la única parte habilitada como espacio cultural y centro de interpretación de su historia. Pero el frontal tiene truco Una vez que has entrado no hay palacio, sólo la pantalla pétrea y los huecos de las ventanas, unos tapiados, otros apuntalados, otros con rejas y en su mayoría, los demás, abiertos a la luz, casi un trampantojo inverso. No obstante, la opulencia y el esplendor que debió tener el conjunto se intuyen con independencia de lo que se pueda leer o escuchar sobre él.

      Las brumas de la mañana, a pesar de la lejanía del río, también llegaron hasta aquí y persisten todavía por zonas. En unas luce un sol radiante, con temperatura agradable bajo él, en otras una cortina impenetrable impide ver qué hay detrás y además con sustancial rebaja de los grados.

      Ascender al castillo es excursión obligada. Sería imperdonable no subir aunque la niebla acabe por chafar las amplias vistas que se tienen desde la colina donde está asentado. Roca por todos lados, a modo de rocallas blanquecinas, emergen entre el verdor del escaso manto vegetal acompañado de retamas, cardos silvestres, yerbajos y romero.

      Hay que animarse, no ha de haber espantada. Aunque la distancia es corta, la pendiente hasta allí es considerable y dos formas se tienen para hacerlo: tirar de frente para arriba por el plano, por un sendero perfectamente dibujado por jóvenes, valientes y cabras, o ir por el camino de tierra, serpenteando la colina, más llevadero aunque tampoco exento de fatiga. Siendo lo segundo más prudente y menos temerario que lo primero, y espaciando las paradas para contemplar las vecindades, se llega al destino aunque con bastante flaqueza. Así es el tiempo de las edades, circunstancia que en ocasiones, sin pretenderlo, viene para recordarlo.

      Las nieblas van disipándose. La fortaleza contempla a los esforzados caminantes, ahora está iluminada por un sol resplandeciente y luce la piedra de manera esplendorosa después de siglos de presencia. Hay que estar aquí para verlo y sentirlo. Berlanga luce a medias, la Colegiata difuminada por brumas postreras, otras partes de la Villa iluminadas, los campos descongelándose, fantasmas a punto de evaporarse.

      Eliminar las púas de un cardo malamente adherido a la pierna, exige un alto en el camino. La obligada parada para sacudirse el lacerante dolor sirve también para atar zapatos y disimular fatiga. Y también para contemplar cómo a los pies quedan las ruinas del imponente palacio, dejando al descubierto sus miserias, contrafuertes, piedras sueltas y matojos aguantando la fachada para que los ventanales dejen ver las luces que tras de ellos hay mirando al caserío y a la amplitud del campo. A cada paso dado el palacio va empequeñeciéndose, hundido en la plaza.

      El camino se adorna con un cartel informativo ajado por el óxido del tiempo. Habla del palacio que está a los pies y de sus jardines, los cuales data en el siglo XVI. Viene a decir que allí había una iglesia románica que los marqueses se encargaron de liquidar para que sus piedras, junto con otras muchas piedras dormidas, integraran la Colegiata que promovían entonces. Y entremedias dejar espacio para unos jardines que proyectaban detrás de su residencia. Tuvieron el mal gusto de mantener en su sitio, como testimonio de semejante proeza, algunas de aquellas piedras sujetas en lienzo de muro, cuya presencia puede contemplarse, en efecto, varios metros más abajo. En cuanto a los jardines proclama el cartel lo siguiente:

 «Y en su lugar se construyeron unos fastuosos jardines renacentistas, en bancales para salvar la dificultad del terreno, con numerosa ornamentación, estatuas y elaboradas fuentes que fueron la admiración de todos los personajes ilustres que por allí pasaron. Estaban regados por un complejo sistema de canales cuyos restos aún se pueden observar y que traían el agua desde el río Escalante».   

        La parte literaria del cartel se complementa con un grabado que recoge fragmentos de los jardines, árboles y ornamentos. Y en primer plano, sentada, una dama ricamente vestida y enjoyada, cruz colgando sobre el regazo; y de pie, a su lado, un gentilhombre de igual traza y amplia sonrisa. La semblanza no deja dudas en cuanto a que los señores Duques de Frías y Marqueses de Berlanga estaban muy contentos con lo que tenían. Detrás, en segundo plano, una doncella o dama de compañía portando un ramillete de flores y con cara, bien diré, de mala leche, probablemente seguían sin darla de alta en la seguridad social.

      Alcanzada la colina se obtiene el alivio y queda la contemplación. He aquí el castillo: piedras solemnes alzándose en muros y torres, almenas viejas, bóvedas restauradas, luces proyectadas para la oscuridad, historias de hombres que deambulan de acá para allá persiguiendo sombras, maldiciendo su poca fortuna. Un castillo defensivo más por el que habían de luchar, por el que habían de morir.                        

      Contemplando el paisaje con serenidad, a cada momento más abierto a luz y amplitud, se aprecia qué son los vastos campos de Castilla y lo que por ellos se luchó. Y con ellos enfrente se entiende mejor la grandeza, profundidad y quebranto que animó a pensadores y poetas a cantarlos con la pasión que supieron transmitir. La vista se pierde en diversas lontananzas, los meandros del Duero y sus ondas se intuyen en la larga distancia mirando a norte y oeste. La fortaleza de Berlanga sigue en pie y decentemente restaurada, a pesar de los siglos. Tiene cimientos bien anclados y espesos muros para sobrevivir durante muchos más…, salvo que aparezca en escena un iluminado marqués con su marquesa consorte y ordenen quitar piedra a piedra para construir otra colegiata. 

 

 

 6. Era una tarde de diciembre 

Era una tarde de diciembre y me senté en un banco de La Arboleda. Lo hice aguas abajo del puente viejo luego de juntarse dos ramales del río en uno solo. En el medio dejaron una isla cautiva.

      En la Torre del Reloj de la Puerta de la Villa de Almazán acababan las cuatro de dar. Corría una brisa muy tenue y lucía el sol en un cielo limpio teñido de intenso azul. Hacía frío, ese frío castellano, seco y punzante, que a fuerza de padecerlo acaba formando parte del paisaje hasta asumirlo como un bien natural. Era víspera de la Inmaculada y la luz, al cabo de una hora, más o menos, comenzaría a tornarse de naranja por encima de la torre y almenas de la muralla que cierra el Convento de Santa Clara. 

      Miraba el banco al cauce del Duero y en él me recosté, dispuesto a inundarme de sensaciones y de cuanto surgiera. Dos tablones de pino de Soria —qué torpeza de no ser así— de prudente espesor, oscurecidos por varias capas de barniz, hacían de asiento; un tercero de respaldo, ambos anclados a estructura de acero tintada de gris sombrío. Situado junto a otros desperdigados por los senderos que atraviesan la alameda, resultó un lugar idóneo para otear los cuatro vientos a poco que me girara.

      Llegué a la orilla desde el puente, antes pasé frente a la Ermita de Jesús. La Arboleda continúa aguas arriba y aunque éstas se constriñen a un espacio reducido del cauce, todo el territorio es suyo y bien lo recuerda en cada avenida a pesar de muros de hormigón y escolleras. Hay frondosidad, árboles y arbustos, yerbas, juncos y carrizales donde vive flora y fauna aclimatada a este medio. Se trata de un espacio que ha sido domesticado por los sedimentos de muchas riadas hasta conformar el uso de disfrute y naturaleza que ahora tiene. Así continúa aguas abajo; antes ha desplegado una gran curva que ha condicionado su existencia: se ha olvidado del sur y enfoca hacia el oeste en busca no de un mar u otro río, sino del océano, Oporto es su destino. 

Era una tarde de diciembre y me senté en un banco de La Arboleda para ponerme a los pies tuyos, río Duero. Antes de llegar hasta aquí contemplé las heridas que los años, la enfermedad y varios rayos mandados por Zeus infligieron a un olmo que dos fornidos hombres no abrazarían. Vivo sigue, intentando desplegar algunas ramas cinco metros de robusto tronco más arriba. Tiene la piel calzada de cicatrices y verdosa llena de oquedades, la estampa de la fortaleza resistiéndose a quedar quebrada, un hálito alzándose a la búsqueda, otra vez, de la libertad y con ella poder dormir al pie de su propia sombra, de la que poca cobertura tiene.  

      Después quedé aposentado y abierto a todo alumbramiento. Ante un tiempo y espacio nuevos, contemplo ahora la fachada de tus murallas. Por este lado están las iglesias, el palacio y el aspecto que por aquí muestran; al fondo el único torreón y almenas que quedan. No son ajenos la desnudez del bosque, los árboles ya dormidos, el transcurrir de las aguas, raudas y onduladas, más abajo encalmadas.

      Piso las hojas muertas de álamos negros y abedules de piel plateada guardando debajo la vida. Imagino a truchas, barbos, bermejuelas y gobios escondidos; a los tritones jaspeados, a las ranas y a la culebra viperina, si es que no están dormidas, escurriéndose entre las raíces de los sauces y chopos más atrevidos; al mochuelo, al pinzón, al milano negro o a la garza real esperando agazapados su oportunidad de seguir con vida. Veo también cómo zigzaguean cruzándose a una y otra orilla, sumergiendo sus cabezas en el agua a la caza de caracoles, mejillones o limos, a gansos y patos que por aquí anidan entre los carrizales de la isla cautiva que hay más arriba entre dos ríos gemelos. Admiro el color dorado que aún tienen algunas hojas en álamos y abedules, resistiéndose a integrar el manto tornasolado que ya ocupan en su mayoría las praderas de césped que hay bajos ellos.

      En toda esta contemplación, no puedo dejar de asombrarme al ver todavía algún olmo que no esté herido después de la catástrofe de la grafiosis que los derribó a millares por estas orillas cuando la reciente democracia española renacía; admiro de igual modo, enfebrecido, cómo el sol, a medida que desciende hacia su ocaso, va enredándose entre las ramas para dejar destellos en el agua. Desplazo la vista hacia el lugar de donde viene esa luz; me deslumbra, me alzó y es entonces cuando contemplo cómo se multiplican los árboles sobre la lámina de agua más abajo remansada, transparencia plateada en algunos lados, en otros ya hay tonos enrojecidos.

      Estás encantado, río Duero. En tus orillas también hay majuelos y lilos, a la espera de conocer en primavera si florecerán lilas blancas o malva lilas, del espino rosáceas a buen seguro: guardaos tórtola rosada, paloma, verderón o jilguero de posaros en sus espinas a no ser que en ellas ensartéis el sustento de esa hora.

      ¡Ay, Duero, del encanto estoy hechizado! ¿Qué me está pasando que hablo sólo?   

 Era una tarde de diciembre y me senté en un banco de La Arboleda, donde perdí el sentido. Embelesado con el río y un punto suspendido en las ensoñaciones que me traía, no me dí cuenta de qué manera me había aislado, hasta el punto de hablar en voz alta con el río como si el río me escuchara. No me ha alcanzado ninguna locura, simple deslumbramiento, ligero extravío; acaso candor de quien se somete a diálogos imposibles, puro arrobamiento de enamorado. ¿Cómo no enamorarse de este río, de estas orillas y en este lugar ahora mismo encantado?

      En estas disquisiciones estaba cuando, repentinamente, sentí una extraña llamada y un escalofrío que tensionó todo mi ser. Me levanté incluso del banco, llamado por no sé qué resorte extraño, un poco atemorizado en medio de mi soledad en aquel bosque encantado cuando declinaba el día. No era ningún murciélago, urraca, lavandera blanca, ruiseñor bastardo o pito real horadando un tronco; tampoco ninguna musaraña, ratón o zorro escarbando, pues son animales de la noche; ni siquiera los cedros, laureles reales o arces blancos llamándome para algún encuentro insólito, o las secuoyas gigantes y castaños de indias traídos de tan lejos, o los pinos silvestres de corteza anaranjada llegados de tan cerca… Era el mismo río Duero quien me hablaba.

      No podía creerlo, pero el río me hablaba. Aparte de su propia vida había usurpado la de otros humanos y aprendido de sus cuitas y costumbres. Y ahora se comunicaba con claridad perceptible, mi mismo lenguaje aunque costara imaginarlo siquiera. Del inicial recelo, vista su franqueza y buenas intenciones, eso me dijo, pasé a la relajación, a serenar mi zozobra. Volví a sentarme en el banco y girando a la derecha observé, una vez más, cómo el sol había caído varios grados en su camino hacia los confines, más dorado y toda la ribera comenzando a teñirse entre el ámbar y el rojo.

      Respiré profundamente tratando de buscar explicaciones. Me quedé mirando cómo avanzaba la lámina de agua surcando ondulaciones y sin miedo enfrenté mi espíritu al suyo para que dialogaran en silencio antes de seguir hablando. Entretanto lo hacían, distraído, lancé a su caudal una pequeña rama que tenía a mano. Observé entre atento y absorto cómo navegaba en pos de un destino repleto de incertidumbres y no pude dejar de preguntarme: ¿hasta dónde podrá llegar en su levedad en un trayecto cargado de tanto peligro y grandeza? Después, para confirmar si estaba o no ante una situación vívida, frente al río hablador traté de afrontar la situación con cierto reposo y dignidad.

                                          

 

 7. El viajero y el río (Sueños en la orilla) 

Mira, Duero, no sé si estoy despierto o soñando, hasta ese punto llegan mis dudas. Quiero que me digas qué hay de cierto, si de verdad me hablabas y con qué sentido.

      No tardó un instante el río en responder, pues aunque incorpóreo al acecho de mis palabras habitaba, ansioso de explicar la razón de su presencia, la causa que allí le traía.   

      —Despierto estás, viajero, permíteme que así te llame a partir de este momento. Has de saber que sólo en este día de cada año y sobre esta hora, treinta siglos hará que comencé a hacerme presente. Por la gracia que algunos dioses me dieron sin más explicación, cada año me propongo participar a quien por aquí se halle en actitud contemplativa que tengo vida y recuerdos. Que tengo capacidad para dialogar, para decir también que el agua que en cada instante pasa ante ti siente emociones, sólo capaces de ser exteriorizadas en este tramo que concluye con el frente de la muralla, en el Convento de Santa Clara.

      —¡No puede ser, es una locura, un sinsentido! —me apresuré a responder, inquieto de nuevo, para cerciorarme que en realidad seguía hablando solo. Había demasiada precisión en las palabras, no era posible materializar el verbo donde no había más sustancia que la sustancia molecular del agua y, si acaso, la de los elementos que componían el conjunto de la ribera. Nada ni nadie capaz de hablar con voz humana y gramática precisa. Faltaba sentido lógico y base científica a aquella conversación absurda: una mente cartesiana debía rechazar lo que estaba ocurriendo, tenía que tratarse de un sueño fantasmagórico, quizás una atracción malintencionada, delirios de una enfermedad todavía desconocida.

      Viéndome en este estado de incredulidad y confusión, el río volvió a manifestarse con mayor contundencia. Mostró seria disposición a dejar zanjado que él era, en efecto, una realidad intangible, que yo era otra realidad aunque material y que ambos, por razones propias de designios inmensurables, hablábamos el mismo lenguaje y podíamos entendernos, de manera que se disponía a hacerme partícipe de una experiencia surrealista que no volvería a serme dada: el instante era aquél y no había otro.

      —Verás, viajero. Debes saber, antes de nada, que puedes considerarte afortunado —continuó en un tono cálido, acogedor, que permitió centrarme con mayor atención en lo que decía y sobremanera en cómo lo decía—. Entiendo tu turbación, tu desconfianza. Habré de aclararte que antes de ti otros tres mil han pasado por la misma situación y lo mismo dio que fueran griegos, romanos, árabes, cristianos o judíos, hombres o mujeres, nobles o plebeyos, intelectuales o patanes. Todos, cada cual con su nivel de comprensión, han tenido la misma respuesta de incredulidad, el mismo rechazo. También, al final, igual grado de entusiasmo por el privilegio que habían obtenido. 

      —Bien, dime, te escucho —acerté a decir para darle pie y ver si por fin me entregaba a su juego.

      —Soy el Río Duero, nací en las Fuentes de Urbión, la Laguna Negra queda cerca de mis pies. Paso por Soria y allí me cantó Antonio Machado contemplando la Ermita de San Saturio y otros rincones. Llego a Almazán, donde quiebro en dirección hacia donde se pone el sol y aquí estás tú, viajero del azar. Sigo adelante, atravieso campos infinitos de viñedos, bosques de trigales y amapolas, ¡ay las amapolas!; los pinares me hacen compañía, yermas tierras de antaño, hombres sufriendo el hierro de la bestia, alegrías y goces pasajeros, el alma encogida en un puño esperando mejor vida. También me cantaron Azorín, Unamuno y Gerardo Diego; pueblos y ciudades de Castilla, con su historia milenaria de sabiduría y batallas, van sucediéndose mientras me encamino a desplomarme por la Lusitania del norte hasta caer a los pies de Oporto, entre otros viñedos que van descendiendo por las pronunciadas laderas para besarme la frente y calmar su sed. —Tomó aire, suspiró un instante e intentó resumir su oratoria en términos donde no cabía ninguna negociación—. Esta es mi realidad terrenal, la sublime tendrás que adentrarte en ella para poder vivirla, no hay otra alternativa.

      Desfiló a nuestro lado un hombre que paseaba por La Arboleda. A cada paso removía la alfombra de hojarasca durmiente del suelo y antes de alcanzar nuestra altura debió llamarle la atención que yo, en mi soledad, estuviera hablando solo cuando en realidad era el río sobrenatural quien hablaba. Debió sorprenderse y creyendo estar ante un demente que podía causarle algún tipo de daño, aceleró sus pasos y tras de ellos la hojarasca le seguía creando breves remolinos.

      El río, entonces, para ahondar en su postulado y dejar claro lo que no estuviera, continuó defendiendo su realidad, a la que no podría sustraerme porque era el elegido. Era el afortunado único de este día, de este año, mejor someterme a su dictado por más extrañeza que la situación presentara, mejor aceptar que el sentido común del que presumía podía tener aristas tan inexploradas como imprevistas. ¿No habrían de hacerse alguna vez los sueños realidad? ¿Qué impedía, aparte de la incredulidad, que el río se mostrara en la forma dialéctica que lo hacía?

      —Sí, viajero, no hay truculencia ni locura. Soy el Duero y a ti me presento porque eres el elegido de entre la gente que hoy ha venido a pasar por La Arboleda. Olvídate de buscar mayores explicaciones y préstate al diálogo, pues dispuesto quedo para departir contigo.

      No había duda, estaba ante una realidad virtual por extraña  que la situación se presentara. El río hablaba con mesura y sosegado, acogedor, sin peligros acechantes ni añagazas a la vista, no parecía que pudiera tener otras intenciones distintas a las expresadas. Fue entonces cuando definitivamente entendí la oportunidad que tenía delante, única e irrepetible. Llegué incluso a alborozarme ante la expectativa, un vuelco en el corazón, una reactivación general de los sentidos, ideas agolpándose mientras el sol continuaba su camino. 

      —De acuerdo, me presto al juego —dije con cierto entusiasmo, eliminadas dudas y prevenciones, dispuesto a aprovechar el regalo—. ¿Y cómo he de llamarte?

      —Llámame como gustes, pero siendo río quisiera que me llamaras Duero.

      Advertí en sus palabras un sentimiento de enorme profundidad. Estaba ante la esencia de saber lo que realmente somos, hasta dónde lo sentimos y hasta dónde deseamos no perderlo jamás porque forma parte de lo más hondo de nosotros. Me hablaba el Río Duero. Sentía su propia naturaleza, su fuerza, su ascendencia y quería transmitirla. Simplemente Duero, ése era su nombre de pila desde Fuentes de Urbión, su nombre de río y su destino mantenerlo hasta la eternidad, porque incluso después que el Sol deje de iluminarnos y el planeta se convierta en hielo seguirá siendo río.

      —De acuerdo, así lo haré. Y dime, ¡Duero!, aparte de lo ya dicho ¿de qué quieres que hablemos? Acéptame que sea una pregunta de dudosa originalidad siendo yo quien tiene todas las curiosidades. —Al surgir de mi boca el nombre, dicho con la efusiva emoción de estar hablándole a alguien que no veía, sentí un ligero estremecimiento que él también debió percibir por las vibraciones desplegadas.

 

 

8. La Arboleda 

—¿Te parece bien, viajero, hacerlo por este lugar donde ahora mismo estamos? —dijo con júbilo al tiempo que iniciaba la andadura y sin opción a réplica ni alternativa, quizás aburrido de llevar un año callado—. No me remontaré a mi historia más vieja ni a excesivos acontecimientos vividos dado que serían necesarios días anteros. De todos modos, sí debes saber que hubo un tiempo en que La Arboleda no existía porque buena parte de Castilla era un profundo lago hasta que consiguió desaguar en el océano.

      «Esta fértil tierra de enfrente la tuve yo caudalosamente ocupada. Pero a base de aluviones fui rellenándola de sedimentos que poco a poco estrecharon el cauce. Luego los hombres comenzaron a sacar provecho de esa tierra y acabaron por dejarme empequeñecido, si bien de vez en cuando, a pesar de las escolleras artificiales que me comprimen, consigo resarcirme del atraco anegando las tierras, para recordarles quién llegó aquí primero y los derechos adquiridos. ¡Dejad en paz los cauces naturales de los ríos!, les digo. Sin embargo, ahora contento estoy con este campo llano de buenas proporciones, donde me solazo con alegría y estas cuitas tengo para darme contentura.

      —Bien está que así sea —interrumpí para darle un poco de aire y para ver si me dejaba introducir baza en su verborrea. No lo conseguí, enseguida continuó y me quedó escucharle.

      —Estuvo acertada la idea de crear este parque-alameda. En ella hay vida y gentes para vivirla que me vienen a recorrer, unos cuidadosos, defensores de cuanto me rodea; otros, desalmados que en mala hora nacieron cuando me inundan de plásticos, latas, escombros y cristales, ¡un rayo les partiera la mano! Recuerdo a los olmos viejos que vinieron a caer heridos de muerte fruto de enfermedad, algunos testigos quedan. No olvido el momento en que se hicieron las plantaciones para proteger la ribera de mis embestidas: palmeras “forunei” de origen chino, plátanos de paseo, secuoyas californianas, castaños de indias, chopos canadienses, cedros de Líbano e Himalaya, cipreses arizonica y laureles reales turcos plantaron en un intento de ser originales, de abrirse a la moda ilustrada de plantar árboles de otras latitudes, aparte de los nuestros y cercanos, ahí están luciendo y multiplicados.

      «Fue a mediados del XVIII cuando una orden de cumplir o penar obligó a que cada vecino de la Villa plantara en estos terrenos un ejemplar so pena de multa de doscientos maravedís. Así es que la zona se pobló de árboles y arbustos en un santiamén y con independencia de los ya aportados de manera natural en mi condición de río. Aquí están sus herederos y conformada La Arboleda. 

      —Por cierto, Duero —le interrumpí tratando que la conversación no fuera un monólogo—, ¿qué sabes de los sauces y sus propiedades medicinales?

      —Los sauces… ¡Oh!, los sauces —exclamó con cierto entusiasmo, si bien al tiempo percibí un punto de pesadumbre—. No puedo olvidar mi ribera colmada de su presencia, de llorones péndula más propios de esta tierra aunque cientos hay en su género. Pero también tuve sauces blancos hasta que la ciencia descubrió que de su corteza podían extraerse principios activos como la salicina y la posibilidad de ser sintetizada y fabricar industrialmente medicamentos capaces de calmar fiebres y dolores. La cuestión no era nueva, ya Hipócrates y pueblos más antiguos que los griegos sabían y utilizaban esas propiedades. Después, todo concluyó en Alemania con la aspirina…

      Hizo un pequeño alto en su disertación, un respiro para fortalecerse y requerir mi curiosidad, no fuera que me distrajese en otras ocupaciones. Prosiguió.

      —Lo cierto es que con la finalidad de calmar las fiebres surgió la fiebre de llevarse por delante todos los sauces de cuya corteza pudiera extraerse la salicina. Fue una carnicería. Así perdí millares y millares de sauces en la ribera, hasta que la todopoderosa Bayer, investigando e investigando, solucionó el mismo compuesto de modo menos demoledor a través de la “spiraea”. Luego de toda esta debacle comenzaron a renacer y ahí están los sauces alcanzando al suelo, únicos para la sombra amplia, verdes evolucionando desde la transparencia de los primeros brotes al oliva intenso, maravilla de colores.

      —Como aquéllos abuelos a nuestra izquierda, al borde de la carretera, guardando aún la mitad de sus hojas para que el manto a sus pies no concluya —tercié para ver si con ello cambiábamos de aires.

      —Sí, así es —asintió el Duero tratando de recordar—. Y no las perderán en su totalidad, salvo que la sucesión prolongada de nieves y heladas acabe congelándolas, pues bien resguardadas están de los vientos del norte, que son dominantes y fríos en este lado… ¡Pero, por cierto! —apuntó súbitamente, queriendo remachar algo importante que dejaba olvidado—, no sólo los sauces tienen propiedades medicinales. Buena mayoría de árboles, arbustos y plantas tienen esa facultad y grandes remedios siguen dando desde que la vida más simple comenzó a moverse en la Tierra… Disculpa, una tontería por mi parte, ¡claro que eso ya lo sabes!, de niño se aprende en la escuela.

      Se hizo el silencio. Fue un silencio momentáneo, suficiente para mirar alrededor y contemplar que por La Arboleda, en ese preciso momento, no había ninguna alma próxima. Allá al fondo, cerca de las instalaciones deportivas, podían apreciarse movimientos y algarabía propia de jóvenes gritándose para oírse aun estando a dos palmos entre ellos. Al mirar desde el banco donde me hallaba hacia la muralla y edificios que la acompañan, entremedias seguían estando el río con su agua cantarina, los troncos y ramas desnudas a ambas orillas y la carretera de ronda.

      Nada había cambiado en esta perspectiva. El mundo seguía estando en su sitio a pesar de cuanto acontecía conversando con el río. La vista enfrentándose a las murallas estaba tamizada por árboles y ramas desnudas, frágiles barrotes carcelarios de confortable presencia, de suerte que aquel bosque permitía ver con claridad sus formas y también especialmente las luces de soslayo que las iluminaban, dejando en la piedra tonalidades de ámbares que iban cambiando poco a poco, sin ninguna estridencia, con la suavidad propia de un acompañamiento entre algodones.

 

 

 9. Los Hurtado de Mendoza 

Tras el silencio tomé la iniciativa: era necesario tirarle de la lengua al río.

      —¿Estás ahí, Duero? No te veo, no te oigo.

      —Aquí sigo, viajero. Contemplándome estoy, orgulloso de esta vereda y de los reflejos, ahora mismo, de la luz en mis aguas y en cuanto las rodea; un recreo para la retina, un recuerdo para la vida.

      Así de presuntuoso se sintió el Duero en este momento. Quizá fue debido a que estaba interiorizando no ya un estado de ánimo, sino asegurándose con mi presencia que a pesar de atropellos y toxicidades su vida no está perdida.

      —Oye, dime. Mirando hacia la muralla, ahí enfrente veo el palacio de los señores de Almazán, los Hurtado de Mendoza, notables a los que sin duda conociste. ¿Te parece que me cuentes algo de ellos?

      —¡Claro que te contaré! En eso hemos quedado puesto que de conocimiento van mis aguas: las que vienen, las que pasan en este instante y las que ya se han ido al encuentro de otros destinos.

      El río estaba dispuesto a continuar y no quise interrumpirle. Simplemente dejé que siguiera, esperando que abriese alguna luz sobre aquel palacio de distintos estilos que tanta historia y fama había atesorado en los últimos cinco siglos. 

      —Hubo un Juan Hurtado de Mendoza, llamado ‘El Viejo’. Falleció en 1367 en la batalla de Nájera apoyando los derechos dinásticos de Enrique II de Trastámara, a la postre rey de Castilla. Sus habilidades para conseguir prebendas a partir de los servicios prestados en su condición de hidalgo dieron origen a una familia poderosa y muy influyente en siglos posteriores, hasta ese punto supieron venderse, hasta ese punto fueron eclécticos.

       «Le sucedió su hijo, también Juan Hurtado de Mendoza. Fue llamado ‘El Limpio’ debido a su buena compostura y preocupación por el acicalado personal. Con las suculentas alforjas dejadas por su padre y los buenos contactos, medró de manera notable. Mayordomo de Enrique III y Regente con Juan II, resultó todo un hombre de estado que supo dominar la Corte y ganar favores para acrecentar fortuna y poder. Con ellos alcanzó la propiedad de Tierras de Almazán en 1395, no obstante de otras muchas desplegadas por su entorno.

      «Ya en ese tiempo lejano, ‘El Limpio’ era también señor de Morón de Almazán, cerca de aquí. En tal lugar sus descendientes, otro Juan Hurtado de Mendoza, junto a su esposa soriana Leonor del Río, comenzaron a construir una de las iglesias de estilo gótico tardío y torre plateresca más impresionantes y bonitas de Castilla, a la gloria y protectorado de La Asunción.

      «En ella guarda reposo eterno parte de la familia desde 1516. Contiguo a la iglesia construyeron también un palacio renacentista. Después de variopintos usos civiles alberga ahora, dicho sea de paso y porque me consta de buena tinta, el Museo Provincial del Traje Popular. Es éste un acierto museístico relevante para dejar señalado a generaciones futuras cómo se vestía en Soria según los territorios: “la ganadería trashumante de Tierras Altas condicionó la indumentaria pastoril; la cercanía con Aragón influyó en el modo de vestir de La Raya; la riqueza de la Ribera del Duero determinó el lujo de sus prendas; los carreteros de Pinares introdujeron nuevos elementos en la vestimenta de la zona y la Tierra Llana conservó piezas ancestrales de la indumentaria popular”.

      Hizo el río un breve descanso en su alocución, tomando aire, al menos eso percibí durante un instante. Y enseguida continuó con su relato sobre los Hurtado de Mendoza, de quienes parecía tener sobradas referencias.

      —Si no lo has contemplado todavía, viajero, no dejes de ir por allí, no tendrías perdón de Dios. Podrás admirar el antiguo edificio porticado del ayuntamiento de finales del siglo XV y su reloj en la torre, contemporáneo del palacio y de estilo igualmente renacentista. Verás también la fuente, el magnífico Royo levantado sobre una plataforma elevada, el cementerio viejo dejándose observar a través de una formidable rejería que pone a la vista cruces añejas de forja artística, algunas abatidas por el tiempo.

     «Allí se encuentran a la vista lápidas arrumbadas, sillares sobrantes mezclados entre tumbas, panteones todavía preservados, amalgama extraña en un lugar extraño donde los muertos no se sabe si reposan, han huido o están expuestos al expolio teniendo en cuenta que el cementerio, al otro lado, carece de tapia y las tumbas miran, ajenas a su destino, a los amplios campos de Castilla: no habría mejor lugar para una sesión de terror en una noche cerrada sin luna.

      «Morón no deja indiferente. Tratándose de un pueblo de poco más de doscientos habitantes, tiene quizá la plaza más encantadora que se puede ver en España al atardecer, cuando queda iluminada por el sol antes de trasponerse. Es un recinto histórico como pocos y, además, excepcionalmente bien conservado y limpio, ajeno al  resto del poblado de casas humildes y sin ninguna relevancia arquitectónica. Sólo la plaza, en ella está contenida, condensada, una parte esencial de la vida y poderío de algunos Hurtado de Mendoza: dos espacios, dos mundos tan contrapuestos como incompatibles, aislados el uno del otro.

      «Durante el reinado de Enrique IV, entre 1454 y 1474, al que luego vino a suceder su hermana Isabel —siguió el Duero con su alegato histórico—, éste regaló a herederos de Juan Hurtado de Mendoza, ‘El Limpio’, esta Villa y los convirtió en señores de la misma. Los hizo con ello más grandes, si bien la rama familiar, aun siendo la originaria, con el tiempo no consiguió ser la más rica ni poderosa. Los Hurtado de Mendoza en su conjunto, desde luego, se las arreglaron muy bien en las sucesivas Cortes para que la extensa prole siguiera extendiendo los brazos del poder.

      «A partir de tomar el señorío de Almazán, asientan sus reales y ensanchan la propiedad. Es el momento en que comienza a construirse el palacio sobre edificaciones ya existentes, la línea de conducta habitual: quítate de ahí que me pongo yo. Estamos a finales del XV y hubo de concluirse antes de 1496 porque los Reyes Católicos lo habitaron entre abril y junio de ese año, trasladando aquí la Corte. Visitaron Almazán y usaron el palacio hasta en trece ocasiones, de modo que ya puede apreciarse de qué manera los validos Hurtado de Mendoza sabían ganarse la confianza de sus reyes, con independencia de maniobras en contra de ellos a sus espaldas, según les vinieran los intereses.

      «La parte principal del palacio inicial, por tanto, es la que justo mira hacia nosotros. Habrás podido comprobar, viajero, que destaca la hermosa galería de estilo gótico isabelino de once arcos de medio punto y techo de casetones de madera labrados en estilo mudéjar. También es, lamentablemente, la que en conjunto presenta peor aspecto de conservación, al menos visualmente porque todo el realce se lo lleva ahora la vista que da a la Plaza Mayor.

      «Sobre aquella base inicial, el palacio fue ampliado a partir de 1575 por el Hurtado de Mendoza de su época, Francisco. De estilo renacentista, siguió la tendencia herreriana del momento. Impuesta por Felipe II, ha dejado huella indeleble en la historia de Almazán y en toda su comarca. A partir de ahí, obras de mejora para mantener en pie la construcción. Y ya se ve que por este lado, dedicando escasos recursos siendo la parte más antigua y esencial de conservar por los antecedentes históricos que allí se vivieron.

 

 10. Isabel y Fernando 

Escuchaba embelesado al Duero, dejándole hablar para que siguiera contando, recreándose en sus conocimientos y recuerdos. No quería interrumpirle. Sin embargo, me forcé a ello porque tampoco se trataba de recabar una lección sobre la obra, vida y milagros de la familia Hurtado de Mendoza: me interesaba más la vida que él pudo apreciar allí.

      —Disculpa, Duero. La tarde avanza sin remedio, ¿es posible conocer algo interesante que hayas observado del palacio desde aquí? —terminé por interrumpir  con cierto temor a verme corregido o mandado a templar gaitas.

      —¡Si te contara, viajero!

      —De eso se trata, de contar y saber —respondí con interés y curiosidad, sabiendo que el río había de tener información almacenada para estar hablando durante años—. Adelante, por favor.

      —De acuerdo, a ello voy —aprecié en su voz un tono animado, quizá un punto de emotividad—. Los Reyes Católicos, debido a la situación geográfica que Almazán tiene dentro de Castilla y a los buenos oficios del señorío de los marqueses, estuvieron varias veces por aquí, Corte incluida. Una larga estancia tuvo lugar entre los meses de abril y junio de 1496. Con Granada recuperada a la morería, cierta tranquilidad si puede decirse que alguna vez durante su reinado estuvieron tranquilos, los reyes animados, lances guerreros y diplomáticos en buenas manos, alcanzaron descanso merecido dejando a salvo las obligaciones de gobernar a cada instante, con ganas o sin ellas, y soportar a servicio, confesores y cortesanos. Pocos momentos de soledad, ciertamente.

      —¿Llegaste a conocer en persona a los reyes, a Isabel y Fernando? —Inquirí para acercarme más a la situación y de paso darle un respiro.

      —Sí, lo hice, desde luego. Más de una vez bajaron a pasear por las tierras de labrantío, huertos y paseos que antes había donde ahora están las tierras que ocupan La Arboleda. Y a otras partes de mis riberas, aguas arriba, aguas abajo. Claro, claro que los conocí y también mi caudal tuvo ocasión de tomar sus cuerpos —dijo el río, para que me enterara, con cierto aire de complacencia, deleitándose de su propia historia.

      —Debió ser emocionante, gentes de semejante prestancia y alcurnia, damas tan bellas a tu alrededor.

      —Bueno, no conviene exagerar. Cada cual en su lugar porque de abolengo también presumo yo: Señor de Urbión, de Soria, Burgos, Valladolid, Zamora, Salamanca y buena parte de Portugal. Y de muchísimos más que por pudor no enumeraré, así como Señor de mi Destino.

      Zanjó el asunto de esta manera y con gesto que supe interpretar aunque no mediara voz, le pedí que continuara relatándome qué había pasado en aquella visita de la primavera de 1496, si algo sobre ella tenía que decir.     

      —Era por el mes de mayo, no recuerdo bien el día. Tampoco es necesario precisar. Eso sí, llevábamos media semana de sofocantes calores debido a vientos del sur cargados de partículas en suspensión procedentes de África. Puedo asegurar que era agobiante para aquella fecha tan temprana. La situación obligó a muchos a acercarse hasta aquí para ponerse a recaudo de sofocos y a chapotear en las pozas aunque las aguas bajaran frías debido a los deshielos. Porque para nieves, ríete viajero, las que habían de soportarse por entonces, no las de ahora, flor de un día.

      «Al caer la tarde, las siete podrían ser, observé cómo Isabel paseaba por la galería de los arcos. En algunos momentos miraba hacia el artesonado del techo para recrearse con las pinturas de florones policromos y foliáceos; otras acariciaba la piedra, de manera especial pilastras y basas de aquellos arcos, primorosas obras de orfebrería. Iba de un lado a otro, con serenidad, diría que en estado de meditación, relajada y sin nadie que la importunara. Así lo había ordenado so pena de terminar en la hoguera, valga la exageración para entendernos. De vez en cuanto se paraba en uno de esos arcos y me contemplaba a mí, Duero. Desde aquella posición del altozano abría ojos y mente a los campos que se extienden al noroeste y de soslayo a los que yo persigo hacia el oeste, tierras suyas por el imperio de las armas, tierras regaladas a cambio de gentes destinadas a enfrentarse al desolladero.      

      «En esta situación apareció Fernando en escena, el único con paso franco a la estancia salvo orden específica en contra, cosa que en esta ocasión no había dado. Hízole una reverencia al modo de la época y le besó la frente con cierto aire de complicidad. Se unió a ella en los paseos, alguna incidencia del día comentó y ambos rieron, hasta mí llegaron las carcajadas. Se entornaron en uno de los alféizares y durante buen rato los observé en animada charla de confidencias. Terminó él por abrazarle la cintura, alzaron luego los cuerpos y reabrieron la marcha, paseo a un lado, paseo al otro, vuelta a empezar, las manos a la búsqueda de escarceos.

      «En un momento dado, justo cuando estaban en el último arco de la galería, el número once según la miramos ahora, se pararon. Las manos, según comprobé, iban y venían, recorriendo cuerpos muy encorsetados aun con los calores, tratando de abrir resquicios entre ellos para que las pieles perfumadas de feromona y testosterona asomaran y respiraran. Él comenzó a besarla con apasionamiento, enfrentándola contra el ángulo de la primera esquina, a modo de pantalla de apoyo; ella se resistía en un no quiero pero a qué esperas. Terminaron por despojarse de los ropajes más pesados, la calentura ya no podía con ellos. Se acercaron a mi vista, en medio del arco quedaron retratados.

      «Fernando, de espaldas a mi presencia, dejó ver su camisa blanca alborotada. Ella mirándome, con la mirada enloquecida y labios y mejillas enrojecidas. Se izó Fernando hasta quedar sentado en el alféizar de aquél arco construido de maravillas, se bajó los calzones y cuanto debajo de ellos había y fue entonces cuando Isabel se inclinó sobre sus muslos desnudos. Sus pechos blancos como la espuma allí reposaron en libertad despojados de todo disimulo. Hubo movimientos convulsos luego de esto; ella seguía inclinada sobre el alféizar, abrazando las caderas, mientras él, sentado y suspirando de placeres, acariciaba su cabellera y cuello hasta donde alcanzaba.

      «Sentí jadeos y palabras impronunciables mientras seguían en aquella batalla sublime sin heridos. Después de un tiempo impreciso, quizás un mundo había transcurrido, bajose él del asiento que tan cómodamente había ocupado y en un rápido movimiento envolvente se giró e izó a Isabel a la misma posición que hasta entonces ocupaba. De esta manera se turnaron y en ese estado terminó de penetrarla con suavidad exquisita, caricias y zalamerías, palabras de amor mientras los pechos blancos caían desparramados hacia su boca. Desde mi posición de privilegio observé entonces cómo él, mirándome extasiado y perdido en algún paraíso, cerraba los ojos, instante preciso en el que ambos gritaron exhalando a un tiempo los últimos temblores, y a renglón seguido exaltados clamar al cielo porque habían alcanzado el éxtasis. Y con él la gloria de las glorias.

      —¡No puedo creérmelo! —acerté a decir cuando comprendí que la noticia había concluido—. Esto no pudo ocurrir realmente, Duero. Creo que me tomas el pelo, que te ríes de mí a falta de mejor entretenimiento. ¡Pero si era casta y santa hasta lo impenetrable! Esa conducta sexual no era propia de los tiempos ni de ella, si acaso de Aldonza, según denunció a su marido cuando quedó afrentada.

      —Por chocante que resulte es cierto, viajero. Yo fui testigo de primera fila, de tal cosa no hay duda. —El río había hecho su confidencia con la seriedad de un acontecimiento histórico y así quiso que quedara refrendado, sin ninguna truculencia, simplemente como un suceso ordinario de la vida—. No dudes de esta veracidad. Ocurrió como lo he contado, no he de seguir con los detalles que luego vinieron, pero sí puedo decir que me encontré a una mujer apasionada más allá de lo que cuentan las crónicas. Necesitada de amor, necesitada de emociones candentes para compensar su existencia atenazada por el temor a Dios y el odio a los celos.

      —Bien, así tendré que entenderlo y aceptarlo tras la sorpresa que me he llevado. Soy consciente del alcance y significado de tus palabras y nada añadiré salvo decir que esa parte de la vida de Isabel no ha trascendido a la historia cotidiana. Más bien se ha acentuando el hecho de poseer una sexualidad dormida, mediatizada o reprimida por preceptos divinos. Y, desde luego, por los terribles celos sobrevenidos a las relaciones extramatrimoniales de aquel hombre suyo, que por ser hombre tenía derechos ilimitados y bula papal para deshonrar y engañar cuando y como le apeteciera.

      —Efectivamente, justo es reconocerlo. Mas debo decirte, viajero, que poco antes de una hora después del encuentro amoroso, en esa misma galería, estuvo confesando Isabel su lujuria al Cardenal Cisneros. Éste la absolvió sin penitencia alguna porque la relación había sido con Fernando, su esposo, y en cuanto a la forma en que se produjo, fruto del amor profundo que Dios había puesto a su alcance para ofrecerlo al hombre y así misma como derecho sagrado.

      Tras de la noticia de primera plana que el río me había ofrecido en primicia, me quedé de alguna manera absorto. Fijé la vista en el arco número once, imaginé la escena y me hice partícipe de ella porque todos los seres humanos estamos obligados a buscar y encontrar la felicidad a través de cualquier resorte lícito a nuestro alcance. Ellos, los actores del encuentro, con sus trifulcas constantes y los quebrantos del poder, parece que la encontraron en aquel momento concreto de apasionamiento. Quizás, a esas alturas del matrimonio, fue el principio de otros muchos encuentros subidos de tono, como presumiblemente debieron tener antes de ése, hasta la muerte de ella ocho años más tarde cuando sólo contaba cincuenta y tres.

 

 

11. Apuntes de modernidad 

Luego del silencio que intencionadamente consentimos en darnos, me propuse romperlo para no perder la continuidad del encantamiento.

      —Dejando atrás el episodio de Isabel y Fernando, gracias te doy, me gustaría preguntarte, Duero. ¿Qué opinas del mirador de acero que tenemos enfrente? Casi quince metros mide, nada menos. ¿Y sobre éste otro trampolín de ahí, más reducido, que vuela sobre tu caudal?

      —Agradezco la invitación a la polémica. Un año y poco más llevo viendo el desaguisado —al Duero pareció agradarle el envite ya que hasta ahora no había tenido oportunidad de pronunciarse sobre semejante avance arquitectónico y estético en el entorno de la muralla y del propio río—. Qué me parece, preguntas. Pues te diré: monstruosidad, aberración de arquitectura contradictoria. No tiene ningún sentido volar quince metros sobre el talud a partir de la muralla. ¿Para qué? ¿Para estar casi encima de la calzada, para precipitarse al vacío o generar adrenalina? Afea el conjunto histórico por este lado, introduce un elemento distorsionador a la Iglesia de San Miguel y al propio palacio en esta fachada del XV. Bastante mirador ha quedado, y con el mismo objetivo, con el existente a la izquierda de la propia iglesia, éste sí perfectamente integrado sin estridencias. Agradable incluso. Y en cuanto al del río, puedo aceptarlo porque tiene menores dimensiones y queda integrado en un paisaje donde se mimetiza, ideal como plataforma para algún pescador que venga a robarme truchas, gobios o barbos.

      «Sabes qué te digo, viajero —el río estaba encendido, la pregunta, aunque deseada, le había soliviantado y tenía ganas de desahogo—, que debieron preocuparse de distribuir mejor el dinero. Sacando de aquí y de allá pudieron adecentar con mayor alcance la fachada gótica del palacio y su galería. Y también para mejorar el talud en todo el frente de la muralla con un verdadero jardín y rocallas que den estabilidad y armonía al conjunto. Si el palacio es privado y se impedían algunas actuaciones, debió pactarse para solucionarlo y dejarse de macro-mirador-trampolín de acero para traer modernidad donde ninguna falta hace. Al menos de la manera limitada en que aquí se ha hecho. Mientras tanto, lo que hace falta realmente es estética, limpieza y orden. De eso debieran preocuparse con prioridad, de eso deben seguir ocupándose cada día: de poco sirve remozar y después sin mantenimiento adecuado, abandonarlo a su suerte y a la acción de los vándalos modernos.

      «La evidencia en este asunto es que urbanistas y autoridades han manejado el dinero, desconozco en qué cuantía, con dudosa eficacia desde mi perspectiva de aquí abajo. Un lugar con esa historia, donde estuvieron y vivieron Isabel y Fernando, y buena publicidad de reclamo se hace, merecía un tratamiento con mayor profundidad una vez que se pusieron a afrontarlo. Faltará ver si con lo que opino, un día alguien con sentido comienza a ofrecer soluciones más cabales.

      —Vaya, parece que estamos de acuerdo en buena medida. Te noto un tanto alterado —tercié echando más leña al fuego—. Es verdad, parece que nadie se entera, que sólo importan las fachadas y no precisamente todas, sino aquellas que más convienen en un momento dado en función de gustos o intereses personales.

      —¿Cómo no estar de acuerdo contemplando lo que vemos? Y el sinsentido de la obra, su inútil modernismo incrustado a calzador  y el ego que subyace detrás de él.

      —Tienes razón, Duero. Suficiente desgracia hay en este caso con la modernidad de Google Earth y Street View, donde con simples clic y un cursor no hay rincón que quede fuera del alcance del visitante virtual. Si me preguntas qué se ve por este lado de la muralla desde esos escaparates virtuales al alcance de cualquiera en cualquier parte del mundo, para tu disgusto diré: yerbajos, descuido, suciedad, un palacio en estado de calamidad previo a la última actuación y el vuelo al vació del mirador, eso sí. Para resumirlo: con semejante vista, si fuera la única, Almazán queda con el culo al aire, testimonio de un lugar poco agradable para ser visitado. La realidad que vemos ahora mismo, en esta tarde de diciembre, puedo asegurarte que, por fortuna, está mejorada. Después de todo, la que cuenta, ¿no te parece? 

 

 

 

12. Tirso de Molina 

 —Dices bien, viajero. Enterado quedo y por mi parte nada añadiré aunque bastante más podría decirse. —Dio el asunto por zanjado para que a quien corresponda pueda cogerlo al vuelo y actúe. Enseguida continuó—. ¿Quieres que te hable de Tirso?  

      —Desde luego, sobre él precisamente iba a preguntarte yo, un ilustre vecino con mucha gloria.

      —¡El bueno de Tirso! Tirso de Molina, padre del donjuanismo, su mito histórico y controvertida autoría. Sí, yo tuve ocasión de conocer al fraile Gabriel Téllez cuando vino a concluir aquí, aunque él no lo sabía entonces, sus últimos tres años de vida.

      «Antes de seguir, debo decirte que en la calle de la Merced en honor a la Orden, extramuros aunque cerca de donde estamos, construyeron los mercedarios un convento en el siglo XIII. Estuvo ocupado la nadería de seiscientos años, ejerciendo sus ocupantes enorme influencia en la vida social y religiosa de Almazán, como correspondía a los tiempos. Sin embargo, teniendo todo un final, por aquella disposición traumática de Mendizábal, se quedó sin prior ni frailes y tras su venta a merced del olvido y la decadencia.

      «Declarado monumento nacional en 1947 para librarlo de la ruina absoluta, siguió no obstante el deterioro. En 1984 se salvó in extremis lo que se pudo para llegar hasta hoy con parte de su portada barroca, algo del claustro, la capilla mayor y el cementerio. Esto fue todo a pesar de la importancia que traía detrás. A mayor perjuicio, se acentúa ahora la pérdida de interés por el monumento al encontrarse en zona de nulo valor arquitectónico, enfrentado a viviendas derruidas y parcelas destinadas a barbecho, y perdido entremedio del declive de lo que fue viejo y lo que en este momento se llama moderno aunque tenga menor prestancia y personalidad que lo adyacente. Para entendernos, en tierra de nadie, en ese tránsito donde los vestigios antiguos, ajenos al trasiego del comercio, quedan absorbidos por el azote del tiempo e ignorados por la dinámica de un nuevo urbanismo, de una vida nueva sujeta a otro ritmo y a otras necesidades. Bien es verdad que los sillares abatidos, junto con los de otro convento próximo y extinto, el de San Francisco, sirvieron para pavimentar calles y aceras y aunque con uso menos relumbroso las piedras pueden seguir hablando con cierto decoro.

      —Permíteme, Duero. Háblame de Tirso, por favor, y vete al grano —interrumpí con cautela a fin de evitar que se fuera por las ramas.

      —A eso justamente iba, viajero. Pero debes entender que antes es necesario fijar las coordenadas, saber adónde llegó Gabriel Téllez en su destierro encubierto y, a la postre, a morir. Saber, al menos, en qué lugar vivió, qué origen traía la casa y qué fue de ella.           

      —Si, de acuerdo. Tienes mucha razón, bien está cuanto apuntas —asumí, sin darle más coba no fuera que la cosa se alargara más allá de lo aconsejable.

      —Yo tuve ocasión de hablar un siete de diciembre con Tirso de Molina. Fue aguas arriba del puente, en la zona de ribera situada detrás de las tierras del convento, calle paralela a Merced llamada Henchidero. Habrás comprobado que allí me ensancho con abundancia debido a las avenidas, de manera que en esa franja de tierra siempre hubo buena alameda, caminos para pasearla e incluso huertos ubérrimos, igual que en este tramo donde estamos.

      —¿De verdad me dices que he tenido la misma fortuna que Tirso tuvo contigo, el mismísimo Gabriel Téllez? —Me apresuré a interrumpir, emocionado por la coincidencia—. ¡Qué honor y qué placer al tiempo!

      —Cierto, ya lo dije cuando hube de convencerte. De la misma forma que te sorprenderías si relatara a quienes gozaron de ese privilegio… Pero bueno, vamos sin demora a aquello que nos ocupa —continuó, presto y ansioso también por rememorar aquella tarde de 1646—. Tirso era un gran tipo, un hombre que nunca renunció a sus humildes orígenes e incluso hizo gala de tal ascendencia, de la misma forma que puedo asegurarte que no era hijo ilegítimo del Duque de Osuna, como maliciosamente le atribuye la leyenda negra. Esto me lo juró besando el crucifijo que traía colgado, por la gloria de sus padres y la de Dios. Así es que las controversias que se han traído eruditos que lo han estudiado, resueltas deben quedar a partir de este momento.

      «El fraile que tuve ante mí aquél día, con muy avanzada edad para su época, me pareció un hombre de gran sabiduría, como por otro lado ya sabemos. Fue franco y se sinceró conmigo. Aprecié en él la humildad de quien quiere librarse de algunas ataduras morales, quizá trayéndose para sí aquel «tan largo me lo fiáis» que puso en boca del Burlador de Sevilla, pensando que había llegado el momento de ponerse a bien con Dios, pues debió intuir que vida ya no le quedaba demasiada.

      «Se abrió a mí, sin haberlo yo pedido. Me dijo que durante los casi tres años que permaneció en La Española, en Santo Domingo, dedicándose a cuestiones de la propia Orden de la Merced y a ejercer de profesor de teología en la universidad, vivió un tiempo inolvidable. Después de llevar quince años cargando con los hábitos que tomó en 1601 en Guadalajara, y cinco más tarde ordenado sacerdote en Toledo, tuvo ocasión de conocer en profundidad el momento que vivía la colonización y su explotación, y el mundo indígena y sus carencias tanto materiales como espirituales.

      «En un momento dado, iluminándonos el ocaso igual que ahora, observé cómo una lágrima surcaba su mejilla y cómo la mirada al encuentro del sol iba perdiéndose de camino a encontrarse con recuerdos anclados en el Caribe. Le pregunté si estaba en condiciones de continuar y con el anverso de la mano derecha cruzando la cara eliminó el testigo de aquella nostalgia… —se interrumpió de forma consciente.

      —¿Qué ocurrió? Continúa, por favor —me apresuré a pedir con impaciencia.     

      Hizo el río una pausa, intentando crear en mí un estado de curiosidad, cosa que, en efecto, se produjo. Prosiguió después de carraspear dejando en el aire un halo de misterio, al menos eso quise entrever. 

      —Ya voy, ya voy… Fue entonces, cargado de tal emotividad que aún recuerdo emocionado como si de hoy mismo habláramos, cuando Tirso me dijo:

      «Duero, en Santo Domingo estuve locamente enamorado de una mujer mestiza y libre. Mercedes de Somoza se llamaba. Hermosa como ninguna, bella como todas las flores, voluptuosa como los volcanes y risueña y graciosa como las olas burbujeantes al derretirse en la orilla de una playa de arena blanquecina. Me trajo por la calle de la amargura, pero también por todas las calles de la felicidad extrema. Yací a su amparo uno y otro día desde que intimamos muchos meses después de mi llegada. Treinta y ocho años yo tenía, veinticinco ella, una luz más poderosa que la del sol. Trascendió en la Orden mi descabellada locura, yo a Dios no ofendía pues la amaba con pasión y amor desbordados; mi pecado era amar a un ser querido y Dios no me perdonaba. No sirvió el flagelo ni las penitencias impuestas, propias y ajenas. Cada noche volvía a hundirme en nalgas y senos y cada noche pensaba en el siguiente día, al punto de enloquecer entre devoción religiosa  y pasiones terrenales. Acabaron por repatriarme para que olvidara el celo que me arrastraba a sus cadencias, besos y caricias, para que el océano y Madrid purgaran mis lascivias. Eso decían mis superiores, algunos tan convincentes como hipócritas, bien sabía yo que de otras carnes gozaban con lujuria sin mesura. No volví a verla: treinta años llevó recordándola cada día y cada día me acuesto con ella. No me hizo Dios ningún favor con la distancia impuesta. Dos castigos llevo conmigo, fuerzas luchando para desterrar recuerdos indelebles, lo mismo que tampoco puedo borrar mi fe ni la obediencia que le debo a sus preceptos. Me debato entre si debí quedarme para seguir teniéndola y que ella me tuviera, renunciando a posiciones y privilegios, o si hice bien en tomar las de Villadiego y dejarla sola sometida al recuerdo de una historia pasada. No alcanzo nunca a determinar cuál habría sido la decisión certera y en esa lucha me hallo junto a otra añadida: desconozco si dejé a algún hijo en aquel destino. El sólo pensamiento de esa posibilidad me persigue hasta el punto de hacerme llorar como una Magdalena. Muchas veces estuve tentando a abandonar los hábitos y alabanzas que recibía de mi oficio y embarcarme de nuevo, mas dejé que el tiempo pasara con los años y ante la incertidumbre de si seguía viva o atada a otro hombre, dejé abandonada la posibilidad de alcanzar la felicidad de aquella manera única que viví en La Española».                             

      —Duero, ¡qué maravilla! —exclamé alborozado con un punto de emoción, también yo, al escuchar de qué manera sentida el río había relatado aquella historia de amor, metido en el papel de juglar que la historia le había otorgado—. Puedes creerme si digo que tu testimonio me ha emocionado profundamente. He visto en tus palabras a Gabriel redivivo, al hombre y sus tormentos, al amor y pasión convertidos en puro sentimiento, la tragedia a que nos sometemos cuando no acertamos en nuestras decisiones, al quebranto que se cierne sobre nosotros y la pesadumbre que arrastramos hasta la muerte por no haber hecho lo que presumiblemente debimos hacer. Gracias te doy, Duero, por esta ofrenda que no olvidaré jamás.

      —No miento si te digo que yo también. Cuando surge, termino por ver el dolor de aquel hombre sometido al remordimiento, hundido en su desesperanza, y especialmente a la culpa que arrastraba por haber perdido la oportunidad de seguir amando de manera real, que no dormido, a aquella mujer de ensueño.

      Hubo en esos instantes otro silencio cómplice entre el río y yo. Parecía como si ambos tuviéramos necesidad de reflexionar sobre las consecuencias que pueden derivarse de nuestros actos si no somos capaces de sobreponernos al dictado de su tiranía. No alcanzó siquiera un minuto, pero fue suficiente para sentirnos partícipes de la desgraciada historia vivida por Tirso, a la que nosotros, en nuestros lirismo onírico, dimos patente de autenticidad. 

      Entretanto, el sol y sus luces seguían su curso. Las tonalidades iban yendo a cada soplo hacia el rojo, las aguas plateadas del río se teñían de grana a través del tragaluz tamizado de sombras que dejaban los árboles desnudos de La Arboleda: tiempo para refrescar, la noche se insinuaba.

      —Una condena ese pedazo de la vida de Tirso, sí —dije con cierto estado de desconsuelo emotivo y el propósito de retomar la conversación—. De todos modos, aparte del pasaje y sus emociones, sabemos que vivió intensamente desarrollando una prolífica labor de escritor con independencia de su labor teológica. Cultivando disciplinas diversas, fue tanta su maestría en el arte de fabular y narrar y tanta la penetración de su verbo en las gentes, así como el alcance de los contenidos éticos y morales, que ha sobrevivido a generaciones con alto grado de aceptación, ocupando un lugar preeminente en el catálogo de los escogidos. Ahí está su obra para atestiguarlo.

      —No estás descaminado, viajero. Pero es más, también hay que recordarlo, según me contó, como un religioso que en la Orden de la Merced fue bastión, un administrador severo de la hacienda mercedaria en muchas de sus sedes, definidor general y cronista de la misma, junto con el nombramiento de maestro otorgado por el Papa Urbano VIII. Tanto poder y tanta gloria no impidieron, más bien fomentaron, que tuviera enemigos pertinaces dentro de la propia casa. Como en las mejores familias, de manera que con infundio o certeza acabaran desterrándolo en varias ocasiones. Una de ellas a Cuenca en 1640. No te puedes imaginar hasta qué punto el fraile Gabriel Téllez se mostró indignado con aquellos procesos insidiosos, decía él que motivados por pura envidia, tan generalizada, tan intrínseca en el ser humano que no se salvaba época ni persona alguna de cualquier clase y condición. Incluido el clero, repetía una y otra vez, con énfasis inusual dado que se conducía con recato y sosiego.

      «Me contó Tirso en aquella tarde de 1646 las trifulcas que tuvo a costa de sus obras literarias. Decía que, de igual modo, venían derivadas de envidias y por una moralidad insana que pretendía encoger al pueblo. Las sátiras y comedias, tratándose de un sacerdote, no fueron entendidas, o en realidad fueron entendidas como un ataque al sistema, razón por la cual fue condenado a retirarse a ejercicios espirituales forzosos, aunque su Orden nada tuviera que ver con los jesuitas. Llegado del Caribe, con su experiencia pecaminosa a las espaldas y todo lo que le aportó a su vida para entenderla de manera menos hipócrita, se acentuó la forma de conducir el verbo. Con las ‘comedias profanas’ tuvo que vérselas en varias ocasiones con el todopoderoso Conde-Duque de Olivares, personaje político de ordeno y mando que le había jurado odio eterno e incluso pidió para él excomunión mayor. Montó el escándalo, efectivamente, y terminó por poner a todo el mundo de acuerdo, incluidos competidores literarios que llegaron a tildarlo de corruptor moral: era un libertino al que había que desterrar lo más lejos posible «por los malos incentivos y ejemplos» que ejercía sobre la sociedad. Igual daba opulenta que plebeya, docta que ignorante. Y así lo hicieron una vez y otra. Pero él, a lo suyo, escribiendo sin parar para dejar testimonio de sabiduría y enseñanzas y gobernando aquí y allá los dominios de Nuestra Señora de la Merced.   

      —Una curiosidad tengo. ¿Te comentó algo Tirso sobre Lope de Vega? —interrumpí de nuevo al río para saber algo concreto que me intrigaba.

      —Lo hizo, sí, y además a instancia mía. Se limitó a decir, y creo que con honradez, que le idolatraba, que era su referencia. Siendo él estudiante en Alcalá conoció a Lope y se convirtió desde entonces en seguidor de su teatro, de sus formas y de la concepción formal del mismo. Esta influencia, así me lo confesó, está plasmada en buena parte de la suya… ¿Y a qué venía la pregunta, viajero?

      —No, nada en particular. Simple curiosidad por si te había contado algo extraordinario sobre la relación que mantuvieron: dos autores contemporáneos del Siglo de Oro, sacerdotes ambos, una vida agitada, uno y otro reposando en iglesias, mucha dualidad en sus vidas. Ya sabes, curiosidades —dije, sin querer entrar en más detalles.

      —Pues no, no hubo más. O al menos no hubo otra cosa que yo recuerde ahora —replicó el río sin dar al asunto mayor trascendencia—. Sí querría decirte que Tirso de Molina fue un hombre ilustre que ennobleció a la Villa de Almazán y su buen nombre. Que recalara por aquí en 1645, tras nombrarlo comendador del convento, fue un honor grande y así lo hice saber para su orgullo personal, pues noticias tenía de esas influencias. Lo del nombramiento fue quizás una excusa para retirarlo definitivamente de los cenáculos del poder o, simplemente, porque la Orden entendió que ya estaba amortizado y su salud quebrada.

      «Yo estuve con él, como te hablé, en la tarde del siete de diciembre de 1646 y falleció quince meses después. Puedo asegurar que sigue enterrado en el cementerio del convento porque él me confesó, solemnemente, que sus huesos no habrían de salir del recinto por tenerlo así dispuesto, harto estaba de deambular de acá para allá. Dijo más, éstas fueron sus palabras: “Puesto que el único lugar del mundo donde querría morir y descansar es en Santo Domingo, al lado de mi amadísima Mercedes, y esto no resultará posible, bien lo sé ahora, mejor hacerlo en esta tierra de acogida final”. Eso dijo y con sus palabras, profundamente sentidas, llegué a emocionarme.

      «Así es que a pesar de dudas históricas y de no estar certificado e identificada la tumba, Tirso de Molina, Fray Gabriel Téllez, por su expreso deseo, ha de seguir enterrado en el Convento de la Merced de Almazán. A pesar de Mendizábal, de la ruina, de reformas, de saqueos y a pesar del olvido al que literariamente fue sometido después de morir. La envidia que él denunció en vida se hizo patente tras la muerte y en el olvido quedó durante más de un siglo. Afortunadamente, su memoria y su obra fueron recuperadas hacia finales del XVIII.

      —Triste final —dije, sin más reflexión, dejando que el Duero cerrara el relato que acabábamos de revivir, una parte mínima de la historia de un hombre grande enfrentado a tres entregas: Religión, Mercedes de Somoza y Verbo.

      —No, viajero. No lo veo yo así. Yo, que tuve la posibilidad de enfrentar mi palabra a la suya, puedo decirte que no había amargura ni rencor en ella. Sólo anhelos. Él deseaba destruir la hipocresía, toda hipocresía viniera de donde viniera, pero especialmente la emanada desde los púlpitos. Añoraba desterrar la envidia que tanto daño ha hecho y sigue haciendo en nuestra tierra, hasta el punto de hacernos pequeños y mezquinos. Soñaba con hacer felices a las gentes, y a su manera instruirlas para que despertaran del letargo intelectual, a través de historias moralizantes y reflexivas mal que pesara a gobernantes y detractores. Perseguía desenmascarar a los retorcidos de mente y a cuantos te abrazan para a continuación aborrecerte a tus espaldas, traidores ponzoñosos con ánimo de lucros diversos. Y añoraba, entre tantas cosas como añoraba, haber perdido lo que dejó en La Española, aunque con ella durmiera en sueños los treinta años siguientes de su vida. Ése fue su tormento y la explosión del hombre al amor sin límites. Ahí está basada toda su obra, la divina y la humana.

 

13. Diego Laínez 

Tras la inevitable toma de aliento, sin consultarnos siquiera, quizás un leve gesto de conformidad con lo dicho, decidimos que habíamos terminado con Tirso. Buscando con la mirada hacia donde reposan sus huesos, le dimos la despedida, confiando que nadie perturbe el reposo eterno como está ocurriendo en estos tiempos con Miguel de Cervantes en el Convento de las Trinitarias de Madrid. 

      —Tiene la Villa un hijo ilustre sobre el que me gustaría conocer algo, aunque sea de forma somera. ¿Qué sabes de Diego Laínez? —me interesé con el afán de conocer si el río podía aportar alguna peculiaridad sobre este jesuita que trascendió a las fronteras españolas con relevante prédica universal.

      —Diego Laínez… —repitió el Duero dejando en suspenso el nombre, a modo de introducción a una respuesta que conocía de antemano—. Juan de Diego, ése era su verdadero nombre de pila y sí, nació aquí en 1512 en el seno de una familia numerosa siguiendo las buenas costumbres, con ascendencia de judíos conversos. Lo hicieron nacer en la casa familiar entre la calle Caballeros y la Plaza de San Pedro, lugar desde donde hace años se levanta un colegio público, muy cerquita de la Plaza Mayor. Podría decirse que es el adnamantino por excelencia, el más relevante hombre que ha producido la Villa.

      —¿Llegaste a conocerle.

      —No digo que no, tampoco digo que sí y me explicaré. No tengo consciencia, desde luego, de haber hablado con él de forma directa aunque con toda seguridad lo tuve a mi alcance. Luego diría que sí lo conocí pero no hasta el punto que hubiera querido teniendo en cuenta sus valores y conocimientos. Es una de esas frustraciones insalvables que me quedan, viajero. ¿Cómo aceptar que llevando aquí el tiempo que llevo no tuviera oportunidad de conversar con Juan Diego Laínez?

      —Es lógico, Duero, demasiadas gentes, imposible alcanzarlas a todas —convine con él, tratando de aliviar su pesadumbre.

      —Bien está lo que dices, pero ¡tratándose de Laínez!… Bueno, sea como fuere, ocurrió y nada cabe hacer, ni siquiera los lamentos resolverán la ausencia. Es seguro que siendo niño se bañó en mis aguas y correteó por estos parajes, a la caza de pájaros, en busca de juegos y quién sabe si en su precocidad al encuentro de inocentes amoríos al término de la infancia. Sin edad suficiente ni atributos para que yo reparara en él, se explica esta carencia de la que me lamento, sujeta a la azarosa vida que llevó al no existir constancia de ningún regreso temporal, si acaso visitas muy esporádicas que pudo hacer a su familia en esos primeros años de ausencia. Luego, ni eso. 

      «Siendo el mayor de siete hermanos, pronto le dieron pasaporte para que pudiera iniciar estudios en Soria y después letras en Sigüenza, de donde partió con dieciséis años camino de la Universidad de Alcalá. Con veinte salió titulado en filosofía y ya orgullo de Almazán.

       —Creo recordar haber leído el año pasado noticias relacionadas sobre el V Centenario de su nacimiento y los actos que se iban a celebrar aquí, en Soria y en Madrid —dije, tratando de acercarnos más a la influencia del personaje.

      —¡Vaya, y tanto! Sólo faltaron fanfarrias y titiriteros. Lo habitual en estos casos: siglos olvidándose del hombre y sus proezas y al cabo de tanto tiempo, ensalzamientos hasta las nubes con Iglesia, políticos e historiadores luciéndose para obtener la patrimonialidad del homenajeado, y de paso darle contenido al Aula Cultural de la antigua iglesia de San Vicente. Verdad es que tiene calle importante, que un colegio lleva su nombre, que tiene una escultura de bronce, que Almazán le guarda cierta memoria. Sin embargo, el problema está en la discontinuidad, en los actos aislados, cada cual con su localismo y a su aire. Vamos, que no parece de justicia volver a recordar la labor de Diego Laínez dentro de ¿cien años más?

      «De todos modos, sí me gustaría, ya que no pude hablar con él para conocerle mejor, dejarte dichas algunas cuestiones suyas de las que tengo conocimiento. Fue un hombre de inteligencia excepcional y muy buenas dotes para el diálogo. Eso quedó certificado. En Alcalá de Henares tuvo ocasión de escuchar e interesarse por los postulados que estaban trascendiendo de Íñigo de Loyola, más adelante Ignacio por su exclusiva voluntad. Y ni corto ni perezoso sacó la brújula y se fue a París al encuentro del maestro espiritual, una corazonada, una llamada hacia la entrega a Dios.

      «Tras el impacto que le produjo conocerlo y hablar con él, no dudó en dedicarse a estudiar teología. Hicieron los votos juntos, los pertinentes ejercicios espirituales que el de Loyola entendía como la esencia para el acercamiento al Ser Divino, y juntos también se ordenaron sacerdotes en 1537 tras autorización papal. De París y del autodenominado grupo ‘Amigos en el Señor’, compuesto por siete miembros iluminados y convencidos de su llamada, surgió el germen de la Compañía de Jesús, donde de número dos, con todo derecho, estaba situado Diego Laínez.

      «A partir del instante en que el grupo y sus convicciones quedaron sentadas en Montmartre sobre la base del juramento de ‘servir a nuestro Señor dejando todas las cosas del mundo’, se entiende que Diego Laínez renunciara a su familia y a Almazán. Tanto fue así que estando ya por Italia en su faceta de peregrinaje y enseñanzas cristianas, a España sólo regresó Íñigo durante unos meses por cuestiones de salud y para resolver trámites diversos. Entre ellos, reunirse con las familias de cada uno de los seis correligionarios a fin de transmitir en qué se habían metido sus hijos, libre y conscientemente, de los cuales entregó misivas sobre su voluntad y decisión adoptada respecto a ella. Así que mejor olvidarse de verlos porque las necesidades de Dios y del mundo eran muchas y muy elevadas. 

      «La ascensión fulgurante de Juan Diego, con el liderazgo de Ignacio de Loyola haciendo lógica sombra a los que estaban a su alrededor, no en vano era el germen al que se unieron los demás, ya no tuvo parada. Profundo teólogo, acabó poniéndose a disposición del Papa junto al resto del grupo jesuítico, quien rápidamente, vistas las aptitudes, lo instaló de profesor en la prestigiosa Universidad de La Sapienza. En ella puso de manifiesto sus grandes cualidades intelectuales y humanas y dejó sentadas las bases de un futuro muy prometedor.

      «Con independencia del peregrinaje en pos de transmitir la fe por media Italia, de la que fue nombrado Provincial en 1552, el Concilio de Trento vino a darle espaldarazo intelectual y profesional definitivo. Nombrado embajador pontificio, y por tanto Padre Conciliar, supo moverse muy bien en el entresijo casi mercantilista de intereses y disensiones que la Iglesia tenía en aquellos años, con la Contrarreforma sacudiendo los cimientos de San Pedro. El destacado protagonismo negociador tuvo premio: felicitaciones personales y reconocimiento para su propia Obra.

      «Posteriormente, fallecido Ignacio de Loyola, le sucedió en el cargo. Aparte de biografiarlo con Vida de San Ignacio, puede decirse que Diego Laínez fue el verdadero impulsor de la Compañía de Jesús. La extendió por el mundo y fomentó de manera exponencial la creación de centros educativos como enseña fundamental de la Orden, amén, claro está, de la evangelización y el progreso que de ella se hizo a través de nuevas Provincias y misiones. Y con todo ello vino la cosecha del reconocimiento universal de su doctrina y el prestigio nominal que desde entonces tiene asociada la Compañía. Hasta ahora.

      «Además, en lo personal, justo por el despliegue de sabiduría, buen tino y sagacidad negociadora que hasta entonces había mostrado en el eterno Trento, así como la proyección que estaba dando a su Orden, estuvo entre los candidatos al papado en el Cónclave de 1559. Tampoco le faltaron los problemas, especialmente cuando al final de su vida, y después de mucho batallar con los calvinistas, el clero secular de Roma comenzó a disparar contra los jesuitas por el poder y privilegios que tenían, surgiendo envidias y cizañas que le obligaron a emplear a fondo sus buenas dotes de negociador. Eso acabó minando la salud y en enero de 1565 falleció en Roma cuando andaba por los cincuenta y dos y tras de él un séquito superior a tres mil convencidos jesuitas llorando la muerte prematura. Sus restos fueron traídos más adelante a Madrid para ser enterrados en la iglesia de San Francisco de Borja, precisamente su sucesor en el Generalato y uno de los siete de Montmartre.

      «Ya se ve qué le ocurrió al pobre de Juan Diego Laínez: tuvo el infortunio de vivir entre dos santos, lo cual hizo que su obra quedara eclipsada o en buena medida silenciada. Me pregunto: ¿qué le impidió ser santo también y además con los buenos oficios y el extenso sembrado que había hecho? Imagino que le faltaron padrinos posteriores e imagino que le sobraron envidias, e imagino que tres jesuitas consecutivos en los altares era demasiada muestra de favor.

      «De todos modos, fue injusto y una pena porque un santo de renombre en Almazán habría tenido gran influencia económica en siglos posteriores, hasta nuestros días. Para muestra basta ir a Loyola, por ejemplo, y comprobar la grandeza y fastuosidad del santuario-basílica que se ha erigido allí en honor de Ignacio y lo que genera. ¿No fue Laínez el verdadero impulsor de la Compañía y quien sentó las bases del desarrollo? ¿Qué le llevó al ostracismo casi absoluto e impidió un recuerdo más notable? Ahí me quedo, para los eruditos, aunque resumo: con Diego Laínez perdimos una oportunidad excelente para prosperar, dadas las experiencias de otros, y queda claro que en la vida el primero en algo siempre será el primero.  

      «Así es, querido viajero, que con estos acontecimientos la vida de Diego Laínez fue muy ajetreada y malamente pude haberle tenido yo para charlar con él. Ése fue su destino, esa su propia gloria aunque por Almazán no le viéramos el pelo desde que se fuera a estudiar filosofía en Alcalá. 

      —¡Demonios, Duero! —exclamé abrumado por su verborrea. En algún momento de la disertación estuve tentado a interrumpirle para que abreviara, pero finalmente opté por no hacerlo no fuera que nos enredáramos en explicaciones y la cuestión, a mayor mal, se alargara—. Mi pregunta era más superficial y poco te ha faltado para contarme vida, obra y milagros.

      —Sí, soy consciente de lo que ha pasado —se apresuró a responder el río con un gesto de disculpa que hube de interpretar en la voz dado que ver yo no veía nada—. Perdona, pero me ha parecido que un hombre tan ilustre de esta Villa, aprovechando la oportunidad, bien merecía estas palabras de recuerdo aparte de todas las oficiales que políticos, clero y eruditos le dedicaron en su quinto centenario. ¡Bastante ha estado olvidado!

      —Lo entiendo y disculpado quedas; la cuestión es si sabrán disculparme a mí mis lectores —dije con el ánimo de quitarle un peso que no debía soportar, pues él, en el papel de narrador testifical, estaba cumpliendo con su obligación y propósito.

      —Y todo a pesar de lo mucho que me he contenido. De Diego Laínez puedo asegurarte que podríamos hablar sin parar, tanta es su obra, tanta su peripecia humana al margen de posiciones religiosas. Creo que sería un error centrar su recuerdo histórico sólo como cofundador de los jesuitas.

      —Tendrás razón, sin duda, porque yo no he profundizado en él… —dejé en suspenso las palabras para señalar que por mi parte había concluido.

      El río entendió la interpretación y tras breve pausa que para mi gusto fue una eternidad, retomó la palabra. 

      —Sobra mayor explicación. Bien está todo lo dicho, una pincelada suficiente. Si te parece, viajero, y porque la noche puede darnos aquí, vamos a dejarlo donde está. Contentémonos, entretanto, con verlo en la escultura de bronce a tamaño natural que tenemos en la Plaza Mayor. Yo lo sé porque alzada mi agua a las nubes puedo contemplar desde ellas la vida bajo mis alas. Por cierto, he de decirte: escultura que antes de la remodelación del año pasado, cuando la plaza estaba más humanizada, e incluso con árboles más dignos, se asentaban él y su pedestal en lugar preeminente, exento y mirando al palacio, de espaldas a San Miguel, ignoro por qué así. Con las obras de mejora de la plaza, es un decir según escucho de las gentes que pasan junto a mí, al pobre lo han traslado junto a las paredes del palacio y estando la escultura casi pegada a ellas y sin guardar simetría con nada, queda menguado. Eso sí, mirando a la iglesia, que parece ser mejor condición dada su ascendencia.

      «De todos modos se entiende mal y acabo irritándome, cosa mala para mi salud (hídrica). ¡Mira tú los agasajos del Centenario y el mucho ensalzamiento que le dieron!: desplazado y empequeñecido por aplastamiento de la volumetría del palacio, ¿es posible que nadie lo vea? Si es el hombre insigne de Almazán que se quiere recordar para propios y extraños, colóquese sobre buen basamento y en el centro de la plaza que plaza hay bastante sin que se afee ningún otro monumento ni el conjunto. Y puestos a mirar, mirando a donde mejor tenga que mirar, por ejemplo hacia mí.

      ¡Pues no, contra el paredón! 

 

14. Aguas retornadas 

 Apenas quedaban rayos de sol. Los tornasoles generados entre los árboles desaparecían con precisión relojera, nada tan previsible como aquellas láminas multicolores decayendo en sus tonalidades. La luz grana sobre la muralla se desvanecía con cada mirada dirigida hacia allí.

      Pájaros y aves iban aposentándose en sus estancias. El parque recogía murmullos procedentes de media distancia, miradas y pasos apresurados quedaban sorprendidos de mi dudosa soledad; en las proximidades, una acogedora quietud sólo interrumpida por el paso aislado de algún vehículo; el agua, sometida a la agradable sinfonía de su curso, un himno constante hacia el sosiego.

      La necesidad de ir poniendo fin a la conversación —mucho me hubiera gustado comenzarla a mediodía para extenderla sin urgencias—, me llevó a iniciar de nuevo el diálogo. Recordé que el río tenía tiempo tasado, algo me había dicho en algún momento de la conversación.    

      —Me pregunto, Duero, si alguna vez has pensado qué destino le queda al agua que ahora mismo se desplaza delante de nosotros, obligadamente distinta de la que llega detrás después de una ínfima fracción de tiempo, y otra, y otra, y otra hasta llegar al primer borbotón. 

      —Aunque sea previsible y recurrente diré que me encanta la interpelación. Es más, viajero, ya tardabas. Bienvenida sea y a responderte voy —pareció, por la forma de expresarlo, que en efecto la pregunta le complacía, sin duda porque guardaba respuestas para ella.

      —Me lo imaginaba, son cuestiones de pura lógica deductiva. Fíjate sino: un instante antes venías de atrás, ahora mismo estás aquí y en un soplo estás más allá, alejándote con premura, imposible retenerte. Por tanto, si ahora mismo tú y yo estamos aquí y tú no puedes ser la misma agua, ¿cómo saber qué hay más allá?

      —Sencilla y comprensible respuesta te daré: porque siendo distinta el agua que pasa ante ti, yo soy el agua que hay en mi totalidad. El agua que ha transcurrido está comunicada hasta la última molécula con la que acaba de acoger la mar y con la que brota de las muchas fuentes que me alimentan. De forma, viajero, que mi voz está apoyada en el fluido y conocimiento que hay en todo mi recorrido, y también en el de cualquier aporte por insignificante que pudiera parecer. Todo suma, todo se contagia y todo se funde, de modo que la contaminación aportada en la desembocadura queda percibida en las mismísimas Fuentes donde nazco. Yo soy agua dulce de Urbión y agua salada de Oporto; en este mínimo tramo donde nos hallamos ahora está guardada la esencia de mi ser, lo excepcional y lo despreciable, igual contenido que el arrastrado por cualquier ser humano.

      —Lo entiendo, Duero, y bien estaría que pudieras transmitir este mensaje de sensibilización al mundo, comenzando por quienes más futuro tienen ante él.

      —Cada día lo intento y cada día fracaso, aunque no por ello dejaré de persistir, ese es mi destino —respondió el río con emotiva carga de abatimiento, quizás cansado de tanta paciencia—. Me preguntabas si conocía el destino de las aguas que pasan frente a nosotros y en buena medida ya he respondido. Pero seré más explícito: sí lo conozco, cada gota, la que se queda humedeciendo las riberas, la extraída para riegos, la que durante tiempo se estanca en embalses esperando ser liberada en pos de campos de secano, la que extraen las condensaciones y las nubes descargan luego en tierras lejanas, cayendo sobre otras cuencas, sobre otros ríos; la que beben animales y la extraída del cauce o acuíferos para los humanos, la que termina absorbida por el océano. Cierto, he de reconocer, que una parte reducida de la que pasa frente a nosotros en este preciso instante. Sé dónde se queda cada una de estas gotas, ésa es mi poderosa memoria, por la misma razón que también controlo dónde se aportan escombros o residuos tóxicos que me enferman y vuelven loco. ¡Ay si pudiera fulminar a cada uno de los que me atacan con semejante saña e ignorancia!, ¡cuánto mejoraría mi vida, cuánto el mundo!   

      —Yo te apoyaré, Duero, en lo que esté en mi mano  —traté de tranquilizarlo al notar que podía darle cualquier cosa, un síncope incluido—. Escuchándote, tengo que dar por bien entendido que conoces las presas construidas en tu largo trayecto de 897 kilómetros y la mucha energía que producen algunas de ellas, la solución que encontró Iberia para resolver parte de sus atrasos seculares. Y también conocerás, claro, la regulación que esos embalses hacen de la cuenca y el freno que ponen a tus desmanes cuando acabas embravecido por deshielos o temporales.

      —Claro que los conozco, ¡al dedillo! A todos y cada uno, y desde luego a los embalses naturales que embellecen mi curso de postal de cine. Soy plenamente consciente de lo que tengo y cuanto me rodea. Por eso, cada año, me aposto aquí para decirle al mundo qué siento y al tiempo para lanzar un grito de socorro, el que ahora te estoy trasladando.

      En sus palabras quise ver estremecimiento y pesadumbre. El río mostraba angustia por su futuro y al tiempo esperanza ilimitada, pues creía que aún podíamos salvarnos yendo de la mano.  

      —No sabes el honor que me das y el favor de la elección, dos ofrendas que ya han comenzado a marcarme. Es por ello que recogiendo el guante me comprometo a escribir lo que buenamente se me ocurra sobre esta conversación y llevar a quien pueda leerme la necesidad de preservar y amar a los ríos, por mucho «…que van a dar en la mar, que es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir…». Eso escribió Jorge Manrique alcanzado por el dolor y resulta que no tenía razón, pues los ríos, según me confiesas, no mueren cuando llegan a la mar sino que retornan fortalecidos hasta su origen, con el propósito de volver a nacer.

      —No sabes, viajero, cómo agradezco tus palabras y el compromiso, que doy por sincero y asumido.

      —Lo prometo, así se hará.

 

15. Alejamiento 

Instantes después de sellar el pacto y sentirnos complacidos, cada cual en lo suyo, charlamos sobre Antonio Machado y Gerardo Diego. No pasaron desapercibidos los cantos de los cuales está el río impregnado: aguas que se han ido, aguas que han vuelto, aguas renacidas con los versos incrustados.

      Lamenté yo que la vida truncada de Antonio en 1939 no le hubiera permitido ver ninguna de las grandes presas que desde 1941 fueron construidas en su camino. Siete han sido en Castilla y ocho al otro lado de la frontera: la inaugural, paradojas de la cercanía, en Cuerda del Pozo, la de mayor superficie y capacidad, tan próxima a su Soria adoptiva.

      Con la visión de esos grandes lagos de larga cola y caprichosos perfiles, habría tenido Antonio Machado una forma distinta de contemplar las aguas, distinta contemplación que las de una laguna encerrada por Negra que se llamara ni verde que el agua tuviera. No llegó a ver ninguno de esos quince grandes remansos que el Duero tiene en el recorrido, ¡qué pena! Tampoco cuanto generan, quizás entonces sus Campos de Castilla habrían sido otros campos menos severos.

      Suerte distinta tuvo Gerardo Diego. Éste pudo verlas todas hasta 1987 al quedar la última cerrada dos años antes de su muerte, cerca ya de la desembocadura. Pudo ver las aguas contenidas y pudo pulsar el renacimiento de Castilla y valorar que su Romance al Duero de 1922 había sido superado por otra realidad económica y social, un cauce y unos pueblos despojados del lastre de su miseria, pueblos que ahora sonríen.  

      Sobre alguna cuestión más conversamos. Asuntos intrascendentes o banales, sin relieve para ser considerados en función de los tiempos que el río maneja y su influencia en nuestro camino. Me permití hablarle por encima de la crisis y acabó riendo a carcajadas, un alborozo que le llevó a exclamar tan alto como pudo: «Viajero… ¡qué sabrás de crisis!».

      Aparte de esta anécdota, lo único reseñable de los lances finales, si acaso, la reiteración que hizo en cuanto a sus preocupaciones por el futuro de las aguas. Insistió, pertinaz, en la obligación que tenemos de preservarlas si no queremos destruir cuanto nos rodea y con ello nuestra propia vida. Yo estaba complacido del encuentro, viejos habían quedado los primeros recelos. Él mostró igual agradecimiento y dijo estar ansioso por la llegada del nuevo año para preparar el reto de otro encuentro, que esperaba fructífero, como todos. Poco pude yo enseñarle, bien lo reconozco; sin embargo, mucho recibí a cambio de mis menudencias.

      Sentí un chasquido, quizá una vibración, no sé bien qué. En mi distracción pensé que pudo ser una rama caída chapoteando en el agua mientras buscaba la forma de no quedar en la orilla. Descuidado en ese instante no percibí que el río me llamaba. Reclamaba mi atención para decirme que se despedía. No pude sustraerme a su demanda, era consciente que el tiempo había caducado y sólo quedaba articular la formalidad del acto final.

      —Lo siento, viajero. No puedo seguir contigo, se acabó la hora. He de regresar a la vigilia para que dentro de un año, en este día, pueda encontrar la correa de transmisión que necesito para seguir adelante. Te recuerdo, no lo olvides, que ésta oportunidad sólo es posible una vez en la vida de cada persona. Únicamente espero que como afortunado no olvides los compromisos asumidos porque el recuerdo indeleble de este encuentro ya sé que lo llevas.

      Con la turbación del momento, aunque esperado, se me ocurrió hacer una pregunta que en cuanto la pronuncié ya me pareció estúpida, es posible que graciosa para el río. 

      —¿Y cómo desconectamos?

      —Simplemente, me habré ido. Me hablarás y sin apreciarlo, cuando menos lo esperes, dejarás de tener respuesta: en ése preciso momento me habré ido. Se habrá ido mi voz, mas quedarán las aguas para que sigas escuchándome y para que yo, en susurros inaudibles siga comunicando que continúo vivo. Lo mismo que en primavera llegarán de África golondrinas, vencejos y aviones aunque sus últimos trinos siguen estando con nosotros desde que a principios de otoño se fueron —dijo con aire de nostalgia, dejando en el ambiente un halo enigmático.

      —Ya siento añoranza de tu voz, Duero. Incluso antes de haberte ido —acerté a decir a modo de acercamiento a ese final dialogado—. De acuerdo que hayamos de separarnos ahora, parte del pacto formaba, pero me gustaría citarme de nuevo contigo aunque no sea en estas orillas.

      —Encantado, viajero, a tus pies quedo… —interrumpió el río.

      —Me gustaría hacerlo, por ejemplo, en el bello cauce de los arribes, para más tarde navegarte hasta Oporto si pudiera y contemplar cómo las riberas de viñedos, dulces vinos, bajan a besarte la frente y a calmar su sed. ¿Qué opinas y en qué fechas?

      —…

      —Te preguntaba, Duero, si te parece buena idea, si sugieres otras mejores y cuáles las fechas para encontrarme con tu mejor presencia —insistí.

      —… 

      —¡Duero, Duero!… —grité en la desesperanza de saber que aquel encuentro estaba cerrado bajo el silencio de lo imposible.

      Se había ido. Anunciado lo tuve, aunque también es probable que espantado de tener que responder a preguntas sin sentido. ¿Dónde volver a encontrarse con el Duero?, ¿en qué fechas? Interrogantes innecesarios porque cada cual siente a la naturaleza según su visión de la vida, sensibilidad, compañía, gustos y estados de ánimo. Así es que a encontrarse con ella se va en cualquier momento y en cualquier lugar, llámese Ganges, Nilo, Amazonas, Missisipi, Murray o Duero.  

      —¡Duero, Duero!… —seguía llamando, atolondrado.

      —… 

Y el Duero no respondía.

      Era una tarde de diciembre y aturdido me levanté de un banco de La Arboleda. El Sol se había desprendido del firmamento, ya no estaba, tampoco los tornasoles de grana. Con la noche echada encima, la oscuridad del parque acechaba. Luces mortecinas desperdigadas dejaban alargadas sombras; el agua se había tornado oscura, crestas blancas denunciaban su presencia efímera… Allí seguía el río, guardando misterios inaccesibles.

      Puesto en pie miré al frente y observé cómo las murallas se habían iluminado. El sol de soslayo, antes de trasponerse, las tiñó de colores que fueron rebajándose de intensidad hasta dejarlas en penumbra. Ahora renacen a la luz de sodio y lucen con encanto, llamando a la serenidad, hay quietud en torno a esta estampa huida hacia el pasado. El palacio luce mejor que a la luz del día, quizás porque todos los gatos son pardos bajo los claroscuros; San Miguel florece alcanzado de la gloria y poder que tuvo, igual que San Vicente; el caserío detrás de las murallas parece que está dormido, pidiendo que la noche que acaba de iniciarse concluya para ahuyentar a pájaros de mal agüero.

      Comencé a caminar de regreso al calor de la otra vida. De vez en cuando miraba a la derecha, hacia el río: oscuridad y sombras me alcanzaban. La hojarasca se alborotaba, ululó una lechuza escondida, rugió una motocicleta subiendo por la Ronda de Osma y en torno a La Arboleda comenzó a caer una espesa bruma naciente desde aguas abajo del río. Enseguida la muralla comenzó a difuminarse envuelta en un caldo lácteo dispuesto a tragárselo todo a pasos agigantados.

      Aceleré el ritmo impulsado por extrañas llamadas. El frío me había encogido y entonces las hojas muertas revolotearon tras de mí, diciéndome que eran alfombra y manto para protegerme de ése frío. No quise hacerles caso. Las brumas también me perseguían, hacia el norte iban para encontrarse con las que bajaban y cerrar con su abrazo a Almazán, preparándose para otra centellada.      

      Sonaron siete campanadas en el reloj de la torre gótica de la Puerta de la Villa. El manto blanquecino silenció su tañido y llegaron hasta mí desvanecidas, tratando de esconderse, yéndose a dormir sin hacer ruido. Hacia la torre caminaba, fortalecido el espíritu, agrandado el corazón, henchido de energía y aceleradas las pulsaciones al recordar el encuentro excepcional tenido con el río. Sueño o realidad, yo lo viví como tal. Miré hacía él por última vez antes de alcanzar el puente viejo y la Ermita de Jesús Nazareno. Bajo el influjo de ese luminoso recuerdo quise escuchar, perdiéndose el eco lanzado a los pies de Urbión: «…hasta la Laguna Negra,/ agua transparente y muda/ que enorme muro de piedra,/ donde los buitres anidan/ y el eco duerme rodea;/…»

      —¡Viajeroooo!…

      —¡Duero, Dueroooo!   

    

 

 

7.- Andalucía amarga 

 

A ti, lector de otra época, me dirijo:

      Acepta el sentido lirismo de esta evocación. Acéptalo como un tributo fuera de su tiempo a cuantos andaluces soñaron y lucharon persiguiendo justicia y libertad. Allá donde sus espíritus se encuentren, vaya este recuerdo y un palpitante anhelo para que algún día, almas errantes, vean cumplido cuanto no pudieron conseguir. Y puestos a pedir, acoge este ofrecimiento a la tierra por donde ahora mismo comenzarán a correr las palabras, al pie de la serranía de Cazorla. Y entre ella y el Guadalquivir, los frondosos campos de olivos que alumbran los llanos de Baeza y los cerros de Úbeda, hasta perderse en la infinitud.

 

Canto al olivo verde

 

Olivo verde, aceituna amarga,

sombra negra de España.

Cuánto tiempo viéndote nacer,

cuánto sufriendo.

Viejo olivo, vieja sombra,

campos verdes, tristes y amargos.

No cantes, cigarra, en el olivo verde.

Vete o morirás cantando, compañera,

al amparo de su amarga sombra.

Hombre que labras haciendas,

faena de frutos escasos e infortunios,

surcos profundos en el sendero de la vida,

exhala sudor y sufre sin desaliento,

limpia de maleza la tierra,

la fértil tierra que da vida al olivo verde.

Y el olivo, cada día fortaleciéndose,

germinará liberado y agradecido

para concluir dando su fruto:

pan exiguo, su vida misma,

y el supremo afán de morir cada día, poco a poco,

para renacer sabio con nuevos bríos cada nuevo año.

Viejo olivo de oscuras sombras,

retoña y álzate a cielo y viento;

levanta las alas verdes, contempla tu historia

y deja madurar la aceituna amarga:

hombres, mujeres y niños, resueltos y ateridos,

abaten hojas y fruto rezumando sangre.

Olivo verde, aceituna amarga,

cobija a los hombres que te surcan,

espesura de eterna sombra, no ya negra sino verde.

Y dile a la tierra que siga siendo,

como siempre fue, señora y madre,

eterna y vieja compañera de amor y sustento.

No cantes, cigarra, en el olivo verde,

no despiertes al hombre que duerme bajo su sombra,

guardián paciente de su aceituna amarga.

Verde, verde; olivo verde, duerme, duerme…

Viejo olivo, vieja sombra;

desgraciada mancha verde,

nube de humillaciones en tierras de España,

ataduras amargas, sudor y saña.

Verde, verde; olivo verde…

Duerme, duerme,

que luego llegarán los hombres para abrazar tu sueño…

  

A ti, lector de otra época, me dirijo y te digo:

      Piensa que algún día, en un amanecer cualquiera de sombras y agonía, Andalucía se levantará del letargo, despertará su silencio oprimido y pisando con severa firmeza la tierra luchará por ella con supremo esfuerzo. Y ese día, España, Andalucía habrá encontrado su esencia, su raíz, su propia estima y la consideración que siempre debieron merecer sus hombres, hoy perdidos y abandonados a su señorío lejos de la propia tierra en un destierro impagable…

      …Y ese día España habrá encontrado la justicia tanto tiempo dormida.

   

Un paño de lágrimas es Andalucía,

paño agrio de sudores y desencantos.

Bandera enarbolada al viento,

verde y blanca, olivares en flor.

Andalucía, noble bandera y nobles sentimientos,

bañada amaneces de perlado rocío

después de haber dormido,

dormido entre pinares, olivos, espigas, amapolas y cardos.

Crisol de luces a partir del alba,

luz cegadora jugando a descubrir sonrojos;

los hombres siguen buscando,

buscando destino y justicia sin hallar lo uno ni lo otro…

Ni lo uno ni lo otro, sólo sofocantes cansancios.

Va el sol poniéndose, cauto;

lomas adornándose de carmesí,

luceros temblorosos asomando en la inmensidad.

Y el día, capitulando, se desvanece.

No así el ansia de los hombres, alerta siempre.

Acá un desaliento, allí un gemido, más allá un llanto.

Comienza la noche a dormirse,

surgen desasosiegos lacerantes,

los hombres, enfebrecidos junto a la lumbre, claman: ¡Madre!, ¿hasta cuando?

Penas,

¡cuántas penas pasean frente a los sueños andaluces!

 

8.- Vuelo imaginario

 

Vuela a capricho conforme soplan los vientos.

Ave precursora de libertades y alientos,

sueños imposibles, sueños de libertad; 

alas blancas aleteando urgencias,

alas negras sometiendo a cautividad.

 

Intangible, la miro sin premura.

Sigo sus movimientos y en mi perfecta soledad,

vieja compañera de andanzas y locuras,

contemplo envuelto en plúmbeos recuerdos,

cómo juega conmigo mientras viajo perdido entre ausencias.

 

Desde su atalaya inalcanzable huye de presencias.

Quimérica e indestructible sombra,

alas blancas extendidas al viento, alas negras plegándose

mientras describen círculos concéntricos.

Ensoñaciones inabarcables, prisioneras empujando,

sobre la mies alza el vuelo una alondra, escapando.    

  

Los círculos tienen su epicentro,

aréola donde se viene a calmar sed y ansias,

ansia de amor y sed eterna, no hay  fruto más hermoso.

Deja de volar un instante, sombra. Serénate, duerme, 

pero antes despiértame de este sueño tormentoso.

Levanta el vuelo, alondra, y llévame hasta esa delicia

que espera en el mismo centro del Universo.

 

Cumpliste, alocada diosa de la mente, y me serenaste.

Visité aquél universo soñado y sacié sed y ansias.

¡Gracias!

Ahora puedes volar ajena a todo desaliento, 

aquí me hallo, tendido sobre la tierra y a tu amparo,

sometido a precipicios y fantasías sin cuento,

soñando de nuevo, soñando que estoy despierto. 

 

Entre evanescencias que vienen y van,

enajenado y sin razón me encuentro,

sin dejar de observarte aun sin verte.

Vuela la imaginación sin límites en su camino incierto,

cabalgo prendido a ella y galopan los sueños,

extendidos los brazos, la mirada despierta, el corazón abierto.

 

Busco un lugar allá lejos, en el horizonte sin nombre.

Nada resulta conocido, ni siquiera amable;

territorios oscuros a primera vista, miedos y desaliento.

Afanado sigo buscando hasta límites inaccesibles,

mas sólo hallo vagas presencias,

imágenes confusas que vienen a recordar aquellas ausencias.

  

Abro los ojos, acaricio la arena cálida y dorada.

Hay murmullo de olas acercándose,

gente desconocida y ruidosa, riéndose.

Nubes blancas de jirones caprichosos se desvanecen,

cielo y tierra van fundiéndose.

No hay vuelo imaginario al alcance,

un sueño como tantos otros sueños imposibles.

¡Despierto!

 

Sólo el viento juega ahora a ser mensajero de libertades.

Y a su invisible presencia me abrazo,

asidero y cobijo a la búsqueda de otros hallazgos.

Conozco su existencia y me afano en encontrarla,

así la vida resulte eterna. Quiero amarla.

 

Porque existe el ave blanca surgida del epicentro,

aquella que aletea sin urgencias;

juro, por más que sueñe y la fatiga me enloquezca,

haberla tenido junto a mí, radiante, complaciente.

Sí, allí donde se arremolinan y yacen los sueños,

allí donde la sed y el ansia son vida, son fuente.

 

Acaricio la arena dorada,

frágil levedad que desperdiga el viento.

El sol la irisa, débiles montículos sobre la breve hondonada,

nuevas formas, espacios nuevos buscando asiento.

Como el amor cuando se torna caprichoso y huidizo,

la vida haciéndose fuerte, abrazándose,

luchando desde la fragilidad para salir airosa.

  

Juega la mano a oprimir la arena,

puño prensado de fortalezas.

Aprieto la masa informe,

se abraza la arena tratando de protegerse,

mas termina escurriéndose buscando su libertad.

No quiere ataduras, quiere librarse del asfixiante abrazo

y sin límites rodar abrazada al viento.

Y tomada por las olas, mecerse.

 

Sin remedio se escurre la arena entre dedos envolventes.

Inútil resulta todo intento de confinarla,

no habrá mano poderosa capaz de doblegar su fuerza,

acabará fluyendo, dejando testimonio de presencia.  

De igual modo la vida se desliza de nosotros,

cada día, en cada momento, sin que podamos sujetarla.

 

Escapando de tiranías, busca la arena libertad.

Busca libertad la vida, dejando huellas indelebles,

tránsitos indestructibles, amaneceres radiantes,

aplicados constructores, cada día, de nuestro destino.

¿Quién se atreverá a impedir semejante logro?

Loco aquel que lo intente, perturbado desatino,

destruido quedará por la fuerza de esa libertad.

  

No hay arena al alcance, regresa el vuelo imaginario.

Envuelto me veo entre velos multicolores,

las alas baten el viento, parece que estoy soñando

mientras asciendo hacia un manto de nubes blancas.

No hay duda, sueño.

Y en mi sueño acierto a distinguir cómo se amplían los círculos,   circunferencias perfectas alejándome del núcleo,

sitio de ensueño donde siempre concluyen fantasías y zozobras,

donde se apaga la sed y el ansia, aréola de la vida,

donde están los pechos abiertos para desterrar las sombras.      

¡Dormido!…, dormido…, dormido…

 

 

9.- Carta de Amor…

 

La alargada sombra de tu ausencia ha enloquecido mi vida desde el momento en que te fuiste. No puedo pensar, no puedo dormir; ni siquiera puedo soñar, tanta locura tengo. Estoy cautivo de tus recuerdos y en mi desesperanza pesa una losa, tortura e incertidumbre, porque desconozco hasta cuándo estarás fuera de mi presencia.

      Extraño tu alejamiento, no puedes imaginar hasta dónde. Estoy perdido en un mundo ignoto que me aplasta, de proporciones soberbias y suplicios insufribles, puro desaliento. Ahora que no estás, según avanzan los días, compruebo cómo la forzada soledad va minando el quebrado espíritu en pos de destruirlo, por entero e incompasible. No parece que vengas a socorrerme, más bien siento que sólo recordándote tendré alguna posibilidad de recuperar cordura y aliento. Y a ese resquicio habré de aferrarme si quiero sobrevivir a esta demoledora ausencia.

      Recuerdo haberte escuchado decir que el amor, en su andar cotidiano, viene a consolidarse después de soportar sinsabores, roces y distancias. También recuerdo cómo me negué, incrédulo, a aceptar tu marcha por tiempo impreciso, un desatino, un caprichoso impulso de resultados imprevisibles. Al menos para mí, sometido al dolor de tan hiriente soledad. Dijiste además, con precisa cordura lo retengo, que debíamos calibrar si estábamos ante una pasión temporal o ante el sólido cimiento desde donde habrían de surgir pilares capaces de soportar un templo indestructible, donde el amor sin fisuras, por encima de todo poder y controversia, tuviera cobijo eterno.

      Eso dijiste para convencerme. Yo, negándome con insistencia, respondí que no precisábamos de nuevas pruebas ni de ir al encuentro de resquicios para sellarlos, que nuestro amor y sus columnas ya estaban cimentadas sobre profundas rocas de abatimiento imposible. ¿Qué necesidad había de separarnos, qué detrás de esa experiencia innecesaria? Y aún sigo creyéndolo a pesar de esta prolongada deserción a la que me tienes sometido.  

      No fue suficiente y ahí nació mi desgraciado tránsito, fruto del cual germina esta carta para recordarte que sigo amándote. Después de someterme sin descanso al dictado tiránico de los recuerdos, me pregunto con insistencia, al borde de coger el flagelo para aplicarme mayor tormento: ¿qué me faltó decirte entonces para retenerte?

      Insististe en seguir adelante con argumentos sin sustento. Algunos fueron desoladores por su desgarrada crueldad aunque envueltos en amables palabras y encantadoras promesas apuntando a un futuro de ensueño. Anonadado, ofuscado y perdido en el marasmo de cuanto escuchaba, ahora reparo en el alcance de aquellos mensajes cargados de intenciones que entonces no supe entrever. Cegado por la trascendencia de tan insólita propuesta y confundido por tus dulces encantos, no fui capaz de presentar alternativas que condujeran a neutralizar con mayor fervor y argumentos tu tesis. Acepté con imperdonable cobardía que estabas resuelta, de un modo u otro, a dejar que la vida nos desuniera un tiempo para probar hasta qué punto estábamos cimentados de fortalezas.

      Así fue como hube de someterme a esta prueba dolorosa. Iluso, traté de vislumbrar que bien podíamos afrontarla si, como esperaba, surgía el último resplandor, la última luz capaz de cerrar el camino a ése viaje incierto donde podía concluir un amor hasta entonces estrella incapaz de agotarse. A ello me aferré cual siervo obligado a cumplir sin desaliento, mas no hubo suerte. El definitivo ensayo para certificar que habiendo alcanzado la quintaesencia de ser tú y yo la misma cosa echó a andar. Nada podría desunirnos, tan lejos estaba cualquier desencanto.

      Ambos creíamos entonces que el idílico templo de amor bien podía estar ya concluido y dispuesto a cobijarnos hasta más allá de la vida, hasta la misma eternidad. Comenzado a construirse a partir del instante en que enfrentamos nuestras miradas, nada le faltaba para certificar su solidez. Al menos así lo veía yo, con la ciega fe de quien no puede sustraerse a la poderosa cadena que le ata. Sin embargo, con el propósito de refrendar la inexistencia de fisuras en el templo que era nuestro amor, te exigiste ese último y revelador ensayo. Todavía no sé bien para qué, aunque curtido en la espera intuyo a destiempo la perversión y oscuridad que lo encubría y el efecto desencadenado. Quisiera estar equivocado, esa es mi esperanza, no anhelo otra meta.

      Sobre sus consecuencias, no hay día en que no torture mi espíritu. Me pregunto cómo fue posible que me dejara llevar por aquella inconsistencia, por una seducción que, mirándola con la perspectiva del tiempo, destilaba artificio. No supe verlo y me arrepiento de haberme aquietado, de haber caído con prontitud en el velo tejido y en sus débiles argumentos, de no haber defendido el amor que profesaba. Sí, no hay día en que no recuerde de qué infame manera no supe defender nuestro amor, sus cimientos y fortalezas.

      Me faltó apasionamiento para defenderlo. Había argumentos sobrados donde sustentar esa defensa, y me sobró confianza creyendo que tus palabras eran lo que decían y no lo que ocultaban. Ahora mismo, trasladándome al momento de entonces, pienso qué pudiste pensar de mi frágil tutela para derribar tu proyecto y defender que la solidez de aquel amor era tan irrefutable como inútil cualquier necesidad de ponerlo a prueba.

      Dime, ¿acaso aquella fragilidad argumental que ahora examino buscando resquicios, dio pie a pensar que la fortaleza y sus cimientos estaban resquebrajados? No puedes imaginar cómo aguijonea mi ser entero el hecho de que nuestra situación pueda tener correspondencia con esa posibilidad, que sea la causa única de este desenlace. Si fuera así no podré perdonarme jamás, pues imperdonable sería perder el amor más sincero e intenso que pueda vivirse por no haberlo defendido de avatares y propuestas disparatadas.

      Desolado y carcomido estoy con esa posibilidad. También infectado de tinieblas culposas que atenazan el aliento y destruyen la memoria, poco a poco, justamente lo último que deseo perder porque los recuerdos siguen siendo el asidero donde todavía me apoyo.

      Así las cosas, así mis quebrantos, forzado estoy a pedirte que me liberes cuanto antes de esta insoportable carga y me saques de dudas. Dime, con la sinceridad propia de quien poco ha de perder en la respuesta, si tu marcha de entonces y tu ausencia de ahora tienen correlación con este tormento; dime si nada tiene que ver con ello, que todo ha sido culpa del destino o de un momentáneo desconcierto. Y yo, sin otros reproches, lo agradeceré con igual sinceridad porque podré recuperar mi equilibrio y estima, sea cual sea el sentido de tu respuesta. 

Hoy se cumplen ciento sesenta y ocho días desde nuestra separación. Bien contados los tengo. Fue un domingo de mayo, soleado y luminoso, quizá lo recuerdes. Yo no he podido olvidarlo, siquiera un instante. El momento, al atardecer, contemplando cómo declinaba el sol sentados bajo el roble de la colina, el cobijo de tantos días, el poderoso tronco que sigue exhibiendo nuestros nombres después de herirlo, el lugar donde tantas promesas nos hicimos, donde tantos proyectos dibujamos a la espera de verlos cumplidos.

     Fue un domingo de mayo, sí, y el río bajo el valle a nuestros pies corría con urgencias cargado de aguas turbias. El sol no había dejado de lucir y ahora iba a perderse en el horizonte de las montañas lejanas, una enorme bola encarnada que sonrojaba nuestras caras al tiempo que nos deslumbraba dejando envueltas las pupilas en un mundo de chiribitas multicolor. Allí mismo, en otras ocasiones, tuvimos la oportunidad de abrazarnos, de amarnos emboscados en la yerba y de fundirnos. Nuestro refugio, un nido donde cada trenza era el soporte donde se estaba construyendo el futuro y la certeza de que juntos íbamos a alcanzarlo. Eso parecía, nada presagiaba que fuera a ser de otra manera, al menos que yo hubiera intuido mínimamente. 

   Pero ese domingo de mayo surgieron de improviso tus inquietantes propuestas encaminadas a una separación que habría de fortalecer nuestros lazos. En aquellos instantes la luz enhebraba su declinar en el horizonte lejano, abriendo otras fronteras. Estabas muy serena, extraña y extremadamente serena y firme en las motivaciones, algo que con seguridad, conociéndote, habías madurado y ensayado durante tiempo, tejiendo argumentos, sin dejar una sola palabra a la deriva o la duda.

   Yo te oía observando entre perplejo e incrédulo. Nada entendía, las chiribitas acentuándose, desconcertadas. Observaste mi rostro acumulando gestos de extrañeza, comprobaste la dubitación e incluso la torpeza con que comencé a articular mis primeras palabras, agitado por aquel torbellino de ventajas en que envolvías tus propuestas. Cuantas defensas hice de nuestro amor y su fortaleza tuvieron inmediata réplica, nada había en el cuestionario que antes no hubiera sido previsto por tus medidas réplicas.

      Un argumento tras otro fue rebatido. Todo estaba encaminado a aceptar la iluminación de tu encantamiento. Se trataba de asumir que lo mejor que podía pasarnos para asegurar nuestro amor, el futuro y la felicidad que nos esperaba, era darnos un tiempo de ausencias para autenticar que esto iba a ser así, que nuestro mundo iba a agrandarse. Tras no pocas y acaloradas argumentaciones que recuerdo haber hecho defendiendo la inconsistencia de la separación que proponías, acabé aceptando que aquella batalla la tenía perdida dada tu resolución y la ausencia de alternativas que no pasaran por ese trance.

      Lo recuerdo bien. Dije: «Lo acepto, sea, pero sea un tiempo máximo que concluya con el final de agosto, tres largos meses para mí convertidos desde ahora en eternidad». Tu respuesta fue abrazarme y sonreír con aquella sonrisa luminosa que no consigo borrar, de la que siempre estuve enamorado, de la que sigo perdidamente enamorado y poseído, sombra alargada que me persigue allá donde me halle.

      Cuando del sol no quedaba sino un tenue fulgor y las estrellas ya parpadeaban, nos levantamos después de sellar nuestro pacto y sus condiciones. Ya en pie, mirando el rescoldo aún escondido tras las montañas de Poniente, nos besamos por última vez y por última vez estuvimos abrazados durante un tiempo prolongado e impreciso.

      Sentíamos cómo palpitaban nuestros corazones sabiendo que se enfrentaban a un recorrido incierto. Yo al menos poseía la seguridad, así quería sentirlo, de que la prueba era posible acometerla con éxito por la confianza que te guardaba, por el amor que nos profesábamos. Después de todo, buscando porciones de tranquilidad, yo mismo me replicaba diciéndome que la espera de tres meses que teníamos por delante pasaría en un soplo y lograríamos con ella el refrendo de un amor a partir de entonces invencible. Sólo esperaba que esta travesía no escondiera ninguna artimaña ni trajera sorpresas de las que arrepentirse.

      Aquella noche, ahora te lo digo, no pude dormir, el comienzo de largas vigilias. El eco de tus palabras, sin excepción, se agolpaba en cada molécula de mi cuerpo, al borde de colapsarlo. Llegaban las imágenes, también acumulándose, y no era capaz de procesarlas para que el guión tuviera mínima coherencia. Unas y otras, empujando y amalgamándose en su propio tormento, iban y venían, recurrentes, para concluir diciéndome siempre lo mismo: «Te has equivocado, debiste defender mejor tu amor, negarte a aceptar test de pruebas sin sentido, donde el amor que pretende robustecerse puede terminar quebrado, como está ocurriendo».

      Las pulsaciones de aquel martillo hiriéndome en lo más profundo no pude soportarlas. Sobremanera cuando comencé a darme cuenta del callejón oscuro donde me había metido. Surgió entonces mayor desasosiego, si cabía. Fue un aldabonazo punzante que me llevó a entrever, desolado, que podía estar ante una acción sibilina, una trama urdida para separar nuestras vidas sin necesidad de enfrentarse con decencia y valentía al desgarro de una separación, esperando que la aceptación de hechos consumados y el tiempo difuminaran el último recuerdo de nuestro amor.

      No pude más y hube de levantarme, absorbido por el trasiego y abrumado por el dolor lacerante de mis propias dudas. Acabé postrado bajo el roble centenario que pocas horas antes nos cobijaba, probablemente el acto reflejo necesario para ensoñar tu presencia y al tiempo dejar sentada la crueldad de tu ausencia. No sé hasta cuando estuve allí, al menos varias horas porque el alba comenzó a insinuarse cuando el frío me atenazaba. Después de ser atropellado en oleadas por el aluvión de certezas y dudas que fueron asaltándome, concluí en que no habría de forzar el acuerdo alcanzado, que la suerte estaba echada y el resultado en agosto se vería. Varias veces me dije que todo iría bien, otras tantas lo contrario: dudas razonables, certezas presumidas, una envolvente sin solución pero capaz de llevarme a la extenuación y a la locura.

 Pasaron los meses, bien lo sabes. Nos hemos visto, hemos hablado, ¿cómo ignorar en un soplo nuestra propia historia? Es verdad que fueron conversaciones tangenciales, de cortesía rayando en lo huidizo, sin atrevimiento para indagar más allá de la prudencia, y con ello respetar nuestro pacto de aislamiento a fin de que el resultado del test estuviera libre de toda contaminación. Para hacerlo más fuerte e inquebrantable.

      Las separaciones que venían luego de esos encuentros, los instantes en que dejaba de oírte o verte, eran insufribles. En cada uno de ellos me alcanzaba el mismo conflicto de nuestro último día y la noche que siguió bajo el roble, llamando la atención sobre el absurdo pacto y la tolerancia que tuve ante el mismo. A base de tanto tormento acabé acomodándome al estado de levedad en que me hallaba, entreteniéndome en contar no los días sino las centésimas de segundo que faltaban hasta el instante en que abriéramos el sobre con el resultado de la prueba.

      Yo, con independencia de las dudas que me asaltaban como necesidad vital de autodefensa, albergué esta confianza: el experimento concluiría con traca y voladores. Sería, después de todo, una forma explosiva de celebrar que la dichosa prueba la habíamos superado y que, ahora sí, no habría cataclismo que pudiera romper nuestro templo de amor. ¿Cómo aceptar que las cosas fueran de otra manera?   

      Luego fue cuando me llamaste. Casi al tiempo en que expiraba el plazo pactado. Escueta en explicaciones, incluso sumaria para mayor desconcierto y contraria a tu forma de conducirte, escuché tus medidas palabras anunciando la firme decisión, irrevocable, que habías tomado.

      Recordarás que apenas pude replicar. Enseguida enlazaste expresando que necesitabas ir en busca de tiempo añadido y en todos los sentidos lejos de mi lado, para evitar siquiera un contacto casual. En pocas palabras viniste a decir que desaparecías de mi vida y que era inútil cualquier pretensión de corregir la decisión tomada. Así que para eludir sufrimientos, mejor aceptarlo evitando nuevas heridas. Tenías tus razones, dijiste, pero no explicaste cuáles. Te ibas de mi lado, incumplías el compromiso pactado, cerrabas el paso a nuestra historia de amor y apelabas a mi comprensión, lo cual resultó chocante, hiriente y desconcertante.

      Se cortó la comunicación. Un segundo antes, casi imperceptible, te escuché decir «adiós». Luego se hizo el silencio, accedió a mí el vacío y sólo atiné a escuchar cómo se agolpaban los latidos de mi corazón en el pecho y la presión arterial brotando en cada una de mis venas, a punto de reventar.

      Eso fue todo. Escueto pero preciso, sin lugar a duda sobre cómo quedaba la situación y nuestras relaciones. Definitivamente rotas y sin necesidad de explicar lo que a todas luces era evidente. No pude ver si por tus mejillas resbalaba alguna lágrima, si tus ojos nadaban en tristeza, si había zozobra, pena o remordimiento en tu presencia; sólo pude oírte y escuchar aquel «adiós», aun en su levedad, como el desplome de una losa enorme cayendo sobre mis convicciones, cayendo sobre mi vida de repente.

      No te ocultaré que después de rehacerme te maldije y maldije, una vez más, el momento en que acepté el macabro juego a que me condujiste abusando de la confianza que te guardaba y el candor surgido al amparo de esa confianza.

      Hasta entonces había estado sometido a la duda sobre cuáles podían ser tus intenciones ocultas o tus incertidumbres relacionadas con nuestra vida en común. Con tu llamada viniste a certificar la sospecha de que detrás de nuestro amor había necesidad de otro amor o de otros aportes. Pensándolo así, nada me enfurecía más entonces que especular sobre la posibilidad de  que la propuesta hubiera sido pergeñada a medias con el recambio, cuestión que enardecía todo mi ser.  

      Después de maldecirte gritando tu nombre al viento, ofendido, acabé serenándome. Terminé por aceptar que en aquellos convulsos instantes y los que siguieron no cabía sino meditar en torno a lo sobrevenido. En primer lugar, me dije, debía recuperar la dignidad, instante a partir del cual podría encontrar respuestas que en esos momentos, bien por ofuscación o bien por ingenuidad me huían. Me lo propuse y creo haberlo conseguido, pues no eché a correr en pos tuyo para pedir cuentas de nada, ¡y mira que fervor no me faltaba!

      Concluí en que la solución, al menos hasta mejor reflexión, pasaba por dejarte recorrido. El mismo que yo había de aplicarme para dimensionar qué había sucedido, porqué y cómo afrontar una posible recuperación de nuestras vidas en común, si es que definitivamente algún rescoldo quedaba. Ya se vería.                  

      Con tu llamada de despedida, mentiría si dijera lo contrario, se abrieron cielo y tierra en perfecta sincronía. Hubo tormentas de violencia desconocida, grietas tragándose un mundo de fábula construido en torno a dos enamorados que venían prometiéndose felicidad y amor eterno para hacerse dueños del futuro. Quise entender de inmediato que aquel templo donde estaba cimentado nuestro amor, creía yo que fuertemente anclado, se había resquebrajado hasta el punto de venirse abajo por completo.

      La deducción extraída del quebradero, concluyó en admitir el cataclismo, en aceptar los hechos tal como ocurrieron, sin endulzamientos ni velos. No hubo techo, cornisa, cartabón, viga, capitel, friso, columna o paramento que no se desmoronara, ruinas amontonadas sobre unos cimientos cuyo estado era desconocido por inaccesible.

      ¿Aquellos cimientos, también se habían desplomado al abismo? Sin proponérmelo, cauteloso, albergué un halo de luz en la idea absurda del clavo ardiendo. Me pregunté si más adelante sería posible escarbar y encontrar en las entrañas del amasijo de desechos en que se había convertido nuestro amor, un rescoldo que hiciera posible su reconstrucción. Siempre, claro, que los cimientos ahora ocultos por la hecatombe mantuvieran la fortaleza necesaria para que el nuevo templo se alzara sin más opción que quedarse incólume aunque volvieran a abrirse cielo y tierra.       

Durante las últimas semanas he dudado si debía continuar escribiendo esta carta. La decisión ha sido proseguirla y complementarla para darle destino, para insuflarle vida, para que alcance su derecho a ver la luz y para que pueda traerte de nuevo hacia mí. El destino eres tú y hoy es nueve de noviembre, no precisamente fruto de la casualidad. No te mandaré un ramito de violetas en este día, te mando esta «Carta de Amor… y una Canción» para recordar que aún sigo aquí, amándote en silencio después de haber superado la dignidad pero sin poder olvidarte.

      No sé mucho de ti aunque sé dónde estás. Te pregunto: ¿cómo estás? Por mi parte, y después de cuanto expreso, deja que ahora te recuerde, al menos ese poder y ese derecho tengo, y no quiero perderme el placer que acabaré teniendo.

      Quedé deslumbrado en cuanto alcancé a verte llegar desde la distancia. No puedo olvidarlo. Se acercó hasta mí un escalofrío de gozo, el cuerpo entero en guardia y el azoramiento propiciado por una diosa. Eso me pareciste en el primer instante: eras un faro, luminoso, radiante, una escarpada montaña a la que debía ascender con penuria para alcanzar tu presencia. Hoy, después de años, sigo viéndote con la misma influencia, hasta ese punto has germinado en mi vida. Por eso me resisto a perderte. De ahí esta carta.

      Recuerdo nuestros muchos proyectos y el trabajoso esfuerzo que pusimos para lograrlos. Creíamos con firmeza absoluta que era posible recorrer todos los caminos juntos, aun sabiendo de altibajos y acechanzas que vendrían a acosarnos. Con la convivencia nos pusimos a construir el templo, poco a poco, comenzando por sólidos cimientos que hicieran posible levantar pilares, paramentos y cubiertas; más tarde llegarían los ornamentos a modo de broche.

      Había en nuestros pasos una consigna grabada en aquella construcción que estábamos levantando: fidelidad, franqueza y amor indisoluble. Se trataba de una meta irrenunciable, un camino, el destino, un destello hacia el futuro. Lo sabíamos, lo cumplíamos con la emoción propia de quien afronta el reto de su vida y éramos felices.

      ¿Éramos realmente felices? Hablaré por mí y diré sin dudarlo que sí, sin ninguna dubitación. Me llenaba tu presencia y nuestros ensueños, te quería con intensidad a prueba de cualquier impacto, te amaba con efusión desbordada, gozaba de tu cuerpo, sentía tus temblores de placeres desbordados acoplándose a los míos, nuestras manos acariciándose a través de recorridos imposibles, la geografía entera, un manto de pasión cayendo sobre la sensualidad; besos, jadeos, alborotos, los ojos mirándose para transportar la esencia del momento al paraíso, palabras irrepetibles. Después el remanso hacia la plena felicidad.

      Sí, yo era feliz; inmensamente feliz y te amaba con locura, la misma que ahora siento.

      Luego te fuiste de aquella manera en que te fuiste. Mejor no recordarla. Yo no he podido dejar de amarte, juro que ni un sólo día de los ciento sesenta y ocho transcurridos desde entonces. Mi recuerdo y amor hacia ti es irrefrenable, estoy cautivo de ambos y aunque intente zafarme del lazo, que lo he intentado, vuelvo siempre al principio.

      Estoy atrapado en un laberinto cuyos caminos, después de andarlos y desandarlos, siempre convergen en el mismo punto, y en ese punto estás tú. O al menos, desde mi hondura, aspiro a que estés tú. Todo el recorrido de ese quebrado laberinto, oscuro en amplios tramos a los cuales me enfrento con la coraza de tu sonrisa, confluye finalmente en un haz luminoso de rayos irisados que a modo de señal de salida abre puertas a la liberación. A veces, creyendo que estaba a punto de abrazarte tras la señal, me encontré cegado por la luz y sin nada a qué asirme caía al abismo que guardaba tras de sí… Y vuelta a empezar, un día, otro día, otro día…

      Así estoy, perdidamente enamorado de ti. Necesitando de ti porque quiero seguir habitándote para que tú habites en mí. No renuncio a perderte, bastante consentí con la absurda prueba de amor. Ya he penado con largueza lo que aquello acarreó, quiero salir del laberinto, quiero abrazarte después de salir del haz de luz.

      No puedo vivir sin ti. Estoy atrapado en tus recuerdos, en tus fragancias, en tu voluptuosidad. Todo me lleva de forma irremisible a exigirme que te busque para rehabilitar juntos el templo destruido por una tormenta pasajera. Y en eso me encuentro afanado, intentando decirte que sigo aquí, que sigo amándote sin medida, que fue ayer el día donde nos separamos bajo el roble cuando mayo estaba próximo a sucumbir, que el tiempo transcurrido no ha existido en realidad, un simple ajuste de física astronómica para recuperar atrasos centenarios, pues ahora ha venido a resultar, según el rescate solicitado por sagaces compatriotas de Hiparco, que los años no tenían los decimales que decían tener sino alguno más.

      En este punto, amor —permítemelo así —, después de confesar vehemencia, miserias y propósitos, debo preguntarte: ¿gozas de libertad para decidir, estás libre de ti, te sientes liberada de mí? Entenderás que no es una pregunta retórica ni surgida del azar. Es un lance directo bifurcado en dos: uno a la cabeza, el otro al corazón. Te estoy pidiendo, ya lo ves, retomar nuestra vida donde la dejamos. Te estoy preguntando si ello es posible, si todavía eres libre para tomar una decisión así, si la quieres, si la deseas siempre que venga cargada de autenticidad. Por mi parte, poco más podré añadir. Decides tú.

      Te estoy pidiendo, en fin, que sobre los escombros de nuestro templo de amor, y de todos sus proyectos en común, iniciemos la reconstrucción. Convencido estoy que los cimientos guardan solidez suficiente para edificar lo que ya estaba e incluso con mayor esplendor, pues de las cenizas siempre se resurge con renovada fortaleza, aquella que da la experiencia para no equivocarse otra vez.

      Esta es la esencia. Probablemente podría explicarse mejor o incluso suprimir la mitad. Podría preguntar y extenderme más allá, podría haber hecho averiguaciones sobre tu estado o animosidad. Es más, podría haberte llamado y hablarlo de viva voz mientras miradas y cuerpos se enfrentaban en sus recuerdos, pero la esencia y motivación seguirían inmutables e intactas. Yo sigo queriéndote hasta el punto de alcanzarme el dolor, valga como símbolo de esa fuerza; la cuestión es: ¿sigues queriéndome tú?   

En este  punto, amor, debo comenzar a poner fin. Para tu tranquilidad emocional, porque no deseo que arrastres ninguna carga de la que yo pueda liberarte, debes saber que desde que nos abrazamos y dijimos adiós no he estado solo. Llegaste a mi vida y nunca me he sentido solo. Tampoco durante esta prolongada espera. Es cierto que he percibido tu ausencia con inmenso dolor y zozobra, que he vivido sin tenerte, pero nunca he estado solo. Desde donde estuvieras ha llegado hasta mí tu presencia para acompañarme, tu recuerdo ha sido la almohada donde pararme a recordar tus esencias, y en cada instante un retazo de nuestras vidas haciéndose presente mientras dejaba huellas nuevas e indelebles.

      No, nunca he estado sólo y sigo sin estarlo aunque te encuentres lejos y desconectada. Debes saber, por si alguna duda queda, que vivo contigo cada instante de mi vida y así quiero seguir haciéndolo. Ese es mi sino, al menos hasta conocer la resolución de esta otra propuesta antagónica de aquella otra, tratando de neutralizarla.

      Quizá te preguntes las razones por las que hago esto. Pensarás incluso que cómo es posible esta llamada de socorro con los menoscabos producidos y los daños emocionales generados por tu abandono. También puedes pensar que no es entendible este sometimiento y la pérdida de dignidad que lleva aparejada cuando fuiste tú la causante del lance. Puedes pensar estas cosas y muchas otras añadidas, y tendrás suficientes razones para sorprenderte. Sin embargo, hay una razón poderosa que responde a cualquier interrogante de esta naturaleza y anula todo raciocinio: porque te quiero, porque no quiero perderte, porque te amo profundamente, sin resquicios; porque mi entrega no tiene límites, porque este es el amor que yo puedo darte.

      Simplemente por esto, ¿acaso es poco?       

Bien, dicho ha quedado y concluyo. No sin antes decirte que pocas personas en el mundo podrán quererte como yo te he querido y como seguiré queriéndote. Nadie habrá en el mundo con semejante entrega y adoración, ¿puedes dudarlo?

      A partir de aquí este futuro queda en tus manos. Sólo falta esperar la respuesta, y en su caso el reencuentro. Mientras tanto, a partir de ahora y cada día al atardecer hasta que concluya noviembre, te esperaré con ansiedad bajo el viejo roble hasta que luzcan las primeras estrellas o se agote el último resplandor en el horizonte. Junto a mí, sobre la yerba, estará aguardándote una rosa roja que simboliza la pasión que sigo teniéndote. 

      Si no llegaras, amor, en el mismo instante en que expire el plazo, prueba de que los cimientos del templo también están descompuestos definitivamente, comenzaré a borrar del tronco nuestros nombres y comenzaré a borrarte de mis recuerdos, de mis recuerdos, de mis recuerdos para siempre.    

                                                           ¡Te quiero!, una vez más.  

A.

 

… y una canción

 

Bajo el viejo roble

(Balada)

 

Bajo el viejo roble nos prometimos amor eterno.

En su tronco están nuestros nombres,

sobre el hondo cimiento de la promesa

construimos un templo de amor y sueños.

Bajo el viejo roble, bajo el viejo roble…

 

Con el tiempo, desgraciada fue la propuesta,

pusimos a prueba amor y sueños.

Y en la separación alcancé locura y tormento,

la locura que me vino de tu ausencia,

el miedo a perderte que ahora lamento.

Bajo el viejo roble, bajo el viejo roble…

 

La alargada sombra de tu ausencia

persigue cada día recuerdos, a tu sonrisa

y a mi cautivo desaliento,

sin que pueda olvidarlo un instante.

Quiero volver a tenerte,

quiero volver a amarte.

Bajo el viejo roble, bajo el viejo roble…

 

 En pie seguía el templo de nuestro amor

cuando te fuiste de mi presencia.

Surgió una hecatombe, abajo se vino el templo

y yo caí en el dolor y la desesperanza.

Bajo el viejo roble, bajo el viejo roble…

 

Fue un domingo de mayo,

el río del valle bajaba turbio y con urgencia.

Serena quisiste fortalecer los lazos,

mi corazón se abrió en pedazos

y me espanté de aquella loca ocurrencia.

Bajo el viejo roble, bajo el viejo roble…

 

No puedo soportar por más tiempo tu distancia,

estoy perdido en un laberinto,

añoro tus besos, añoro tu risa contagiosa,

quiero que vuelvas a mi lado, amor,

porque quiero amarte como a una diosa.

Bajo el viejo roble, bajo el viejo roble…

 

En tus manos queda nuestro futuro,

sobre el amor reconstruiremos el templo.

Esperaré tu llegada bajo el viejo roble

en los atardeceres de noviembre 

hasta que decline el sol,

hasta que las estrellas se enciendan.

Junto a mí estará una rosa aguardándote,

rosa roja de la pasión que sigo teniéndote.

Bajo el viejo roble, bajo el viejo roble.

 

 

10.- Un reloj de pulsera                                                                                                  

 

1.El soñador 

Saúl Ramírez era un muchacho transitando por la tiranía de la adolescencia. Y además con el inconveniente añadido de algunas compañías poco recomendables. Decían de él que apuntaba excelentes maneras, quizás un diamante en bruto con necesidad de tallarse por maestros que supieran ver las aristas donde mejor podían brillar su capacidad y aptitudes.

      Sometido a avatares adversos ajenos a su voluntad, el joven pronto se vio envuelto en imprevistos que acabaron descolocando momentáneamente su vida. Al menos su vida tal y como él la proyectaba a los catorce. A pesar de ello, nunca dejó de interiorizar sugerentes perspectivas de futuro a base de fabular en torno a aspiraciones que acabó cincelando sobre principios muy sólidos. Con tal firmeza que tras el empeño no existía más posibilidad que alcanzar el triunfo.

      A esa temprana edad vino a convencerse que el mundo acabaría rindiéndose a sus pies. No tuvo dudas en cuanto a que estaba llamado a hacer grandes cosas. Sin embargo, aún no sabía cuáles ni cómo: sólo precisaba, y no era poco, perseverar en el empeño y esforzarse con intensidad. No era tampoco ajeno a la importancia de que le alcanzara algo de suerte, esa alianza de la vida tan pródiga como esquiva. Y por encima de todo, no olvidaba que debía alejarse cuanto antes de malas influencias, colegas y proyectos insensatos capaces de llevarlo al precipicio al son de dulces melodías envenenadas.

      Acostumbrado a algunas carencias traídas a su vida, Saúl era un adolescente producto de un tiempo complejo. Desde luego, no distinto a cualquier tiempo pasado ni futuro, aunque él, por estricta proximidad a sus circunstancias, valoraba las propias dificultades intentando convertirlas en eje sobre el cual habrían de girar cuitas, ilusiones y planes de naturaleza múltiple. Tuvo en esa transición el acierto de aceptarlas con naturalidad y quedar a la espera de superarlas con prontitud. Los buenos propósitos, en todo caso, no espantaban la aparición espontánea de lamentos y desvaríos sobrevenidos a causa de fiebres sociales, cuya cura se producía en cuanto reparaba que las quejas eran corrosivas e improductivas, y añadidamente conducían en dirección contraria hacia donde remaban sus proyectos. 

      No eran pocas aquellas dificultades, aunque no extremas. Solía quejarse de infortunios porque esa era la conveniencia que interesaba al momento para justificar actitudes y rebeldías. No obstante, también pensaba entonces que surgiría un tiempo no lejano donde las oportunidades acabarían llegando. Así es que las quejas e inconformismos, a modo de ejercicios prácticos, se convertían en elementos capaces de catapultar hacia el esfuerzo: la necesidad de superar el inconveniente y con ello ponerse en disposición de alcanzar los sueños.

      En este periodo iniciático hacia la vida de adulto, donde todo estaba por descubrir y sentir, tenía un carácter especialmente afable que nunca perdió. Supo apreciarlo y acabó cultivándolo como si se tratara de la mejor enseñanza matemática dada en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. No era menos sugerente la sonrisa franca dibujada en los labios, el generoso atributo facial que acabaría abriéndole muchas puertas en su trayectoria. Podría decirse que el muchacho, sagaz forjador de su futuro, aprendió a labrar su don de gentes para comerse aquel mundo de éxito que había idealizado a partir de sus mejores fantasías.

      Los sueños, y cuantos proyectos de forma natural asociamos a ellos, son muy convenientes a nuestra vida, a nuestra fuerza dinámica y a nuestro propio futuro. Diríase que vitales, de manera que sin tal cualidad de la ensoñación cuando estamos despiertos careceríamos de esencia, seres sumergidos en sombras eternas, estrellas apagándose en el firmamento. Saúl estaba especialmente infundido de interés y dotado de talento para colocarse frente a la luz perenne, sobrada razón para que nunca dejase de soñar. Despierto o dormido, incluso cuando la vida trajo consigo bofetadas capaces de alterar el equilibrio y el compás del tiempo.

      Debido a aquellas adversidades imprevistas, surgidas por designios escritos o a punto de escribirse en algún lugar infranqueable del Universo, tuvo el joven que acometer una situación tan inesperada como perentoria: comenzar a trabajar sin demora y de lo que fuera.

      No se trataba de ningún escenario extraño ni excepcional. Bien se conocía cuál era la realidad porque el mundo siempre ha vivido plagado de incidencias de semejante naturaleza. Y aún más, agravadas por explotaciones miserables que alcanzan a millones de niños apenas sobresaliendo tres palmos sobre el suelo.

      Todavía permanece viva la lacra. Todavía los habitantes de la Tierra seguimos sonrojándonos aunque demasiados, al tiempo, mirando para otro lado mientras se esclaviza para producir a un bajo costo que termina beneficiando nuestros propios intereses. Luego, ante las desgracias que sobrevienen a esa esclavitud vergonzante, creamos organizaciones para socorrer necesidades básicas o nos apresuramos a contribuir con generosas aportaciones encaminadas a remediar tragedias evitables. De este sencillo modo conseguimos liberarnos de toda responsabilidad social, ética y humanitaria, cuando no para construir hirientes alegatos maniqueos que debieran llevarnos derechos al desprecio.

     —¡Pobre gente! —decimos—. ¿Qué sería de ellos si no tuvieran ese trabajo por mísero y esclavizante que resulte?, ¿en qué iban a trabajar, qué iban a comer? ¿No estamos ayudándolos a desarrollarse?   

   En la época donde Saúl Ramírez peregrinaba por la adolescencia, España viajaba perseverante al encuentro de un nuevo destino. Y lo hacía aún alcanzada por flaquezas sobrevenidas del ostracismo político que trajo el fratricidio de una guerra tan cruel como evitable, con demasiadas heridas abiertas decenios después. Las familias de modesta condición eran entonces tropel y en buena medida abocadas a sacrificios para sacar adelante a extensas proles. En condiciones de normalidad, la inquietud básica se centraba en procurarles bienestar y estudios que atestiguaran haber alcanzado alguna de las metas esculpidas a base de perseverancia: el destino final a un recorrido iniciado a partir de un sueño, siempre los sueños abanderando el futuro, el estandarte enarbolado en pos de la prosperidad.

      Desgraciadamente, cuando el ejercicio de malabarismo se quebraba por las muchas razones en que podía hacerlo, se echaba mano de los hijos en edad de trabajar. No había límites, cualquiera a partir del momento en que alcanzaban la capacidad de ponerse de pie y discernir mínimamente. Callados, amoldables y sufridos aun rezongando, los niños siempre han tenido acomodo a algún tipo de explotación, con especial destino a algunos quehaceres y cercenando en buena medida derechos y oportunidades, cuando no, en ocasiones, limitando o destruyendo autoestima e intelectualidad.

      Saúl Ramírez estuvo sometido a ese avatar. Si bien en grado liviano y con acrecida fortaleza física y mental dada su edad y madurez, a él se enfrentó en su ingenuidad aunque sin perder de vista ninguno de los anhelos, su talante y el convencimiento de que con el esfuerzo y sacrificio impuestos a su nuevo estado social se abrían oportunidades hasta entonces desconocidas.

      Comenzar a trabajar a destiempo también creaba la ocasión de enfrentarse a la vida bajo distinta perspectiva. Lo supo enseguida, en cuanto tuvo conciencia de que cualquier paso dado venía acompañado de aprendizaje. Eran otros aprendizajes distintos a los que debieran producirse bajo un entorno de normalidad, pero igualmente válidos para fortalecerse y medir que detrás de las nuevas experiencias se podían alzar sólidos proyectos, tan atractivos como cualquiera de los ya pergeñados en ensoñaciones pasadas.

      El encuentro del adolescente con su primer trabajo remunerado se produjo un día frío y lluvioso de marzo. Faltaban cinco minutos para las ocho de la mañana y presentó credenciales al jefe de taller de una importante empresa dedicada a la reparación de automóviles, tanto ligeros como pesados y plantilla estable de más de cien personas entre chapistas, electricistas, mecánicos, tapiceros, pintores y administrativos. Sebastián Nogales se llamaba y por él preguntó al primero del ejército en movimiento que se cruzó en su camino. Iba temeroso hacia lo desconocido y preocupado por la primera impresión que podía causar a quien estaba llamado a ser su mentor profesional.

      Así lo esperaba. Eso le habían imbuido en su casa y bien instruido quedó para que en todo momento y circunstancia se condujera con respeto, educación y obediencia a cuanto le mandaran. Sin rechistar, sin un mal gesto, todo oídos, todo buena disposición, solícito sin límites y aprendiendo de cada acto, de cada movimiento, para hacerse un hombre de provecho. La familia confiaba en él y en él tenía depositada fundadas esperanzas para ayudar a superar el mal momento que estaban viviendo.   

      Sebastián Nogales era un hombre de respetable altura física y sobrepeso igualmente notable. Orondo podría decirse aunque se movía por todas las secciones de la nave con metódica agilidad. Siempre dando instrucciones, siempre malhumorado, supervisor incansable de los trabajos y ojo avizor hasta la exasperación para que cada cual bajo su mando estuviera a lo suyo y sin escaquearse de obligaciones encomendadas. Hombre de confianza de la gerencia de la sociedad y de los empresarios que conformaban ésta, bien satisfechos podían estar comprobando la eficiencia con que conducía sus recursos y cuanto aportaba a los resultados anuales.

      La llegada del neófito mientras ordenaba tareas, no le sorprendió cuando éste alcanzó su presencia y detectó su aparente endeblez. Tres días antes fue avisado de la incorporación previo consentimiento de aceptarlo bajo sus órdenes. «De acuerdo, algo podré encomendarle en el endemoniado trajín de cada día», había dicho.

      El joven iba sólo. Sin compañía de valedor alguno y dejado a su suerte en la seguridad de que sabría defenderse sin más ayuda que la propia. Su credencial, por un lado, era la actitud de buena disponibilidad y por otro la carta ya aportada de recomendación, un documento obligado y preceptivo para encontrar trabajo siguiendo usos y costumbres. Naturalmente, después de contar al interlocutor, con vehemencia interesada en función del grado de confianza, las excelentes condiciones del recomendado, un muchacho sin parangón, serio y bien mandado.

      —Don Dimas, he de pedirle un inmenso favor que a buen seguro está en sus manos. Ya conoce nuestro estado de penuria y precisamos que el pequeño Saúl comience a trabajar de inmediato y de lo que sea, que aprenda un oficio, que gane un jornal para ayudar a mantenernos con dignidad… Y si puede, que siga estudiando aunque sea a solas y con enciclopedia.

      Con variables y lenguaje ajustado al dominio del mismo, así expresaban la necesidad imperiosa el padre, la madre o el familiar. Según el nivel de confianza que pudiera tenerse con el demandado, y en la medida de capacidades y preparación, se trataba de llegar a quienes tenían la facultad de contratar directamente o de relacionarse con amistades capaces de hacerlo. Después, el Dimas requerido, haciéndose eco de la demanda, gestionaba la posibilidad y llegado el caso emitía esta cordial carta de presentación:

      «Querido amigo: Conforme te avancé, me complace presentarte a Saúl Ramírez Abarca, un muchacho de excelente familia y muy buenas cualidades y aptitudes, ante las cuales respondo personalmente.

      La familia atraviesa momentos delicados que obligan a mi intervención para pedirte que atiendas, en la medida de posibilidades, el trabajo que el muchacho precisa con urgencia, según te puse en antecedentes.

      Quedo a tu disposición con el ruego de que me tengas informado sobre cuantos avances genere esta demanda. Un abrazo muy grande, saludos para Lucía, un beso para Manolito y a la espera quedo de vernos pronto.»

      Tras aceptarse la recomendación y superar la prueba de una entrevista llevada a cabo por un empleado de confianza y sin demasiada profundidad —mero trámite porque el favor entre amigos ya había sido cerrado—, todo quedaba en manos de Sebastián, el antepenúltimo eslabón del sistema jerárquico instituido.

      El joven llegó al despacho de destino y plantado ante la puerta pidió permiso para entrar. No sin recelos, ciertamente, debido a su poco mundo y a la intranquilidad propia del momento. El permiso le fue concedido a través de una voz fatigada de asmático y ronca de fumador envenenado. La puerta, entonces, le dio acceso a un espacio anárquico de quizás veinte metros cuadrados en el que difícilmente tendría cabida un nuevo destornillador, donde no era posible añadir más cosas ni mayor desorden ni suciedad. Se espantó pero trató de disimularlo con su amplia sonrisa, la enseña que siempre iba por delante de sí mismo. 

      —¡Entra, entra!… —dijo el jefe de taller con apremio porque no estaba dispuesto a perder mucho tiempo con el mozalbete dada la agitación que se avecinaba en este primer día de semana, complicado como siempre por la recepción de nuevos encargos y presupuestos.

      Las piernas le temblaban aunque intentaba disimularlo. Exhibió su voz aún aniñada para presentarse según tenía ensayado mil veces, un discurso bien construido capaz de convencer de su buena disposición hacia el trabajo, hacia cualquier trabajo que le encomendaran. Pero el hombre, imperioso, le atajó dejándolo en posición de firme y más trémulo.

      —Ahórrate las presentaciones, muchacho. Ya sé quién eres y quién te ha recomendado. Puedo darte la bienvenida a esta selva y ayudar a que forjes un oficio, aunque también puedo darte una patada en el culo en cuanto observe o me cuenten que no cumples con tus obligaciones o que no prosperas. No creas que temblaré para hacerlo por muy recomendado que estés. ¿Entendido, Saúl Ramírez?

      —Sí señor, lo que usted diga —respondió atemorizado y sin ánimo para replicar, aunque con ganas se quedó de decirle al desagradable jefe que estaba allí para cumplir como el que más salvando las distancias de edad y conocimientos. El tiempo hablaría.

      —Pues te digo que a trabajar, que ya son las ocho y nos espera un día muy largo. A ti también… —respondió con medida indiferencia mientras repasaba estadillos y órdenes de trabajo, ignorándolo, como si estuviera hablándole a cualquiera de los papeles que cubrían su mesa o a cualquiera de las piezas o cachivaches almacenados en estanterías y suelo—. Ahora mismo te vas a la oficina, allí al fondo —señaló con su mano izquierda, sin mirar, hacia uno de los extremos de la nave donde destacaba una puerta metálica de intenso color rojo que se habría hacia las dependencias administrativas, fuera del recinto y en buena medida aisladas de los ruidos ensordecedores que comenzaron a producirse en ese instante—, preguntas por don Anselmo y que te cojan la filiación para darte de alta inmediatamente. Y, además, que te faciliten a través del almacén ropa de trabajo, a ver si hay algo para flacos y renacuajos como tú porque de lo contrario vas a llegar a casa sucio y hecho un adán. Después vienes a verme de nuevo y ya te encomendaré tarea; no te preocupes porque vas a empezar a sudar enseguida a pesar del frío. ¿Está claro?

      —Sí, sí, por supuesto, don Sebastián. De acuerdo, ahora mismo lo hago…

      —¡Venga, en marcha! ¿A qué esperas?

  

2. El aprendiz 

Salió del despacho-almacén a todo meter. A continuación hubo de sortear el laberinto de coches y camiones, unos con las entrañas abiertas y otros reluciendo a punto de ser entregados. También iba esquivando a operarios curiosos que reparaban en su presencia, cables, chapas, mangueras, chispas desprendidas de electrodos de soldadura y herramientas atravesadas por todas partes, un organizado caos a través del cual comenzaría a desenvolverse con soltura. Eso esperaba y cuanto antes.

      Miraba fijamente hacia su destino, al lugar donde en grandes letras rojas encima de la puerta escarlata ponía OFICINA. Terminó por trastabillarse al topar por sorpresa con un voluminoso bidón invisible de grasa consistente. El encontronazo, que estuvo a punto de sumergirlo en la masa viscosa y tornasolada, no pasó desapercibido para muchos y muchos fueron los que rieron el estreno del novato, aunque por otro lado también quiso escuchar palabras de aliento. A través del vidrio frontal del despacho, cinco metros de escaparate a modo de cámara registradora de incidencias, Sebastián Nogales, ojo escudriñador que todo lo observa, hasta las almas errantes si fuera preciso, contempló con atención la escena. Complacido por la diligencia y disposición del muchacho, sonrió abiertamente, es probable que recordando alguna vivencia propia. 

      El primer día de trabajo, aunque lleno de emociones, conocimientos y excitación, se le hizo largo. Un bocadillo de chorizo de Pamplona, con escasa magra y saturado de mal pimentón, fue lo que comió porque en una hora resultaba imposible ir a casa, comer y regresar. Envuelto el bocadillo en papel de periódico añejo que pronto quedó tintado de rojo con lamparones aislados denunciando el contenido, y los bordes del chorizo con negras letras impresas denunciando el maridaje, no había en ese momento para más ni más podía tragar aunque lo tuviera. Hasta semejante punto el estómago se le había encogido, probablemente sugestionado por tantos temores, novedades, trajines y exigencias.

      «Mañana será otro día», pensó con el objeto de transmitirse ánimo. No estaba desanimado, simplemente se daba ánimos para seguir aprendiendo más y más deprisa. Y para saber aguantar las bromas de quienes por tiempo iban a ser compañeros no de correrías sino de trabajo. Mejor estar bien avenidos, oídos sordos y seguir el juego, según las cosas vinieran: hoy, desde luego, tenían sobradas razones para reírse a costa de su indumentaria recién estrenada.  

      Parecía el aprendiz un espantajo presto a ser trasplantado al campo para que cuervos, estorninos y gorriones no se atragantaran con aquello que no les pertenecía. Estaba embutido en un mono azul oscuro que pretendía engañar a la vista disimulando la verdadera magnitud de las manchas aceitosas y grasas con que solían embadurnarse los operarios del taller.

      Le facilitaron el equipo más pequeño y aun así le sobraba tela por todos los lados. Para no arrastrarlo y evitar otro encuentro con el bidón de grasa consistente, o causar algún percance peor, tuvo que arremangarse las perneras y doblar las mangas hasta formar abullonados círculos que al menos de momento permitían exhibir las manos y poder manejar la escoba. En cuanto a la amplitud del equipo, con ser excesiva, era el mal menor aunque el conjunto resultara grotesco. Le prometieron que en un par de días tendría dos juegos de su talla, así es que superado ese breve tiempo la indumentaria y las bromas sobre ella pasarían a ser historia.      

No fue el muchacho el único que se quedó a comer en el taller. Tampoco el tiempo acompañaba para hacerlo en la calle aunque se tratara del modesto bocadillo de chorizo tintado de Pamplona. Desconociendo la operativa, pidió permiso para quedarse y de inmediato el propio jefe de taller le dijo que para eso estaba el comedor. Asimismo, la empresa era muy cuidadosa con sus trabajadores, ¡hasta taquillas y suficientes retretes de placas turcas había!

      Ciertamente, era práctica habitual entre los operarios utilizar el comedor. O lo que parecía un comedor. Cuando el domicilio o medios de transporte no permitían desplazarse para asegurar que entre la una y las dos de la tarde resolvían el almuerzo, lo utilizaban como último remedio, sin ninguna devoción. Se trataba de un espacio que también hacía las veces de vestuario anejo a la oficina. La sala, para una plantilla tan numerosa aun contando con quienes no la utilizaban, no tendría más de sesenta metros de superficie.

      Buena parte de la misma tenía uso compartido. Debe suponerse que por tacañería empresarial, indiferencia social y escasez de sentido común, estaba ocupada por las celebradas taquillas aunque limitando el espacio destinado a tránsito de personas y a mesas y bancos. Por aplicarle alguna categoría, estos muebles del comedor, a su vez utilizado como parte del vestuario, tenían una lamentable presencia: construidos a base de tablas de pino trabajadas con rusticidad extrema, desmerecían a la empresa. Y si a ello se añadía la exhibición de una espesa capa de pringue, tanta como acumulaba el conjunto de los monos de toda la plantilla durante un año, la imagen negativa se desbordaba.

      «¡Falta hacía aquí estropajo, sosa y pulidora!», pensó Saúl en cuanto vio el panorama. Pero optó por callarse, sólo llevaba allí unas horas. Mejor mudo no fuera que le alcanzase algún imprevisto por meterse con su mono azul marino donde nadie le había llamado.

       Desde mesas y bancos con escasos atributos de comodidad, prácticamente un engullido, los hombres despachaban acelerados las viandas. Éstas habían permanecido celosamente guardadas en tarteras de aluminio que esposas o madres dejaron la última noche, o de madrugada, dispuestas para calentar el contenido en infiernillos eléctricos que la empresa aportaba.

      Sacándole punta a la esplendidez y riéndose de ello, decían los trabajadores que semejante asistencia se hacía no precisamente por generosidad. No iban descaminados en la apreciación; podía certificarse que cuantos comían en el comedor estaban en su puesto de trabajo a la hora en punto. Con el servicio se evidenció que los afectados quedaban sin posibilidad de disculpas de autobuses o tranvías retrasados, de niños descalabrados, de broncas de última hora con la parienta, de amigos encontrados en el camino de regreso después de años sin verse, de una torcedura impidiendo el paso ligero, de la lentitud del camarero del bar cercano donde almorzaban, de…

      Los infiernillos, en todo caso y gratuitos o no, cumplían perfectamente la misión de calentar el contenido de los recipientes. La servidumbre creada, sin embargo, no podía pasar desapercibida: humeando al tiempo el contenido, cada día dejaban en el vestuario-comedor mixtura de fragancias indescriptibles, indescifrables incluso para el fino olfato de cocineros de altos vuelos.

      Dentro de las circunstancias, no era poco lo obtenido para este tipo de empresas y actividades. Sin leyes avanzadas regulando la salud y otros derechos laborales propios de sociedades punteras, sin convenios ni sindicatos homologables, con patronos autoritarios dispuestos a pocas concesiones y policía secreta hurgando en cada rincón para someter cualquier disidencia que se hiciera notar, en aquel tiempo resultaba comprensible que el comedor estuviera bendecido aun no cumpliendo condiciones mínimas exigibles para la dignidad de los allí reunidos.

      La conjunción de tantos elementos confabulados, unido a jornales comprimidos, no impidió que la fuerza del decoro supliera a la imposición. Fue así como cada vez menos operarios comenzaron a hacer uso del servicio. Una razón esencial motivaba el éxodo paulatino: no era plato de gusto exponerse ante los compañeros para que detectaran y juzgaran, en ocasiones con mal estilo y objeto de chanzas enmascaradas en bromas, la cantidad o calidad de lo que cada cual traía de su casa.

      El neófito, que iba para aprendiz y después ya se vería de qué, pronto acabó comprendiendo la situación. Pudiendo hacerlo, a base de bocadillos, fue de los que se apartó del ambiente inquisitivo del comedor. Demasiados ojos escrutadores en la nuca, demasiadas miradas de soslayo y abundantes miradas de recelo intentando guardar un mínimo de privacidad. La buscaban con ahínco pero el reducido espacio y la aglomeración relativa convertían el empeño en imposibilidad salvo que los afectados optaran por el aislamiento huraño hacia un rincón de la sala.

      Los antecedentes sobre semejante actitud de aislamiento no dejaban lugar a especulaciones. Huir de la masa, esconderse, tenía relación de causa/efecto y cotizaba a precio demasiado elevado para aventurarse en ella. La incomunicación puntual del comedor concluía en muro al que iban adhiriéndose otros rechazos, de forma que el aislado, perdida toda empatía. Terminaba sustraído a cualquier vida social creada en torno al trabajo, el punto crítico para convertirse en bicho raro del que era aconsejable alejarse; los perros verdes no eran compañía deseada, mejor dejarlos estar en su rincón para que mascullaran miserias y elucubraciones. 

Saúl Ramírez no pudo olvidar jamás el primer día de trabajo en Talleres Australes. La enseña empresarial hizo de él un hombre y terminó marcando una parte esencial de su vida. El cúmulo de experiencias vividas, junto a cuantas tuvo después, dejó huella en su memoria. Transcurridos muchos años desde entonces, aún lo recuerda con nostalgia y remordimiento por lo que allí le ocurrió, el origen de su destino, el origen de su desdicha más íntima e inconfesable.

      Ése primer día se hartó de barrer. Y los siguientes también. No quedó rincón de la nave que escapara a su pesada escoba, tampoco dedo ni superficie de las manos que no sufriera el roce abrasador contra el báculo metálico que la portaba, sustituto de los originales de caña o madera por su fragilidad. Los administrativos, exhibiendo su celo ante el control de costos, habían denunciado que no se ganaba para palos de escoba, de manera que les hicieron caso y de inmediato encontraron solución: a mano tenían la posibilidad de cambiar el rumbo de la fuga de capitales, se acabó la endeblez, adelante el hierro macizo, resistente hasta la eternidad y hermoso luciendo el adorno de varias capas de pintura al óleo con los colores corporativos.

      Así fue como las escobas de barrer la nave se hicieron más pesadas para que los aprendices cogieran fuerza, supieran la importancia del esfuerzo y lo sacrificado de ganarse un jornal. Fuera de duda estaba la dificultad de arrastrar aquella portentosa herramienta de trabajo sobre la pátina grasienta adherida al deteriorado pavimento de hormigón, cuyos innumerables hoyos iban rellenándose, sin pretenderlo, por los detritos generados de la propia actividad.

      Antes de comenzar la tarea, el jefe de taller, que lo había tomado a su cargo por un tiempo impreciso, hasta ver qué partido podía sacar de él y en función del comportamiento decidir dónde lo encajaba, fue tan concreto como explícito:

      —Mira, joven, para ir cogiendo pulso al taller, empiezas por tenerlo como una patena, ¿entiendes? Así es que coge la escoba, ponte manos a la obra y hazla bailar. Y, ¡ojo!, no te quiero ver un solo instante apoyado en ella, sino barriendo. —dijo Sebastián Nogales con autoridad y un tanto desabrido, muy propio de su naturaleza aunque se trataba de un hombre de buenos sentimientos, envuelto en coraza de acero para que el personal no se desmandara.

      —Ahora mismo empiezo, como usted diga y mande, don Sebastián —atinó a decir el muchacho mientras embutido en el mono arremangado ya corría en busca de su novia, la escoba de brezo emboquillada en su hermoso báculo de acero pintado a partes iguales de azul celeste y escarlata.

      Desde el mismo instante en que comenzó a barrer supo que no habría de quedarse allí demasiado tiempo. Intuyó que se trataba de pruebas de actitud, que estaba siendo sometido a examen y por ello debía cumplir rigurosamente con todas las instrucciones, sin rechistar y de buen grado, exhibiendo la mejor sonrisa.

      El trabajo era duro e incluso desagradable en algunos momentos. Entre las múltiples labores encomendadas, también fue incluida la limpieza de aseos y letrinas, labor de última hora de jornada, cuando ya el taller había dado de mano, horas extraordinarias que para los aprendices ni en nómina ni en ningún otro lado figurarían.

      «¿Acaso en compensación los méritos se estarán apuntando en alguna hoja de servicio que luego me beneficie?», especulaba, a su modo, tratando de darle sentido al sobreesfuerzo que hacía. Y entre las cavilaciones, arcadas viendo el descuido de sus propios compañeros cuando armado de manguera acodada al abdomen embestía yéndose con el chorro de agua al encuentro de aquellos desechos malolientes hasta diluirlos bajo el sumidero. Pero las superaba confiando en que la labor ingrata y dolorosa fuera historia a no mucho tardar.

      Puso de su parte cuanto pudo y hasta donde la energía le daba. No escatimó esfuerzos y solícito estuvo en todo momento para cualquier mandado de sus ciento y pico jefes. Chico para todo, un café hirviendo para el jefe supremo, tabaco para el oficial de primera, un bocadillo de bonito desmigado en aceite en el bar de enfrente para el oficial de segunda, agua para el oficial de tercera, barrer delante del aprendiz de tercer año, muñeco del pim pam pun para reír, bromas obscenas, así lo habían instruido.

      Sus manos, tras las punzantes rozaduras, se encallecieron. Del mismo modo fue encalleciéndose la adolescencia y la actitud ante la vida. Comprendió asimismo el alcance de las necesidades de su familia y aunque exigua en lo económico atisbó la trascendente aportación de su trabajo, circunstancia que le obligaba en mayor medida hacia el esfuerzo y superación. Ahora, a pesar de las dificultades, el mundo se ensanchaba con otros horizontes, seguía pensando que mejores sin necesidad de soñarlos, de modo que la prueba era un ensayo para abrir el camino.

      —Jefe, aprovechando que no tendré vacaciones, ¿qué le parece si en su ausencia le limpio y ordeno el despacho? Y además, ¿me autoriza a meterme a fondo con las mesas y bancos del comedor? —se atrevió a formular a finales de julio cuando el jefe de taller estaba a punto de ausentarse un par de semanas camino de encontrar un alivio a su asma y no sin antes advertir que estos trabajos los llevaría adelante al margen de obligaciones asignadas, y sin menoscabo de las mismas.

      El jefe quedó sorprendido de la iniciativa y celebró la actitud del muchacho. Precisamente, a su vuelta, tenía pensado dedicarlo a funciones más interesantes para su formación y, desde luego, menos ingratas. Ya había pringado bastante y en camino estaba el repuesto, otro recomendado con necesidad de hacer carrera, éste con dieciséis años recién cumplidos.

     —De acuerdo, me parece bien. Buena idea, buena iniciativa. Queda de tu mano en cuanto me vaya, aunque, eso sí, los papeles me los dejas como están. Y como me pierdas alguno te capo, ¿entendido? —asintió mientras de su mirada se desprendía una sonrisa que el aludido no supo ver porque sus ojos, hasta la fecha, nunca estuvieron enfrentados—. Bien, así me gusta, con iniciativa… Por cierto, dejaré dicho al almacenero que dispense cuanto necesites para esos trabajos, ¿estamos?

      —Si, claro, por supuesto. No se preocupe, que todo estará en su sitio y confío que a satisfacción —respondió, zalamero, esperando la complacencia, ese premio estimulante capaz de sacar a continuación lo mejor que uno lleva consigo en la mochila.

      —Y bien, ¿a qué esperas para seguir trabajando —fue la respuesta que obtuvo, dejándolo descolocado, sin comprender que había obtenido el mejor parabién, el reconocimiento y valor de la iniciativa. Él, sin embargo, esperaba otras palabras y una actitud más cercana, cariñosa y emotiva. Quizás por ello no supo comprender la profundidad y dimensión de lo expresado por el jefe.

      —¡Será cabrón! ¡Vaya manera de darme las gracias! Si llego a saberlo no me ofrezco, que lo haga él hasta que reviente con el asma —rezongó malhumorado mientras caminaba al encuentro de otras obligaciones.  

Sebastián Nogales no reconoció su despacho cuando regresó a mediados de agosto. En Benidorm dijo que estuvo y las aguas del Mediterráneo le habían sentado de maravilla, tostado y respirando relajadamente, mejor que un cocodrilo a la orilla del río Mara poco después de darse un banquete de época.

      Aprendió deprisa el joven. Sabía que era el camino a seguir, no encajaba permitirse otra opción, impensable llegar a casa con el finiquito en la mano y el deshonor de haber sido despedido por vago o incompetente. O por cosas peores.

      Cinco meses llevaba a cargo de las responsabilidades que le encomendaban. Fueron cinco meses suficientes para curtirse y entender que a su edad y posición social tenía escasas alternativas. Sólo dos caminos bien definidos: acomodarse a las circunstancias y en toda su amplitud llevar los esfuerzos y vocaciones al límite si quería prosperar, o dejarse arrastrar por el sendero de la indolencia a través de la pandilla de su barrio donde estaba encuadrado, sin otro horizonte que el fracaso o la mediocridad, cuando no peores destinos, delincuentes en potencia.

      En este corto pero intenso tiempo de experiencias nuevas y sacrificios, al menos durante las jornadas de trabajo, se volcó en seguir el primer camino. Forzado por necesidades, aunque también por la voluntad acumulada, no había duda sobre qué quería, a cada instante archivando sus mejores propuestas en el disco duro de la memoria, a modo de recordatorio, para eludir cualquier cortocircuito. Su futuro no pasaba por lances encaminados a desviarse de la senda elegida, su futuro ya venía labrado en letras indelebles sobre la roca de su convencimiento de triunfar en la vida. Así tenía que ser, no habría lugar a otra alternativa: era su lucha interior, su propia certidumbre.

      Durante los periodos de asueto laboral, sin embargo, se dejaba arrastrar por los invisibles lazos trabados años atrás junto a un grupo de chicos de su entorno y edad. Fruto de ataduras tan firmes como insensatas si no se ponía remedio, se trataba de infantiles pactos de saliva o sangre cuyo compromiso de permanencia grupal era muy superior a cuanto exigen actualmente y de manera concertada las compañías eléctricas o de telecomunicaciones. Quedaban atados y bien atados con el pacto. Romperlo unilateralmente dirigía a salidas laberínticas y en ocasiones infranqueables, de forma que los integrantes dispuestos a no seguir gozando del privilegio de la unión habían de atesorar fuerte carácter y destreza. O pedir auxilio a los mayores si las cosas se ponían feas, asunto que con frecuencia se generaba.

      Eran tiempos en que se vivía intensamente la calle, buena maestra de la vida transformada en escuela para lo bueno y lo contrario. La calle amalgamaba pandillas corrosivas si al mando estaban lidercillos enfrentados a toda norma de convivencia, chiquillos todavía pero ya descarriados y fuera de control, moviéndose algunos por el filo de la delincuencia juvenil, camino de la marginalidad.

      En el universo de la calle también imperaban ventajas de convivencia sana, camino de otras fronteras. De la misma forma que unos grupos convertían su fuerza en radicalización, otros fortalecían el lazo de la amistad añadiendo inquietudes más elevadas y sin necesidad de convertirse en aprendices de bestias avasallando cuanto encuentran en el camino. Y además sin renunciar a la discrepancia, al debate abierto, a la discusión y su controversia, a los juegos comunales, a la discordia entre integrantes, a las trifulcas por discrepancias y desavenencias con puños batiendo el aire y los cuerpos. Y sin renunciar tampoco a travesuras propias de la edad, incluso a muchas rayando lo intolerable, justo castigo para el cuartelillo de la policía o para la cama con buena calentura.

      Consciente era Saúl de la realidad a la que estaba enfrentándose en este comprometido pasaje de su vida. Por un lado los hermosos proyectos y el sueño de alcanzar elevadas metas, por otro su inquebrantable deseo de no convertirse en uno de aquellos jóvenes camino del descarrío.

     Había pensado bastante en el asunto y detectó que su atadura aún guardaba demasiada fortaleza. En cualquier caso, tomó conciencia de la incompatibilidad existente entre las dos posiciones y se dijo, en alta voz para que el eco no cesara, que la exigente dedicación de su trabajo, así como la madurez que creía poseer, serían suficientes para alejarlo del peligroso círculo para que éste no absorbiera sus sueños en perjuicio de los ideales.

      Entretanto, aun no queriéndolo, navegaba entre dos aguas esperando curarse cuanto antes del sarampión. Pesaba la voluntad y la madurez temprana, atenazaban los lazos y sus cantos de libertad, una batalla silenciosa librándose en la corta vida del adolescente: aparte de su infundida fortaleza necesitaba un asidero, ¿dónde estaba?

      El camino natural del joven se había truncado en buena medida. Con el inicio de la actividad laboral forzosa cesó al tiempo la enseñanza reglada y la buena trayectoria que traía, un abandono a destiempo cuyas consecuencias resultaban impredecibles. Decían sus padres, lamentándose, que fue una medida dolorosa. También para él, especialmente. De entrada, el curso quedó cercenado y a la espera de poder retomarlo. A pesar de su proclamada voluntad, no encontró fuerzas ni apoyos suficientes para de alguna forma poder continuarlo y enfrentarse a exámenes finales que al menos podría haber aprobado parcialmente. Se dejó ir, se dejó llevar por la novedad del trabajo y por la fuerte exigencia física del mismo.

      No perdió el pulso a los libros de texto ni a su enciclopedia. Pero ya no era lo mismo. Había perdido disciplina, constancia, entusiasmo, sistema; sin continuidad ni profesorado de apoyo terminó por convencerse que estaba ante una batalla imposible, a qué malgastar energía que necesitaba para manejar la escoba. Para ampararse en el fracaso sobrevenido llegó a decirse, no sin pesadumbre y resentimiento: «Sólo soy un crío que va a cumplir los quince, tampoco soy un héroe al que puedan exigirse heroicidades.» Así estaban las cosas.

      Vistos los perjuicios e incógnitas que el abandono de los estudios podría traerle en el futuro, reflexionó sobre su voluntad confesada. Tras no pocas cavilaciones, una promesa se hizo: los retomaría. Al menos hasta concluir la enseñanza secundaria con su bachiller. Después, ¿quién sabía el futuro?

 

 

 3.El jefe de taller 

El despacho del jefe de taller de Talleres Australes relucía. Incluida la cristalera a través de la cual observaba cualquier incidencia al frente, la práctica totalidad del patio de operaciones para que todo estuviera bajo control. La mesa de madera maciza, tallada en castaño, había perdido su lámina de grasas y aceites añejos, exhibiendo ahora cuánta maestría dejaron en ella los ebanistas, sin duda un trabajo merecedor de estar ocupando espacio más noble, tal era su belleza y perfección.

      Encerada y brillando igual que en su origen, todo sobre ella lucía de forma distinta a como estaba dos semanas atrás. Los sagrados papeles, unos guardados con etiquetas en cajones siguiendo el orden de su naturaleza, otros sobre el pulimentado tablero dispuestos sin que sobresaliera de cada grupo un solo milímetro; la foto de familia numerosa luciendo como nunca en su marco plateado; el camión Pegaso a escala 1/25, regalo del concesionario regional, al lado izquierdo conviviendo junto al teléfono negro de baquelita, pesado como el plomo; en el extremo derecho, centelleante después de aplicarle mucho alcohol, algodón y muñeca, la calculadora mecánica Hispano-Olivetti de color gris y palanca negra, capaz de imprimir en su royo de papel operaciones aritméticas elementales, como recién salida de fábrica. 

      Detrás de la butaca que acompañaba al escritorio, limpia y reluciendo como el jaspe, sobre los estantes de castaño aunque sin nobleza por carecer de talla, en lugar preeminente continuaba exhibiéndose una foto de respetable tamaño del Generalísimo. Cuestión comercial, decían los jefes, para no ser clasificados como empresa desafecta al Régimen, lo que, sin más, acarrearía el cierre dada la carga de trabajo que directa o indirectamente llegaba por esos canales.

     Las estanterías del despacho, hasta entonces saturados anárquicamente de piezas y elementos propios de la actividad, habían sufrido tal transformación que ahora aparentaban ser un muestrario de feria de exposiciones. Perfectamente limpios y ordenados por grupos según la tipología, llamaban la atención, verdaderas esculturas exhibiéndose para el deleite del propietario del espacio y de cualquier visitante que se acercara hasta él.

      El suelo restante del despacho, por primera vez en años, estaba libre de piezas y cachivaches. Con la transformación era increíblemente más grande, podían colocarse incluso un par de sillas de acompañamiento frente a la mesa si el jefe lo estimaba. Sitio con holgura había porque todo fue desplazado al exterior y puesto con esmero en un espacio fronterizo sin uso a la entrada, de modo que con sólo asomar la cabeza tras la puerta se encontraba lo buscado siempre que antes hubiera estado. Imposible perderse, cualquier inconveniente respecto a encontrar o no las cosas, sólo podría interpretarse, según el autor del trabajo, con esta explicación: «quien no lo consiguiera, tonto y desmereciendo trabajar allí.»

      Sebastián Nogales no salía de su asombro. A primera vista, impactado, le costó acostumbrarse al cambio, aunque viendo lo pulcro y amplio del espacio se sorprendió gratamente. Examinó con atención las modificaciones y buscó dónde estaban sus papeles. Los halló enseguida y además comprobó que tenía espacio suficiente para seguir acumulándolos cuando sospechaba que la capacidad de la mesa había llegado a su límite. La distorsión del espacio físico ocupado por sus queridos papeles, entre ayer y hoy, era mínima y por tanto aceptable. No sería necesario capar al muchacho, quedaba felicitarlo y aceptar de buen grado que había hecho un gran trabajo, incluso insospechado.

      Mandó llamarlo con urgencia y con la misma premura compareció porque no andaba lejos, esperando precisamente la citación.

      —¡Buenos días, jefe! —dijo, jovial, pendiente de los parabienes, pues desde días atrás, en cuanto concluyó esta parte del trabajo extraordinario asumido, le había felicitado todo el personal, dándole palmaditas y halagos. Alguien llego a decir, entre risas y bromas: «Cuando llegue y lo vea lo matas del susto.»  

    —¿Ésta es mi mesa y éste mi despacho? —preguntó el propietario al tiempo que en su rostro se dibujaban muecas de satisfacción contenida, señalando con amplios movimientos de brazos y gestos el espacio y las cosas a que se refería—… ¿Seguro?

      —Pues claro… ¡Vaya pregunta, jefe! ¿No le gusta? Los papeles seguro que están bien colocados, mucho me he esforzado para que así fuera —dijo con desparpajo, perdido todo miedo ya que a estas alturas de la película conocía bien la trama, las reacciones de Sebastián Nogales y su forma de acoquinarlo.

      —Entonces, según tú opinión, tendré que aceptarlo, ¿verdad?          —replicó, jugando al despiste, con tonalidad y afectación de doble sentido.

      —Bueno… —dudó un instante. Aquella compostura inquisitiva, aquella mirada taladradora, aquella jodida manera de conducirse.

      —¡Claro que sí, hombre, tranquilo! ¿Dónde mejor podría estar? ¡Enhorabuena!, un trabajo magnífico. ¡Qué digo magnífico! Extraordinario es la palabra para hacer justicia. De verdad lo confieso, muchacho, ¡no doy crédito! —dijo de un atracón, con desconocido énfasis y sin ningún atisbo de asma, así que de aquella no se iba a morir delante de él.

      —Gracias, jefe, no sabe cuánto lo agradezco y cuánto significa para mi —respondió mirándolo por primera vez de frente, sosteniéndole la mirada, con respeto pero sin miedo.

      —Ven para acá que te abrace, muchacho —lo atrajo hacía sí, como si fuera un peluche de trapo, aunque algo huesudo, y lo sostuvo largo tiempo aplastado contra su pecho, a punto de asfixiarlo. Luego lo separó, puso ambas manos sobre los hombros y mirándolo con fijeza concluyó—: ¿Sabes una cosa? ¿Me creerás si te digo que siempre he confiado en ti, en tu buena disposición?

      Fue entonces cuando a Saúl Ramírez se le puso un nudo en la garganta y comenzó a sollozar de emoción, de emoción contenida, de alegría, intuyendo que sus esfuerzos, por fin, daban  fruto, el premio esperado.

      —Bueno, bueno —lo agitó para recomponerlo—… ¿Todavía no sabes que los hombres no lloran? —le espetó con autoridad hasta conseguir sacarlo del estado emocional en que se hallaba. Después apareció una sonrisa y las lágrimas se apagaron—. Por cierto, ¿qué me dices del comedor, lo has terminado?

      —¡Naturalmente que sí! —respondió enérgico.

      —Pues vamos a verlo ahora mismo —dijo al tiempo que con ímpetu arrollador abría la puerta, le mandaba pasar y camino de la estancia, atravesando la nave, le ponía la mano sobre el hombro ante la audiencia general, el parabién de los parabienes, el reconocimiento a una labor encomiable, el ejemplo a seguir por todos, cada cual en su puesto y responsabilidad.

      Saúl caminaba con el pecho henchido. Mientras, a su alrededor, observadores complacidos sonreían el éxito pasajero. De todos modos, algo debía quedarle claro: mañana mismo podía recibir un rapapolvo de no te menees, del jefe o de los muchos jefes mandando sobre su vida. Así eran las cosas del trabajo cuando se empezaba desde el último escalón y no precisamente en ambientes demasiado refinados. Mejor bajar a pisar tierra, el camino de rosas podía ser muy efímero.

      —¡Aquí está el trabajo! —dijo orgulloso ante su obra.

      —¡La madre que te parió! ¡No puedo creerlo! ¿Esto lo has hecho tú solo?

      —¿Quién sino, jefe? —respondió raudo, con emoción contenida no fuera a pasarse de listillo.

      El vestuario-comedor también estaba irreconocible. El suelo,  a base terrazo en cuya mezcla se contenían trizas de mármoles blancos y grises, brillaba. Hasta entonces y desde poco después de inaugurarse, ese pavimento de la modernidad, aunque viejo como el mundo sin necesidad de cemento, permaneció oculto a la vista por la película añeja de la materia pegajosa que todo lo impregnaba. Era sabido que debajo de la suciedad se guarecía el relumbrante solado, pero pocos recordaban cómo era en su versión original.

      Llevado por el empuje del entusiasmo y las ganas de agradar, el aprendiz de aún no se sabía qué, se volcó allí tanto o más que en el despacho. No se trataba de un servicio exclusivo para la jefatura, sino un trabajo destinado a compañeros, a los cuales quiso igualmente ganarse para obtener confianza y respeto de cara al futuro que le esperaba allí. Visto el resultado, no escatimaron halagos y supieron valorar de forma generosa el ímpetu de la contribución.

      Lija y pulidoras fueron sus armas de trabajo. Y el alambre de acero, la sosa cáustica, el estropajo y la arena de sílice, y el agua fuerte, y las uñas, y casi los dientes para dejar bien perfilada y sin mugre cualquier tipo de junta. Mesas y bancos, después del suelo, sufrieron el mismo impacto hasta que todo quedó para pintarse, lo cual hizo con pistola a presión para conseguir un acabado homogéneo.

      Previamente a estas labores fue necesario recibir clases aceleradas. Obtenidas de oficiales de la sección de pintura, estos ayudaron también echándole una mano cuando vieron las dificultades para cumplir el plazo, además de liberarlo de cualquier otro trabajo durante la jornada ordinaria. Tampoco quedaron sin tratamiento las paredes, iluminadas ahora por el celeste corporativo y un gran zócalo rojo recorriendo el perímetro. Y sobre el dintel de la puerta de entrada, un hermoso rótulo que decía VESTUARIO Y COMEDOR, ejecutado por el maestro de pintores, su aportación a la obra. 

      La sala, a mediados de agosto, era un espacio aseado y homologable con la decencia propia de un lugar así. Aún guardaba el olor a pintura fresca al óleo, y a pesar del uso reciente el terrazo seguía brillando porque tuvo la precaución de cuidarlo a la espera de ser recepcionado por el jefe. A partir de aquí, alguien debería ocuparse de mantenerlo de forma regular para no volver a la lamentable situación de dos semanas atrás. La posibilidad de perder el esplendor conseguido era muy cierta si el responsable del taller no tomaba medidas en este sentido. Saúl esperaba que su obra no declinara con rapidez, como una estrella fugaz, de manera que nadie recordase al cabo de cuatro días que las dos estancias tratadas, aparte del momento en que entraron en servicio, hubo días en que lucieron con especial brillantez.

      —¡Felicidades, muchacho! No te diré más….

      —Gracias… —se apresuró en contestar por pura ansiedad y cortesía y se quedó con las ganas de saber si el jefe iba o no a decir algo más. Lo que dijo, sin embargo, fue expeditivo, para no perder su esencia, su norma de conducta.

      —Y bien, ¿Cuándo empiezas a trabajar? ¿No tienes nada que hacer? ¡Hale, hale, a trabajar, gandul! 

      —Sí, ahora mismo… Pero ¿le gusta cómo ha quedado o no?

      —No seas engreído, joven. ¡Te he dicho que a trabajar, gandul!… Y, por cierto, al terminar la jornada de hoy pasas a verme al despacho, a ése que no sé si conseguiré acostumbrarme. ¿Está claro?

      —Sí, don Sebastián… Pero ¿le gusta o no? —un martillo pilón a punto de caer en la insolencia debido a emociones que escapaban a su control por el deslumbramiento que padecía en estos instantes.

      Se quedó sin saberlo. De todos modos, él mismo se daba cuenta que aquellas arengas eran fruto, precisamente, de la satisfacción. No había duda, ¿cómo no iba a gustarle si terminó felicitado por todo el mundo? Cosas del jefe, maneras de hacer del jefe, tal aparentaba que le faltaban palabras para expresar lo que realmente sentía. Aunque mirándolo bien, recordando, ¿no fue suficientemente claro con lo de «¡La madre que te parió!» y lo otro de «Felicidades…», o aquello de que confiaba en mi y en la buena disposición? Él mismo se inquirió y él mismo respondió en la medida precisa, la que necesitaba en ese momento para decirse que no hacerlo suponía estar  falto de imaginación. 

El aprendiz compareció en el lugar y hora de la convocatoria. Estaba expectante y temeroso. «¿Qué querrá?», estuvo preguntándose todo el día. Sebastián Nogales le esperaba enredado poniendo papeles en orden. En cuanto lo vio llegar y pedir permiso para entrar no demoró la autorización.

      —Pasa, pasa… —dijo sin levantar la vista.

      Saúl se puso de pie delante de él. Estático, acongojado, esperando que levantara los ojos de los papeles y de una vez poder enterarse de qué iba aquella misteriosa cita. Estuvo cavilando que sería bueno ponerse en lo peor para si luego resultaba algo positivo alegrarse doblemente por el mal rato pasado, aunque fuera sin necesidad. Preocuparse a destiempo y por anticipado era un gran problema emocional que había de corregir para no sufrir innecesariamente. Hacerlo, sí, ¿pero cómo careciendo de la experiencia necesaria? 

      —Bien, muchacho… —por fin levantó la mirada al tiempo que apartaba el papeleo. Encendió uno de los muchos cigarrillos rubios del día a pesar del asma y de cuantas recomendaciones amenazantes le llegaban: «en cualquier momento, tenlo en cuenta, hospitalizado o directamente al cementerio.» No hacía caso de nadie y bastaba una mínima insistencia para causar el efecto contrario, acrecentando en su ánimo la necesidad de hacerlo para infundirse autoridad sobre los detractores. Fumar era un deber social, nadie se moría por fumar, propaganda de gente amariconada, medio hombres. El empecinamiento le llevaba a no ser consciente del peligro real que corría. Y para mayor escarnio, escucharle decir que amaba la vida, que nadie más que él amaba la vida.

      —Usted dirá, don Sebastián…, me tiene intrigado y preocupado. No lo negaré  —dijo a modo de presentación, después de buscar y ensayar las palabras, esperando recibir noticias de por qué estaba allí delante de pie y justo después del día de felicitaciones, aunque éstas, de su parte, no hubieran sido tan efusivas como le hubiera gustado.

      —Tranquilízate, no es para nada malo, sino para lo contrario. Al menos eso creo yo.

      Le dio un vuelco el corazón. El aprendiz se removió del sitio y un tanto encogido como estaba se irguió al tiempo que respiraba profundamente. «¡Menos mal!», pensó mientras volvía a respirar. Se le iluminó la cara, la sonrisa se abrió y se encendieron chispas en sus ojos.

      — Por cierto, ¿fumas? ¿Quieres un cigarrillo?

      —No, gracias —dijo con evidente sorpresa por el ofrecimiento y cuanto suponía de proximidad entre un señor jefe de taller y un aprendiz en sus primeros meses, el último del escalafón. Pensó que aquello no era normal, nada normal so pena de ponerse en la peor de las situaciones y que pretendiera violarlo. Por recato e inseguridad, mintió. Claro que fumaba, como prácticamente todos los adolescentes de su tiempo y ante los mayores a escondidas: cumplidos los dieciocho terminaba el oscurantismo y el sometimiento, nacía la libertad. 

      —Verás… Llevó tiempo observándote, desde que entraste aquí. Me fuiste encomendado y era mi responsabilidad, y sigue siéndolo, dirigirte por el buen camino y ver si consigo hacer de ti un profesional de oficio en este mundillo. Creo que has demostrado buena disposición, y la prueba definitiva he podido pulsarla hoy, aunque también debo decirte que mi postura sobre tu futuro no es nueva, ya la tengo tomada desde hace unas semanas.

      Se interrumpió para darse un respiro y aspirar veneno en forma de humo. Hasta lo más hondo aunque, curiosamente como todos los fumadores, con gesto de suma complacencia. También, con disimulo, para observar las alteraciones emocionales de su interlocutor.

      —¿Me sigues? —añadió el latiguillo, dejando sentada su expresión favorita y recurrente bajo el entendido que los demás podían no estar entendiéndolo, no porque fueran cortos ni tontos, sino porque tenía la impresión deformada de un superior al que los subordinados les costaba seguir su ritmo y verborrea intelectual. Desde luego, en ningún caso llegaba a pensar que las dificultades de hacerse entender podían deberse a sus propias limitaciones o carencias didácticas.

      —Claro, claro que le sigo, muy atentamente y esperando a saber en qué termina la conversación —contestó, sin miedo aunque con el recato ajustado a su débil situación profesional y el añadido de la edad, de todos modos confiando, a estas alturas, en sus posibilidades. Ya se lo había anunciado: no estaba ante un problema, sino ante lo contrario, nada perdía expresándose con soltura y confianza en sí mismo, con naturalidad. Sólo quedaba saber más y de pie permanecía nervioso ante esa urgencia de conocer en qué concluía la entrevista.

      Sebastián Nogales, girando la cabeza hacia la estantería para no ser observado, sonrió. Admiraba, entre otras virtudes, la innata seguridad que el muchacho exhibía en sus posiciones, la voluntad de no amilanarse, la necesidad de hacerse fuerte ante situaciones comprometidas, siempre lejos de cualquier insolencia.

      —Pues, vamos al grano, en efecto… Has superado la prueba para continuar y lo has hecho a satisfacción. Bien mandado, puntual, esforzándose y sin lamentos; buenas maneras, buenos gestos; en definitiva, buena disposición y capacidad para improvisar dentro de las limitaciones naturales a tu edad y trabajo, asunto esencial, te lo digo yo, para que un aprendiz se convierta en buen oficial de oficio. Así que, muchacho, he decidido que desde mañana mismo pases a trabajar un tiempo en cada una de las secciones del taller hasta que elijamos la definitiva en función de cómo vayan tu aprendizaje y progresos. Comenzarás por mecánica, que sin duda te motivará más para coger buen pulso e interés.

      Volvió a interrumpirse al tiempo que sorbía la última aspiración al cigarro. La más intensa y agradecida porque en ella se concentra la suma de venenos y se dice adiós al placer esperando con ansiedad el momento de la próxima calada. A continuación, en un acto maquinal y despreocupado, sumergió la colilla en un amplio cenicero de loza en cuyo hueco con agua tintada y corrompida yacía la cosecha de la jornada: los residuos rebosaban el recipiente, no cabía otro más. Tenía que dejarlo, sí, ¿pero cuándo y cómo conseguirlo?

      —Y bien, ¿qué tienes que decirme? —inquirió, expectante ante el silencio.

     —¿Decirle, me pregunta? —todavía intentando comprender el alcance de la oferta, las piernas temblándole, el alma revoloteando, el corazón exaltado, la sangre hirviendo, el entusiasmo encendido, el gozo de la victoria volando montado sobre los sueños en este instante concentrados todos en uno—. Pues le digo: don Sebastián, ¡muchas, muchas gracias! ¿Qué más puedo decirle ahora que estoy alelado?

      El ofrecimiento y el aprendizaje que iba a iniciar no suponían haber llegado a ninguna cumbre. Tampoco le había tocado una fortuna para olvidarse de trabajar y vivir del cuento como un lucido señorito al uso. Era consciente que el verdadero camino comenzaba ahora. Incluso más duro y con mayores responsabilidades porque seguía estando a prueba y sometido a evaluación continua. Simplemente, daba un paso, uno más, atrás quedaban sólo las letrinas, la escoba y algunos recados propios del sustituto. Pero sabía la importancia de ese paso y el futuro o perspectivas existentes delante de él. Sus sueños no pasaban por quedarse en oficial mecánico, chapista, pintor, tapicero o electricista; sus sueños tenían otras grandezas y el sentido común indicaba que bueno era empezar desde abajo para conocer la dinámica del negocio. Lo que diera de sí el aprendizaje, al tiempo habría de fiarse.

      —Pero, hombre, ¡por Dios!, ¿dime al menos si estás contento? —irrumpió el jefe exigiendo saber cómo se lo estaba tomando, cómo veía la apuesta y el reconocimiento que hacía de su persona.

      —¡Desde luego que estoy contento! Muy contento, con alegría. Tenga en cuenta que a veces me faltan palabras para expresarme porque las desconozco; me falta lenguaje, me faltan conocimientos, tiene que comprenderlo. Aunque una cosa le digo como la veo y la siento: le estoy infinitamente agradecido por su confianza y la oportunidad que me ofrece, a la que espero corresponder y no defraudar. Se lo prometo.

      Concluida la respuesta, Saúl terminó emocionado aunque en esta ocasión no permitió que las lágrimas denunciaran ninguna debilidad. Su mirada, en todo momento, estuvo enfrentada a la de Sebastián Nogales, su jefe y protector, quién sí pudo observar la fortaleza y sinceridad de sus palabras.

      —Perfecto, muy bien dicho… ¿Y eres tú quien dice no tener palabras para expresarse? ¡Serás jodido, resulta que lo haces incluso mejor que yo! —respondió satisfecho y gratamente retribuido en su padrinazgo. Nada más podía exigir, al menos de momento.

      Se hizo un nuevo silencio, éste casi sepulcral, el espacio invisible entre la vida y la nada, inexplicable aunque presente. Se miraban y ninguno de los dos parecía respirar, cuerpos inanimados flotando en sus pensamientos, absortos y sustraídos a la vida mientras repasaban historias íntimas que jamás habrían de confesar. 

El hechizo se rompió finalmente. El fumador encendió otro cigarro y expelió la primera bocanada de humo. El invitado aflojó la rigidez del cuerpo que tenía adoptada, encogió los músculos y modificó la posición hacia la relajación sin descomponerse, su forma natural para no parecer una efigie sin vida o un Tancredo de este tiempo aunque sin pedestal.  

      —De acuerdo, muchacho, bienvenido a la familia —prosiguió mientras lo examinaba de arriba abajo, por si le faltaba algo por observar o entrever, algún recodo, algún doblez inadvertido—. Mañana mismo te incorporas a mecánica. En cuanto llegues, vas directamente a Jacinto Moraleda, quien ya sabe lo que tiene que hacer contigo. ¿Me sigues?

      —Así lo haré, faltaría más. Y muchas gracias de nuevo, don Sebastián —abierto, sincero, sin caer en el empalago.

      —¿No estás cansado, ahí de pie tanto tiempo? —«Vaya, por fin se ha enterado», masculló en el cerebro, sin inmutarse, el aprendiz de mecánico después de no saber cómo ponerse y qué hacer para guardar la compostura, ahora estirado, ahora encogido—… Vete y busca algo en lo que puedas sentarte frente a mí, que quiero seguir hablando contigo. Por cierto, tendré que mandar que pongan dos sillas de acompañamiento visto el mucho espacio que me has procurado: esto parece un salón de baile, sólo nos faltan las mujeres —remató socarronamente riendo su propia gracia.

      Al cabo de dos o tres minutos apareció con una banqueta de madera de respetable altura. La pilló en el comedor, donde después de someterla a lijado y pintura cumplía misiones multiuso, incluido el de escalera. La dejó delante de la mesa y esperó a que le autorizaran a sentarse, que educación no le faltaba.

      Entretanto, el jefe había retomado la revisión de sus papeles: partes de trabajo, estadillos, escandallos, facturas para el visto bueno, órdenes de trabajo, presupuestos. En ello estaba, muy por encima, cuando el subordinado entró de nuevo.

      —¡Siéntate, siéntate! —dijo al tiempo de comprobar el armatoste que había traído—. ¡Hombre!, mira que silla más apañada, si incluso eres más alto sentado que de pie. Sin empezar, ¿ya quieres mirarme por encima? —argumentó la sorpresa mientras se despachaba con una sonora carcajada surgida de la estampa que ambos componían, una foto para enmarcar y luego reírse si la ocasión se ofrecía. Era la primera vez que el visitante a un despacho, sentado, quedaba por encima del propietario de la mesa, algo insólito. 

      —¡No, por favor! Ahora mismo me la llevo y busco algo menos aparatoso. Es lo primero que he pillado a la vista, tenga en cuenta mis nervios —se excusó cuando ya tenía agarrado el cuerpo del delito para irse, pues ciertamente no midió bien qué cogía y en qué posición iba a situarse delante del jefe. «Debí darme cuenta, seré estúpido; la he cagado y vaya en qué momento, ¿qué estará pensando de mí ahora mismo?», se decía mientras le alcanzaban los colores, tan rojos como el rojo corporativo.

      —¡Tranquilo! Quédate donde estás, hombre. Es una broma, ¿no has sabido verlo? —comunicó cerrando toda posibilidad a que la banqueta volviera a emigrar. Además, no tenía todo el tiempo del mundo—. Siéntate de nuevo, ahora mismo seguimos. —concluyó mientras apartaba los papeles en un perfecto desorden controlado. 

      —Como quiera, aunque permítame que le pida perdón, de verdad… —suplicante, abochornado.

      —Vamos a dejarlo estar, ¿vale? Tampoco es para tanto, una simple curiosidad, una anécdota que yo olvidaré pronto y acaso tú nunca. Eso que ganas —dijo sin dar más opciones a réplica, zanjando esta parte del asunto—. A lo que íbamos: aparte de lo comentado, la confianza en tu futuro y cuanto espero de ti, me queda decirte que con la nómina de este mes notarás un incremento de sueldo que espero sepas valorar. No es ninguna fortuna, desde luego, aunque ayudará a tu estímulo y necesidades.  Confío en que este reconocimiento a tu trabajo, pero especialmente a la aptitud mostrada, sea el primero de una serie para llevarte adelante y por el buen camino.

      El aprendiz de mecánico se removió en su elevada plataforma, gratamente sorprendido y satisfecho porque sabía la importancia de cualquier peseta que entrara en su casa. En octubre cumpliría los quince, un regalo adelantado, sin duda.

      —Gracias, de nuevo… —respondió sin poder repetir nada más, un nudo en la garganta lo impedía.

      Sebastián se dio cuenta del momento en que estaba enfrascado el muchacho y rápidamente cortó el rumbo de la conversación.

      —¡Ojo! No estarás creyendo que con el aumento de sueldo te harás rico, ¿verdad? Fíjate, ni siquiera yo con los treinta años que llevo de oficio, y con cuatro hijos, consigo llegar tranquilamente a algunos fines de mes. Así es que, en este sentido, Saúl Ramírez, tranquilízate porque vas a tener que trabajar muy duro para poder vivir cómodamente de un sueldo. Oye, salvo que te conviertas en uno de esos supermanes americanos de las películas que cuanto tocan lo convierten en dólares a porrillo. Aunque, si quieres la verdad, a mí me parece que todo es pura propaganda, que tiene truco y que las cosas al cocer menguan. ¿No te parece?

      Saúl, que escuchaba atentamente el alegato para salir de la emoción en la que estuvo unos instantes sumido, sonrió como acostumbraba a sonreír: ampliamente, sin miedo a mostrarse. Recuperó la compostura y presto se puso responder.

      —No sé qué decirle, don Sebastián. Los americanos son muy soñadores y aunque sueñen cosas imposibles, algunas sí que se hacen realidad a base de imaginación y esfuerzo. ¿No ve cuántos inventos vienen de allí?

      —Y de estudios, de mucho estudio e importantes universidades, joven. No lo olvides jamás. Para hablar de estudios sigues aquí, aunque estés sentado sobre ese incómodo y desproporcionado asiento. Lo del sueldo, bien está, dicho ha quedado y no se hable más, que es cuestión menor. Mi interés, aquí y ahora, es hablar de tus estudios. Podrás decirme, e incluso acusarme, que no es de mi incumbencia, aunque te adelanto que no lo tengas tan claro; también hablaré, si las circunstancias lo exigen, para convencerte de lo contrario.

      El jefe de taller se irguió sobre su silla, afinó la voz y las palabras, dispuesto a ejercer su autoridad moral. Con elevada circunspección se enfrentó al mensaje que tenía preparado en sus líneas básicas. Al tiempo, el interlocutor no tuvo otra opción que sorprenderse por el alcance de la embestida y la importancia que subyacía detrás de todo aquello.

      De repente, sin comprender cómo, el ámbito fue atacado por el virus de la severidad, de manera que pululando por el entorno sobrevolaba cierta afectación aunque sin presiones de ninguna naturaleza. Era una situación extraña, cuya última lectura parecía estar a punto de escribirse. De momento no sabía qué responder, mejor esperar a valorar los resultados del mensaje que su jefe, indudablemente, iba a largarle. ¿Por qué? ¿Qué interés perseguía?             

      Hubo un interludio. Ni uno ni otro supieron muy bien qué música se estaba interpretando, aunque ambos, con certeza, sabían que llegado el momento habría un final de apoteosis al margen de qué instrumentos intervinieran en el desenlace. ¿Un final satisfactorio para los dos?  

      —Antes de nada —prosiguió el dueño de la silla—, para sentar las bases de esta conversación, debo decirte que sí eres de mi incumbencia. Y lo eres en buena parte porque desde el mismo día en que te encomendaron a mí cuidado y control, igual que con algunos otros según las circunstancias, estoy obligado, porque me obligo voluntariamente, a encarrilar la vida profesional de chicos aprovechables como tú. Entiende, muchacho, que estoy legitimado para dirigirte por el buen camino, como si fueras mi hijo, porque me anima el interés de tu propio éxito y si quieres, es verdad, la satisfacción de ver cómo un árbol joven se robustece bajo mis consejos.

      «No forzaré nada que no quieras hacer por tu propia voluntad. Pero sí dedicaré parte de mi tiempo y esfuerzo a hacerte ver la importancia de alcanzar metas estudiando y la necesidad que tienes de formarte intelectualmente. Y ello con independencia de cuanto pueda ofrecerte la calle y el aprendizaje práctico sacado de aquí, importante aunque no lo suficiente para alcanzar metas mayores. Además, tú que confías en la grandeza y virtualidad de los sueños, ¿acaso piensas alcanzar las cumbres a base de ensoñaciones? No te equivoques, las cosas no son tan cómodas ni sencillas, los sueños, probablemente, sirven para activar voluntades, aunque nunca para sustituirlas a cambio de nada.

      «Te diré más para sincerarme a fin de valorar de primera mano las consecuencias de decisiones no tomadas a tiempo. Otro interés me anima: quiero ayudar a que chicos como tú, voluntariosos y capaces, alcancen lo que no pude superar en mi juventud. Yo me quedé en el camino porque me faltó cabeza y guía; me faltaron buenos consejos y me sobraron amigotes y comodidades. Desde abajo y viniendo de otro talleres, llegué aquí, un trabajo responsable, digno y decentemente pagado. Lo hice, paradojas de la vida, tras pasar la experiencia lamentable de la guerra, que curiosamente me benefició a consecuencia del oficio, sin necesidad de pegar un solo tiro ni de correr grandes riesgos. Y te preguntarás: ¿era éste mi sueño?

      «La respuesta es no. Mis sueños eran más elevados y hube de conformarme con lo que aprendí del oficio para alcanzar este destino. No puedo quejarme, mando sobre más de cien hombres, tengo autoridad, soy un buen profesional bien considerado por los propietarios y el mercado, de manera que puedo encontrar trabajo en cualquier momento fuera de este techo. Pero mi sueño, según te de decía, no terminaba aquí, era más elevado. No pudo ser; abandoné el trabajo de los estudios y eso limitó mis posibilidades a otros campos, incluidos los de un negocio propio. Fue entonces, Saúl, cuando los sueños, definitivamente, se desvanecieron hasta el punto de no haber más. Luego llegaron otros de naturaleza distinta, pero esos sueños eran otros sueños, nada que ver con los de mi juventud.   

     Momentáneamente absorto encendió otro cigarrillo. Uno más. Miró a la techumbre de escayola que protegía sus cabezas y quedó deslumbrado por lámparas fluorescentes sustituidas con motivo de la remodelación. Desde que llegó esta mañana había notado mayor claridad aunque no reparó que el motivo fuera a consecuencia de tubos nuevos con gas neón, sino a la limpieza general y a creer, a modo de reminiscencia, que todavía guardaba en la retina el sol de Benidorm, causa por la cual veía más intensamente.

      Se quedó pensativo durante unos instantes más, probablemente recordando los frustrados sueños de juventud. Entretanto, el oyente se había convertido en estatua, callado y sin movimiento, sólo escuchando atónito las revelaciones y cuanto traían detrás, algo que de una manera u otra iba a afectarle seriamente. Lo vio venir desde el inicio.    

      —No te extrañe, pues, que esté familiarizado con tu situación  —continuó el orador, a lo suyo, olvidándose del mundo, palabras para un único destinatario—. Conozco tus circunstancias, me he preocupado de saberlas en cuanto observé tus progresos y aptitudes. Por ellas estás donde estás y por ellas estarás mañana donde vas a estar. La necesidad de trabajar nunca debió ser motivo de abandono de estudios. Había otras alternativas. Tus padres lo sabían y tú también, aunque en aquellos instantes dramáticos y sin apoyos ni consejos de terceros se entiende que lo cómodo fuese renunciar y esperar a ver qué pasaba. Pero ha sido un tiempo perdido precioso.

      «¿Es recuperable? Creo que sí y de eso se trata, de eso va esta conversación y los consejos que la acompañan. Yo soy ahora aquel apoyo que no tuvisteis antes y te diré, por si aún no está claro, que mi esfuerzo radica en animarte a que retomes el trabajo abandonado, que afrontes una lucha valiente y sacrificada en pos de obtener una formación más completa. La de este taller, Saúl, no es suficiente para un chico de tu capacidad. No volveré a repetirlo.

      «De todos modos, después de la perorata y para no sorprender tu buena fe, te diré que tus padres están al corriente de esta reunión aunque no del ascenso ni del sueldo. Hemos pactado que sin perjuicio de cuanto ellos te aconsejen, mis palabras han de tener doble valor: primero porque estoy comprometido a ser el tutor que seguirá tus pasos en la etapa formativa profesional y algún caso has de hacerme, digo yo; después porque quien te habla es una persona con autoridad moral para evaluar las consecuencias de un abandono prematuro de los estudios, algo sufrido en propia carne y con las consecuencias ya dichas. Y si quieres más, añadiré un tercer valor: como eres despierto e inteligente, seguro estoy que no tirarás por la borda tan buenos y sabios consejos ya que una vez sumergidos en la mar terminan perdidos para siempre en tan profundas aguas… ¿Me sigues, muchacho?            

      —Sí, le sigo, jefe… —respondió lentamente, un susurro apenas audible, como despertando de un profundo sueño.

      —¿Pero te has enterado de cuanto he dicho? —inquisitivo.

      —Sí, jefe, cómo no. No he perdido nada, todo está aquí escondido —señaló a la cabeza uniendo los dedos índice y corazón al tiempo que estos impactaban en ella con sucesivos golpecitos, sereno, reflexivo, haciendo una lectura rápida de cuanto había estado cociéndose a sus espaldas—… No creerá que me dormí, ¿verdad? En todo momento estuve bien despierto y bien despierto sigo, tratando de enterarme dónde me encuentro y el porqué de la traición y cobardía de mis padres.

      Guardaban las palabras, aunque pronunciadas desde la serenidad, un poso de resentimiento, una actitud de rebeldía, el mundo girando a su alrededor y él sin enterarse. Sí, una traición. Sí, una cobardía. 

      El tutor captó sin dudarlo el mensaje de desagrado. Se vio sorprendido por el sesgo de la conversación y temió por la deriva que podía trasladarse al desarrollo del propio proyecto. ¿Qué había planteado mal?, ¿dónde se equivocó, dónde introdujo algo impropio? No acertando a darse explicaciones razonables ni tranquilizadoras, con alto riesgo de equivocarse, optó por una línea de dureza en la confianza de poder reconducir el quiebro producido. Al joven debía quedarle grabado de forma indeleble que los desvelos en su favor tenían un precio: su colaboración incondicional, sin fisuras ni rebeldías improductivas.

      —¡Cuidado, muchacho! Antes de continuar y juzgar nada, déjame que te diga dónde te encuentras, no vaya a ser que después desaparezca el espacio para el arrepentimiento: en la misma encrucijada que yo cuando tenía aproximadamente tu edad. Y no fue una buena decisión la que tomé, te lo aseguro, hazme caso. Ya comprenderás que no tengo ningún interés en defender nada contra ti. Por el contrario, carezco de obligaciones distintas a las comentadas, de forma que si los consejos no son útiles, nada más haré para esforzarme. Abierta queda la puerta, ésta y la de la calle para que encuentres tu otro camino. Y con él tus sueños si todavía quedaran algunos vivos.

      «En cuanto a tus padres, como todos los padres, son imperfectos. A los tuyos les sobran buenas intenciones por un lado y les falta capacidad de comunicación por otro, quizá llevados por sus propias carencias, agobios y necesidades. Cuestión distinta fue cinco meses atrás cuando se equivocaron gravemente al no esforzarse en buscar solución a la continuidad de tus estudios. Si hubieran puesto el mismo empeño que aplicaron en encontrarte trabajo donde fuera y de lo que fuera, seguro que hoy no estaríamos hablando en estos términos.

      «Así de crudo y dramático, joven. Qué nos queda del error sino aceptarlo. La semilla del fracaso ha germinado, el fruto ahora es tratar de poner remedio a la parte todavía no perdida, justo en la que estamos. Me consta que bien les está pesando, una losa sobre sus conciencias que tratan de sobrellevar ocultando el dolor. Confían que mi intervención pueda corregir el entuerto y en eso me afano, pues no dudan que el actor principal, que no es otro que tu, responda positivamente a la solución del mal paso dado en su día.

      «Pero, ¡atención!, también hay para ti, no habrás de librarte con facilidad. De esta circunstancia eres igualmente responsable porque pudiste enfrentarte al abandono, pedir apoyo y buscar alternativas para continuar. ¿Acaso, iluso, crees que estás indemne del suceso? Optaste por el abandono, Saúl, lo fácil; lo sabes y te reconcome: tu propia conciencia lo recuerda en ocasiones. Te acogiste al espacio de la comodidad, no fue suficiente justificarse con el esfuerzo de aquí, como tampoco lo fue continuar con compañías que preocupan seriamente a tus padres, advertido te lo tienen, según han confesado. Y ahora, por si tenías poco, también me sumo yo.     

      El escenario se había cargado de electricidad. Estaban ante una tensión emocional con mayor voltaje del debido y sólo explicada a partir del momento en que el adolescente habló de traición y cobardía. No le pareció bien a Sebastián Nogales la referencia destinada a sus padres con evidente hostilidad. Preocupados por la marcha de su hijo, habían conseguido contactarle y en varias ocasiones hablado sobre qué progreso llevaba en el trabajo. Mostraron inquietudes por su futuro y le pidieron apoyo para que no se torciera, un hijo magnífico en el que tenían puestas no pocas esperanzas.

      No formaba parte de su cometido juzgarles. De todos modos, sí pudo entender que eran padres honestos y preocupados aunque padres con carencias de comunicación, al menos respecto de este hijo. ¿Debieron anunciarle los contactos y sus preocupaciones? Sí, desde luego, pero no era pecado suficiente para convertirlos en traidores de ninguna causa. Tampoco de cobardes en su literalidad, sólo personas con dificultades y tras ellas, perdida parte importante de la autoestima, miedos a enfrentarse a situaciones cuyo alcance y conocimientos les superaban. 

      —Espero, Saúl Ramírez, haberme explicado con suficiente claridad —concluyó el valedor al tiempo que respiraba profundamente para tomar una ración extra de aire. Acto seguido, de forma mecánica, apuró el último cigarrillo encendido mientras humeaba sobre el cenicero.                                                                                

      —Con toda claridad, no tengo dudas —respondió el alumno, tranquilo, serio y un tanto afectado, sin ningún atisbo de rencor ni disposición contraria a cuanto había oído.

      —Y bien, ¿algo tendrás que decirme sobre lo escuchado? Y especialmente de la última parte de la conversación.

      —Nada… Me equivoqué mostrando desacuerdo en cuanto a mis padres. Lo reconozco y lo siento de veras. Le pido disculpas, y perdón. Acepto con humildad su ofrecimiento y acepto mis propias culpas, como bien ha señalado. Sigo con mis sueños adelante y si usted queda comprometido con lo dicho yo me comprometo con lo mío: trabajar y estudiar, estudiar y trabajar. ¿Qué más puedo decirle?… ¡Ah, sí!, algo me falta decirle: gracias, muchas gracias por su interés, don Sebastián… ¿Podré pagárselo algún día?… Yo quiero decirle…, yo…

      Las últimas palabras fueron espaciándose. Ahora, definitivamente, estaba llorando sin ningún rubor, a moco tendido y puesto de pie después de bajarse de la insoportable banqueta, maldita la ocurrencia. Los hipidos debían sonar en la calle.

      El tutor se levantó de la silla y se fue hacia el muchacho. Lo abrazó largamente, dejó que le alcanzara el sosiego y cuanto ya estuvo sereno le dijo que sólo habría de pagarle respondiendo al compromiso asumido. Lo apartó de su pecho, miró a sus ojos, le infundió ánimo y extendió la poderosa mano derecha hasta que fue a unirse con la fragilidad de la suya. Ambas manos se estrecharon y de esta forma convencional, entre dos hombres, sellaron el pacto. En los rostros, liberados ya de tensión, aparecieron dibujadas amplias sonrisas de complicidad, los flamantes fluorescentes de neón no escondían nada.

      —Gracias… —dijo el alumno.

      —Gracias —respondió el maestro—… Bien. Dicho, aclarado y pactado está todo… Puedes irte, bastante has tenido por hoy; mañana será otro día, un gran día. Yo, de momento, me quedo, aún es pronto, demasiados papeles, demasiadas vacaciones, demasiado trajín y demasiadas emociones también para mí en un solo día.

      El recién ascendido a aprendiz de mecánico, camino del vestuario, cruzó la tranquilidad de la nave con su voluminosa banqueta a cuestas. Andaba sin premura, reflexivo, sintiéndose observado. Detrás de la impoluta cristalera, Sebastián Nogales, de pie, observaba mientras el humo de su cigarrillo ascendía construyendo formas imposibles, arabescos de ensueño al atardecer de un día de verano.

 

 

4. Talleres Australes 

Jacinto Moraleda era el responsable de la sección de mecánica. Se trataba de un experto de altos vuelos en motores de combustión interna de gasolina e igualmente experto en motores diesel. De qué otro modo sino podría ocupar el puesto. Cercano a cumplir los cincuenta y con varios quinquenios acumulados en su brillante expediente de Talleres Australes, estaba enamorado de su trabajo.

      Tan afable como buen mecánico, sólo se cabreaba bajando a todos los santos del cielo cuando un subordinado no respondía a sus exigencias. En esos momentos la afabilidad se transformaba en ira, un demonio capaz de lanzarte una llave inglesa a la cabeza si habías desobedecido sus órdenes o por alguna circunstancia no haber aplicado la diligencia suficiente para conseguir un trabajo perfecto. Aparte de esto era un hombre cercano, con el que incluso podías reírte por sus gracias y chistes. Asimismo, gozaba de excepcionales cualidades como maestro. 

      El aprendiz, a las ocho en punto de la mañana, recibió las primeras lecciones de comportamiento. Y con ellas las primeras amenazas sobre cuánto podía sucederle en esa parte de la nave. No tendría ningún problema si las cumplía a rajatabla. De lo contrario, así lo anunció, iba a pasarlo rematadamente mal, hasta el punto de odiar haber sido destinado allí.

      «No creerás que has llegado aquí para ser un señorito de Jerez, ¿verdad?» De este modo desabrido lo afeó en un momento de la arenga, para ponerlo en su sitio si pensaba que la recomendación lo convertía en intocable. Recibió las encomiendas de trabajo y fue advertido de la importancia de observar cómo trabajaban los oficiales y de obedecer sus instrucciones en todo momento. También tuvo que escuchar lo esencial que podía resultarle empaparse en lo que era un motor, por qué funcionaba, qué lo componía y qué desempeños desarrollaban los cientos de piezas integradas en él.

      Independientemente de las amenazas estaba contento. Ya conocía la dinámica: los leones no eran tan fieros si guardabas cierta distancia y además se evitaba provocarlos para asegurar la supervivencia. No había dormido apenas aunque ni las lechugas recién cogidas del huerto a la débil luz del alba se mantenían con semejante frescura. Por ello, o más bien a consecuencia de ello, tuvo sobrado tiempo para reflexionar con largueza sobre la conversación de la tarde anterior y sobre cuantas consecuencias venían detrás.

      Se hallaba ante la primera. La responsabilidad de aprovecharla era suya, no podría culpar a nadie de un eventual fracaso, que de producirse sólo sería achacable a falta de interés o pericia. A pesar de los hoyos colmatados de grasas, virutas y residuos variopintos, Saúl Ramírez respiraba hoy bajo una certeza tan sólida como el pavimento de la nave: no habría rincón en Talleres Australes que no dominara, que no supiera de él su funcionamiento por íntimos que fueran los recovecos. Ése era su reto en los próximos tiempos, aunque se quedara en los huesos y en ello le fuera la vida. Voluntad declarada, desde luego, había; los resultados, para conseguirlos, tendrían que apoyarse en más sustancia que las buenas intenciones. Como en cualquier actividad humana. 

      Pero no fue el único reto impuesto en la larga noche de vigilia. Después de sellar el «Pacto de la Banqueta», como comenzó a llamarlo a modo de chanza, y el consiguiente estrechado de manos con la formalidad y exigencia de un contrato mercantil inquebrantable, vivía abierto a otras perspectivas. Desde hoy mismo, en cuanto el trabajo diera un respiro, e incluso contando con algún permiso autorizado para tal menester por el jefe del escaparate de cristal, buscaría soluciones para retomar los estudios en el curso que se iniciaba en pocas semanas. Sus padres quedaron comprometidos en la misma labor, de tal suerte que juntos indagarían si la solución pasaba por bachiller oficial nocturno o academias experimentadas, más flexibles en horarios, que permitieran garantizar la presencia a exámenes oficiales libres.

      La cuestión, de todos modos, pasaba por tener libros de texto en las manos. Tanto del curso vencido —a buen recaudo los mantenía con sus anotaciones, casi nuevos— como del que se avecinaba, y con ellos, limando horas al sueño, llegar a septiembre del próximo año puesto al día. Ésa era la meta, en este capítulo no encajaban otras alternativas. Si la brújula particular que había comenzado a redirigir su destino no apuntaba permanentemente al Norte, estaba perdido. Y lo sabía, tanto que a partir de aquí convertirse en un adolescente más responsable, por si tenía pocas responsabilidades, era tan exigible como respirar.

      Las reglas del juego estaban escritas. También las cartas marcadas, el tablero sin posibilidad de movimientos extraños: Saúl, desde el instante en que asumió el compromiso surgido del «Pacto de la Banqueta», quedó atrapado en las fauces de su propio destino, en la materialidad de sus sueños. Daba igual que fueran los procedentes de ensoñaciones imposibles o aquellos otros surgidos mientras los ojos despiertos miraban al horizonte, a las estrellas o a las golondrinas viajeras. Atrapado por el futuro y su propia palabra, así estaba, ¿cómo sustraerse a una realidad tan poderosa?                                              

Pasaron las semanas con intensidad arrolladora. El aprendiz de mecánico, acogido en el seno protector de Sebastián Nogales, vivía entusiasmado. La buena disposición de Jacinto Moraleda, jugaba asimismo un papel determinante en la exaltación del joven hacia lo nuevo. No tuvo descanso en las tareas, le fustigaban sin piedad para que aprendiera, poco a poco, el particular mundo de la sección. Ésas eran las instrucciones y allí las instrucciones se cumplían sin excusas. Especialmente, tratándose de aprendices espabilados a los que por capacidad podía exigírseles en mayor medida de cara a conseguir, más adelante, buenos oficiales de primera, quién sabía si un jefe de sección o un jefe de taller.

      Desde abajo, fue haciéndose una idea precia del conjunto. Para mejor entenderlo, comenzó por enfangarse en la limpieza diaria de los fosos destinados a examinar la tripería inferior de coches y camiones sometidos a reparación. En aquel tiempo de limitaciones el parque automovilístico español era escaso y envejecido viniendo de donde se venía y estando como se estaba en los comienzos de la Estabilización previa al Primer Plan de Desarrollo de 1964. Por tal circunstancia, la posibilidad de adentrarse en el entresijo de aquellas máquinas prodigiosas suponía gozar de privilegios impagables siempre que se tuviera mínima curiosidad o interés en el asunto. Pocos podían presumir de hacerlo.

      Él era uno de ellos y cada día disfrutaba con delectación.  

      Talleres Australes, el más prestigioso taller de la ciudad por trayectoria, capacidad y servicio, era un permanente hervidero de movimiento de vehículos. Bien por accidentes, reparaciones programadas, mantenimientos ordinarios o actuaciones de emergencia para aguantar renqueando unos cientos de kilómetros más porque no había piezas de repuesto o dinero para otra cosa dadas las carencias, el ajetreo estaba asegurado. No pocos partes de entrada  y otros tantos de salida se operaban en cada jornada para no saturar el espacio físico de la nave.

      Cuestión esencial consistía en la férrea organización del tráfico de operaciones. Se trataba de no salirse del guión, cada cosa en su sitio, que no sólo el personal pudiera trabajar con desahogo, sino que máquinas auxiliares y herramientas pudieran tener su espacio de maniobra para ser productivos conforme a lo esperado. Cuando se recibía alguna emergencia, hecho por otro lado frecuente, en última instancia siempre quedaba la posibilidad de dejarla a la espera en el frente delantero de los talleres, a la intemperie y ocupando un espacio público sin utilidad formal, cuyo uso nunca denunció nadie.

      Desde luego, no parecía fácil gestionar el movimiento comercial de la nave y su infraestructura de necesidades. Fue una de las primeras cosas que el aprendiz pudo observar, asombrándose del buen engranaje existente en el engañoso caos en que parecía estar sumido el proceso. Quizás, pensó tratando de ingeniarse un chiste, por la mucha grasa y aceite que rondaba en buena parte del taller. Y todo bajo el control último de su mentor, el hombre del asma, el amo del escaparate.

      Aparte estaba, aunque íntimamente conectado con talleres y almacén, el responsable administrativo y su equipo de mezquinos chupatintas. Así les decían quienes estaban a este lado de la pared, sin demasiado respeto por su trabajo, señoritos con manos de mujer sólo preocupados de controlar las pesetas que generaba el duro esfuerzo de los demás. Había entre los habitantes de esos dos espacios una intensa relación de amor/odio: amor porque los chupatintas procuraban a los operarios ciertas demandas inherentes a su puesto y convenía no enfrentarse a ellos; odio porque eran a su vez tiralevitas, calculadores, lameculos redomados que siempre escatimaban derechos a los trabajadores manuales en beneficio del patrón, para ganar medallas en su exclusivo beneficio. Pero ése era otro mundo, como tiempo después tuvo ocasión de comprobar.     

      Efectivamente, Saúl comenzó a conocer en profundidad los entresijos del taller. Le impactó su dinámica, el movimiento febril, los ruidos orquestados de intensidad variable bajo múltiples batutas, la organización manu militari impuesta para no caer en desastre o indolencia, las entrañas de los vehículos, las averías y golpes acumulados, la sangre todavía templada de un muerto, adherida a la tapicería; la forma de presupuestar partiendo de la intervención lineal de distintas secciones según los casos, cómo iban pasando de una a otra según se daban por rematados hasta que el polish los dejaba brillando como un espejo dispuesto para volver a lucirse en la calle… Desde luego, pasando antes por debajo del cartel que en letras rojas bien rotuladas ponía Oficina y pagar allí el importe de la factura salvo que se tratara de clientes habituales que liquidaban bajo otras reglas previamente pactadas,

      Al cabo del tiempo, el taller comenzó a no tener demasiados secretos para el aprendiz. Naturalmente, desde la perspectiva de quien observa y va aprendiendo con cierta superficialidad, sin adentrarse en las técnicas profundas del oficio dado que estas requieren largo espacio y dura práctica, pasos en los que ahora mismo, en razón del guión, no estaba.

      Algunos de los secretos permanecían todavía ocultos a su conocimiento. De todos modos, estando en ello pronto acabarían siendo ahondados: iba en el buen camino, seguía la senda y en nada se desvió para cumplir los requisitos, siempre con su mejor esfuerzo y voluntad y siempre acompañado de su mejor sonrisa. Y por encima de cualquier consideración, respetando fielmente lo prometido: estudiar y bien dispuesto en todo momento para cuanto se le mandara.

      Bajo estas premisas llegó al verano previo a cumplir los diecisiete. Sebastián estaba altamente satisfecho de la evolución del muchacho y Talleres Australes, desde la distancia, también. Lo que él mismo apreciaba, añadido a cuantos informes recibía de los responsables de cada departamento por los que fue pasando, refrendaban su buena conducta y el aprendizaje básico que deseaba darle para ver dónde encajarlo con mayor responsabilidad en un futuro cada día más cercano. No buscaba, desde luego, tener cinco jefes de sección en uno porque nadie era capaz de ejercer semejante capacidad de mando y trabajo con mínima garantía de eficiencia. De momento, no había alcanzado la locura, siquiera para intentarlo. Lo del muchacho era otro tipo de experimento, el inicio de una formación llamada a ser integral.  

      El propio jefe de taller decidió tomarlo a su servicio durante un par de meses. Perjudicado por una demanda vieja aun sin resolver por la gerencia, optó por acogerlo como ayudante para ver la desenvoltura que alcanzaba con los papeles. No ya en su manipulación y archivo, su verdadera tortura cada día, sino la llevanza física de los muchos partes de producción, listillas, cuadros y escandallos.

      Formaban parte de sus quehaceres y asumido quedaba. El engranaje exigía que al jefe administrativo le cuadraran facturas y nóminas, al almacenero entradas y salidas y al gerente la cuenta de resultados después restar a los ingresos cuanto se gastaba, de cuyo monto tenía buen porcentaje de responsabilidad. Y con ella, inevitablemente si quería rigor, muchas horas dedicadas a controlar todo lo necesario para que nadie le importunara con un solo error, un solo despiste, una sola compra o gasto que no tuviera su contrapartida.

      Este trabajo, sistemático y riguroso, venía requerido para asegurarse el control de robos de materiales y herramientas. La empresa hacía tiempo que había emprendido una cruzada diaria para neutralizar que la chapuza en la calle, a cargo de ella, fuera excepcional. Aun con todo, no había año en que dos o tres personas fueran despedidas por ese motivo, en algunos casos con intervención policial incluida en los propios talleres revisando rincones, ropa y taquillas. 

      Dado el creciente trabajo, el hombre llevaba tiempo reclamando un auxiliar administrativo a su disposición para solventar aquellas necesidades. El mismo en que seguían insistiéndole para que, por favor, fuera arreglándose con lo que contaba. Es decir, con nadie.

      Con el chico a sus órdenes encontró la solución sin que vinieran a contravenirle, ¡faltaría más!  Quería a su lado, sino un administrativo con oficio, al menos un listero espabilado para suplirle en labores mecánicas y engorrosas, un ayudante de bajo costo para que a su vez aprendiera y, llegado el caso, ser ascendido.

      «¡Joder!…, ¿tan difícil es entender que no puedo más, que voy a reventar?», reclamaba enfurecido al gerente para que por fin comenzara a tomarse la necesidad en serio y en consecuencia dejara de estrujarlo. «¿Acaso no os enteráis que dedicando tiempo a cosas menores que puede hacer un chiquillo estoy dejando de hacer labores más importantes y rentables para la empresa? ¿De qué coño de universidad venís algunos?», concluía dándose la vuelta y tras de sí dejando un estruendoso portazo. Esos eran sus títulos, ésa su seguridad porque a Talleres Australes su valiosa participación profesional en el engranaje le iba de maravilla.        

      No hubo ningún problema, como intuyó desde el primer momento. El chico comenzó a funcionar estupendamente en cuanto cogió el tranquillo. Tenía una preciosa caligrafía y sin duda se le entendía todo. Las cuatro reglas las dominaba con buena agilidad mental y notable seguridad, de manera que se perdía poco o ningún tiempo en cuadrar los números. Estaba realmente contento por el desahogo y el muchacho por partida doble: cerca del tutor y aprendiendo otras facetas del negocio igualmente importantes.

      El hallazgo y la ayuda resultó efímera para el jefe de taller. En las oficinas enfermó un auxiliar administrativo, sin que fuera posible sustituirlo por otro de la calle, según justificaron aun sabiendo que la enfermedad podía alargarse. Así quedó transmitido desde la cabeza, conocedora de estar ante un parche y sabiendo que se actuaba de tal manera por cuestiones de ahorro con horizonte medido: «Hasta que la cuerda rompa o esté a punto de hacerlo, momento a partir del cual se dará solución definitiva al problema», sabia reflexión final de la gerencia, no obstante sujeta a la fricción y a sus chispas incendiarias.

      Al margen de qué opinaran en el taller sobre los señoritos chupatintas y lo poco que trabajaban, lo cierto era que todos los días tenían que alargar la faena en horas extraordinarias gratuitas. Justo lo contrario a cómo se actuaba en relación con el taller, que puntualmente y a la semana percibían cada minuto de más fuera de la jornada ordinaria. Así estaba instituido aunque cada cual se miraba en su propio ombligo creyendo ser el ombligo del mundo.

      Siendo cuestión de arreglarse, aunque fuera malamente echando mano de existencias de la propia casa, echaron mano del aprendiz, en este momento lo malo conocido. El problema generó bronca subida de tono en las alturas, una vez más, y Sebastián Nogales cedió dada la emergencia que al parecer se había producido en un departamento obligado a gestionar cobros y otras mil labores para que todo siguiera yendo sobre ruedas.

      El acalorado incidente surgido a raíz de la demanda le permitió dejar sentado que resuelta la emergencia, con inmediatez quería al muchacho a sus órdenes. Y en paralelo un auxiliar competente a su disposición aunque para algunos menesteres quedara al dictado del responsable de administración.

      Éste fue el pactó y el compromiso formal de cumplirlo sin otras excusas. De modo que a pesar del berrinche por la sustracción del pupilo, dio por bien empleado el trance ya que indirectamente había resuelto una demanda vieja, precisada como el comer. Cierto era, sin metáfora, sabiendo que no pocos días ayunaba el almuerzo para ponerse al corriente con los puñeteros papeles. También verdad que esas abstinencias puntuales le servían para no ganar peso, su otra tortura. Sobre ella, para hacerla más llevadera, se venía a contentar aplicándose, a modo de bálsamo, el redicho de «no hay mal que por bien no venga.»

      A costa de las abstinencias el taller bromeaba con chanzas. Algunas él mismo las reía abiertamente. Otras no tanto.     

Cuatro meses duró el tránsito del aprendiz por el departamento administrativo de Talleres Australes. Allí trabajó bajo las órdenes directas de otro jefe, don Anselmo Bueno, hombre de mediana edad y extremadamente circunspecto según pudo comprobar desde el mismo instante en que lo conoció.

      Aún recordaba con frescura el momento de dos años atrás. Le habían mandado presentarse ante él para cubrir los trámites de alta en la empresa y dominado por el miedo escénico del primer día, le pareció tan parco como un juez dispuesto a dictar sentencia pública, serio hasta el punto de pensar que no había sonreído jamás. Hablaba lo imprescindible, si bien con tal precisión que no era necesario solicitarle aclaraciones de ningún tipo. Más adelante, en su etapa de amanuense meritorio con Sebastián, tuvo frecuentes contactos al acercarse a su despacho y persona, en su condición de mensajero, para gestionar asuntos relacionados con ambos departamentos.

      Seguía igual de reservado aunque al tiempo amable sin excesos. Nunca  le oyó levantar la voz ni en absoluto sobreexcitarse por las prisas. «Todo ha de tener su punto, su ritmo y maduración, mejor hacerlo con calma en beneficio de la seguridad», proclamaba didácticamente a los subordinados, uno más entre los  muchos y buenos consejos con que solía agasajarlos.

      No pudo olvidar Saúl Ramírez la temporada que pasó en las oficinas. Estaba a gusto y complacido. Aparte del jefe directo, el restante personal de las dependencias se sentía con autoridad y atribuciones suficientes para ordenarle recados y trabajos, especialmente ahora que habían de repartirse la pesada carga del enfermo. Era asumible y lo aceptaba de buen grado al formar parte de su máxima mientras estuviese en aquella situación de dependencia. Sí, formaba parte del «Pacto de la Banqueta» y no  quería olvidarlo. De ninguna manera.

      Reclamado para ello, pronto le encargaron tareas diversas relacionadas con la dinámica administrativa de una empresa de más de cien empleados y el calado que arrastra su envergadura. Sin duda, se trataba de trabajos menores dada su escasa preparación en asuntos cotidianos de mayor profundidad. Al menos al principio, de tal suerte que don Anselmo le anunció casi al tiempo que tomaba asiento, prácticamente sus primeras palabras de bienvenida: «No te agobies, tú vienes a ayudarnos; vete aprendiendo con interés porque soy consciente de no poder exigirte lo que antes no has aprendido.»

      Con semejante modelo didáctico, no fue extraño que enseguida se afanara en aprender sobre cuanto le caía encima. Intentaba con ello superar la barrera de sus propias limitaciones y demostrar, una vez más, que era capaz de cumplir cuanto le encomendaran, por dificultoso que resultase.

      Quería ser una esponja y en esponja con capacidad de absorción ilimitada se había convertido. Comenzando por papeleos simples, algunos recalando allí generados por él mismo en su inmediata responsabilidad de la mano del jefe de taller, aprendió con rapidez. Lo aceptaron bien y pronto dio muestras de capacitación para asumir trabajos de mayor rango, de manera que todos encantados con el encaje: él especialmente al valorar que su estancia allí era impagable por lo mucho que estaba aportándole al aprendizaje y a la nómina. Sacó en consecuencia, además, que no había mejor cosa que estar cercano a las personas que en buena medida decidían el porvenir. Pero sin errar la dirección del tiro ni equivocarse, desde luego, ya que el trabajo realizado y la actitud mostrada debían guardar correlación con lo exigido. Lo contrario, sin dudarlo, tendría efectos devastadores, bien para el propio futuro o bien para la estima personal. O para ambos.

      Con su natural desparpajo y abierto a las novedades, rápidamente se familiarizó con la liturgia del quehacer administrativo, sujeto en su mayor parte a trámites cotidianos. Las máquinas de oficina, sometidas a la parquedad tecnológica y económica de los años, fueron un hallazgo

      En cuanto la tuvo a su alcance y pudo tocarla y entenderla, admirado, sintió especial predilección por una joya de la ingeniería alemana: la calculadora mecánica Brunsviga No era para menos. 

      Se trataba de un maravilloso ingenio. Capaz, a base de palancas y movimientos de manivela para activar el sistema de molinete, de realizar no ya las cuatro operaciones de aritmética básica, sino ejecutar también complicadas raíces cuadradas o cúbicas era una maravillosa caja de sorpresas. Ahora bien, esto último destinado a personas muy instruidas y siguiendo el complejo manual de funcionamiento que la Brunsviga traía consigo.

      En aquella oficina, poco tecnificada siguiendo escasez y tendencias, cuando mucho y con dificultad, sólo una persona llegaba a la raíz cuadrada. Alcanzar lo pretendido implicaba maestría para manipular dígitos, marcadores y mandos, siempre activando el manubrio situado a la derecha, yendo y viniendo en un juego de muñeca vertiginoso, avances y retrocesos para concluir finalmente con el resultado en el visor.

      ¡Magia! Sí, la magia milagrosa del aritmómetro del sueco Odhner, inventor formado en San Petersburgo, que después de fabricarlo a millares optó por vender la patente a alemanes de Braunschweig, quienes con el tiempo y nuevas investigaciones consiguieron perfeccionar el sistema hasta llegar en los cincuenta del siglo XX a la admirada 13 RK.

      La Brunsviga 13 RK, y su hermana mayor de 20 dígitos, llegaron a ser las calculadoras estrella de su tiempo en Europa. La marca las produjo incluso en España ya bajo la tutela de Olympia Werke, empresa fabricante de máquinas de escribir que terminó absorbiendo al constructor del prodigioso ábaco desarrollado en Baja Sajonia.

      El “cerebro de acero”, clamaba la publicidad sobre aquellas portentosas máquinas y razón tenían. Más de diez kilos sobre la mesa convertían a la calculadora en una herramienta compacta de acero que sólo contaba como añadidos no metálicos la indestructible pintura exterior de esmalte en acabado martelé y los remates de baquelita granate para manejar marcadores decimales, palancas de borrado, arrastre y empuñadura del rabil.

      A Saúl Ramírez le enseñaron a manejar la máquina que más de sesenta años después sigue siendo herramienta de culto para museos y coleccionistas. La profusión en el mercado español fue muy elevada. Las administraciones públicas, ministerios incluidos, la prodigaron por todas sus dependencias sin necesidad de demanda previa, probablemente uno de los compromisos asumidos, junto con el de comprar máquinas de escribir, para que Olympia decidiera instalarse en España.

      Poco tardó el aprendiz en manejar con presteza y energía las claves del artilugio. Con independencia de los antecedentes comerciales y políticos, e incluso con mordidas en la transmisión o no, la calculadora era absolutamente veraz si el operador no se equivocaba al desplazar los cursores de latón que del cero al nueve bajaban o ascendían al encuentro del número deseado. El manubrio girando hacia adelante en función de contador sumatorio o multiplicador y de marcha invertida para restar o dividir, simulaban una melodía. El repiqueteo de los movimientos, ejercidos con destreza y continuidad, eran suaves y cadenciosos.

      La máquina, con su piel martelé brillando como el primer día, se prestaba a las caricias por sus formas anguladas. Y aun no estando en su intención cerebral, a modo de repulsa, sabía cómo denunciar a usuarios sin pericia: desaparecidas cadencia y melodía, enseguida quedaban retratados ante la audiencia quiénes carecían de empuje y sangre en las venas.

      La oficina contaba con otras calculadoras. Exclusivamente Hispano-Olivetti con cinta de impresión, lo cual permitía realizar sobre el papel comprobaciones de punteo y cuadres con mayor agilidad. Sin duda se estaba ante el futuro más próximo, pero la Brunsviga 13 RK seguía siendo la herramienta de los enamorados. El aprendiz, sin dudarlo, se enamoró de ella después de pedir permiso a otros novios.

      También se enamoró de las máquinas de escribir. El chico, en aquella edad, era altamente  influenciable, muy enamoradizo ante cualquier cosa presentada como novedad. Hispano-Olivetti, por fabricarse bajo licencia en territorio nacional, era el estandarte de los despachos y Lexicon 80, en esta época, la reina por precio, peso y versatilidad.

      Talleres Australes no era excepción en este consumo nacional franquiciado. Sin embargo, mantenía la propiedad de otra reliquia fuera del servicio cotidiano: Remington 16. Luciéndose en una vitrina acristalada para preservarla del polvo, sólo puntuales causas de fuerza mayor permitían su descenso hacia una mesa para después retornar al mismo olvido. Fuera de la vida diaria, como reliquia apreciada, nunca se olvidaron de aplicarle mantenimiento para conservarla a punto en todo momento por respeto a los servicios prestados.  

      De cabo a rabo el aprendiz ignoraba la mecanografía. Trabajar en dependencias administrativas sin dominar el medio era un hándicap importante, acercándose a la profanación. No obstante, nadie en este caso pudo sentirse engañado al conocer de antemano la procedencia y alcance de las capacidades atesoradas por el recién llegado. De cualquier manera, llevados por la necesidad puntual, todos se esforzaron en enseñarle cuanto antes y él, en contrapartida, comprometido a esforzarse para superar rápidamente las carencias.

      Animado por los nuevos tutores, aprendió a defenderse frente a la Lexicon 80. Cuatro instrucciones magistrales, un manual mecanográfico y buena voluntad fueron suficientes para iniciarse en el entreno y aporreo de la máquina más envejecida. Comenzando por la línea del medio del alfabeto sobre a-s-d-f-g con los dedos de la mano izquierda perfectamente alineados sobre ellas, dejando el pulgar para el espaciador, y ñ-l-k-j-h con la derecha, hizo las primeras incursiones en su aprendizaje.

      Una y mil veces tecleó los ejercicios dictados hasta familiarizarse con ellos. Luego comenzó a sentir que la piel estaba fundida con los contornos de las letras y los límites geográficos del teclado, momento a partir del cual supo que estaba yendo por los cauces establecidos. A continuación, animado y sin desaliento, acometió las demás líneas, cumpliendo a rajatabla la regla de oro de la que fue bien advertido: obligado estaba a mirar siempre al tendido, prohibido hacerlo hacia abajo, trabajo a tientas, trabajo a ciegas.

      Con los primeros impulsos comenzaron a repiquetear desordenadamente las teclas. Y sus impactos sobre el papel y el rodillo giratorio de caucho. El ruido generado cargó más el ambiente y también los tímpanos del aprendiz de mecanógrafo, al que aquello le parecía puro arte y pura musicalidad. Entusiasmado por la magia y sus avances, pidió permiso para practicar lo que pudiera durante la parada del almuerzo y le fue concedido; pidió quedarse fuera de jornada algún día si alcanzaba a compaginarlo con sus otras obligaciones, y también le fue autorizado siempre que las instalaciones estuvieran abiertas. Desde luego, le dijeron, no iba a quedarse allí sólo.

      Al concluir los cuatro meses que estuvo bajo la disciplina administrativa, tenía conseguidas unas aceptables ciento cincuenta pulsaciones por minuto. Dadas las circunstancias, no era para tirar cohetes pero suficientes para un novato que fue ejercitándose sin la ortodoxia de una academia al uso, sólo su ímpetu y la correcta memorización del teclado. Evidentemente, para qué engañarse, cogió vicios difíciles de subsanar, pues la prohibición de mirar donde no tenía que mirar no la cumplió con el rigor que le fue encomendado. Hizo trampas, lo habitual en este aprendizaje. ¡Que levanten la mano los puros!

      Tampoco era muy grave. A su lado, como muestra, un compañero alcanzaba casi las trescientas empleando sólo los dedos índice y pulgar, un verdadero portento digno de admiración, tanta que con semejante rendimiento estaría capacitado para aprobar este exigente ejercicio de cualquier oposición pública.   

      El aprendiz había cumplido las expectativas. No fue una ayuda determinante, pero sí una ayuda suficiente para tapar algunos de los agujeros abiertos en el departamento administrativo hasta la reincorporación del enfermo. Él fue, después de todo, el gran beneficiario del traslado por lo mucho y bueno que sacó de su estancia. Entre otros, el privilegio de haber estado junto al hermético jefe de oficina, del que tantos recuerdos positivos, al cabo de los años, aún guardaba.

      Cumplido su tránsito y aprehendidas las enseñanzas, volvió a las órdenes de su verdadero tutor. Esperándolo estaba con los brazos abiertos y pendiente de ver pronto cumplido el pacto de tener a su vera un auxiliar administrativo y acabar así con los obligados ayunos del almuerzo de muchos días.   

 

 

 5. Un brillo tentador 

Saúl Ramírez sucumbió a la fruta prohibida. Y lo hizo hasta el punto de convertir su loca decisión en suplicio. Aún no había cumplido los diecisiete y gozaba de razonable autoestima después de sumar casi dos años y medio trabajando en Talleres Australes con buena consideración profesional y personal. Su vida estaba siendo reconducida por la senda del progreso y sentía razonable satisfacción de los logros alcanzados al margen de altibajos emocionales que de vez en cuando venían a alcanzarle.

      La coexistencia del trabajo con los estudios no iba al nivel del compromiso asumido. Ni de sus propios deseos porque estos, ciertamente, eran demasiado exigentes. Tampoco se hallaba ante ningún desastre irrecuperable: el ligero retraso acumulado podría compensarlo en un futuro próximo a poco que las cosas siguieran la marcha prevista. Ésa era su voluntad y en ella se esforzaba con las limitaciones que el tiempo disponible imprimía a su vida y a su propia capacidad física e intelectual. Seguía siendo un adolescente, no un superhombre capaz de afrontar cualquier reto sobrenatural, asunto no menor que ya dejó sentado tiempo atrás para que quienes le obligaban de buena fe no se engañaran con las posibilidades.

      Académicamente, a estas alturas, navegaba por quinto de bachiller. Nadie salvo el propio interesado ponía en cuestión el razonable éxito alcanzado después de recuperar los atrasos sobrevenidos a la interrupción provocada por el inicio laboral. Traía arrastradas dos asignaturas de cuarto que finalmente, por la prioridad que les dio, consiguió sacar adelante en la convocatoria del último junio. La situación, en buena medida, limitó las opciones del curso natural, que hasta la fecha llevaba con dificultades. Con sólo dos materias aprobadas, su esperanza estaba centrada en que llegado septiembre pudiera al menos aprobar otras tantas para colocarse en sexto con cierta garantía de sacar adelante el curso y en función de la marcha del mismo ver cómo podía enfrentarse a la reválida.

      Le hubiera gustado no vivir con estas penurias. Le hubiera gustado dedicarse a estudiar con plenitud, le hubiera gustado seguir soñando proyectos de prosperidad, mas ahora había de contentarse con otras realidades menos elevadas. Las reglas de juego, de un tiempo a esta parte, quedaron algo alteradas. No obstante, existían proyectos con alcance y eran verosímiles dentro de la labor que como aprendiz de todo un poco ejercía en Talleres Australes. La cuestión radicaba en perseverar para alcanzarlos. Los años, sin dudarlo, vendrían a recuperar parte de lo que en estos momentos estaba perdido o a punto de perderse.

      Sebastián Nogales y Anselmo Bueno no cejaron en su empeño de animarlo para seguir adelante. Cada uno por su lado, insistieron en el papel de animadores y aunque el esfuerzo le superara por momentos o temporadas, nunca dejaron de aportar consejos y ánimo. Ambos se portaron con altura encomiable, hasta el extremo de no sospecharla siquiera, tal estaba siendo su interés en pulir el increíble diamante que por casualidad había caído en sus manos.

      Cumpliendo fielmente sus compromisos de apoyo cuando fue necesario, permitieron la compatibilidad del trabajo con los estudios. La Empresa, en la misma línea, dijo amén. Bien estaba cuanto apoyaban sus dos hombres de confianza, razones loables tenían para ello. Era para agradecer y por tal razón el esfuerzo, en contrapartida, alcanzaba niveles de mayor obligación personal. De ninguna manera quería olvidarse de esa correspondencia, de forma que en algún momento llegó a interrogarse para reafirmar permanentemente tal necesidad: «¿A quién habrán de beneficiar más que a mí los brillos que puedan obtenerse del diamante que dicen que llevo dentro?»

      —Muchacho, ánimo, no dejes de esforzarte porque más adelante acabarás lamentándolo. No es la primera vez que te lo digo, tampoco será la última; ya sabes cómo pienso respecto de tus posibilidades para el futuro —decía Sebastián en su papel protector, convencido de las facultades del pupilo, sin darle descanso para que no bajara la guardia y de paso asumir su capacidad como el don natural que no podía desperdiciar.

      —Joven, tienes talento, no lo desaproveches. Trabaja para lograr algo por encima de estas paredes aunque ahora te tengan deslumbrado. Mañana será tarde, te lo aseguro —argumentaba Anselmo Bueno en su parquedad lapidaria.

      Podía considerarse afortunado de haber llegado donde llegó. Con independencia de la insatisfacción por los resultados académicos obtenidos hasta la fecha, prueba del exigente desafío autoimpuesto,  las duras circunstancias fueron en todo momento tangibles, nada despreciables. Luego estar donde estaba no era ningún demérito sino lo contrario, pura justicia.

      Así lo mostraba abierta y complacidamente su entorno hasta que terminó por aceptar el valor de su propio esfuerzo. Después de todo, se acompañaba de estímulos y reconocimiento. En el fondo lo sabía bien porque era sagaz e inteligente para interpretar las formas básicas de la conducta humana. Quizá lo que buscaba, indirectamente, era el halago. Y para conseguirlo, nada mejor que lamentarse de lo mal que le iban las cosas y lo mucho que sufría con ellas: juegos de adolescentes para reclamar mayor atención. 

Recién comenzado el otoño, Saúl se presentó con júbilo ante la sociedad habiendo aprobado tres asignaturas más de quinto. El primer sábado del mes de octubre, día inolvidable, tuvo entrada en el taller una berlina Vauxhall Cresta E. Con cuatro puertas, seis cilindros y 2262 centímetros cúbicos, había sido fabricada en 1957 en Inglaterra por la legendaria Vauxhall, subsidiaria desde 1925 de la GM norteamericana y su punta de lanza en Europa porque ingleses y yanquis, salvada su particular guerra de independencia y la caña que se dieron, siempre han estado bien avenidos para cualquier tipo de alianza, especialmente  para fortalecerse ante otros.

      Negra y señorial, salpicada de brillantes molduras cromadas para acrecentar la elegancia, era crisol de belleza aun en su estado actual. Cuando más adelante quedara pulimentada y toda ella convertida en espejo, la berlina estaría en su esplendor para presumir e incluso para trasladar, si la hubiera, a una novia al altar y escucharla decir «¡sí, quiero!» Lo mismo que cuantos ahora, con cara de asombro, venían a contemplarla a su estancia en el taller a pesar de no lucir la mejor cara. ¿Quién no iba a enamorarse de aquella maravilla si nada más verla ya se envidiaba?

      La estancia del coche terminó por causar notable impacto en Talleres Australes. Dotado de potentes defensas, parrilla, faros, retrovisores, respiraderos, adornos múltiples, neumáticos luciendo una banda blanca en todo su desarrollo circular y un estilizado diseño de voluptuosas formas redondeadas, configuraban el exterior de su lujo inglés. Serio, equilibrado, en su línea tradicional. En razón de la novedad, no hubo operario o empleado que no se acercara a admirar el diseño y novedades que traía incorporadas a pesar del tiempo transcurrido desde que salió de la fábrica de Luton. No había entrado nada igual hasta la fecha, ni siquiera los espectaculares haigas de indianos o potentados de última hora.

      Llegó por sus propios medios al poco de abrir las puertas. Previa cita concertada para quedar en las mejores manos, se trataba de resolver los problemas que un Pegaso II le había infligido en la defensa trasera y lateral izquierdo en un insólito adelantamiento. Hubo quien dijo que quizás se debió a que el caballo alado del camión quería contemplar de cerca el grifo que abanderaba al Vauxhall. Nada grave salvo el impacto y el sustazo de ver cómo un pesado monstruo, sin fuerza para ello, intentaba un adelantamiento suicida que concluyó dejando a ambos tirados de mala manera en la cuneta: el mal menor después de todo.    

      En estas fechas ya estaba de nuevo Saúl Ramírez bajo la disciplina de su tutor jefe de taller. Entre otros cometidos, como ayudante y sombra de Sebastián Nogales, tenía el encargo de colaborar en la recepción y valoración de los trabajos a realizar en los vehículos que entraban, ya fueran relativos a labores de orden menor o para quedarse una buena temporada hospedados al cuidado de los orfebres que con muy buen oficio Talleres Australes había aglutinado en su plantilla.

      Fue de los primeros en acercarse al Vauxhall. También de los primeros en conocer qué había pasado, cómo había sido el accidente y las consecuencias que trajo. Lo hizo escuchando directamente al propietario del vehículo, reputado periodista de una importante agencia de noticias, de la que había sido corresponsal durante un tiempo en Londres. De allí regresó dos años antes para encontrarse de nuevo con su tierra y ocuparse de la dirección de un diario regional. Era un hombre afable, de aspecto tranquilo y educado que destilaba sabiduría y mundo.

      El joven, en función de oyente privilegiado, no abrió la boca. Se limitó a escuchar y tomar notas relacionadas con el alcance de la reparación, según las instrucciones y aprendizaje recibido. Gozó embelesado de la conversación mantenida entre su jefe y el cliente sobre las muchas anécdotas que, entre anotación y anotación, se cruzaron sobre las vivencias de ambos. Resultó incluso que tenían conocidos comunes, de manera que el parlamento fluyó por derroteros de camaradería, vinculada, además, con aspectos de carácter político, donde ambos mostraron una identificación común, con referencias, todavía, a la contienda fratricida. 

      Calculó el amanuense que el periodista de prestigio y mundo andaría cercano a los cuarenta. Preguntado sobre cómo llegó el Vauxhall a sus manos, respondió con presteza: viviendo en Londres se encaprichó del modelo en cuanto los vio rodar por allí, distinto a los vehículos convencionales del momento por prestaciones, porte y distinción. Había pertenecido a un norteamericano también periodista que hubo de dejar su corresponsalía con urgencia.

      Hizo énfasis en el hecho de que estaba nuevo, apenas un año. Su ventaja fue la necesidad del colega de desprenderse de él, por lo que pronto se pusieron de acuerdo. Dijo que era una delicia conducirlo —algo de orgasmo hablaron reduciendo el nivel de voz para a continuación divertirse con risas que a buen entendedor tenían como objetivo no escandalizar al oyente, como si todavía fuera un niño—. Añadió que estaba muy orgulloso de su adquisición, tanta que cuando hubo de trasladarse a España no dudó en venirse con el coche a cuestas a pesar de las dificultades aduaneras en un tiempo donde la autarquía continuaba viva aunque parecía que comenzando a dar coletazos para iniciar la etapa del desarrollismo.

      El volante a la derecha, según comentó, era  un problema sobre el que todavía le costaba trabajo acomodarse. Pero enseguida el propietario, riendo, aportó el remedio para obtener la mejor solución: hacerle muchos kilómetros cuanto antes. Ésa era la historia del Vauxhall y las razones por las que llegó a la vista de todo el taller para meterle mano. Naturalmente, sólo para los más delicados del oficio interviniente, nadie creyese que cualquiera tenía vía libre para activar su ego. 

      Después de concertar que en tiempo máximo de una semana estaría otra vez como nuevo, terminaron los dos hombres por despedirse efusivamente. Antes dejaron establecido que una vez se había determinado sin duda alguna que la culpabilidad del accidente fue del Pegaso, España atizándole a la Pérfida Albión en venganza por lo de Trafalgar y Gibraltar, sólo sería necesario que la compañía aseguradora del camión pasara a tasar los desperfectos y hacerse cargo de la factura.

      La conversación mantenida entre el jefe de taller y el propietario del automóvil fue amena e instructiva como pocas a las que hasta entonces había tenido ocasión de asistir el ayudante. Hablaron, ¡cómo no!, de la preciosa insignia que lucía en el centro del capó delantero, sobre las letras rojas de la marca grabadas en moldura de acero cromado.

      Se puso frente al vehículo para una mejor explicación. Mientras lo acariciaba, dijo el periodista haberse interesado en su día por el origen del logotipo de la marca Vauxhall. Sorprendido quedó cuando supo que aquella imagen, ya añeja aunque evolucionada a través del tiempo, fue tomada del escudo de armas de un mercenario escocés. No supieron explicarle el origen del porqué, o al menos no supo él averiguarlo teniendo capacidad para hacerlo yéndose a las raíces: si a consecuencia de una transacción comercial entre mercaderes, si el noble mercenario se vino a la ruina y el escudo quedó abandonado a su suerte hasta que otros le echaron el guante, si deliberadamente fue consecuencia de las permanentes rencillas entre ingleses y escoceses y su ancestral antipatía, o debido a que apoderándose de la simbología del escudo en cuestión, los primeros se estaban apoderando de distintivos más profundos, del sentimiento más hondo de los escoceses, aun tratándose de mercenarios.

      El Vauxhall Cresta E, a partir del momento en que el periodista propietario salió por la puerta de entrada, quedó bajo las manos custodias de Talleres Australes y sus operarios. El responsable del taller y su ayudante formalizarían el presupuesto a la espera de ser aceptado por quien habría de pagarlo. Después, ya verían cómo encajaban el trabajo en la sección de chapa y finalmente en la de pintura, pues no existían daños mayores, intacto el motor, intacto el interior. Lo esencial, lo sabía hasta el apuntador, era cumplir el plazo de entrega pactado salvo causa de fuerza mayor muy justificada. En esta ocasión habría que controlar de cerca al taller colaborador dedicado a cromados.

      —¡Cuidad de vigilar ese asunto! ¡No quiero sorpresas ni excusas! —sermoneó el jefe de taller, saltándose la cadena de mando por ausencia momentánea del responsable de la sección, a los operarios que habrían de intervenir en cuanto a que los cromados eran el punto crítico del trabajo. Más de un disgusto habían tenido por confiarse al milagro de última hora—. Así que ya sabéis: los primeros movimientos y martillazos, a la defensa, a la parrilla, a la moldura longitudinal y al faro. ¿Está claro?

       El coche quedó momentáneamente a su suerte, esperando turno. Cada vez que se le miraba más seducía. Exhibiendo el color negro de la carrocería, sus múltiples cromados y formas redondeadas, con el blanco impoluto de la tapicería de cuero, el impacto visual no dejaba indiferente. No era de extrañar, observándolo con detenimiento, que incluso la Casa Real Británica tuviera a su disposición algunos de estos modelos. Bien que se ocupaba Vauxhall Motors de airearlo.

      El logotipo lucía altanero. Una gran V acogía en su seno un círculo que apoyándose en ambos lados terminaba sobresaliendo ligeramente por encima de la abertura. En la cavidad del círculo, a su vez, el emblema del mercenario escocés: el grifo mitológico de una cabeza de águila y su medio cuerpo con el otro medio de león, y las garras del ave abrazando un estandarte rematado con banderola al viento donde se estampaba otra vez la V de Vauxhall. Tal era la enseña y a través del tiempo sigue manteniéndose aunque evolucionada en sus líneas y en la actualidad muy esquemática sobre el original: poco queda ya del mercenario elevado a la nobleza, o del noble devenido a mercenario, no se sabe bien. 

Ese mismo día se cernió sobre Saúl Ramírez la tragedia de su vida. Aún no era conocedor de hasta qué punto.

      Durante la mañana tuvo que acercarse de nuevo al coche para tomar datos de carácter administrativo. La información requerida por los protocolos exigía conocer diversa información básica del vehículo. Se trataba de labores cotidianas, una más entre las realizadas al cabo de la jornada.

      Al entrar en la lujosa cabina se sintió especialmente atraído por el confort. Examinó el conjunto y acabó diciéndose, convencido, que algún día él también tendría un coche de lujo. Cerró los ojos un instante e imaginó cómo sería el momento en que alcanzaba esa propiedad, la gloria del éxito y la envidia que podía despertar en los demás.

      En cuanto despertó del trance, a los que venía acostumbrado, abrió el lugar donde se encontraba la documentación requerida. Nada habían diseñado aún para no hallarla con facilidad. La sacó de su estancia prácticamente a ciegas, en un acto mecánico ciento y una veces repetido. Tomó los datos exigidos en su cuaderno de notas y con la misma indiferencia se dispuso a devolverla al lugar de origen para continuar con su trabajo. Pero al hacerlo, algo distrajo su atención hasta el punto de reparar en un brillo dorado al fondo del receptáculo.

      El resplandor lució parcialmente, apenas una luciérnaga. No identificando la forma del mismo, la curiosidad le hizo indagar con cierta avidez. Apartó los objetos que impedían conocer con detalle ante qué estaba y cuando lo hizo, ahora que la tenía en sus manos, la joya desplegó completamente su brillo a pesar de la luz tamizada de la nave: un sugestivo reloj de pulsera. Dorado en su totalidad, el reloj, su esfera y la pulsera formaban un conjunto tan tentador como espectacular. De oro parecía todo ello. Y teniéndolo en las manos, al tomar conciencia del peso, se alarmó, como si estuviera saliendo de un mal sueño. ¿Qué hacía con aquello en las manos? ¿Qué locura le estaba asaltando por instantes, cegado por el oro? 

      Repentinamente, el reloj de pulsera lo retornó a su escondite al tiempo que cerraba el cofre con espanto. Salió del coche con tal apremio que terminó empujando la puerta con estridencia, hasta el punto de llamar la atención de quienes trabajaban en los aledaños. Aceleró el paso camino de su estancia, con el ánimo de serenarse. Sin embargo, el corazón latía desbocado ante los sobresaltos padecidos: no hubo duda, por momentos el dueño de los pálpitos fue consciente de la tentación, de la locura que el demonio le había transmitido, hasta el punto de acercarse a abrazar lo que no era suyo.

      La jornada estaba acercándose al mediodía, próxima a concluir siendo sábado. Desde el hallazgo no pudo conciliar el trabajo porque vivía subsumido en la tentación. Veía al reloj y sus brillos encima de cualquier papel, en sus bolsillos, colgado frente a las paredes, delante de los ojos observando atentamente cómo giraban las manecillas, un tictac insoportable marcando los segundos sobre sus sienes. Obnubilado, terminó por descentrarse del trabajo y ante la apariencia de estar pensando en las musarañas —que lo estaba—, recibió un toque de atención de su jefe.

      —¡Pero hombre de dios!, ¿qué haces que no me das ya esos papeles terminados? Parece que estás dormido, ¿te pasa algo?

      —No, no, nada…

      —¡Pues muévete! Piensa que como no acabemos la tarea, buena parte de la tarde la pasas aquí aunque no te guste ¿Me sigues? —dijo amenazante aunque sin ninguna intención de cumplir la palabra porque el cierre de operaciones los sábados a las dos era sagrado, no se quedaba ni el gato aunque le pusieran todos los ratones del mundo al alcance.

      —Le sigo, jefe, le sigo —en las nubes, oyéndose a sí mismo muy lejano.

      Pero no. Mentía porque la dedicación al limbo permaneció estable. Saúl no estaba allí con la intensidad requerida, aunque tampoco con los brazos cruzados ni dispuesto a hacer horas extra no remuneradas. El cerebro, en buena medida, lo situaba ante el Vauxhall Cresta E en su cómodo asiento blanco de cuero y frente al cofre de la fortuna, frente a un reloj de pulsera deslumbrante. No era capaz de retirarlo de la cabeza. A cada momento transcurrido fue añadiéndose acrecimiento a la tentación, a cada instante un mensaje imposible de soslayar: «El reloj ha de ser mío, está abandonado a su suerte, perdido en un rincón inhóspito e inadecuado, nadie lo echará de menos.» 

      A partir de entonces fue cuando comenzó a librarse una batalla soterrada y a muerte entre la tentación y la honradez. El muchacho temblaba sometido a esas tensiones antagónicas con resultado, en cualquier caso, catastrófico. Quería ser honrado pero el brillo del reloj de pulsera y cuanto guardaba en su interior lo habían enloquecido, hasta el punto de estar atentando contra la propia esencia de su ser y del futuro que siempre soñó. Y del fracaso y pesadumbre que produciría a cuantos confiaron en él.

      Por momentos estuvo a punto de arrepentirse de la locura que estaba tramando. Incluso pensó, en un relámpago de lucidez que vino a alumbrarle, en poner en conocimiento inmediato de su jefe lo que había encontrado y dejarlo bajo custodia de buenas manos o avisar al propietario para que viniera a recogerlo. Pero enseguida impactaba en las sienes el tictac y delante de los ojos el brillo embriagador del oro y la esfera con su manecilla de los segundos avanzando inexorablemente.

      Saúl Ramírez, en ese tiempo, portaba en su muñeca izquierda un sencillo reloj proporcionado por sus padres revestidos de Reyes Magos en la última Epifanía. El reloj en cuestión bastante hacía marcando las horas dadas calidad y mal trato recibido. Sin cuidados y después de no pocas aperturas de su caja misteriosa para observar con detenimiento cómo actuaba el sorprendente mecanismo, ése que hacía posible contar los minutos sin demasiados equívocos, no era poca cosa acercarse a la hora exacta.

      Finalmente, tomó su decisión tras el martilleo en las sienes. Fue la peor decisión de su vida, una calentura que le arrastraría por un camino de flagelación personal, un atentado a su propia dignidad, algo que jamás pudo soportar. 

La tarde del primer sábado de octubre, cuando el muchacho estaba próximo a cumplir los diecisiete, fue para enmarcarla. Igual que lo había sido la mañana de emociones que desembocaron en la infamia de un robo moralmente escandaloso.

     Finalmente, pudo más el brillo que la decencia. La batalla librada durante un par de horas se inclinó hacia el lado de la maldad, ya se vería si también del lado de la tragedia. Acabó levantándose urgido por una excusa y subrepticiamente se halló sentado de nuevo ante el cofre del Vauxhall. Lo abrió, metió la mano, sacó el brillo de las tentaciones y con rápido movimiento fue engullido por uno de los bolsos del mono de trabajo. Salió con cautela y cerró la puerta sin provocar ninguna estridencia. Nadie observó movimientos extraños, todos estaban acostumbrados a verlo moverse de un lado para otro, con soltura y entrando y saliendo de los vehículos, siempre por delante algún quehacer dentro de ellos al margen de operaciones sujetas a reparación.

      Llegó la hora de la salida y sonó la sirena avisando del fin de jornada. La señal acústica era una novedad reciente, después de reclamar algunos trabajadores que con los ruidos generados y sin relojes a mano ni a la vista se despistaban, especialmente operarios a esas horas trabajando dentro de los fosos. Les hicieron caso y cuatro veces al día terminaba la sirena sonando con estridencia, dos para comenzar la tarea y otras tantas para finalizarla. La dirección estimó la petición y dejó sentado que si importante era el aviso para salir, la misma importancia habría de darse al de comenzar.

      Se mudó de ropa y se despidió como de costumbre. Más o menos, aunque con el manojo de nervios a cuestas denunciando la felonía, puso pies en polvorosa para disfrutar del fin de semana. Esperaba llegar cuanto antes a algún lugar donde poder observar con detenimiento el resultado de su hazaña, deleitarse con la joya, ver sus tripas, investigar sobre si estaba ante oro o ante un simple baño enmascarado propio de una baratija.

      Nunca llegó a saberlo, bien por su natural desconocimiento de la materia, bien porque, además, careció de tiempo para otras indagaciones. La premura con que lo obtuvo y la imposibilidad de examinarlo con detenimiento impidieron siquiera una estimación primaria de qué tenía entre manos. Si a simple vista se encontrase ante aluminio, hierro, cobre, acero, latón u otros materiales propios de su actividad, no habría ninguna duda. Pero este reloj era otra cosa. O al menos parecía que pudiera serlo.

      Alcanzó su casa llevado por la emoción de examinar cuanto antes la joya en mala hora lograda. Aparte del fulgor que le animó en primera instancia a robar el reloj, no le seducía tanto el posible valor del objeto sino la emoción de poder abrirlo y examinar su funcionamiento. Imaginaba, dentro de la ignorancia y del poco mundo recorrido, que una persona como su legítimo propietario habría de poseer algo valioso y distinto. Y quería comprobarlo.

      Después de todo, desde el primer instante en que urdió su nefasto plan, fue consciente que nunca lograría lucir el inesperado reloj en su muñeca. De la misma manera que nunca podría anunciar a sus padres haberlo encontrado en la calle porque de antemano y sin equívoco posible el destino era llevar el hallazgo a la policía; tampoco sería inteligente presentarse ante un relojero o aprovechado desaprensivo para venderlo: «¿De dónde ha sacado un mozalbete como éste semejante joya?», terminarían pensando con el fin de coaccionarlo en favor de su torcido beneficio al margen de la ley. Podían incluso denunciarlo y buscarle la ruina o verse engañado por los usureros al anunciarle que estaban frente a basura a sabiendas de hallarse ante un objeto de gran valor.

      En sus cuitas sobre qué hacer, estaba perdiéndose en una maraña de opciones. Basándose en el buen juicio que aún le quedaba a pesar del mucho perdido, llegó a convencerse que con semejante calaña de hampones y codiciosos el engaño estaba garantizado. Así es que en la transacción podían despacharlo con humillante facilidad. Y si querían, con cuatro duros en compensación de molestias o pagado con otra baratija menor y un par de chocolatinas de propina para entretenerse, el merecido premio al crío estúpido que todavía era. Pero seguidamente le entraban dudas: podía tratarse en realidad de una baratija comprada por el periodista a saber con qué objeto. Y en este caso probable, ¿qué cara de majadero habría de quedarle? Una vez perdida la honradez, ¿no era mejor que nada alcanzar un mal acuerdo ante los truhanes?

      En el quebrantamiento mental que le alcanzó, pensó que la cabeza podía explotarle. Las ideas fluían atropelladas y lo mismo pensaba una alternativa que en la contraria, sin criterio fijo, perdido, aunque con una imagen recurrente persistiendo en quedarse hasta la eternidad: el momento en que el reloj acabó en el bolsillo de su mono de trabajo.

      Demasiados frentes abiertos. Se estaba volviendo loco, carecía de capacidad para salir del laberinto en que cayó precisamente por su mala cabeza.

      «¿Haber robado y alcanzar la deshonra para llegar a este estado de confusión?», terminó por preguntarse tratando de buscar algún tipo de respuesta, alguna salida. Las dudas y el alcance de su acción comenzaron a carcomerle y todavía con la ignorancia de desconocer ante qué estaba realmente. La guerra no hizo otra cosa más que comenzar. Por delante, sin tiento, innumerables e improductivas batallas cuyo desenlace final sólo se alcanzaría con la propia muerte… Y aun con todo, la indignidad seguiría perviviendo perdida en cualquier rincón de cualquier galaxia.

      Pero quedaba una salida para deshacer el laberinto en que había entrado. Y con ella evitar las batallas y la propia guerra. No le pasó desapercibida la posibilidad de revertir su acción viendo cómo evolucionaba el robo, aunque las fuerzas del mal tiraban de él con enorme brío llevándolo a su territorio. Las fuerzas del bien vivían momentos flojos, demasiado debilitadas para enfrentarse a semejante empuje destructivo. En un momento de lucidez que pudo ser la solución a un mal paso, el ladrón pensó: «¿Qué me impide examinar el reloj, darme el capricho de manipular su mecanismo, jugar con las manecillas y presumir ante colegas? El lunes a primera hora lo deposito donde estaba y asunto zanjado. Simple travesura sin más consecuencias, de la que sólo yo y amigos contados seremos conocedores.»

      Olvidaba el muchacho que la realidad de la vida bien podía ser otra. Debía también calibrar que dado el primer paso sin obtener castigo y roto el honor, se abrían a partir de entonces todas las posibilidades para seguir experimentando. Y se olvidaba asimismo que detrás del arrepentimiento, por loable que fuese, siempre quedaría un poso en lo más íntimo de su propia esencia. ¿Cómo ignorar esta realidad a punto de cumplir los diecisiete?   

      Quiso encerrarse en su cuarto para salir cuanto antes de  dudas y ansiedad, pero no lo logró. Nada más entrar por la puerta, esperándole, su madre le llamó a la mesa para comer con urgencia porque tenía ocupaciones inmediatas; prohibido remolonear, a obedecer a la primera, sin excusas.

      La tortura creció ante la imposibilidad de someter a examen el fruto de su rapiña. Ni el nombre del reloj conocía aún, guardado a buen recaudo en el bolsillo izquierdo del pantalón. Envuelto en papel de periódico que pilló en el vestuario del taller, la mano lo cubría permanentemente, primero para eliminar el riesgo de perderlo en cualquier movimiento brusco y segundo para enmascarar el bulto y el posible hallazgo del pastel.

      Comió deprisa queriendo librarse de ataduras. Quería la libertad para encontrarse a solas con su dorado reloj de pulsera de ciento cincuenta gramos, quería oírlo y observar sus movimientos, despojarlo de su carcasa de oro y observar con detalle el mecanismo y compararlo con su otro reloj, el legítimo. Pero tampoco pudo ser. La madre, antes de irse, precisaba de su ayuda, un recado urgente en la calle. Llevado por la exigente inquietud ni siquiera replicó por el repentino e inoportuno trabajo encomendado: estaba en otro mundo, sujeto a cábalas de mayor profundidad; lo demás, pura minucia.  

El adolescente aún no había conseguido librarse de las compañías poco recomendables. Durante tiempo estuvieron a punto de descarrilarlo, mas nunca hubo desprendimiento para aislar el riesgo. Atrapado en invisibles y tenaces redes, permaneció sujeto a la camaradería de algunas amistades que venían certificando el mal camino iniciado años antes. Él pudo reconducir su previsible deriva forzado por las circunstancias familiares en las que se vio envuelto. Además, tuvo la fortuna de encontrarse con Sebastián Nogales, quien lo guió por un camino imposible de recorrer sin esfuerzo y clarividencia: ambos preceptos estaban siendo cumplidos escrupulosamente al margen de las propias dificultades del envite.

      Los lazos del mal, siempre acechantes, nunca terminaron de romperse a pesar de la distancia impuesta por las exigentes obligaciones de trabajador y estudiante. Mirado desde cualquier perspectiva, resultaba incomprensible que Saúl, con su fulgurante retahíla viva de proyectos a cuestas y la vocación de superarse a cada momento, aparte del desgaste corporal, siguiera teniendo relación con determinados personajes de la vieja pandilla iniciada al tiempo que echaba a andar  la adolescencia, e incluso antes, desde la infancia.

      Incomprensible o no, la relación existía. No era tan intensa por razones físicas de circunstancia, espacio y tiempo, pero estaba presente aunque con intensidad bajo mínimos. El aprendiz, ahora también iniciado en la faceta de robador, creía estar por encima de cualquier contaminación por parte de quienes eran un mal ejemplo. Se veía capaz de aislarse en el supuesto de vislumbrar arrastres improcedentes, de manera que el temor a la seducción negativa quedaba bajo control, tampoco convenía exagerar si hasta la fecha nada hubo que pudiera afectar seriamente a su vida, a su conducta. Así era, hasta el momento nada de gravedad se había producido para que las alarmas llegaran a sonar con estridencia.

      Las hadas maléficas, desgraciadamente, se cruzaron en su camino aquel sábado de principios de octubre. Poco antes de las cuatro de la tarde. Realizando el recado de su madre, tuvo el infortunio de encontrarse con un grupo de cuatro colegas que con insistencia le animaron a unirse a ellos para afrontar una aventura inolvidable, sobre la que no quisieron dar más señas no fuera a irse de la lengua y terminar jodiéndola. Así se lo explicaron.

      Él, por otro lado, también tenía necesidad de compartir. La importancia de su secreto y el sometimiento al escrutinio de los demás de la joya envuelta en papel de periódico, puesta a buen recaudo en el bolso izquierdo de su pantalón, de donde no salía la mano ni para mirar el propio reloj y ver en qué hora estaba, le tenía en ascuas y desbordado de emoción por ver las caras de los otros.

      Con tales tentaciones y la insensatez de los diecisiete exhalando hormonas a raudales, no fue difícil dejarse llevar por las fuerzas de la amistad inquebrantable. La ofuscación del joven por exhibir su nuevo reloj de pulsera de oro macizo no tenía límites en este instante de su vida: la sensatez atesorada en los últimos años, así como la fuerza de proyectos y promesas, quedaron barridas de un plumazo por la infantilidad de un niño caprichoso dispuesto a quebrar su futuro.

      —De acuerdo, me parece bien. En un cuarto de hora estoy con vosotros. ¿Dónde siempre?

      —Donde siempre… y no tardes —le respondieron.

      Cumplido el encargo salió de su casa diciendo, simplemente, que se iba. Bien ganada estaba la holganza después del trabajo y en particular tras el éxito de sustanciar con aceptables notas cinco asignaturas de quinto. Ahora no tenía otra obsesión que compartir su hacienda. Sólo visualmente, desde luego, y al encuentro de los cuatro colegas se fue al lugar concertado.

      Era un tiempo donde buena parte de la vida de niños y adolescentes se realizaba en la calle. Los juegos y las travesuras se hacían en la calle. Mucho de lo aprendido se aprendía en la calle. La calle era también escuela, para lo bueno y lo contrario; el problema radicaba en que algunos se doctoraban en pendencia y malicia.

      En los aledaños del urbanismo intensivo de la ciudad había espacios abiertos para cualquier iniciativa. Y en uno de ellos fue a recalar el grupo. Los cuatro planificaban y discutían sobre cómo afrontar su escaramuza a última hora de la tarde, cuando la oscuridad llegara. Dos llevaban las riendas y no precisamente los más dulces, gente encallecida en antecedentes desagradables, mejor guardarse de ellos por villanos. Y siendo así, reconociéndolo así, ¿qué demonios pintaba Saúl Ramírez en semejante ámbito, qué rebeldía le animaba a mantener la relación conociendo el peligro? Su respuesta lacónica y contundente, sin abrirse un ápice a más explicaciones, estaba cargada de simplicidad: eran amigos.

      Llegó al lugar de encuentro el invitado. No les dio tiempo a que le explicaran la aventura ni la razón por la que discutían acaloradamente. Fue él, de inmediato, quien asumió el protagonismo. Metió la mano en el bolsillo, desenvainó la joya y sobre el tapiz de la hierba donde estaban sentados haciendo su conciliábulo dejó posado el reloj de pulsera de oro. Brillaba ahora como nunca había brillado, a la luz de una calurosa tarde otoñal.

      Sorprendidos, se lanzaron los cuatro a por él entre boquiabiertos y exclamaciones de admiración. El ladrón los contempló satisfecho, les estaba dando, en su opinión de entonces, una alegría, aportando profundas confidencias de hermandad.

      —¡Joder!, no puedo creérmelo, ¿de dónde has sacado esto, Saulito? —pregunto uno.

      —¡No me jodas! ¿Esto es de verdad  —dijo otro.

      —¡La hostia!… ¡Funciona! —observó el tercero después de acercárselo a la oreja.

      —¡Pero si es de oro macizo! —apostilló el último colega mientras lo sopesaba en la palma de una mano.

      —Trae para acá, que quiero ponérmelo —pidió autoritario el primero que había hablado—. ¡Joder, qué bien me queda! Ni a propósito, parece hecho para mí —añadió mientras agitaba la muñeca y con ella al reloj desplegando rayos deslumbrantes hacia todos lados influenciado por el sol.

      —Me lo he encontrado hoy cuando venía del trabajo —acertó Saúl a contestar a todos ellos, expectantes y cada cual haciendo sus cábalas—. No lo sabe nadie todavía. Sólo vosotros. No sé si será de oro o es sólo un baño. A lo mejor resulta que es una falsificación, japonesa pudiera ser. Pesar, la verdad, es que pesa lo suyo, ¡menudo cargamento! Llevo pensando desde entonces qué hacer con él, aunque una cosa sí tengo clara: quiero abrirlo para contemplar la maquinaria.

      —¿Qué coño de nombre es éste? —interrumpió, preguntando interesado y sorprendido, el que aún mantenía el reloj enfundado en la muñeca, sin acertar a pronunciar lo que intentaba leer de tan escasas vocales como tenía el nombre.

      La marca del reloj, ciertamente, tenía un nombre extraño por desconocido. Desde luego, no cristiano. Sonaba a alemán, pero quién sabe. Ninguno fue capaz de repetirlo o identificarlo con cualquier otro que hubieran visto u oído. Careciendo de papel, lápiz o bolígrafo, tampoco se les ocurrió anotarlo para indagar más tarde con astucia y sigilo. Así es que más adelante, ninguno que se supiera, quizá porque las emociones fueron más poderosas que la retentiva léxica, fue capaz de recordar la marca ni modelo del reloj de oro macizo que Saúl dijo haber encontrado en la calle.

      El reloj comenzó a pasar de unas manos a otras, ávidos todos de tenerlo, probarlo, escucharlo e indagarlo. Los comentarios de admiración no cesaron, uniéndose a la bulla generada en torno al suceso, asunto que de momento anuló al proyecto tramado para el oscurecer. Uno de los entusiastas partícipes en el festín del oro, Isaac Valiente, se adelantó a preguntar lo que a título individual estaban dispuestos a soltar en cualquier momento al afortunado propietario.

      —Y bien, Saulito, ¿qué vas a hacer? Yo creo que puede sacarse una fortuna; habría que empezar a moverlo por ahí, ya sabéis —se atrevió a valorar en su ignorancia ya que, evidentemente, desconocían ante qué estaban. Pero lo que alarmó al propietario provisional del reloj y a su instinto de supervivencia fueron sus planes, la avidez de las palabras, el codicioso interés participativo que todos habrían de tener en el negocio.

      —No lo sé, ya os dije… De momento, examinarlo con detalle, sin prisa. Después ya veré  —respondió dejando sentado que la decisión sería suya, de nadie más.

      Los muchachos, en el ágora abierta en que se encontraban, llevados por limitaciones culturales y escasa capacidad de diálogo, entraron en un alterado debate sobre qué podía ser o no, sobre qué podía hacerse o no. Jugando a adivinanzas o sometiéndose a especulaciones en cuanto a las alternativas de la causa abierta, parecían fieras enjauladas examinando cualquier recoveco por donde salir del círculo en que se hallaban. De todas formas, nada nuevo que el propio autor del revuelo, en el tormento que llevaba desde mediodía, no hubiera ya pensado y analizado con pros y contras.

      En el ambiente comenzó a flotar, sin tapujos, que el reloj no era ya de Saúl Ramírez, sino de la sociedad de apoyo mutuo que tenían formada. Como tal, según las reglas, propietarios legítimos e indivisos del bien común porque su alianza pasaba precisamente por el principio peliculero y quimérico de que lo de uno era de todos.

      «¡Y un carajo!», se dijo para sus adentros el dueño de la materialización del bien común que los otros querían repartirse. Sabiendo él cuánto había sufrido para conseguirlo y cuánto habría de sufrir aún hasta ver concluida su deplorable hazaña, no estaba dispuesto a repartir nada por mucho que se les afilaran los colmillos.  

      La cosa, yendo por semejantes derroteros, comenzó a agriarse al replicar el afortunado del hallazgo que ni lo soñaran. Los otros rieron creyendo estar ante una broma. Pero no, no era ninguna broma. El reloj lo había encontrado él yendo sólo y no en grupo, y en consecuencia suyo en su integridad. ¿A cuento de qué la participación de otros?, ¿acaso le repartieron algo en los últimos años? Nada. Pues nada tendrían.    

      —Bueno, tengo que irme. Os dejo con vuestros planes. Ahora que no hay nadie en casa quiero aprovechar para abrirlo tranquilamente —dijo dando por cerrada toda opción hasta ver qué decisión tomaba—. Cuando decida qué hacer, os lo comento, ¿vale?

      Los otros se quedaron sorprendidos y contrariados, mostrando un punto de hostilidad hacia el camarada traidor a la causa. Mal negocio, aquello estaba torciéndose y Saúl supo verlo. Pero ya era demasiado tarde.

      —¿Quién tiene el reloj? Pasármelo que me voy. Se acabaron las bromas —dijo con seriedad en un intento de salir cuanto antes del cerco al que le pareció estar sometido, amarga medicina, ahora lo apreciaba con claridad, que él mismo se había recetado sin estar dispuesto a tomarla de ninguna manera.

      Callaron como muertos y el reloj siguió sin ponerse sobre su mano. ¿Dónde estaba, quién lo había escondido? Los nervios y las palabras subieron de tono.

      —¡Joder, ya está bien de bromas!, ¿no os parece? ¡Dadme el puto reloj ahora mismo!

      Se miraron los aludidos y uno a uno. Molestos por la exigencia y el tono agresivo, negaron tener el reloj: la alhaja dorada de ciento cincuenta gramos, pasando de unas manos a otras, había sido tragada por la tierra, ninguno estuvo dispuesto a devolver lo que no tenían a su alcance. Evidentemente, o los cuatro mentían como bellacos conjurados o al menos uno era culpable del escamoteo, a punto ya de alcanzar categoría de robo con alevosía y abuso de confianza.

      —¡He dicho que me devolváis de inmediato el puto reloj, mi reloj, no vuestro reloj! ¿Está claro? ¿Qué parte del asunto no entendéis? —reclamó de nuevo a grito pelado y con elevada excitación, enrojecido, dispuesto a defender su propiedad a costa de cualquier envite.

      Los aludidos, sordos de solemnidad forzada, se llamaron andana hasta que fueron confesando. Puestos en pie por lo que pudiera ocurrir a partir del tenso momento, hablaron, dejándose de más subterfugios ni contemplaciones.

      —¡Yo no lo tengo! —acabó gritando uno.

      —¡Pues yo tampoco! —más alto y convincente.

      —¡Ni yo, hostias! —apostilló el tercero, dispuesto a defender su honor hasta donde y ante quien hiciera falta a base de juramentos, incluso ante la Santa Sede o la Santa Inquisición si las circunstancias lo exigían.

      —A mí podéis registrarme —apunto el último, flemático como un inglés familiarizado con el frío oficio de la impavidez—. Es más, puedo desnudarme si os parece suficiente prueba para demostrar que yo no tengo ese puto reloj, ni siquiera metido en el culo.

      Con la última palabra surgió la trifulca. Empezaron a darse voces unos a otros, acusándose recíprocamente. Los aspavientos amenazantes anunciaron que salvo que el reloj apareciera de inmediato aquello terminaría con final poco pacífico.

      —¡Hijos de puta, cabrones, quiero mi reloj! —arremetió furibundo Saúl contra los cuatro colegas, llevándoselos por delante con toda la ira que fue capaz de acumular viendo, ahora con mayor clarividencia, cómo el robo podía acabar con su futuro y estigmatizarlo de por vida.

      Se enzarzaron en una violenta pelea de todos contra todos. Puñetazos, patadas, empujones, codazos y lo que hiciera falta. Durante el tumulto, Saúl estuvo más preocupado de cachearlos para encontrar el reloj escondido que de defenderse, de modo que con tan nefasta defensa le dieron leña por todos los lados. Hasta que Isaac Valiente, viéndose acosado, no dudó en tirar de la herramienta básica del pendenciero.

      Blandida la navaja en el reducido espacio existente entre el amasijo de cuerpos en lucha, su dueño terminó encontrando remedio para salir de la presión a que estaba sometido. Pinchó a un contendiente, al que más cerca tuvo, con resultado final de sangre más escandalosa que abundante o grave. A partir de ese momento donde la pelea se adentró en otros límites y peligros, sin que nadie fuera capaz de calibrar alcance y desenlace, el grupo comenzó a disgregarse sin prisa pero no sin improperios, insultos y otras lindezas.

      Ya desembarazados del abrazo común, intentaron recomponerse de los daños sufridos en la batalla y volvieron a insistir que ellos no tenían el reloj. Pero estaba claro, al menos uno mentía, el mismo que de alguna forma durante el conciliábulo consiguió esconder muy artísticamente la presa en lugar hasta entonces no descubierto. No hubo forma, a pesar de las explicaciones que se exigían unos a otros, de que el reloj apareciera.        

      El de la navaja caminaba con parsimonia hacia un lado aunque todavía amenazante y erguido. Otro cojeaba tapándose la herida del muslo con un pañuelo alcanzado de mugre y copiosos y anejos mocos, en busca de agua. A su lado iba acompañándole un tercero que durante la lenta marcha terminó por preguntar al herido de arma blanca si tenía realmente el reloj para poder repartírselo en comandita. El último echó a andar con rumbo distinto después de consolar al dueño del reloj y tras jurarle una y mil veces que él no lo tenía.

      En el centro del teatro de operaciones, levantado y mirando hacia ningún lado, sólo quedó Saúl. Estaba estático, enrojecido por la sangre y los golpes recibidos, huérfano de su joya, sometido a profunda decepción y abrumado por las enormes deudas contraídas.     

      —¡Hijos de puta!… ¡Algún día me las pagaréis! —gritó tres veces con desgarro, dirigiéndose a los distintos vientos por donde iban caminando sus cuatro colegas del alma. Uno de los cuales le robó con impunidad, sin que pudiera atreverse a señalarlo con certeza porque bien sabía ya del engaño e incertidumbre de las apariencias. No era necesario ir lejos: la realidad de su propia persona no dejaba de ser demoledora.                 

      Sí, estaba realmente desolado, realmente perdido y con resignación aceptando la pérdida del fruto de su robo y cuanto esperaba obtener de él. Y viéndose así, y sin tener dónde ampararse, no tuvo mejor consuelo que echarse a llorar.

 

 

6. El hombre y el peso de la carga 

La tarde del altercado quedó indeleblemente grabada en la memoria y vida de Saúl Ramírez. Tanto y con tal fuerza que nunca pudo superarlo. «El nefasto primer sábado del mes de octubre» lo llamó con frecuencia.

      A partir del instante en que tomó conciencia de la vergüenza y el estigma que habría de arrastrar pese a cualquier situación social o económica en la que se hallara, cayó en un profundo sentimiento de culpabilidad. Éste le llevó a tomar decisiones imprevisibles siquiera poco antes del momento en que todo vino a cambiar. En los sucesos no hubo otro responsable que él mismo y asumido estaba desde el principio, sin posibilidad de engaños pueriles buscando explicaciones imposibles.

      No existían dudas sobre los hechos. No obstante, en tiempos posteriores, cierto que apremiado por la mala conciencia, llegó a interiorizar preguntas en términos donde lo capcioso bien podía interpretarse como la necesidad espiritual de ir al encuentro de alguna exculpación por liviana que pudiera acaecerle: «¿Qué hacía allí guardado el reloj, expuesto al pillaje de él o de cualquier otro? ¿Por qué tentar al diablo siendo el diablo tan seductor como perverso?» Sus tribulaciones, en este sentido, no parecían tener límite y hubo de aprender a vivir acompañado de ellas porque formando ya parte intrínseca de su propia existencia, nunca fue capaz de librarse siquiera de las sombras. 

      Los días siguientes fueron un martirio. No pudo vivir con sosiego ni pegar ojo en las noches, esperando el descubrimiento de su indignidad y las consecuencias. A la desesperada, uno a uno, trató de negociar con los compinches un precio generoso, su gratitud y la retirada de insultos y amenazas si el reloj volvía a sus manos: iba a ofrecérselo de regalo a su padre.

      No fue posible conseguir el objetivo: rechazaron el acuerdo, no podían darle lo que no tenían. De esta manera resultó que el reloj nunca salió de donde salió ni estuvo en las manos de quienes estuvo, lo que aún envenenó más su sangre e hizo crecer la indignación furibunda hacia los viles interfectos que fueron sus amigos. «¡Malditos hijos de puta», se decía a cada momento para insuflar odio contra ellos y  al tiempo lamentarse de cuánto peso iban a tener en su vida futura, o al menos inmediata.   

      Tras el resultado fallido de sus gestiones aceptó con espanto la imposibilidad de recuperar el reloj para devolverlo a su sitio a primera hora del lunes. Una vez perdido todo interés por manipular su maquinaria aunque lo tuviera de nuevo ante las narices, así como el impedimento de no poder denunciar su robo sabiendo la procedencia, afrontó la zozobra insultándose y flagelándose sin pausa por su debilidad y mala cabeza. Mas sabía que sobraban lamentos al encontrarse ante un retorno imposible y como tal tuvo que ir asumiéndolo: el sufrimiento, de todos modos, comenzó a carecer de límites.

      Aquella tarde, junto con sus reflexiones posteriores, aprendió una magnífica lección sobre la verdadera amistad. Estaba ante el solemne convencimiento de que los cuatro eran amigos inquebrantables. A pesar del escaso recorrido aportado por los años, una certeza engendró su mente mientras iba madurando: entendía la amistad como el resultado de una entrega recíproca y desinteresada que había de cultivarse como si de un huerto se tratara. Permanentemente, siempre sembrando, siempre cosechando, ida y vuelta.

      Bajo esa percepción, no era obligado pedir nada, ni nada había de ofrecerse a modo de anticipo. Sólo estar pendientes y abiertos ojos y brazos para brindarse en caso de cualquier necesidad. La cuestión no era compleja sino simple, ninguna ecuación irresoluble: apoyo mutuo y desinteresado, luchando continua y recíprocamente por el fortalecimiento del lazo con independencia de avatares del día a día de cada uno, sin intromisiones capaces de asaltar la intimidad, aunque al quite para salir corriendo con la primera llamada de auxilio.

      Así pensaba entonces el muchacho, en su tierna ingenuidad. Por estas poderosas razones seguía manteniendo el extraño contacto con un grupo a cada momento más incompatible, al que diversas circunstancias ambientales amenazaban con separar. La trifulca y cuanto supuso vino a romper los lazos y a destrozar el concepto que Saúl Ramírez tenía en aquel tiempo sobre la amistad.

      Sus amigos, quienes creía amigos, terminaron rompiéndola llevados por la codicia, la más vil de las rupturas posibles. A partir de ahí, nunca más confió su amistad a la ligera. Necesitó años y reiteradas y sólidas pruebas planificadas para aceptar una nueva relación de amistad. Y siempre bajo sospecha y el insufrible temor de ser traicionado en cualquier momento a través de las múltiples formas en que una amistad sincera puede ser violada y destrozada.

      En este proceso de protección con coraza de acero aprendió algunas reglas de oro. Una de ellas, a percibir por anticipado y a larga distancia a quienes ofrecían amistad adornando el acercamiento con lisonjas cuando en realidad el fin último lo enfocaban hacia a otros provechos. En su afán de perfeccionar las relaciones sociales, dedicó buena parte de la vida a conocerse y a conocer a las muchas personas con las que tuvo oportunidad de encontrarse.

      Tras la experiencia y el análisis a que sometía sus pruebas, terminó conociendo mucho del fingimiento humano. Rechazar la amistad interesadamente ofrecida, le producía no pocas satisfacciones emocionales ya que aprovechaba para despreciarlos, descubriéndoles el juego y la pretensión. Después, descubierta la falsedad, terminaba sonriendo yéndose a una visión retrospectiva de su juventud.     

—¡Buenos días, jefe! —saludó alegremente aunque la procesión, su penitencia y congoja iban por dentro, atenazado por la incertidumbre y desenlace de su pecado. De su pecado, no. De la innobleza de su robo, a qué engañarse con tibiezas.

      Esperaba con esta actitud jovial dar sentido de normalidad al primer día laborable después de la rapiña. Su jefe respondió al saludo no con tanta alegría: dijo haber pasado una noche de perros a cuenta de una congestión debido a excesos que terminaron pasando factura.

      La jornada transcurrió con normalidad. Todo dentro de la dinámica habitual. Lo mismo que las cuatro siguientes aunque con angustia aumentada sabiendo que el sábado se cumplía el plazo dado para la recogida del Vauxhall. El vehículo quedó listo para entregarse el viernes a última hora, cumpliendo escrupulosamente el santo y seña de la seriedad. Incluso el taller de cromados respondió con antelación al tiempo límite marcado, casi un milagro.

      Llegó el momento crítico. El afamado periodista hizo acto de presencia para recoger su coche. Llamaba la atención, brillando recién salido de fábrica y sin el más mínimo vestigio del atropello del Pegaso. Fue tratado con esmero conforme al principio empresarial de Talleres Australes, en este caso acrecentado porque el estatus de coche señorial y delicado exigía mayor mimo. Era una maravilla, una envidia agrandada por la presencia impecable y el impactante contraste entre negro, blanco y plateado del cromo. «¡Qué lujazo poder conducirlo!», pensaban quienes lo tenían a la vista

      El jefe de taller y su ayudante, como de costumbre, fueron los encargados de cumplimentar la formalidad de la entrega. Lo mismo que una semana antes hicieron con la recepción. El cliente examinó con minuciosidad su automóvil de arriba abajo, entró en el habitáculo, observó con detenimiento la limpieza de la tapicería, impoluta, y satisfecho dio la enhorabuena por el buen trabajo realizado.

      Saúl Ramírez, con su bloc de notas en mano para lo que pudiera ordenarse, temblaba mientras el corazón prometía salirse de su caja. El cliente, entonces, metió la mano en el bolso interior de la chaqueta y de una caja metálica, profusamente adornada con bellos paisajes caribeños, sacó dos enormes puros habanos que ofreció a Sebastián en prueba de amistad y para fumarlos a su salud: nunca hubo mejor metáfora empleada. Los aceptó, dio gracias por la atención inmerecida, se estrecharon la mano y a continuación un abrazo. Firmó el documento de conformidad y retirada, montó su cabalgadura, se reacomodó en el asiento, arrancó y antes de echar a andar, bajando la ventanilla, dijo:

      —Gracias también a ti, joven. A seguir aprendiendo de la mano de ése gran maestro que tienes a tu lado.

      —Gracias a usted… —imposible articular una palabra más, tampoco mantenerse de pie, al borde de un colapso observando cómo el peligro, en primera instancia, se alejaba.

      El Vauxhall Cresta E marcó dirección con su intermitencia. Dobló la esquina, majestuoso, y acabó desapareciendo de su vista, aunque jamás de su vida.

      El primer peligro grave quedó neutralizado, ciertamente. No parecía que el propietario echara de menos su reloj de pulsera de oro, joya de semejante envergadura dejada al albur. «¿Cuántos relojes de oro poseía el periodista para no haber venido corriendo a recoger el olvidado?», se preguntó Saúl durante los últimos siete días. Una eterna semana dejó transcurrir desde que el vehículo quedó bajo custodia de Talleres Australes, sin echarlo en falta, sin darse cuenta de la ausencia, o al menos sin que al llegar a recoger el coche se preocupara, lo primero, de recuperarlo dándose cuenta que solía meterlo en un sitio tan impropio como la guantera. Desde luego, no dejaba de ser una situación extraña. Y extraordinaria.

      Pero el peligro no desapareció con el doblado de esquina. Podía aparecer en cualquier momento reclamando su propiedad y poniendo patas arriba a todo el taller, con policía secreta incluida. La ansiedad porque llegaran las dos fue muy dolorosa, una jornada interminable que finalmente concluyó sin ninguna sorpresa ingrata, aparte del tormento de su propios temores y vergüenza.

      Ahora que el riesgo había alcanzado un nivel más reducido, Saúl pudo respirar con mayor profundidad. La detección del robo por parte del propietario ya no podría achacarse exclusivamente al personal de Talleres Australes, lo cual ampliaba el margen de impunidad de su acción. «¡Menos mal!, parece que voy a librarme, después de todo», acabó repitiéndose para dar carta de naturaleza a su liberación: si no pasa nada es que nada ha ocurrido. Pero no por mucho repetírselo y aunque deseara verse liberado del cargo, sabía muy bien qué sucedió, qué había hecho y cuáles eran las consecuencias morales. Se trataba de espejismos, la realidad siempre retornaba y retornaba para recordarle el momento en que metió mano por segunda vez en la guantera del Vauxhall.     

      Las semanas siguientes continuaron sin novedad.  No hubo noticia alguna en cuanto a reclamación de ningún tipo, ni noticias de prensa o radio haciéndose eco de un robo de altos vuelos. Por tanto, podía entenderse que tras el largo tiempo transcurrido a nadie se le ocurriría pensar, supuesto de echar el reloj en falta, que el robo fue perpetrado durante el tiempo de la reparación.

      Comenzó, por esta parte de las preocupaciones, a dormir tranquilo. La incógnita del asunto se centraba en saber cómo era posible que el dueño del reloj ignorara que lo tenía allí guardado. La hipótesis de que pudiera tratarse de una baratija a la que su dueño jamás dio importancia, ganaba enteros. Tan poca importancia que ni siquiera había reparado en su ausencia, con lo que el agravio careció de relevancia: una buena prueba interesada para alcanzar la indemnidad.

      Mejor que fuera así para no descubrir la envergadura del acto. Y con ella las consecuencias, no pocas precisamente. La ausencia de riesgo punible a estas alturas quedó despejada y en el ambiente una única respuesta mesurable: el maldito reloj de oro destellante era una puta mierda de reloj, a lo mejor simple señuelo a ofrecer en caso de robo o intimidación porque los periodistas experimentados alcanzan gran nivel de sagacidad. Y puestos a divagar buscando exculpaciones, dentro de las posibilidades, ¿por qué no aceptar que el propietario pudo ser engañado? Fue sencillo: compró el reloj pagando una primada, creyendo estar ante una oportunidad inmejorable, y después de darse cuenta del nulo valor y del engaño dejó la chatarra en la guantera hasta olvidarse de ella, esperando a la codicia o el deslumbramiento de otro.

      Llegado a esta reflexión final, Saúl se hecho a reír con ganas. Tantas que bien pudieron tomarle por loco: le dio por ponerse en el lugar de quien o quienes le habían robado a él esperando sacar suculenta tajada para finalmente encontrarse con una patada en el culo por parte del usurero de turno. «¡Cabrón de mierda, vete a tomar el pelo a otro con ése juguete!, ¿acaso a mis años crees que soy jilipollas?» 

Saúl Ramírez se vio liberado de parte sustancial de la presión. Pero le quedó el denso poso de la otra parte, ahora, para él con mayor relevancia que la primera. No era capaz de quitarse de la cabeza el momento en que sustrajo el reloj y el cúmulo de tentaciones que tuvo en relación con el mismo, aparte de querer examinarlo para cumplir con su natural curiosidad. Fue codicioso y faltó a un principio básico del ser humano: la honradez. Y no podía olvidarlo.

      Superados los primeros miedos, el peso de la frustración moral cayó como una losa sobre su conciencia y sobre su propia vida. Desde entonces ya no pudo mirar de frente a Sebastián Nogales, su tutor. Ni a Anselmo Bueno. Ni a ninguno de sus compañeros, quienes incluso pudieron llegar a ser incriminados por su culpa. Sentía haberles herido profundamente y no era digno de confianza. ¿Qué otra faena o indignidad estaba dispuesto a cometer si surgía la ocasión? ¿El robo del reloj fue un accidente o el principio de otros desmanes? ¿Dónde poner ahora el límite de su honestidad? Sufría y la soledad era su consuelo, ¿a quién iba a confesar? Sólo a sí mismo: estaba naciendo el hombre.

      Dejó de ser el joven alegre y entusiasta que siempre fue a pesar de las adversidades. La carcoma lo minaba e incluso los estudios comenzaron a ir mal: sufría la metamorfosis propia de quien siente haber fracasado en un proyecto vital y no encuentra salida a la mortificación. El tutor acabó dándose cuenta del estado emocional de su pupilo y rápidamente lo llamó a capítulo.

      —¿Qué te pasa? —así, de sopetón, sin darle tiempo a sentarse siquiera, sin ningún adorno ni subterfugio previo para enmarcar de qué iba la llamada.     

      —¿A quién? ¿A mí? —mostrando una sorpresa inútil porque nunca la cara fue mayor espejo de un estado emocional confuso. Respiraba tristeza y mostraba tristeza. A raudales.

      —Sí, naturalmente, a ti. ¿Ves a alguien más aquí al que pueda hacer esa pregunta?

      —No me pasa nada, de verdad —mintió y hasta por las orejas destilaba los flujos de la mentira.

      —¡Vamos, hombre! Te habla el amigo, no el jefe, ni siquiera el mentor. Algo te ocurre, lo sé. ¿A estas alturas no querrás que me chupe el dedo, verdad? —le respondió, coloquial, buscando mayor cercanía, el hueco por donde penetrar en su alma herida.

      —Bueno, en realidad no me pasa nada. Pero al tiempo tengo dudas sobre mi futuro aquí —contestó Saúl tratando de desviar el problema que realmente subyacía detrás de su tristeza, algo que jamás confesaría a nadie. Dispuesto estaba a llevarse a la tumba lo ocurrido con el Vauxhall.

      —¡Vaya! ¿Y a qué esperabas para informarme de algo tan serio? —replicó Sebastián, sorprendido al ser pillado en fuera de juego, desconocedor de semejantes cuitas—. ¿No crees que deberías haberme puesto al corriente de esas dudas? ¿Acaso ya no me tienes confianza?   

      —No, no es eso… —dubitativo, pensando sobre la marcha en cómo podía salir de aquella situación embarazosa, aunque fuese una huida hacia adelante con salto mortal y sin red—. Después de casi tres años no me veo trabajando en el taller. No encuentro el oficio donde poder desarrollarme, en el que me pueda sentir realmente a gusto.

      —¡Serás jodido ladrón! A ti lo que te interesa es mi puesto, ¿verdad? O el de Anselmo. Y puestos a pedir, ¿por qué no la gerencia? —explotó hilarante, tratando de buscar la parte jocosa del asunto para romper la tensión y reenfocar la vida profesional del todavía aprendiz a pie de calle—. Mira que lo tenías callado, ¡bribón!

      Rieron ambos. El jefe a carcajadas, él más comedido, especialmente cuando aún resonaba el eco de «ladrón» en la expresión coloquial introducida para rebajar la incomodidad del encuentro.

      —Bueno, bueno. No diría que no aspiro a ello, pero déjeme unos años más —dijo Saúl jugando al mismo juego—. De momento tendré que conformarme con lo que soy y con mis posibilidades reales. De todos modos, de verdad, no veo el futuro. A lo mejor es que ahora mismo estoy ofuscado para ver el horizonte.

      —Te entiendo, muchacho. Yo, en tu situación y vista la capacidad que tienes, tampoco me quedaría aquí. Es más, en algún momento próximo estaba dispuesto a abordarte para justamente hablar de lo que ahora mismo estamos hablando… Mira, abierta la ventana, aprovecho y te cuento cómo lo veo. Tiempo que ganamos, ¿no te parece? —apostilló Sebastián tomándose un ligero respiro para encender un cigarro—. Después de darle vueltas, mi recomendación para completar tu enseñanza a nivel académico es la de animarte a que comiences a estudiar el próximo curso Maestría Industrial.

      Hizo un inciso y respiró profundamente. A continuación siguió su postulado.

      —Se trata de estudios de oficio que permitirán especializarte con mayor base y, desde luego, con alternativas superiores a las de un taller como este a pesar de su importancia. Oirás por ahí, despectivamente, que Maestría Industrial es la universidad de los pobres. Oríllalo, oídos sordos, simples maledicencias. No hará falta recordarte que lo importante es formarse para afrontar retos mayores y acceder a puestos de trabajo de responsabilidad. Luego, si deseas estudiar con otro alcance mayor, siempre estarás a tiempo de hacerlo si tienes voluntad para ello.   

      Se encendieron las miradas de ambos interlocutores. Pareció que se abría la luz donde antes todo era oscuridad. Maestría Industrial, no estaba mal pensado, era una salida honorable y con futuro dada la experiencia acumulada durante tres años. Y, además, conocía a gente que la estaba estudiando, con buenas impresiones y convencidos de tener por delante una salida profesional respetable.

      —Ahora bien, tendrás que terminar quinto y al menos alguna asignatura de sexto. No habrá problemas para matricularte, yo mismo abogaré por ti para el acceso —continuó Sebastián, animándolo a enfrentarse a ese futuro—. Además, me consta que a tus padres les daremos una gran alegría ahora que tu trabajo no es tan preciso después de superar las dificultades de estos últimos años, ¿no es así?

      —Sí, parece que las cosas han mejorado bastante, que los agobios han desaparecido —atinó a responder, viéndose ya implantado en las aulas de la prestigiosa Escuela de Maestría Industrial de su propia ciudad. Le sedujo la idea, un acicate incluso para superar el otro lastre, el oculto lastre que arrastraba a modo de carga insoportable.

      —¿Qué me cuentas? —preguntó el tutor sabiendo de antemano que había hecho diana. Sólo era necesario mirarle a los ojos y apreciar la sonrisa que, aunque enmascarada todavía, ya comenzaba a bullir, a explosionar.

      —Pues mire, no le diré que me parece mal. Es más, le diré que me parece bien y muy oportuno. Eso le cuento —contestó regodeándose en la palabras.

      —¡Estupendo, Saúl! Así me gusta, valeroso y hacia adelante, una vez más. Me da, estoy seguro, que no te arrepentirás y que desde ahí podrás alcanzar metas más elevadas. Nosotros seguiremos formando aprendices sobre la escuela práctica y la mayoría, con menor capacidad que tú, se quedarán y serán, sin dudarlo, buenos oficiales. No te engaño si digo que me hubiera gustado tenerte conmigo, pero veo el desperdicio. Y esto mi conciencia no lo permite. Así es que vamos a ir preparándolo todo, si te parece, de manera que aguantes trabajando hasta el verano, momento en que te despedirás de nosotros para empezar otra vida… ¿Estás de acuerdo?

      —No puedo estar más de acuerdo, jefe. Y le doy las gracias por esa puerta que me ha abierto. Le confieso que últimamente andaba muy perdido, viendo demasiada negrura en el paisaje.

      —Y yo sin enterarme. Deberías haber venido a confesarte… Venga, ya vamos hablando… ¡A trabajar, gandul, que tenemos mucha tarea por delante!… Por cierto, veo que llevas un tiempo sin reloj, ¿se jodió el pobre? —reparó en ello, sin darle importancia, como quien repara en que otro tiene el nudo de la corbata un poco torcido o una leve mancha en la camisa.

      —No, sigue vivo y está en casa. Pero he decidido no llevar reloj nunca más.

      —¿De verdad lo dices? Será una broma, ¿no?—replicó, sorprendido, ya puesto en pie.

      —Sí, de verdad lo digo. Jamás volveré a llevar un reloj. A partir de ahora quiero orientarme por el sol, más o menos, como buenamente pueda. O preguntando a otros, que tampoco es mala solución. Un capricho tonto, uno más de joven alocado sin rumbo, ya sabe.

      Sebastián Nogales rió la originalidad del sarampión. Saúl Ramírez sonrió, pero su sonrisa —una mueca insinuándose— estaba atenazada, una sonrisa sin libertad, una sonrisa herida porque un reloj de pulsera de oro, o de lo que fuese, terminó en sus manos habiéndolo robado. De oro u hojalata, lo relevante estribaba en que había robado destruyendo principios sagrados. 

      Y en efecto, cumplió la promesa. Sus muñecas dejaron de estar abrazadas por ningún reloj de pulsera, en sus chalecos o trajes de gala tampoco entró nunca un reloj de bolsillo. 

La Escuela de Maestría Industrial fue un hallazgo balsámico para el estudiante después de abandonar Talleres Australes. Casi tres años y medio pasó en ellos y a no ser por el episodio del reloj, que tanto afectó a su propia consideración personal, la estancia concluyó de manera satisfactoria. El aprendizaje fue un éxito que habría de servirle de soporte para su vida de hombre maduro, condición que alcanzó aquella tarde del primer sábado de octubre cuando iba a cumplir los diecisiete.

      Se aplicó en los estudios según le recomendó su tutor. Ahora, con renovado entusiasmo, dejándose la piel en el proyecto para cerrar en paralelo el bachiller. Cuando lo obtuvo se sintió orgulloso. No ya por el esfuerzo aplicado durante los años en que compatibilizó estudio y trabajo, sino porque con la voluntad de hacerlo fue cimentando estímulos para no quedar atrapado por los tentáculos y redes de cuantos monstruos habitaban en la otra orilla.

      Tres años después, con su título enmarcado de Maestro Industrial en la Rama de Metal, Sección de Mecánica, se sintió otra persona y afrontó otro futuro. Dubitativo en cuanto a qué hacer, tuvo claro que en Talleres Australes no tenía cabida posible. Aconsejado una vez más por Sebastián Nogales, convertido ya en amigo sincero a pesar de la edad, se abrió a distintos horizontes a fin de obtener mayor formación y al tiempo una perspectiva más amplia del mundo.

      Tras diversas averiguaciones y andados los pasos necesarios para lanzarse a dar uno de los grandes saltos de su vida, Saúl Ramírez afrontó el reto de emigrar. Lo hizo en pos de la Europa rica existente tras los Pirineos y al tiempo que otros compatriotas comenzaban la diáspora al encuentro de trabajo y oportunidades que la propia tierra no ofrecía. Animados por el dulce canto de la abundancia, luego resultó que El Dorado europeo era más exigente y duro de lo imaginado, y si bien se obtenían buenos rendimientos estos llegaban en justa medida porque allí se trabajaba cuánto y de qué no se quería trabajar aquí.

      Su situación era distinta. Él estaba en condiciones de encontrar trabajo aceptable en su propia tierra, sin necesidad siquiera de hacerlo en otro territorio nacional, sometido a una densa corriente migratoria interior que en aquellos años cambió radicalmente la demografía y economía española.

      Alemania fue el lugar idóneo para sus expectativas. La industria del automóvil precisaba mano de obra especializada con formación académica y terminó en los brazos, otra vez, de General Motors, pero en su filial germana de Opel: el Vauxhall parecía perseguirlo. Debidamente contratado y esperándole para la incorporación, recaló en la factoría de Bochum, poco antes levantada y en pleno crecimiento, para unirse a la cadena de montaje del Kadett.

      Fue un operario más, pero un operario con formación y vocación capaz de mejorar su estatus. Superadas las pruebas iniciales, con los años pasó por varios departamentos de la impresionante factoría que entonces era la Opel de Bochum. Más adelante fue trasladado, a petición propia, a la factoría de Kaiserslautern, donde se empapó del proceso de fabricación de componentes y motores.

      Promocionado por la empresa, viajó becado a la sede central de la matriz en Detroit. Se trataba de una distinción ejemplar que desde Alemania hacían con sus mejores empleados, o con aquellos destinados a mayor responsabilidad dentro de la compleja organización societaria. Se trataba de una inmersión en la cultura norteamericana y en la propia cultura empresarial del grupo, de manera que pudieran sentir el espíritu identitario de la marca madre y por extensión el de todas las subsidiarias. Él era uno de los privilegiados con el premio y lo aprovechó con el mismo entusiasmo que aprovechaba cualquier oportunidad puesta a su alcance.

      Habían transcurrido catorce años desde su llegada a Bochum. Todo lo alemán, a pesar de las diferencias culturales y el rechazo natural a lo desconocido, acabó haciéndolo suyo. La integración, en el más amplio sentido, no pudo tener mayor intensidad ni éxito. Tanto y tan fuerte que incluso llegó a casarse con una nativa procedente de Düsseldorf, como él empleada de Opel. Tuvo con ella tres hijas y siguieron juntos hasta que la vida vino a separarlos.

      Con treinta y seis años, esposa, una hija entonces y mucha experiencia acumulada en el sector del automóvil desde las raíces, tomó otra de sus grandes decisiones. Las enseñanzas recibidas en Detroit fueron altamente fructíferas, así como los contactos trabados allí durante su estancia cercana a dos años.

      Con su natural don de gentes y el carácter abierto y afable, conoció a responsables de distribución de mercados. Supo entonces de la próxima entrada en funcionamiento de la gran factoría de Zaragoza, llamada a ser de las más importantes de Europa. España, por otro lado, había salido definitivamente del letargo de la dictadura y apuntaba a notables crecimientos económicos y al bienestar social, de manera que el parque automovilístico, muy envejecido, sería de los primeros en beneficiarse en cualquier segmento de la producción.

      Vinieron a proponerle la gran oportunidad empresarial de su vida. Él la aceptó de inmediato. Se trataba de embarcarse en extender la red de concesionarios españoles de GMC en localizaciones vírgenes e incrementar las existentes en grandes ciudades para potenciar la comercialización y mantenimiento de varias marcas propiedad de General Motors Corporation. Entre otras Cadillac, Chevrolet, Oldsmobile, GMC y la propia Opel. Vauxhall, aunque con muchas ganas, se quedaba encapsulada en Reino Unido.

      Tras la concreción de los acuerdos, echó a andar la maquinaria del proyecto y sólo diez años más tarde SR/MotorsSpain era una estrella de la economía española, referente de la distribución del automóvil y con enorme potencial de crecimiento. Y Saúl Ramírez, su accionista mayoritario y primer ejecutivo, encumbrado besando los cielos.

      En cuanto el acuerdo estuvo cerrado, Saúl Ramírez se desplazó a su ciudad de origen. Seguía manteniendo frecuentes contactos con Sebastián Nogales, su tutor y hombre al que respetaba profundamente. De inmediato contactó con él para ofrecerle un puesto de coordinación y alta responsabilidad en el proyecto: sus manos y ojos por cualquier rincón del imperio si es que eran capaces de levantar un imperio.

      El jefe de taller se mantenía activo. Estaba al frente del mismo y próspero negocio aunque notablemente envejecido y más delgado después de abandonar el tabaquismo que a punto estuvo de llevárselo por delante. Tras el efusivo abrazo, y al poco del ofrecimiento, se levantaron ambos y estrechándose la mano con fuerza en prueba de pacto cerrado, se miraron intensamente a los ojos. Pero Saúl no pudo sostener aquella mirada limpia: en ése relámpago le llegó, lacerante, el recuerdo de un reloj de pulsera robado diecinueve años atrás.

      SR/MotorsSpain comenzó su andadura con prudencia y su presidente pilotándola desde el inicio. El logotipo creado para la red, bajo instrucciones del propietario en cuanto al contenido esencial, se apoyaba en las letras SR. Entrelazando la segunda con la primera y de forma que el pie derecho de la R se girase hacía arriba para quedar rematado con la garra rampante de un dragón que abstractamente sujeta al vacío sobre un fondo azul, quería representar la necesidad humana de agarrarse al último aliento aunque no haya donde sustentarlo. 

Saúl Ramírez, el hombre, había triunfado. Su labor empresarial alcanzó reconocimiento social y conforme los años fueron transcurriendo el prestigio se acrecentó al fomentar otras actividades, creando empleo y riqueza a través de un grupo empresarial muy diversificado que superaba ampliamente los dos mil empleados. Del mismo modo, por pura lógica capitalista, también creció su hacienda. Tuvo la fortuna, por otro lado, de sobrevivir a algunas de las crisis económicas que en uno u otro sector donde tenía intereses se presentaban de forma cíclica para decir que no todo el monte era orégano y que el dragón había de estar despierto agarrándose a lo que fuera, aunque lo que fuera fuese el aire para poder seguir respirando.

      Con los triunfos, y asociados a ellos la edad, llegaron también los homenajes. De gremios donde estaba presente, de asociaciones empresariales, de su ayuntamiento natal nombrándolo hijo predilecto con calle incluida, de revistas económicas nombrándolo empresario del año o empresario ejemplar, de su Comunidad Autónoma acordándose de él en buena hora, de cualquier lado queriendo apuntarse al sol que más calienta, a falta sólo de su comunidad de vecinos con el rango de presidente vitalicio, un decir. Y finalmente del gobierno de la nación, concediéndole la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo por sus cincuenta años ya superados haciéndolo y por la trayectoria, altruismo y valores éticos y morales de una vida ejemplar comenzada desde abajo.

      El mayor honor otorgado hasta la fecha encumbró al hombre. No hubo mejor reconocimiento ni colofón, sólo superable, a buen seguro y llegado el momento, por los encendidos e inconmensurables elogios que habría de recibir en su propio funeral siguiendo la hipócrita tradición de alabar al difunto como la mejor persona del mundo en todos los sentidos.

      Tomó la palabra en la sede del Ministerio de Trabajo, teniendo como testigo al presidente del gobierno. Le fue concedido doble honor, el de recibir y el de hablar, luciendo ya en la solapa el óvalo de oro de aproximadamente 50 gramos en metal de plata sobredorada pendiendo de una cinta de moaré azul. Y con ella, a partir de entonces, el tratamiento de Excelencia. ¡Su Excelencia, don Saúl Ramírez Abarca!

      No pudo evitar recuerdos ni emociones esenciales de su trayectoria. En los instantes previos a tomar la palabra en el estrado, una serie de flases cegadores pasaran por delante de él:

      El frío lunes de un mes de marzo cuando entró en Talleres Australes preguntando por el jefe de taller. Sebastián Nogales y sus reconvenciones en beneficio del pupilo. Anselmo Bueno y sus consejos lapidarios. La Brunsviga, la Remington  y las Olivetti. El primer sábado de un mes de octubre cuando entró el Vauxhall y admirado por su belleza se prometió un coche de lujo semejante, la pelea de esa misma tarde y el destrozo causado a los principios de la amistad. Sus padres haciendo lo posible por salir adelante con sus limitaciones. El día que se casó con Katia, ahí al lado, acompañándole; los días en que nacieron sus tres hijas. El instante inmortalizado por el notario de Madrid que elevó a pública la escritura de constitución de la sociedad SR/MotorsSpain. El intenso y prolongado estrechamiento de manos con su amigo Sebastián cuando se unió a su proyecto y el desgarrador momento en que tuvo que darle sepultura. Y por encima de todos ellos, una y otra vez, martillando sienes y cegando los ojos, el momento en que robó el reloj de oro del ilustre periodista sin que pudiera hacer nada por devolverlo porque terminó volatilizándose. Y la falta de valentía que durante tantos años mantuvo viva sin adoptar la decisión de enfrentarse a ella, denunciándose ante el propio interesado pidiendo el perdón.

      Hizo uso de la palabra ante la distinguida audiencia. Habló del esfuerzo para conseguir objetivos, de la fortaleza para enfrentarse a las adversidades y de la labor encomiable de cada uno de sus empleados, a los que tanto debía como soporte del éxito empresarial, suyo o de otros, No dejó de citar el sumo agradecimiento y deuda hacia quienes confiaron en él cuando comenzaba a dar los primeros pasos profesionales. Hizo un elogio encendido de la honradez, su particular Caballo de Troya, y sin que nadie pudiera apreciarlo, sólo él, los ojos se vieron acariciados por una cortina de humedad. Expuso con pasión la importancia de la omnisciencia y los beneficios de acercarse a ella para lograr el mayor conocimiento posible de los seres humanos, al menos si no saberlo todo sí saber todo de las cosas o materias de las que nos ocupamos cada uno de nosotros.

      «Hay que esforzarse en intentarlo con denuedo, aunque el logro, finalmente, resulte quimérico. Mas reflexionemos un instante: ¿cómo saber si estaremos ante una posible fantasía sin antes haber puesto en práctica la tentativa? No existe nada que no pueda alcanzarse si media la voluntad de hacerlo, y no hará falta citarles a ustedes ejemplos porque la humanidad ha dejado sentada su enorme capacidad para lograr metas poco antes impensables?», dijo. Con tal emoción que consiguió trascender a todo el auditorio.

      En su parlamento no pudo, no quiso, dejar de hablar de la amistad y sus truculencias. Advirtió a incautos sobre lisonjas interesadas y el valor marginal que algunos le dan, una moneda de contravalor demasiado apreciable para no tenerla bien custodiada. Tampoco pasó por alto un elemento esencial en las relaciones personales: la humanidad.  «¿Qué futuro tendríamos por delante si no fuéramos capaces de ponernos en el lugar de quienes están frente a nosotros? ¿Qué espacio nos quedaría como seres humanos si no respetamos a los demás o no atendemos a quienes viven bajo estados de necesidad real?»

      Avanzó la oratoria agradeciendo con humildad el honor que le otorgaban. Manifestó que al reconocer sus orígenes y el trabajo desarrollado bajo proyectos colmados de ilusión, se sentía tan afortunado como abrumado. Sólo era necesario echar la vista hacia los lados y hacia atrás para darse cuenta de la gloria, méritos y sabiduría del resto de premiados y de cuantos cada año reciben los mismos honores. En relación con la humildad hizo un paréntesis para dejar sentado que ésta debía ponerse en valor. Lo expresó así:

      «La humildad, antitética de la soberbia, debemos ejercerla con mayor profusión y sin temor a perder parte de nuestra propia esencia. Especialmente quienes en buena medida somos referencia o modelo a seguir para el resto de la ciudadanía. Nuestra posición social, de cuantos estamos aquí y de muchos otros fuera de nuestro alcance visual, exige humildad permanente para ser reconocidos como personas respetables. No hacerlo implica alejamiento y desconfianza de los demás. Reaccionemos ante la soberbia, descubramos cada día que somos capaces de mostrarnos humildes.

     «Veamos sino este ejemplo tomado de la realidad de cada día: A finales de noviembre pasado tuve ocasión de leer en un medio de comunicación que una personalidad relevante, después de abandonar el cargo y preguntado si debía pedir perdón por su gestión política durante el periodo en que hubo de gobernar, éste contestó que ‘esa expresión no entra en el vocabulario de las responsabilidades políticas’. Puedo asegurarles que me quedé perplejo. No por la respuesta en sí misma, que es responsabilidad y patrimonio exclusivo de quien la ha pronunciado, y por tanto respetable, sino porque, al parecer, pedir perdón sólo está consagrado o es exigible a una mayoría de mortales, de manera que una selecta minoría pudiera llegar a entender que está libre de hacerlo al margen de la ofensa o perjuicio cometido ante terceros. Yo mismo, lo confieso aquí, a partir de un momento determinado de mi vida, humildemente, no he dejado de pedir perdón por las responsabilidades en las que he podido caer aunque tal perdón haya quedado silenciado al conocimiento público.»

      Concluyó dando las gracias y escuchó los aplausos desde la enorme distancia que separaban los dos momentos presentes en ese instante: el robo del reloj de oro del Vauxhall, su tragedia viva, y la grandeza del reconocimiento social con la más alta distinción.                 

      Detrás de las palabras quedaba a su suerte el hombre con la pesada carga, en su soledad inmensa. Transcurridos los años seguía sin desprenderse de ella porque decidió esconder a la luz la deshonra aunque la tortura siguiera hiriendo su conciencia. Hizo intentos para afrontar el perdón de manera inequívoca, pero finalmente se quedaron sin destinatario: un peso más a añadir a la carga. 

 

 

 

 7. El Testamento 

«Estimado señor, con todo mi respeto:

      Por elemental cortesía, comenzaré presentándome. Soy Saúl Ramírez y es probable que tengamos pocas ocasiones de encontrarnos personalmente, salvo que después de leer esta misiva se ofrezca a brindarme tal oportunidad, lo cual no sabe cuánto me satisfaría. Me permito enviársela con el ánimo de saldar una vieja deuda contraída desde mi juventud.

      Sepa, ante todo, que ha sido usted una enorme carga para mi conciencia desde que iba a cumplir los diecisiete. Así viene ocurriendo desde entonces por extraño que pueda resultarle. Se estará preguntando ya, mientras lee, cómo y bajo qué circunstancia puede ser partícipe de contrariedades que desconoce. Ciertamente, resulta extraño, mas a ello me referiré cumplidamente, de manera que su sorpresa quede aclarada y mi conciencia al menos en libertad condicional al romper el prolongado silencio y su alargada sombra.

      Corrían los primeros años sesenta y era usted propietario de un bello Vauxhall Cresta E. Yo tuve la fortuna de contemplarlo en Talleres Australes cuando fue llevado a reparar después de un accidentado encuentro con un camión Pegaso. Para que pueda situarse, quien suscribe era el ayudante del jefe de taller Sebastián Nogales, el joven interviniente en las recepciones y entregas de vehículos, al que tuvo la elegancia de dirigirse animándome a seguir el ejemplo profesional del maestro. No podré pedirle, evidentemente, que recuerde el encuentro ni sus palabras, aunque por mi parte tengo su presencia y distinción retenida indeleblemente. Tal parece que el tiempo se hubiera encapsulado y que el ayer lejano sea hoy mismo. No obstante, han transcurrido cerca de veinticinco años.

     Llegados a este punto, sin más preámbulos, debo preguntarle con sentida extrañeza: ¿acaso no echó usted en falta un reloj de oro que guardaba en la guantera del automóvil? Naturalmente, no estoy ante ninguna inquisitoria, entiéndalo así; se trata de trasladarle la misma interrogante que yo mismo vengo haciéndome desde entonces, como comprobará más adelante. Desconozco si la respuesta ha de ser afirmativa o no, aunque formalmente en nada cambiará para mi mala conciencia el resultado.

      Mientras el vehículo se reparaba, yo sustraje de él un reloj cuya marca desconozco. Pulsera incluida, el conjunto me pareció de oro, o al menos brillaba como tal dada mi ignorancia en aquel tiempo. Le robé a usted y el estigma sigue persiguiéndome sin posibilidad de eliminar el recuerdo que con frecuencia viene a visitarme. Con demasiada asiduidad, puede creerme, no tengo ninguna razón para mentirle.

      Debo aclararle que el reloj ni siquiera llegué a probármelo. Después de estar en mi poder, y dándome cuenta de la villanía cometida, barajé entre otras opciones la posibilidad de arrepentirme y retornarlo al sitio del que nunca debió salir en aquellas circunstancias. Pero resultó imposible porque el reloj quedó volatilizado de forma indigna en un encuentro con varios amigos ante quienes quise presumir del suculento hallazgo en una calle de la ciudad.

      Ladinamente, mentí sobre la procedencia y desestimé comunicarles el robo para evitar otros males. Es una historia larga y truculenta, así que le ahorraré explicaciones, no vaya a entender que justifico en alguna medida el innoble acto cometido al traicionar a mi intachable conducta previa y en paralelo la generosa consideración que me tenían en Talleres Australes.

      No me esconderé bajo ninguna evasiva. Así ocurrió y sobre ello quiero expresarle la vergüenza que me embarga. Han transcurrido demasiados años sin presentarme ante usted para dar cumplidas explicaciones de mi acto y solicitar su perdón, su indulgencia y ver de qué forma podría yo resarcirle la propiedad para usted perdida y acaso olvidada. Desgraciadamente, ahí reside mi doble desatino: llevado por el peso del deshonor, nunca encontré el arrojo necesario para hacerlo.

      No se trataba de evadir otras humillaciones distintas a las que ya me tenía infligidas. Era debido a la cobardía de afrontar aquella realidad demoledora y lacerante pesando sobre mis remordimientos, una circunstancia cuya presencia terminó siendo inmune al olvido. Podrá observar que he venido instalado en una contradicción severa, pues anhelando liberar el peso de la mala conciencia no he puesto remedio ni valentía suficientes para enfrentarme a esa liberación. De ahí que ahora, y aunque a destiempo, haya optado por la alternativa de enfrentarme a la situación a través de este medio, quizás menos doloroso o comprometido para ambos al tratarse del primer contacto a modo entradilla.   

      En todo caso, fui dejando pasar el tiempo. Nunca encontré el necesario para presentarme ante usted sin esconder mi presencia bajo el paraguas de las palabras, como hago en este preciso instante. Luego, por diversas razones que no ha lugar a enumerar, el torbellino de la vida fue poniendo distancia física entre nosotros y si bien nunca olvidé el episodio de haberle robado y sus nefastas consecuencias para mi orden emocional, dejé que el tiempo se ocupara de archivar, pretendidamente, lo acontecido. ¡Cuán equivocado estaba!

      Si el reloj era de oro o no, si se trataba o no de una baratija, sigue siendo para mí un enigma que como sujeto activo me gustaría conocer. Aunque en nada modifique el acto material. De la misma forma que la curiosidad sigue llevándome a preguntar por qué extraña razón nunca hubo noticia de reclamaciones sobre el robo. Y del mismo modo, qué llevó a su falta de interés por recuperar de inmediato la propiedad dejada a su suerte durante siete días. Ya entenderá que semejantes interrogatorios sigan atormentándome después del tiempo transcurrido, más por su extraña naturaleza que por la esencia de los mismos, sujeta a la intransmutabilidad de los hechos. No he sido capaz de marginar su recuerdo, tampoco de olvidarme que tales acontecimientos, a mi pesar, sucedieron en realidad, razón por la cual en ningún momento plantearé eximentes.

      Así pues, hechas las presentaciones formales sobre los motivos que me dirigen a usted, y con ellos la confesión incondicional de lo sucedido, debo reiterarle mis disculpas. Especialmente, por el daño e indignación generada si en realidad en algún momento fue consciente del robo perpetrado. Y de no ser así, de igual modo reitero mi vergüenza por lo hecho y solicito, con la humildad y sometimientos exigibles, su perdón. Con él le quedaré eternamente agradecido, con él, en mi afán egoísta, espero verme aliviado de la pesada carga recaída sobre mi conciencia, aunque sea en porcentaje mínimo.

      Con la proyección del tiempo, a mi entender, gran parte de los acontecimientos generados en torno a nuestra vida acabamos viéndolos con distinta perspectiva a cómo fueron visualizados o sentidos en el momento de producirse. Afortunadamente, eso nos ayuda a sobrevivir y evolucionar como especie. Sin embargo, hay otros hechos incapaces de sustraerse a la mutación. El mío, el robo de su reloj de pulsera de oro, es uno de ellos porque pesa e influye directamente sobre la conciencia. ¡La conciencia!, ese etéreo y maravilloso espacio cerebral acogiendo nuestros actos conscientes, querámoslo o no, en el que una vez han penetrado sólo tienen tres formas de liberarse: amnesia clínica, autoengaño o perdón.

      Por mi parte y en cuanto a lo que nos ocupa ahora, acepto que cometí una indignidad, un desatino de juventud del que no he podido ausentarme. Ni siquiera a pesar del continuo arrepentimiento. Sigo aguardando a que me alcance el perdón del agraviado puesto que nunca he aceptado, ni aceptaré jamás, que la solución al conflicto provenga de olvidos interesados, forma inaceptable de borrar nuestros pasos equivocados por la vida. De borrarlos, no; mejor decir de intentar borrar porque no hay goma ni sustancia capaz de cancelar nuestros recuerdos, so pena de verse alcanzados por el deterioro al que en sus distintas formas ha de someternos la propia vida.

      Permítame finalmente, señor, que le testimonie el agradecimiento anticipado por la lectura de esta carta. Con ella, y aunque el perdón que le pido no llegara a alcanzarme, complacido quedaré; al menos liberada estará la parte de la cobardía por no contactarle muchos años atrás.

Atentamente suyo, Saúl Ramírez.»

 

Esta fue la atormentada carta que Saúl Ramírez escribió al hombre a quien robó su reloj veinticinco años antes. Lo escrito, escrito habría de quedar: nada que añadir, nada que suprimir. Razonó que estando las palabras cargadas de nobles sentimientos y autenticidad, nada sobraba, nada faltaba. Escribió cuanto y como lo sintió en aquellos instantes, así debía permanecer, verbo y emociones inmortalizados y con todas sus consecuencias.  

      En ese momento ya era empresario encaminado hacia el éxito y hasta entonces nunca dejó de seguir la sólida trayectoria profesional de quien terminó por convertirse en sombra de su conciencia. Indudablemente, tuvo oportunidades para acercarse a él, confesar, restablecer el quebranto de su espíritu y alcanzar la paz demandada.

      Sin embargo, a pesar del indudable interés, evitó el encuentro. Quizás debido a algún miedo interiorizado a que su infamia alcanzase la luz y terminara siendo fuente de perjuicios imprevisibles. ¿Por qué no hacer pagar el exceso a un malvado, bien como estudiante, como operario de General Motors o como empresario de éxito? ¿Qué patente de corso había de otorgársele a un ladrón, en razón de qué? Nunca lo expresó en estos términos, nunca dejó traslucir esas dudas razonables desde la perspectiva de quien tanto puede perder. Ahora bien, conociendo la necesidad autoimpuesta de triunfar en la vida, no sería extraño que el peso de tal incertidumbre cayera sobre sus sentidos y haciendo de contrabalanza de la conciencia impedirle ver con claridad la luz que por otro lado buscaba con ansiedad.

      De una forma u otra, la realidad era terca: no quiso, no pudo, no supo enfrentarse a este acto innoble de su juventud, de tal trascendencia que vino a marcar el rumbo de su vida. Hasta el hartazgo se lo tenía repetido.

      Escribió la carta, un manuscrito con estilográfica de pulcra  caligrafía y alineados renglones que podrían envidiar antiguos escribanos de abadías o conventos. La dejó firmada y encerrada en su sobre a falta de poner dirección y ordenar su envío. Pero la entrega nunca llegó a producirse. Otra vez fue dilatando el remedio a su tormento. Estaba siendo extremadamente contradictorio, no coincidían el texto de la misiva y la voluntad declarada con la actitud finalmente impuesta. ¿Qué miedos inconfesados habitaban detrás del retardo? ¿Qué le estaba impidiendo encarar cuanto escribió? Nunca lo confesó: había una fuerza desconocida impidiéndole actuar, impidiéndole cumplir su propia palabra, su propia intencionalidad.

      El sobre fue lacrado finalmente para evitar tentaciones de corrección posterior. Quedó introducido en una caja fuerte y allí se quedó a dormir durante largos años, un insospechado sueño de los justos cuando poco antes se apelaba al despertar. Saúl Ramírez, acostumbrado al peso de la carga, renunciaba a liberarse de ella, optando por mantenerla en estado latente y a la espera de que regresara sin previo aviso para recordarle que seguía viva. Con toda probabilidad, pura lucubración, lo estaba haciendo así para evitar que del fruto de la confesión nacieran otras cargas mayores y estas quedaran fuera de su control. Allá él con sus cuitas y conciencia: nada indicaba que no gozase de los cinco sentidos ni que estos no estuvieran puestos con toda intensidad en aquel acto trascendente. 

El paso de los años, con carta o sin ella, no impidió que los remordimientos vinieran a visitarlo de tanto en tanto. Obsesionado, aunque decididamente abandonada la idea de enviar la carta y negada la posibilidad de presentarse a la persona a quien iba dirigida, seguía con su particular lance recordatorio.

      Era incapaz de reprimir los recuerdos. Por momentos, queriendo liberarse de ellos, de tantos años como venía arrastrando su miseria, llegó a pensar y a convencerse de lo inverosímil que resultaba que él hubiera cometido semejante torpeza. ¿Cómo iba a robar aquel reloj? Durante los trances, inconsciente o no, optaba por secuestrar a la verdad diciéndose que los hechos nunca habían existido, que realmente era un sueño que de vez en cuando venía a extorsionarlo.

      Los estados hipnóticos y los espejismos exculpatorios, desaparecían pronto porque la terquedad y firmeza de los hechos no ofrecían duda. Y para testimoniarlo estaba el sobre lacrado veinticinco años antes, inequívocamente a la vista al abrir la caja y amarilleando en la oscuridad. Después transcurría un largo periodo de asimilación y con él la normalidad de siempre. Pero aun con todo, de vez en cuando volvía a insistir en los mismos pronunciamientos, rechazando cualquier autoría: «Yo no pude robar el reloj, ¡imposible!»       

      Las tribulaciones a que estuvo sometida una parte de su vida y durante la práctica totalidad de ella, terminaron por influir en su conducta más íntima. El comportamiento en cuanto a esta historia sólo afectaba a su interioridad, de manera que nadie en su cercanía, tampoco la familia, accedió a conocer qué había detrás de algunas preocupaciones, achacadas, por pura lógica, a los avatares diarios del ejercicio empresarial.

      Esas preocupaciones, desde el primer día, se convirtieron en patrimonio indisoluble de su persona. Mientras vivió, nadie más, salvo en los momentos previos a su muerte, conocería las circunstancias y el tormento asociado que había vivido en soledad. En soledad robó, en soledad guardó el secreto, no había otro final posible.

      Llevado por la obsesión, conforme avanzaba la vida, urdió planes cargados de intencionalidad que indirectamente pretendían algún tipo de exoneración hacia su persona, alguna función exculpatoria. Si había robado en la forma que lo hizo, con bastantes años de diferencia sobre su propio momento, ¿cómo podrían comportarse ahora las personas ante la misma tentación que le alcanzó a él?

      La interrogante planteada le llevó a practicar ciertas pruebas de honradez. Una de ellas, con frecuencia, exponiendo en los vehículos que llevaba a reparar o limpiar objetos de valor muy tentadores o dinero efectivo. Nunca, naturalmente, relojes porque seguía careciendo de su compañía. Iguales pruebas desarrollaba en sus despachos, oficinas, casas o clubes, en cualquier lugar donde tuviera oportunidad de llamar a la tentación.

      El resultado del experimento sociológico fue un fracaso absoluto para sus intenciones. Nunca llegó a extraviarse nada ni a faltarle un solo céntimo de los señuelos dejados a disposición de potenciales ladrones. Esta realidad le aportaba satisfacción al comprobar que la virtud de la honradez seguía siendo un valor para las personas, un ejemplo imperecedero a seguir. Pero al tiempo, por el lado opuesto, le generaba inmensa tristeza comprender que su acción lejana había tenido dimensión muy superior a la que venía dándole, de forma que la magnitud de su robo se agrandaba y con ella la vergüenza y los remordimientos asociados.

      Con avanzada edad, el hombre seguía encerrado en el peligroso círculo construido. No encontraba salida porque cegó las opciones. Ahora se hallaba ante una improductiva noria dando vueltas y más vueltas para volver, incesante y pertinaz, a encontrarse siempre, siempre, en el mismo lugar de partida tras escaso recorrido. Y no avanzar suponía ir hacia atrás. No eran esos sus principios: estaba sumergiéndose en un letargo ciertamente resbaladizo.

      En este paulatino proceso de introspección, cuando ya había cumplido los setenta, no pudo olvidarse de los cuatro colegas que al robarle el reloj lo llevaron en buena medida hasta aquí. En todos los sentidos y de modo complementario al propio esfuerzo. Al gritarles desde la distancia, mientras se alejaban, les prometió que algún día habrían de pagarle la afrenta y el infortunio. No lo hizo. Simplemente, los perdió la vista y se olvidó de ellos y de la venganza. Pobres diablos, ¿qué ganaba desde su posición?

      La vida da muchas vueltas. Cada uno de nosotros, en cuanto tomamos conciencia de esos giros, lo hemos comprobado sin acertar a comprender, a veces, dimensión y alcance. En ocasiones, demasiadas vueltas. Como le ocurrió a Isaac Valiente, el pendenciero de la navaja en la tarde del primer sábado de octubre mientras celebraban cómo repartirse las ganancias que iban a obtener vendiendo el reloj de oro de Saúl.

      Tiempo atrás, a través de personas interpuestas, rogándole amparo, le llegó petición al empresario Ramírez de salir en apoyo de su viejo ‘amigo de la infancia’. Estaba en la cárcel por segunda vez en su vida y con larga condena por asesinato, aunque al parecer inmerecidamente en esta ocasión por deficiente defensa. Se interesó por las circunstancias y sus abogados, después de analizar antecedentes, certificaron que algo podía hacerse para revisar el caso del desgraciado. Puso una condición incuestionable: nadie habría de conocer su intervención en el caso.

      Respetado el anonimato, Isaac Valiente, tras nuevo juicio porque hubo indicios de flagrantes contradicciones policiales y procesales, salió libre de la cárcel y con una indemnización por condena indebida. Nunca supo quién había intervenido en su salvación. Pero sí supo Saúl Ramírez que años más tarde el interfecto, porque ése era el calificativo apropiado, volvió a ingresar de nuevo en la cárcel con una dura condena por robo a mano armada y varios heridos. También tenía orden de alejamiento sobre su esposa por malos tratos. Terminó siendo el mal individuo que siempre fue y definitivamente lo dejó a su destino.                

Nuestro hombre, ahora con setenta y dos años cumplidos, entró en fase de declive debido a una enfermedad coronaria. Operado años antes y sometido a trasplante, su longevidad estaba en entredicho. Aguantó lo que pudo, cerca de un lustro, lapso en todo caso suficiente para reorganizar asuntos empresariales, constituir la Fundación SR para salvaguardar el patrimonio societario evitando la sangría de impuestos injustos, rehacer testamento modificando donaciones diversas que habrían de recibir entidades vinculadas con la investigación, la enseñanza y asistencia a la infancia, entre otras. Y especialmente para enfrentarse con dignidad a la muerte que venía pisándole los talones a pasos agigantados.

      Entre las cosas a las que hubo de dedicarse en la última fase de su vida estuvo la de afrontar el reseteado de su conciencia, con especial dedicación al agravio producido al periodista y su maldito reloj de oro, o de hojalata, ¡que más daba!

      En este punto, con plena capacidad mental, sin lugar a duda, reclamó una reunión formal de su familia directa. Allí estaban Katia, sus tres hijas y cinco nietos ya adultos, exclusivamente.

      Les habló de las razones por las que nunca le habían visto con un reloj y los motivos que le llevaron a ocultar el origen de este hecho. Mencionó la carta manuscrita redactada treinta años atrás y su contenido sucinto, cuyo sobre pidió traer a su presencia. Explicó su vergüenza a enfrentarse al destinatario de la misma y dejó bien señalado que en cuanto falleciera, no más allá de una semana después, la entregara en mano la propia Katia. Tal cual estaba, lacrada incluso y advirtiendo de los treinta años que mediaban desde entonces. Se había asegurado previamente dónde vivía el interesado, cercano a cumplir los noventa y cuatro, y a lo que supo con facultades todavía suficientes para entender el mensaje y ofrecer el perdón que le solicitaba aunque lo recibiera a título póstumo. Al menos así las cenizas podrían descansar en paz.

      Escucharon con estremecedor silencio buena parte de sus últimas voluntades y no dejó de pedirles perdón, a su vez, por la ocultación de los hechos que acababa de relatar.   

      —He vivido con dolor y remordimiento la ocultación de los sucesos. He expiado ampliamente las consecuencias y ahora sólo espero que el posible alcance público de lo ocurrido, más allá de medio siglo antes, no afecte negativamente a vuestras vidas. En ello confío, no podría perdonármelo aun en la inmaterialidad en la que pronto quedaré sumergido, dejando a un lado las cenizas —les dijo mostrando pesar, una vez más y sin remedio por no haber afrontado la situación cuando debió hacerlo.

      Se reiteraba continuamente en la tortura, sin otro beneficio que la incomprensión. Desde tiempo atrás sólo tenía vida y recuerdos para este suceso y vino a darse cuenta de ello: la única luz estaba al final del túnel.  

      El silencio reinó en la sala durante eternos segundos. Solo podía oírse la profunda respiración de quienes allí permanecían, con la mirada perdida o escondiéndose. Y el tictac de un reloj de pared embebido en un mueble de primorosa marquetería, a punto de anunciar las seis de la tarde.

      Las hijas le animaron, tranquilizándolo. Su esposa le animó fundiéndose a su lado, dos almas inseparables; él mismo se urgió a seguir luchando, el aliento incesante al encuentro de nuevas aventuras, de nuevos proyectos. Y un mensaje para quien venía a recogerlo: si el final había de llegar, preparado estaba para recibirlo, no permitiría que la muerte se regodeara ante ningún llanto.      

      —Algo quiero encargaros y, por favor, lo necesito cuanto antes. Un capricho… —anunció iluminado por lo que pareció una ocurrencia de última hora—. Me gustaría ponerme un reloj de pulsera y lo quiero sobredorado en su totalidad, como la mentira de la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, para dar el pego. Estoy pensando en un Rolex, naturalmente de esos falsificados que venden los manteros senegaleses por cualquier esquina o en las tiendas de productos asiáticos. Donde mejor os encaje. En cualquier caso, una baratija en toda regla, ¡para el uso que voy a darle!

      Esposa, hijas y nietos no dejaron de sorprenderse. En efecto, estaban ante un capricho y en sus manos complacerlo conforme solicitaba. Y además sin demora.

      Dos días más tarde Katia se presentó con un espectacular Rolex de oro, con su corona de cinco puntas marcando las doce. E incluso funcionaba. Saúl lo recibió con enorme alegría, un juguete para el adolescente que de inmediato se calzó en la muñeca, sorprendiéndose de lo bien que lucía. Las 12:25:26 eran en el justo instante en que se puso a mirar qué hora tenía.

      —Me sienta bien, ¿verdad? —dijo riendo, contento por fin de tener en su poder un reloj de pulsera de oro, parecido al que se esfumó en mala hora.

      —Precioso  —respondió ella.

      —¡Desde luego que sí! Y no he de quitármelo ni para dormir, quiero recuperar parte del tiempo perdido.

      —Tú decides, amor, es tu decisión. Cualquier cosa que hagas al respecto, bien hecha estará para mí —complaciente, un capricho de última hora debía respetarse en toda regla.

      Sin dilación, habiéndose pertrechado de las herramientas necesarias, el Rolex falsificado de Saúl sufrió la más intensa investigación y todo tipo de vejaciones en su tripería. Y milagrosamente seguía funcionando. Nunca cien euros dieron tanto juego ni para tanto apasionamiento tratándose de un adulto a punto de concluir la existencia.

      Satisfechas las intrigas de juventud, el Rolex no volvió a desprenderse de la muñeca. Fue entonces cuando tomó la decisión, una niñería, pero en el fondo una de sus grandes decisiones ya que con ella se iba feliz al encuentro de la otra vida, si es que después de morir había algo más por disfrutar. «Por si acaso, que no me pille sin hora», se decía riendo su propia originalidad. 

      —Katia, he decidido que cuando llegue el momento de mi partida final, éste reloj —lo señaló expresamente para evitar cualquier duda— ha de venirse conmigo. Y cuando digo conmigo, es pura literalidad: quiero que me incineren con él y que sus cenizas y lo que quede de la chatarra se mezclen como un todo inseparable, que justo es lo que quiero ser ya que ha formado parte de mi vida, de mi propia existencia y fuente de una carga en buena medida insoportable. Claro está, no metáis en la urna ningún detector de metales para segregarme —río de nuevo—. ¿Me entiendes, me sigues?… Prométeme que cumplirás esta petición por loca que parezca.

      —Te lo prometo. Así se hará, sin duda. Tú y tu reloj, tu reloj y tú, la misma cosa que guardaré con todo mi amor, con toda mi pasión. 

No pudo disfrutar Saúl Ramírez durante mucho tiempo el Rolex de mentirijillas. Al cabo de cinco semanas, más o menos como tenían vaticinado, acabó su tránsito por la vida: el corazón de repuesto no pudo seguir tirando del hombre.

      La noticia del fallecimiento fue muy comentada. Era de esperar y sobre él se escribieron columnas, obituarios diversos y panegíricos ascendiéndolo al Olimpo. Como correspondía a la prosopopeya destinada a los muertos, fueran ilustres o no, aunque bajaran directamente al averno y cargados de todos los pecados capitales y alguno más de propina.

      La sala del tanatorio, la más amplia para atender a gentes notables, se quedó pequeña. El desfile peregrinando a dar el último adiós fue incesante, abrumador. Lo mismo que la multitud de flores que fueron llegando de empresas e instituciones. No cabía un alfiler, no entraba una flor más. Nadie quería perderse la presencia para al día siguiente aparecer citado en los medios de comunicación como amigo, compañero o admirador del finado, haciendo encendidas reseñas de su persona y la franca amistad que les unía. Tal era la notoriedad del Excelentísimo señor don Saúl Ramírez Abarca, prócer y presidente de la Fundación SR, mecenas y gente de gran corazón.

      Aunque hombre apartado de la fe cristiana, dejó libertad a Katia, su esposa, para que organizara el funeral según su buen criterio. Nada habría de objetar respecto a semejante proceso, según su experiencia cargado de hipocresía y parafernalia banal. Por expreso deseo de Katia y para cumplimentar a quienes abrazaban esa convicción, hubo un sencillo acto religioso donde surgieron palabras de halago tan huecas como innecesarias. Llegado el momento del último adiós en cuerpo presente, un sacerdote católico ofició el metódico e impersonal responso antes de que un silencioso montacargas, en un soplo, descendiera con el costoso ataúd a la planta de incineración.

      Los protocolos de la cremación de los seres humanos estaban perfectamente reglados. La familia, no obstante, declinó estar presente en ese doloroso momento visual. Decidieron confiar el cadáver al buen oficio de los profesionales que habrían de disponer lo necesario para alcanzar el horno y luego recibir la cosecha de cenizas procedentes del cuerpo y de cuantos adminículos lo integraran. Antes de iniciar este proceso, dejaron entregada una urna cineraria de plata repujada. Encargada ex profeso, en ella estaban grabadas las iniciales SR con su garra de dragón, santo y seña todavía del imperio sin sufrir ningún tipo de cambio evolutivo en el diseño. Hasta semejante punto fue en su día objeto de sencillez y modernidad.

      La persona que en primera instancia se hizo cargo del cuerpo para proceder a su incineración fue un muchacho que en poco sobrepasaría los veinte. Observó el maravilloso y centelleante reloj que portaba, cuyo destino final, si nadie ponía remedio al despropósito, era fundirse con el cadáver hasta donde alcanzara la temperatura según los materiales sometidos a fusión. Se sorprendió del hallazgo como pocas veces hasta entonces.

      Comenzaron a temblarle las piernas y a bullir el cerebro. Sabía, naturalmente, quién era el muerto que estaba en sus manos y se dijo que el capricho del interesado o de la familia era un desperdicio intolerable, un despilfarro injusto habiendo tanta necesidad en el mundo. Para empezar, la suya, que ganaba una miseria y ya tenía una familia que mantener. Fundir la joya no era sino un desatino, una excentricidad de gente rica, capaces de permitirse semejante dispendio. Le asaltó de inmediato una corriente de electrizante zozobra, le llegó un sudor frío y después de que las sienes comenzaran a martillarle insistentemente, llamándolo a cometer una locura, arremetió contra la muñeca y extrajo el Rolex de oro del prohombre.

      Estaba sólo. Él y el cadáver, nadie más. Nadie, por tanto, se daría cuenta.

      Pensó rápido y astutamente porque de inmediato se desprendió de su propio reloj y lo dejó junto al cuerpo ya dispuesto a entrar en la fase de cremación. Su jefe, ubicado en una dependencia contigua y leyendo emocionado a Agatha Christie, esperaba el aviso de que todo iba cumplimentándose conforme al proceso habitual. Al instrumentar un instante después el ¡adelante, todo listo!, el superior apretó maquinalmente el botón y el gasoil se inflamó: Saúl, después de todo, estaba visitando el infierno.

      Más tarde, jefe y subordinado, con aparente compungimiento escénico, hicieron entrega a la familia de la urna cineraria de plata con las egregias cenizas del Excelentísimo señor don Saúl Ramírez Abarca, aquí presente. Nunca llegaron a descifrar que fueron sisados en el peso. La diferencia, a la vista de todos estaba: por un lado la desnuda muñeca izquierda del joven, por otro un informe abultamiento en el pantalón ocultando un Rolex de oro macizo capaz de arreglarle buena parte de sus necesidades inmediatas.

      «Se ha hecho justicia… Mañana mismo lo pondré a la venta en el mercado negro», se dijo el joven mientras imaginaba las ganancias y el sabor de las mieles que venían con ellas. Al tiempo, ante la familia, mostraba compungimiento severo.  

      El torbellino de la vida giraba de nuevo. Por fin, sin pretenderlo, Saúl Ramírez alcanzó el premio que tanto tiempo estuvo esperando. Ahora, definitivamente, iba a descansar en paz: 

Había traspasado el peso de la carga a otro ladrón de relojes de oro.

 

 

 

11.- Desde mi ventana

(Otras realidades a principios de 2010)

                                     

 

I – Ingratitud 

¿Qué puede esperarse de las personas a quienes en algún momento, después de requerirlo, se ha prestado apoyo?

      En términos de equilibrio, podría decirse que cuando tras la demanda se concluye ofreciendo o entregando el sostén solicitado, quien lo recibe, cuando menos, habrá de quedar mínimamente sujeto a ciertas reglas lógicas de la conducta social. Recetas, en este sentido, sobran sin necesidad de recurrir demasiado a la sabiduría popular del refranero. De todas maneras, pongamos el agradecimiento a modo de ejemplo. Se trataría, básicamente, de fijar como primera medida insoslayable de cortesía la de no olvidar el auxilio obtenido, sin que por ello el receptor deba sentir vergüenza ni humillación.        

      Parece gozar de justicia y buen sentido el hecho de que si hemos aportado soluciones a una problemática puntual en la vida de otro, éste corresponda en el futuro con gratitud hacia el benefactor. O al menos recordando que el apoyo vino a solucionar los agobios, suceso que de otro modo podría haberle conducido a dificultades de mayor alcance. Bajo esta premisa, no resulta descabellado pensar que la lógica del beneficiario, si estamos frente a la honestidad, debiera llevarle a agradecer lo recibido, evitando cualquier sentimiento de menoscabo personal, fingido o soñado.

      En este punto estaría el comportamiento lógico. No sólo en términos de equidad, sino del raciocinio que cabe esperar de una inteligencia mínima. Sin embargo, la métrica del sentido común falla porque los seres humanos alcanzamos alto grado de complejidad emocional y no mucha coherencia cuando se trata de responder a principios elementales de la conducta social.

      Desgraciadamente, no son pocas las ocasiones en que transcurrido el tiempo, una vez salvado el momento crítico de la necesidad, los afectados llegan a interiorizar que se hallan sometidos a deshonra, a una vergüenza que han de ocultar, de manera especial ante quien la prestó, a modo de refugio elusivo.      

      No se trata de recordar con frecuencia por parte del demandado, ni siquiera esporádicamente, que se le debe algo, que se está en deuda de gratitud eterna. No, de ninguna manera, porque de aceptarse el supuesto, quien haya prestado el servicio estaría poniendo precio al mismo —aunque careciera de valor facial—, convirtiéndolo automáticamente en asistencia interesada ajena a merecer agradecimiento. El resultado, entonces, devendría a transacción lejos de poder considerarse un apoyo o favor ofrecido sin interés.

      Salvado el hecho de no estar ante un movimiento interesado, habrá de aceptarse que la tendencia humana, resueltos los problemas que dieron lugar a la necesidad, es la de olvidar aplicándose para ello una cataplasma mágica activante de la amnesia más profunda. Olvidar que otros solucionaron agobios económicos o profesionales, que se obtuvo alivio y ánimo, que existió ayuda para salir a flote después de permanecer en un pozo denso y profundo, forma parte de esa conducta desagradecida, al parecer con sólidas bases para mantenerse sometida al modelo. Nada apunta a cambio de tendencia: mejor ignorar que agradecer, a fin de cuentas una servidumbre con demasiado lastre para tenerla de compañera de viaje.

      Buena parte de quienes en un momento determinado de la vida fueron ayudados por otros, tienden pronto a pasar página porque interesa a sus conciencias el olvido. Y con el tiempo convencerse, intentando aislar la carga, de que han superado el momento crítico o de necesidad no por el apoyo recibido, sino por su exclusiva fortaleza. ¿Cómo aceptar que una determinada ayuda mejoró nuestra vida? ¿No estaré condicionando mi propio futuro, mis propios valores, al admitir incapacidad para resolver problemas que debí solucionar de otra manera? ¿Realmente necesitaba la ayuda de otros? ¿Era tan grave la situación que me obligó a pedir apoyo? ¿No habrá sido, acaso, un mal sueño? ¿En realidad, debo algo a alguien?

      En fin: desdeñar los apoyos para escamotear una realidad de la que intentamos deshacernos con deshonor para no tener que sufragar el costo del agradecimiento. 

      Interrogantes de semejante calado, sólo por el hecho de surgir a nuestro encuentro buscando explicaciones, abruman. Abruman y delatan a quienes se sienten forzados a aceptar que la gratitud, por su propia naturaleza, es obligada cuando antes se ha recibido la ayuda. Al parecer, no resulta cómodo asumir, después de superada la crisis que llevó a pedir auxilio, que se esté en deuda moral con el prestatario.

      Pero no sólo esto: tampoco se acepta la incomodidad sobrevenida al recordatorio, siquiera ocasional, de actos pasados producidos por quien conoció debilidades y carencias. De esta manera, a modo de defensa, las personas afectadas por el ‘síndrome del esquivo’, sintiéndose desnudas ante esos causantes del desequilibrio emocional que dicen padecer, optan por convertirse en seres impermeables al reconocimiento de la gratitud. Impermeables y convencidos de no estar obligados a ninguna contrapartida, huyendo de sí mismos, como si ello fuera posible.

      Reconocer que se ha salido a flote después de algún tipo de ayuda y aceptar que debido a ella nos obligamos a perpetuidad, genera rechazo inmediato para muchos afectados. No resulta extraño, por tanto, que se elija la ingratitud como fórmula perfecta para evitar semejante afrenta. A mayor abundancia de despropósitos interesados, ¿qué nos impide sentirnos molestos con la situación e ignorar no sólo al donante sino también lo recibido?

      Después de todo, siempre quedará la duda razonable de que quizás los favores obtenidos han sido olvidados por quien los prestó. ¿Para qué, entonces, recordar que estamos agradecidos, para qué mostrar nuestra gratitud si con ella obtendremos recuerdos ingratos e infructíferos? Además, ¿las ayudas de cualquier naturaleza no son desinteresadas? ¿No hemos pagado suficiente y durante mucho tiempo con nuestro propio sufrimiento de saber que estábamos en deuda?  

      Aun con todo, el hecho más desagradable de la ingratitud viene dado por comportamientos insólitos de quienes se niegan a reconocer y agradecer la importancia y trascendencia de lo recibido en un momento dado. Si mal está que nos convirtamos en seres olvidadizos debido a nuestros complejos y actitudes taimadas, resulta de todo punto intolerable que algunos receptores, además de no agradecer nada de lo otorgado, de olvidarse con inmediatez de lo recibido una vez satisfecha la necesidad, terminen revertiendo la culpa de su situación al auxiliador. Una vez más la magia entra en acción  y por arte de birlibirloque el apoyo recibido se convierte en carga moral para quien lo ha prestado, porque siempre pudo hacerlo mejor, porque siempre pudo aportar más.

      Un estado, si duda, de doble ingratitud, del que para no salir corriendo y esconderse en los abismos más profundos, o pegarse un tiro en el pie para poder sobrellevarlo, sólo queda decirse: ¡manda huevos! 

Así las cosas, de inmediato cabe esta reflexión: Ante el requerimiento de un apoyo, si está en nuestras manos y optamos por concederlo, no esperemos gratitud por el comportamiento más allá del instante en que se ha formalizado el acto.

      Si nuestra conciencia, posibilidades o disposición nos pide corresponder a determinadas demandas de socorro, prestémoslas. Pero olvidémonos inmediatamente después de ellas porque sólo bajo esta premisa dejaremos de sufrir por la ingratitud que a buen seguro recibiremos transcurrida una fracción mínima de tiempo. No en vano es condición humana olvidar interesadamente que se está en deuda con otros.

      Moraleja:

      ¿Acaso cualquiera de nosotros no tiene deudas de gratitud que bien ignoramos o bien hemos querido olvidar? Pongámonos pronto a repasar, no vaya a ser que terminemos sorprendidos de nuestra frágil memoria. 

16/01/2010

 

II – Haití 

Una vez más la tragedia ha caído sobre los desgraciados. Inesperadamente, como suele ocurrir, para mostrar concentrado todo su horror.

      Haití ha temblado. Ha temblado mediante una escala terrible y trágica. El terremoto ha sido devastador y los resultados desoladores. El mundo global que vivimos, con sus acechantes garras desplegadas, aporta imágenes demoledoras que de forma súbita atenazan garganta y corazón mientras el riego sanguíneo comienza a paralizarnos. En nuestra placidez y ajenos a la desventura lejana, repentinamente estamos siendo alcanzados por dolorosos espasmos que a modo de eco solidario —pudiera tratarse de fetichismo vudú— sufren otros en ese mismo momento, y aunque distantes podemos visualizarlos en primer plano de la pantalla. Retratos desgarradores y cercanos atestiguando el peso destructor de la desdicha que les ha alcanzado.

      Bajo el influjo de esa frecuente realidad, no es cómodo permanecer sentado ante una mesa repleta de bienestar y observar la tragedia sobrevenida a lugares situados, al parecer, en el inframundo. Ni contemplar a bocajarro la sangre desbordándose, heridas físicas abiertas y cicatrices del alma perfectamente visibles en los ojos de gentes que deambulan ante nosotros en permanente sucesión de imágenes, sin más esperanza que encontrar alivio a su pena y alimento para seguir errando.

      La muerte a escala de catástrofe está sobre nuestras mesas.  Los telediarios nos animan a visionar muertos esparcidos aquí y allá, hacinados y en descomposición, una destrucción apocalíptica como pocas. Haití se ha convertido en la quintaesencia del infortunio. No ha quedado nada en pie, montañas de ruinas, legiones de vidas abandonadas a su suerte, un peregrinaje confuso sin demasiados horizontes. La Naturaleza, esa naturaleza con mayúscula, ha ofrecido su peor talante y ha sembrado con abundancia miseria sobre la miseria y desolación sobre lo que ya era un país desolado, sin apenas futuro.

      Los primeros e impactantes datos, pura lucubración para situar la magnitud de la calamidad, hablan de cien mil muertos. Luego, en un soplo, ampliados a doscientos mil, quizás quedándose cortos porque no hay siquiera gente para sacarlos de los escombros donde están enterrados ni para contarlos. Dentro de unas semanas lo sabremos con certeza para acrecentar el pasmo. Y tres millones de afectados. Y la destrucción masiva de infraestructuras que precisarán decenios para restituirse, un retorno al pasado próximo de al menos una centuria, dicen algunos expertos: ni siquiera la solidez del palacio presidencial y la catedral se han salvado. De poco ha servido el poder y los rezos.

      Cuesta asimilar la caterva de evaluaciones cuando se mira a nuestro alrededor más inmediato y vemos lo pequeños que somos ante esa tragedia. Haití, resquebrajado por la tierra y especialmente por los hombres que vienen manipulándola, se visualiza delante de nosotros como paradigma del caos, el horror en tecnicolor en versión continua.

      Nada escapa a ninguno de nuestros sentidos. La imagen de la tragedia es la noticia sobre la noticia y no sólo hemos de ver y oír para que penetre adecuadamente en los sentimientos más hondos. Nuestro castigo consiste en que hemos de degustarla observando la sangre que mana de cuerpos mutilados y oler mediante primeros planos el blanquecino polvo de la destrucción adherido a los resecos poros de recién rescatados. Y todo ello con el valor añadido de poder tocarlo en pantallas táctiles para tomar auténtica conciencia del bienestar en que estamos instalados buena parte de nosotros.

      Con semejante alubión mediático, no hacen falta más aldabonazos para que el mundo se movilice en favor de aquellos desposeídos que malviven en el paraíso caribeño de palmeras y aguas turquesa. Se abren, al unísono, miles de cuentas corrientes para canalizar la generosidad de quienes comprueban atónitos el alcance de esa tragedia; la sociedad civil se moviliza enviando recursos y medios humanos capaces de paliar el dolor o de socorrer cualquier necesidad llamada a ser inmediata; los gobiernos se reúnen y toman medidas de ayuda y coordinación y algunos ya avanzan que condonarán deuda, probablemente añeja por la secular insolvencia de un país paupérrimo y saqueado.

      El despliegue en favor de Haití ha sido transmitido a todos los vientos. A cada instante y planetariamente, mostrando que la solidaridad es tan global como venimos diciendo que es el propio mundo. Y así es: ingentes chorros de dólares, euros, libras, dinares, yuanes, yenes o rupias ingresan en cuentas que, presumiblemente, han de producir la salvación y bienestar de aquellos seres afligidos que pantallas y ondas nos presentan al encuentro de un horizonte mejor. Un horizonte, les prometen, siempre al alcance aunque la realidad siempre torna a inalcanzable.

      Entretanto, quienes gobernaban uno de los países más pobres de la Tierra —y siguen haciéndolo—, se han diluido en el marasmo. Jerarquías elititas, corruptas e indiferentes a la tragedia de un pueblo históricamente subyugado, se han presentado al mundo como mandatarios incapaces siquiera de comparecer ante los suyos para transmitir confianza y un mínimo de capacidad organizativa. Apoyándose en la destrucción de infraestructuras civiles, han optado por estar missing y sin posibilidad de verles el pelo. Al menos de momento; cuestión distinta, al tiempo, será cuando llegue la hora de administrar lo recaudado.

      A los millones de personas solidarias que desde todos los rincones del planeta han contribuido con ayuda, puede antojárseles que algo endémico e inadmisible ocurre en países como Haití. Se trata de un bello lugar, como tantos otros, donde sus habitantes, a pesar de la pobreza extrema de la mayoría, no son capaces de hacer nada en defensa de su prosperidad.

      Tampoco por su dignidad. Son pasto de dictadores de tres al cuarto a los que reverencian, e incapaces de sobreponerse a su propia condición de personas desamparadas porque asumen que esa es su finalidad en la vida. Ante el impropio caldo de cultivo, cada día acaban siendo más pobres e igualmente cada día más desposeídos porque carecen de temperamento suficiente para impedir esos dictados, horchata parece que les  fluye como sangre tratándose de defender su propia existencia. Y por encima de ella el futuro como colectivo.

       No es extraño, pues, que bajo esas condiciones de sumisión prosperen gobernantes sin escrúpulos que explotan a su país en beneficio propio. Ni que escasas oligarquías y algunas naciones ‘amigas’ consigan bajo soborno posiciones económicas estratégicas o geopolíticas. Y ni a unos ni a otros importa mucho la desgracia sobrevenida del terremoto. A unos y otros lo que les importa es posicionarse mejor para poder administrar y aprovecharse de la ingente masa monetaria que cual maná les ha caído no precisamente del cielo, sino de la bondad y solidaridad de gentes del mundo. Gentes, por otro lado, siempre sensibles a las desgracias de otros y sensibles al ‘síndrome del telediario’, del cual terminan liberándose en cuanto la aportación ha salido del bolsillo.

      Misión cumplida, conciencia aliviada. ¿Qué más puedo hacer? 

Haití ha temblado y el mundo se ha volcado en la desgracia aportando bienintencionados medios.

      Los muertos y damnificados serán los perdedores reales. La enorme generosidad universal se diluirá en manos codiciosas y veremos cumplidas, en el mejor de los casos, la mitad de las posibilidades que habrían de generar esos recursos. La otra parte, naturalmente, habrá sido escamoteada siguiendo la tradición. Las naciones del socorro consolidarán posiciones ventajosas, las pantallas dejarán de flagelar nuestras conciencias con charcos de sangre en primer plano, la información se diluirá de forma gradual y quizás de todo ello, meses más adelante, sólo quede en la retina de algunos la imagen de un niño empolvado recién sacado de los escombros, o la mirada extraviada de una anciana que busca desesperadamente a los suyos.

      Y hasta la próxima, donde volveremos a vernos con la misma o parecida tragedia, la misma cantinela. Y los mismos remedios para seguir saliendo del paso.  

17/01/2010

 

 

 III – ‘Peineta’ 

José María Aznar vino a Oviedo. El expresidente del gobierno de España tenía aquí programada una conferencia en la Facultad de Económicas, organizada por juventudes del Partido Popular. Llegó en buena hora, vio el ambiente caldeado en contra de su ilustre figura y venció en toda línea. Con su presencia y actuación logró ser noticia destacada en informativos de televisión y radio, en prensa digital y de papel, caricaturizado por humoristas gráficos y examinado en columnas, blogs y redes sociales, sin menosprecio del amplio protagonismo que también alcanzó en las tertulias de analistas sabelotodo que cada día invaden los medios, sin distinción.

      El señor Aznar es muy suyo. Tiene un aire de cierta soberbia, mira desafiante y por encima del hombro poniendo de manifiesto que sobrepasa a los demás en cuestiones de índole diversa. Es un personaje singular, que se sabe inteligente e importante porque en ocho años de gestión gubernamental dejó a España en una situación económica que, en esta ocasión sí, no la conocía ni la madre que la parió.

      Valga la referencia histórica para encajar su aureolada autoestima en ese recordatorio al que con frecuencia se refieren acólitos y economistas de distintas tendencias. La dejó para bien, en magnífico estado según el encendido entendimiento que de tal hecho hacen sus partidarios. No como ocurrió al primer gobierno de la pana, que lo propusieron y sucumbieron en la tentativa porque la pana en sus manos, enseguida, se transformó en lino y alpaca, riqueza fácil de pelotazos, nepotismo y dádivas. Jauja sin límites, una explosión de bienestar general que en buena medida resultó ser una flor efímera para la mayoría. Como siempre, a qué engañarse. Gobierne quien gobierne da igual porque el poder tiene una fabulosa fuerza corruptora con imanes capaces de arrastrar dinero en masa aunque esté debajo de las piedras. O de las alfombras. 

      Efectivamente, el señor Aznar tiene estas cosas contradictorias. Listo sí que parece. Su recorrido personal y político lo ratifica: un auténtico estadista que supo crear riqueza y abrir horizontes a los españoles. E incluso sentarse distendidamente con los zapatos sobre la mesa allende los mares donde el yanqui petrolero reinaba, donde todo sigue cociéndose por la dejadez, desunión y desestructuración política de Europa. Una Europa, por cierto, incapaz de hablar con una sola voz tratándose de cuestiones trascendentales, cada estado miembro mirándose el ombligo para luego concursar y decidir quién lo tiene más grande y redondo. Además, tuvo la fortaleza de cumplir una promesa difícilmente creíble a un político: abandonar la posibilidad de seguir gobernando después de ocho años, sin impedimento constitucional, con la expectativa razonable de poder hacerlo.

      No quiso morir de éxito y el mundo apoltronado de la política agradeció el increíble gesto. Al menos éste, porque quienes se la tenían jurada por desalojarlos del poder y sus prebendas, luego se cebaron en su persona para acusarlo de asesino por apoyar la guerra de Irak. Y para mayor escarnio, prácticamente de ser culpable directo de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y de la escabechina posterior del 11 de marzo de 2004 en Madrid: desatinos, extraños comportamientos viscerales, desajustes de la inteligencia primaria porque la adscripción y sentimiento político de los humanos, de cualquier signo, una vez asumido aquél y formado éste, no soporta fácilmente el cambio. Así es que a piñón fijo van nuestras posturas, ocurra cuanto ocurra y aun habiéndose generado deméritos suficientes para aconsejarnos deshacer posiciones, tal que de una inversión poco aconsejable se tratara.   

      La Facultad de Económicas de la Universidad de Oviedo está en el Campus de El Cristo. Desde allí se tienen espléndidas vistas a los cuatro vientos y por tanto del mundo después de traspasar los linderos que se muestran al alcance. Es un lugar magnífico para trasladar mensajes, sean subliminales o no. El señor Aznar venía con unos cuantos, todavía sin catalogar y pendiente de conocerse si alguno alcanzaría cum laude para un titular de ámbito nacional.

      José María para los amigos, con su potente bigote y revestido de la autoridad propia de quien ha sido mandatario de altos vuelos —también por la misma condición, un tanto autoritario—, vino a Oviedo ceñido todavía de coronas de laureles. Ajeno durante seis años a los parabienes de Moncloa, dedica su tiempo, conocimientos y análisis al asesoramiento, de lo que ha hecho un modo de vida intelectual y de sustento, ganando fortunas con sus cuitas y consejos. Sus quehaceres, desde entonces, son opinar y amalgamar experiencias y sabiduría, escribirlas, venderlas y difundirlas. Y administrar las ganancias, asunto capital para ganarse una vejez tranquila. También le queda tiempo para el proselitismo doméstico y para de vez en cuando ponerse en pie de guerra haciendo que salten chispas y el gallinero revolotee.

      Sigue siendo un hombre público aunque no tiene más poder que el honorífico y el derivado de sus influyentes contactos y antecedentes políticos. No pocos, por cierto, razón por la cual su altavoz se escucha con suma atención. Visto como andan las cosas, todo parece indicar que siente la necesidad de volver al poder perdido porque su protagonismo y opiniones del momento convulso que vive la Patria, por una razón u otra, está siendo patente. Podría decirse incluso que intencionadamente palmario para transmitir al mundo que aún sigue ahí, expectante, y que con él España iba mejor y que sólo él sabe cómo salir de la crisis en que los socialistas, una vez más, han metido a los españoles sin saber cómo sacarlos del atolladero.

      Al menos eso piensa y a decirlo vino, amén de dedicar otras lindezas a los inútiles gobernantes que por desgracia tenemos, según su docta opinión. El señor Aznar es así de claro, así de suficiente, ese punto de chulería castiza para transmitir que es grande, sin cortarse una pizca. Y sin reparar en gastos o enojos, poco le importa que ello afee a sus compañeros de partido; después de todo, se dice a sí mismo, es un hombre libre y sin ataduras. Se considera legitimado para decir cuanto quiera y para poner verde a quien corresponda o se ponga a tiro porque él sigue siendo el gran estadista de la reciente democracia y el único capaz de recetar los remedios de nuestras penurias. Algo así como «Soy el especialista doctor Aznar y vengo a curarles. Pero no se preocupen, será inocuo, sin lavativas».

      Los organizadores de la conferencia se vieron desbordados por los acontecimientos. En la sala, de manera imprevista, se hicieron ostensiblemente presentes jóvenes infiltrados, ignorándose si estaban dirigidos o sujetos a algún tipo de manipulación. Se desplegaron pancartas alusivas a la guerra de Irak apoyada por el señor Aznar desde el famoso barco de Azores y arreciaron gritos de asesino y terrorista, por si no hubiera tenido pocos en las elecciones generales de 2004. La orquestación, a la vista quedaba, todavía resuena para demasiados nostálgicos interesados en mantener un guiso amargo y extraer de él réditos de resultado incierto. Y con ellos, con los gritos, la retahíla propia de reaccionarios, pura salsa del desahogo de jóvenes instalados en el antisistema, o quizás en algo peor: el adoctrinamiento tendencioso.

      La escandalera, según cuentan quienes estuvieron presentes en el acto, subió de tono, como cabía esperar. Unos gritando a favor y otros haciéndolo en contra. El tumulto sacó de sus casillas al conferenciante y a los díscolos del aula, incluidas chicas de furibunda conducta y lenguaraces, especialmente dotadas para el insulto. La lección magistral nació así mutilada y tensionada.

      El señor Aznar, que temple y visión de la jugada sí acumula en su haber, se equivocó con gravedad. Debió citar a la desafiante juventud a que, organizadamente, bajara al estrado y expusiera con argumentos intelectuales, conforme a la formación académica que había de suponerse, las razones motivadas de insultos e improperios. Pero siempre desde la serenidad y el respeto, y especialmente amparados en las libertades que antes fueron ganadas por otros, sin exabruptos propios del Hombre de Sidrón.

      Debió pedirles, sin duda y desde la frialdad intelectual que atesora, que los disidentes dieran la cara descendiendo al juego democrático y no escondidos amparándose en la turba. Así el ofendido, él, podría responder a sus resquemores y debatir desde el intelecto ya que en una institución académica estaban. Habrían quedado los alborotadores desarmados y él alzado a la cumbre por sus correligionarios sabiendo que madera le sobra para defenderse de tales ataques, sin vacilación procedentes de jóvenes dogmatizados que en su mayoría hablan de oído y operan, sin más, bajo la bandera de odios  artificiosos, cuando no injustificados.

      ¿Dónde estaban, qué hacían siete u ocho años atrás esos estudiantes —si lo eran realmente— que ahora rondan los veinte?, ¿qué conciencia política o social tenían entonces y en qué fuentes han bebido después para alcanzar semejante nivel de intolerancia y analfabetismo? ¿Cuáles sus atributos aparte de haber vivido sin apreturas?, ¿cuáles sus logros? Las interrogantes son muchas y todas ellas difícilmente entendibles desde la serenidad y la objetividad.

      Fuese de un modo u otro, lo cierto es que el señor Aznar no aprovechó el gran momento de gloria que le brindaron los díscolos. Estúpidamente, perdió la oportunidad de salir en telediarios nacionales como un auténtico héroe de la convivencia, el modelo a seguir para rebajar la tensión derivada de las muchas dificultades que atenazan a la Nación y para remarcar que el auténtico talante no está en la sonrisa forzada, sino en desplegar recursos y acciones para remediar esos males. La palabra directa entre ellas. Hizo justamente lo contrario. Entró como un pardillo al trapo y los miuras se lo llevaron por delante. Salió derrotado moral, ética y estéticamente: un desastre político en toda regla, mal que pese a muchos y aunque algunos pretendan justificar el injustificable desaire que vino después. 

Caminó José María cual tribuno henchido de soberbia y protagonismo. Miró desafiante al tendido, arqueó las cejas y apretó los labios arrugando el potente bigote. Tragó saliva y sonrió para sus adentros diciéndose que aquellos cretinos, malandrines sediciosos, habrían de tener una respuesta acorde con el daño producido porque, ciertamente, le habían jodido y bien jodido las neuronas y la conferencia. Y al hombre no se le ocurrió mejor cosa para rematar la faena que alzar el brazo izquierdo, cerrar el puño hacía sí y levantar el dedo corazón mientras miraba fijamente hacia donde aún quedaban rescoldos de la ofensa.

      Ya estaba hecho. Se quedó complacido del gesto y entre aplausos y pitos salió por la puerta grande de la Facultad, transformada en ese mismo instante en la Puerta del Posterior Lamento. El placer personal había quedado complacido, el daño hecho y las consecuencias intransmutables para el resto de los días. Hizo la «peineta», es decir, para mejor entenderlo, mandó a tomar por el culo a cuantos lo insultaron.

      La «peineta» en cuestión está trayendo precisamente mucha cola porque hay dudas del origen. Puede incluso que derivado de un error fonético de alguien popular y poco docto en materias culturales. Pero en realidad, lo sustancial no radica en qué nombre asignar al gesto, viejo en el mundo desde que el mundo fue un mundo de seres cultos, sino el propio gesto, indefectiblemente asociado a vulgaridad, a conductas soeces y a quienes incapaces de contraponer argumentos o intelectualidad optan por deshacerse del contrario mandándolo a tomar por allí. Se trata, a buen entendedor, de un desplante que puede ser muy taurino y soberbio, un desahogo hasta airoso momentáneamente, pero que deja al del brazo en alto y dedo erguido en posición indudable de verdadero derrotado.

      José María Aznar, expresidente del gobierno del PP, fue derrotado no por dialéctica ni por inmerecidas ofensas de unos bárbaros tendenciosos e ignorantes, sino por sí mismo y por el dedo corazón de su mano izquierda. De su poca mano izquierda, cabría añadir. Como estadista y hombre público de primera fila está llamado a ser ejemplar y nunca un lance de esta enjundia debió constreñirle a actuar como un patán dejándose arrastrar por su incontinencia e incapacidad intelectual. Él atesora mucha sabiduría y tiene recursos para salvar la situación de manera brillante, y si no lo hizo dos poderosas razones pudo haber: porque los insultos le desquiciaron y simplemente perdió los papeles, o porque siendo consciente quiso desquitarse y al tiempo convertirse en protagonista del día. Para dar que hablar.

      En cualquiera de los supuestos, se ha dejado mucho prestigio en la Facultad de Económicas de Oviedo. Ha perdido demasiada reputación y credibilidad y, por el contrario ha ganado una bonoloto millonaria de adjetivos desdeñosos hacia su persona. También es indudable, porque la cabeza se pierde con ocasión de deslumbramientos inoportunos, que en situaciones de tal naturaleza el cuerpo pide a gritos cuanto hicieron el brazo y el dedo del tribuno. E incluso, por qué no, retar a los tendenciosos malandrines a verse las caras para darles un escarmiento…

      Naturalmente, un escarmiento dialéctico a fin de que aprendieran verbo, estilo y modales. ¿Quién podría asegurar que cualquiera de ellos, mañana dadas las libertades democráticas y la igualdad de oportunidades, no pueda ser presidente del gobierno español? O de una comunidad autónoma. O alcalde. O senador o diputado. O presidente de una multinacional a la que ir a pedir trabajo.  

      Es probable que desde sus filas lo arenguen y defiendan vehementemente durante varios días para salvarle los muebles y demostrar solidaridad y fidelidad, aunque el daño para todos ya está hecho y es irreversible. No faltarán tampoco, en contrapartida, afiliados y dirigentes del partido diciéndose que mejor se hubiera quedado en Madrid o despachando algo privado en Nueva York. En política no hay camino de rosas, sino empedradas cuestas con enormes socavones en los que se hunde la gente si pisa un milímetro en lugar indebido.

      Nadie olvida que José María Aznar ha ido dejando cadáveres políticos en el camino durante su mandato. Muchos son los velados enemigos internos que se ha echado al morral desde la Fundación Faes que preside, por ejemplo. Como tiene la virtud de hablar cuando quiere y de lo que quiere, con toda claridad ha levantado la voz criticando la debilidad y escasa presión política con mordiente de la bancada opositora de su propio partido hacia el gobierno socialista que los descabalgó del poder en 2004. Son críticas que huelen a cuerno quemado, dañinas en ocasiones y dejando no pocos sinsabores en quienes ahora mandan de verdad en la que fue su casa.            

      En fin, que la trascendencia social de los hechos ocurridos en la Facultad de Económicas de Oviedo, con José María Aznar de conferenciante y un grupo escandaloso dispuesto a chafarlo, sólo puede ser entendida o disculpable, siendo tolerantes, en quienes carecen de mejores facultades para afrontar el reto. O no conocen mejor forma de expresarse porque viven sometidos a otro tipo de lucha por el día a día, de forma que los gestos estridentes, aun en su ordinariez, son patrimonio a defender con toda naturalidad.

      Éste no es precisamente el caso. Ha podido la soberbia y la chulería, un estadista derrumbándose del pedestal cuando tuvo en sus manos poner un peldaño más en la cumbre. Sólo tenía que hacer un gesto, el de levantar la mano derecha y mandarles bajar para que en vez de ladrar expusieran sus argumentos ante él y la audiencia. Con luz y taquígrafos.

      Pero levantó la otra mano con el dedo corazón izándolo al viento y se hizo, repentinamente, la «peineta». Ahí quedó para la historia, para el regodeo y para su propia deshonra personal y política. Genio y figura, sin duda, aunque un lamentable ejemplo para la sociedad en general, al margen de credos: de derechas, de izquierdas, de centro derecha, de centro izquierda, de ultraderecha, de ultraizquierda, de nacionalistas, de antinacionalistas, de ateos, de religiosos… Y de cuanto queramos ser y pensar.

      ¡Ay José María Aznar! ¿Dónde tenías la cabeza hoy? ¿Acaso esta es la manera a través de la cual quieres volver para curarnos?

 21/02/2010

  

 

  IV – Pitidos 

En Baracaldo, también conocido como Barakaldo si hemos ser fieles y respetuosos con la lengua local —¡faltaría más!—, se ha celebrado este domingo la final de la Copa del Rey de Baloncesto.

      Acéptese la obviedad. Se trata, en este caso y tras liguilla eliminatoria, de una habitual competición deportiva a cuyo último encuentro llegaron dos equipos laureados: Madrid y Barcelona, tanto monta. Los encuentros finales de campeonatos de esta y otras disciplinas se celebran anualmente en localidades que lo convienen por interés social y económico con las correspondientes federaciones. Es más, existe verdadera competencia e interés por organizar estos eventos dado el prestigio y rendimiento que aportan a la ciudad organizadora. Nada en este sentido es forzado, sino lo contrario: se hace cola y se buscan recomendaciones para resultar afortunados en la elección.

      Desde luego, los equipos participantes conocen a la perfección las reglas. Todo está sujeto a previsión inequívoca dada la experiencia, de modo que elegida la localidad y logradas las clasificaciones exigidas, sólo resta ponerse a jugar y alcanzar la reputada final. En cuanto al público, forofos o no, queda pasar por taquilla y disfrutar del juego —o sufrir según vaya la contienda— apoyando a los colores favoritos al margen de dónde se juegue y llámese como se llame la competición porque lo motivante, en definitiva, es ganar y acumular más gloria en las vitrinas sociales… O no, ya veremos.

      El título de la Copa no es caprichoso y tiene adscrito al Jefe del Estado porque así viene establecido en las normas del juego aceptadas previamente por todos los contendientes en liza, sin más ambigüedad ni otras consideraciones de carácter social o político. Nada en este sentido es forzado, sino lo contrario. ¿Queda aclarado?

       Una parte de la población de Euskadi se manifiesta abiertamente hostil a la nacionalidad española y por extensión a los españoles. O al menos a una mayoría de los mismos para dejar sentada la relación de vasos comunicantes con otros territorios proclives al mismo tensionamiento, y con tal conexión una mayor puesta en común para unir esfuerzos separatistas. A consecuencia de ello, esa población sufre diversos síndromes que no consiguen superar siquiera después de treinta años de intensa cura. Así, se sienten superiores e incomprendidos, una raza con sangre Rh inigualable, invadidos y explotados.

      En su diabólica calentura crónica, para generar argumentaciones, creen ser odiados y odian abiertamente con ferocidad. Se sienten atacados por fuerzas opresoras y tratando de defenderse —eso dicen para ganar autoestima— oprimen a los demás imbuidos de legitimidad. Adoctrinados en ese odio, asesinan o razonan el asesinato con suma vileza. Y para justificar sus actos, falseando historia y realidad, siguen creyéndose poseedores de argumentos incontestables.

      Esa parte enferma de vascuences está incrustada en la sociedad y vive dentro de ella intentando parasitarla. Quieren absorber sus flujos para incapacitarla y, al contrario de lo que piensan, llevarla a la ruina para concluir de nuevo en las cavernas. Lo intentan una y otra vez sin darse cuenta que están enfermos y faltos de inteligencia superior, lo cual les pierde porque de tanto retroalimentarse de falsedades ya no saben distinguir dónde están los atributos esenciales de su propia existencia.

      Los vascos díscolos, pocos pero al tiempo demasiados, sufren ataques de furia en cuanto vislumbran u oyen símbolos nacionales españoles. Es decir, los de todos. Naturalmente, los símbolos que nos identifican están presentes y de forma inevitable en el territorio porque son parte de un todo indivisible al margen de peculiaridades o diversidades a las que constitucionalmente se ha dado perfecta cabida. Cuando de antemano se conocen eventos que obligan a su presencia, saben qué va a suceder y ensayan durante días el comportamiento a desarrollar, acumulando odio y adoctrinamiento preliminar para que explosione en el momento preciso.

      Despotrican e insultan y sienten la satisfacción de su protagonismo como el éxito previo de los honores que esperan alcanzar más adelante. Quizás su nombre en la plaza del pueblo después de un atentado letal y tras purgar años de cárcel. ¿Por qué no una concejalía aprovechando que los opresores son unos pardillos y les dejan hacer su voluntad abriéndoles los mecanismos de una democracia que por otro lado denuestan?

      La final de la Copa del Rey de Baloncesto, tiempo atrás planificada y a celebrar en Barakaldo, es la ocasión propicia para decirle al mundo, una vez más, que son gentes oprimidas y que no sienten la nacionalidad que ostenta ese rey de los españoles. Quieren sus minutos de gloria y quieren significarse aunque el comportamiento resulte bochornoso y risible ante los demás. Risible por un lado, valga, aunque por otro sumamente irritante al comprobar cómo después de montar el escándalo terminan yéndose de rositas hasta la próxima, donde se presentarán exultantes debido a éxitos anteriores.

      El Jefe del Estado, el Rey de España, estaba prevenido. Ya venía escarmentado de otros abucheos anteriores por esas tierras y por otras de parecidas trazas porque el independentismo es enfermedad, aparte de crónica, contagiosa y de resultado impredecible para el propio futuro. Prevenido, sí, aunque confiando que en esta ocasión no se produjera la ofensa, no ya a él, sino a cuanto representa formalmente. Con anterioridad, había declinado estar en eventos donde los símbolos fueran motivo de discordia. Trataba con ello de evitar controversias y enfrentamientos, por otro lado inútiles no obstante de ser cesiones ante la intimidación de bárbaros ruidosos y rabiosos, dispuestos siempre a reventar cualquier acto institucional.

      En esta ocasión los estrategas políticos decidieron que ya estaba bien de milongas y que el Estado se debilita arrugándose. Pensaron en no seguir el juego intimidatorio e instaurar la normalidad mal que pese a ciertos grupos separatistas. Fue así como cargados de elemental raciocinio, establecieron que nada debía esconderse cual si se estuviera ante oprobios o delitos. Nada más lejos, era necesario recuperar legítimos principios de convivencia. Y allí, en esta ocasión en tierra hostil de vascos, a los que algún día habrán de cortarse las alas no vaya a ser que se estrellen de tan alto como vuelan con la permisividad, el Jefe del Estado presidía el acontecimiento lúdico-deportivo que se celebraba. 

Comenzó a sonar el himno nacional. Armónico e indoloro, no traía otro mensaje que su propio símbolo. Ni más pero tampoco menos. Se levantaron los cuerpos del aposento en actitud de elemental respeto y sonaron pitos y abucheos de desaprobación, ahogados parcialmente con aplausos de otros: la misma historia de siempre, España dividida, una vez más.

      Las cámaras de televisión recogieron el momento de nerviosismo y contrariedad que se vive cuando lo sagrado de una nación, bandera e himno que la identifican, estaban siendo insultados impunemente. Y con el agravante añadido de no poder hacer nada juicioso para no soliviantar más los ánimos de quienes amparados en la masa cumplían su propósito milimétricamente planificado. Sólo quedó esperar unos segundos interminables, con estoicismo contenido y elevada dosis de ansiedad, para que con el último acorde las fieras, una vez satisfechas del festín, se amansaran y se centraran en lo importante, en el espectáculo.

      Supuestamente a lo que habían venido, aunque esto es mucho suponer cuando los contendientes eran equipos profesionales de Madrid y Barcelona… Habían programado la pitada, a eso fueron. Poco importaba el juego y los contendientes: hubieran hecho lo mismo ante una final de petanca o de aizcolaris cortando troncos. 

      Con planos generales del pabellón e imágenes focalizadas en primeros planos de asistentes al acto, las cámaras dejaron testimonio, remarcando hasta qué punto himno y bandera no se sienten de forma universal en esta desnaturalizada Nación. No es cuestión de pedir que afloren lágrimas y la mano se aplaste contra el pecho hasta fundirse, aunque sí cabe esperar un mínimo entusiasmo patrio porque en esos símbolos se encuentran una parte importante de lo que somos y cuanto aspiramos a ser: individuos sintiéndose arropados y unidos por la bandera y la música triunfante o conmovedora de un himno. Se trata, en definitiva, de buena parte de nuestra esencia, elementos identificativos inocuos en tiempos de paz con los que nos abrimos al mundo para distinguirnos.

      ¿Dónde está el problema? ¿Alguien, en algún momento del pasado reciente, ha pretendido excluir del escenario símbolos distintos utilizados profusamente y con ardor ilimitado por quienes ahora ofenden a los que son comunes a todos los españoles? ¿Por qué unos, con fobia iracunda colmada de adoctrinamiento tendencioso, pretenden excluir a otros cuando todas las enseñas están regladas? ¿Qué maniqueo proceso es éste?, ¿en qué endemoniada y provocativa espiral quieren meternos para justificar que odian con razón?

      Muestra patética del acontecimiento, mientras arreciaban  pitos y abucheos, resultó ver al jugador Garbajosa, ahora del Real Madrid, con la cabeza agachada, humillada hasta donde dicen que se halla el alma. No resulta fácil predecir qué estaba pasando por su cabeza, qué sentimientos podían embargarle en ese momento crucial. La imagen bien podía denotar vergüenza por la música y su significado, identificándose con el insulto; o bien vergüenza por los pitidos y cuanto personificaban de desapego a la unidad de un país por parte de quienes creen estar por encima de los demás basándose en pretendidos y pretenciosos hechos diferenciales.

      Él sabrá, pero la estampa llamaba a la reflexión. Y la reflexión pasa por decirnos que resulta lamentable no sentirse unidos por un lazo identitario común. Pasa por sentirse dueños de una patria igualmente común, por no excluir ninguna identidad sea global o local; pasa por sumar en lugar de restar, por no empobrecerse cada día a base de zancadillas y perversos protagonismos políticos cuya pretensión última es eliminar las ideas del otro.

      Mientras transcurrían los segundos interminables, mayoritariamente, el palco endureció el gesto. No quedaba sino aguantar el chaparrón ardiendo en deseos de cruzar los brazos en aspa con los puños cerrados o alzar ese poderoso dedo corazón al viento para airearlo. Alguno de los presentes, con disimulo circunstancial, sonreían para sus adentros porque los pitidos también eran suyos, fariseos de pacotilla que fingen adhesión cuanto están arrimados al poder y luego lo desdeñan porque en realidad lo que quieren es ser el único poder.

      La noticia abrió informativos. Se buscaron, siguiendo el protocolo, opiniones de analistas y se pidieron posicionamientos políticos. Muchos balones fuera, tantos o más que los echados fuera de la canasta por el Real Madrid, vapuleado por el poderoso rival, ‘más que un Club’. El propio Presidente del Gobierno Vasco, el lehendakari Patxi López, acabó declarando que a él, «nada sospechoso de moverse por símbolos», le había parecido muy mal la pitada, ante lo que cabe preguntarse que sólo faltaría que hubiera manifestado lo contrario presidiendo un gobierno socialista apoyado por fuerzas conservadoras no nacionalistas.

      La esencia del problema identitario que tiene España y los españoles que la habitamos es precisamente éste, que no sentimos los símbolos. Si un mandatario político con esa ascendencia dice ante la opinión pública que él no es sospechoso de moverse por los símbolos, quiere decir, o puede parecer indudable, que le traen al pairo la bandera y el propio himno nacional. Vamos, que le da igual que en un acto institucional le toquen la marcha real, la marsellesa o una polonesa, y que si de símbolos de trapo se trata le puede valer nuestra bandera, la de los piratas del Caribe o puestos a tragar, la de una multinacional que asiente en el territorio una fábrica con el compromiso de crear doscientos puestos de trabajo. Aunque al cabo de cinco años, después de recibir subvenciones a chorros, que no devolverá, deslocalizarse porque ha encontrado dónde producir más barato.

      Ciertamente, no hay conciencia nacional. No tenemos conciencia de unidad, parecemos apátridas a los que sólo importa el metro cuadrado que se habita en cada instante. Aun con todo, ése sí, sagrado y para defender con agallas. Otra Numancia, territorio indivisible del que si nos mueven —fácil resultará hacerlo ante propiedad tan exigua— podemos caer de inmediato abatidos y rodar por el suelo sometidos a que alguien más poderoso pueda patearnos con impunidad por no defender con mejores argumentos nuestro territorio, por no haber enarbolado una bandera única y más enérgica, la unión de todas las banderas.     

      Puede aceptarse, razonablemente, que a muchos españoles moleste la institución regia, que la consideren anacrónica, antidemocrática, denostable e innecesaria. Puede que muchísimos españoles deseen un Estado no coronado y argumentos válidos hay para aceptar tal premisa. Pero en tanto en cuanto constitucionalmente España sea una monarquía parlamentaria cuyo rey es Jefe de Estado, con nula capacidad ejecutiva y limitado desde el punto de vista representativo, no cabe irrogarse martirios. Ni aplicarse rasgaduras ni mayores ofensas porque cualquier jefatura de estado, al margen de ser o no elegida democráticamente, requiere presencia, protocolo y presupuesto público.

      Otra cuestión sería si España se hallara ante una monarquía absolutista, capaz de justificar no ya pitidos sino actuaciones de rango mayor. No es el caso, afortunadamente, y por ello resulta chocante ese afán flagelador que tienen algunos para justificar la mala leche que circula por su sangre. Nos confortamos los españoles, incluidos nacionalistas, con la mayor independencia social, representativa y económica jamás soñada; gozamos de infinitas libertades y las profanamos continuamente con alto grado de libertinaje y desprecio, y aun así algunos que viven precisamente en las zonas más ricas y dinámicas dicen sentirse oprimidos. Lo dicho: no hay otra explicación más que la enfermedad, y además apuntando secreciones contagiosas.

      No parece que la razón de pitar al Jefe del Estado en un acto público con trascendencia deportiva sea porque éste se apellide Borbón. Parece más bien animosidad orquestada, un premeditado afán de sentirse protagonistas heridos y avasallados, buscando ocasiones propicias para trasladar al mundo que están ahí. Reclaman asimismo, con insolencia, que siguen siendo importantes, sólo es necesario escuchar sus gritos amplificados por democráticas cámaras que involuntariamente y por razones de oportunidad mediática les hacen el juego.

      Concluido el ritual y alcanzado el objetivo siguen a lo suyo. Quedan a la espera del próximo encuentro para volver a repetir la jugada, una nueva partida en la que se presentan con las cartas marcadas porque los poderes públicos han de mantener, por encima de todo, orden, protocolo y compostura. Y mayor capacidad intelectual.

      Entretanto, han sido objeto de editoriales y traídos a múltiples tertulias, inmerecido protagonismo del que los españoles ya estamos hartos.

      Quisiéramos vernos liberados de semejantes oprobios, aspiramos a ser pueblos amparados por una única e indivisible nacionalidad. Quisiéramos que algunos dejen de castigarnos metódicamente con esa inmisericorde letanía de que están oprimidos por el poder centralista de una Nación que no sienten suya. Quisiéramos los españoles de buena fe, en fin, que este importante puñado de vascos —o de cualquier otro lado con las mismas intenciones y parecidos pronunciamientos— nos deje en paz, que de una maldita vez tiren al vertedero las pistolas, que dejen de amenazarnos con sus bravuconadas y que si no se sienten españoles se vayan a hacer puñetas al Congo para ver si allí les ofrecen más democracia, más libertad, más prosperidad y un Concierto y un Cupo mejor.   

 21/02/2010

 

 

V – Manifestación 

Las organizaciones sindicales han salido a la calle después de años viviendo en estado de aletargamiento. O quizás de medida complacencia. Sus dirigentes, y el todopoderoso aparato burocrático de las dos grandes centrales, han decidido que su presencia en las calles era irremediablemente necesaria y trascendente.

      ¿De cara a quién o qué? No lo han explicado con la claridad exigible, hasta ese punto han medido palabra y parafernalia. Pero algo de todo el trasfondo podemos intuir en función de las circunstancias económicas que estamos padeciendo. Ellos, los sindicatos, también.

      Con el último renacimiento democrático español, las organizaciones sociales, y con ellas las centrales sindicales, retomaron el protagonismo que la vida civil y política les asigna. UGT y CCOO alcanzaron el estrellato de ese firmamento, posición que nunca han perdido en beneficio de la comodidad. Los sindicatos españoles, en su conjunto, tienen un peso en la vida política y económica notablemente superior al que corresponde a sus niveles de afiliación, ciertamente muy escasa para semejante presencia institucional.

      La opinión de sus líderes, por tanto, es escuchada con atención a fin de evitar choques frontales que luego resulten difíciles de controlar. Atendiendo a esa capacidad de convocatoria que poseen, cualquier gobierno se ata bien los machos antes de enfrentarse al potencial poderío que en un momento dado pueden desplegar mediante la presión coercitiva. Calles de pueblos y ciudades llenas de trabajadores enarbolando banderas pidiendo mantener derechos alcanzados, justicia y pan, al tiempo que activistas antisistema gritan consignas anárquicas mientras emboscados arrasan cuanto pillan por delante, no es algo que pueda esconderse por ningún gobierno. 

      La bonanza económica tenida por España en los últimos años ha permitido que los llamados agentes sociales participen activamente, para tenerlos contentos y entretenidos, del fabuloso pastel puesto a su disposición. Organizaciones empresariales y sindicales, a modo de subcontratistas privilegiados, han recibido recursos prácticamente sin límite para atender demandas formativas de trabajadores y empleados. No ha sido éste el único fin, también para modernizar sus propias estructuras y cuantas genialidades se les han ocurrido con el objeto de obtener ingresos complementarios al margen de cuotas y subvenciones: todo era poco para mantener el nivel de vida y la superestructura que han venido a darse.

      Para llevar adelante el encargo, aparte de contar con su tradicional organización, no han tenido mejor ocurrencia que crear redes de empresas capaces de asegurar, nominalmente, el cumplimiento de lo encomendado y su eficiencia. Sin embargo, a la postre, meros escaparates para eludir el control fiscalizador del dinero público, tan ricamente. Intocables a la sombra de pactos de no agresión, han vivido una dinámica generadora de grandes rendimientos. Un chollo descomunal que puede tener los días contados.

      El flujo de recursos aportados por la Administración, tanto estatal como autonómica, ha sido un escandaloso maná, un caudal inagotable que estas organizaciones han administrado a su antojo y sin demasiadas explicaciones. Mejor decir sin control que pudiera alcanzar categoría como tal. O al menos practicado con la profundidad necesaria para que las irregularidades que ahora comienzan a detectarse, a modo de punta de iceberg, hubieran aflorado en su día a través de los organismos encargados del seguimiento. A no ser, he ahí la cuestión, que habiendo detectado prácticas perversas sobre el servicio público, hayan decidido mirar para otro lado o siguiendo instrucciones, archivar el expediente sancionador en los cajones más hondos del ministerio o consejería de turno.

      Pero además, por si hubiera poco escándalo, la gestión de la encomienda ha sido llevada a cabo sin demasiado éxito salvo excepciones. Demasiado capital para tan escasa rentabilidad social, traducida ésta en pocos trabajadores puestos a disposición del mercado con formación capaz de enfrentarse a otros quehaceres distintos a los ejercidos antes de quedarse sin trabajo. Y es explicable: el dinero destinado a la formación, el que ha llegado de verdad, ha sido escaso y mal aplicado académicamente.

      Ante semejante despliegue económico, el beneficio neto que se obtiene y la falta de transparencia, no debe sorprender a la sociedad que las instituciones en cuestión tengan entre sus objetivos prioritarios el buen entendimiento con los gobiernos de turno. Tanto da que de izquierdas o derechas. La buena sintonía tiene como contrapartida recibir prebendas, las alabanzas conseguir tal o cual contrato o concesión, el apoyo explícito o silencioso la seguridad de nuevos acuerdos con nuevas dotaciones presupuestarias encaminadas a mejoras sociales de carácter diverso.

      La forma en que se ha pretendido implantar la demanda de nueva formación está resultando un fiasco de dimensiones colosales. De manera especial la enfocada a reciclar jóvenes desempleados o desempleados de larga duración o mayores de edad. Singularmente por cuanto supone de frustración para los afectados por la iniciativa, que observan con recelo cómo son incapaces de salir del pozo. El fracaso final está siendo patente, debido primero a la escasa especialización de las organizaciones y después porque el dinero ha quedado en buena medida diluido en el marasmo corporativo montado alrededor del mismo.

      Reciclar parados masivamente y al tiempo premiar fidelidades o poner en práctica experimentos caprichosos o megalómanos, son términos absolutamente incompatibles. El desengaño nació con el mismo proyecto, era simple cuestión de sentarse a esperar sabiendo la mala administración que podía aplicarse a recursos tan amplios como fáciles. Máxime cuando la operativa ha estado cargada de falsedad y bajo controles formalistas sin eficacia real.

      En fin, un dejar hacer, el ya explicitado pacto de no agresión para no tener que desmontar el chiringuito. Y para evitar la tensión de manifestaciones en la calle. 

Las organizaciones sindicales, entre otras, han recuperado no sólo su patrimonio histórico sino también el protagonismo de antaño, ciertamente incrementado de manera exponencial. El peso alcanzado es fruto de su institucionalización, un aparato corporativo convertido prácticamente en organización funcionarial en la que suelen perpetuarse empleados y líderes. O al menos, según la estadística, perviviendo dentro de ella demasiado tiempo. Entre los objetivos esenciales de los cargos —nunca confesados—, estaría el de rodearse de satisfechos acólitos que impidan la remoción de la poltrona, independientemente de cual sea su tamaño y proyección.

      Los sindicalistas, hombres y mujeres como cualesquiera otros con proyectos y obligaciones existenciales, aspiran a alcanzar el reconocimiento de sus correligionarios. Y con ello las metas que se han propuesto, una carrera de obstáculos que pasa, desde luego, por el liderazgo porque de esa madera deben estar forjados.

      No es un camino fácil ni llano. Las dentelladas, a veces, suelen ser mortales y muchos quedan aparcados en la cuneta. Unos sobreviven arrastrándose y alcanzan la base previendo que empujando por aquí y dando codazos por allá puedan superar algún escalón de la enorme y faraónica pirámide; otros, para ser justos, llegan y ascienden por sus naturales aptitudes. Una vez en ella, en la estructura interior de la pirámide, se curten las estrategias y a golpe de méritos propios por un lado, de proselitismo y, llegado el caso, con activa participación en desórdenes y demagogia en centros de trabajo que tengan trascendencia mediática por otro, consiguen hacerse un hueco. Pero por encima de todo, un nombre que comience a sonar con fuerza y de manera periódica.

      Sobrevivir un tiempo en ese marasmo y saber dosificar lisonjas a quienes pueden aupar a escalones más elevados, es la gran tarea de todo sindicalista para intentar el asalto final al estatus. Se trataría de opositar sin textos ni formularios, convocatoria en la que sólo habilidad, formación acumulada, profundo conocimiento del aparato interno, don de gentes y las zancadillas que cada individuo haya sido capaz de poner o esquivar, le harán llegar a la mesa de los elegidos. Y desde allí, alcanzado el éxito, ponerse a gobernar.

      No se trata de cuestionar o presentar una visión catastrofista de ésa fuerza social, se trata de significar que tales organizaciones están acomodadas en el poder. No son independientes en lo económico porque ante presupuestos descomunales e inviables empresarialmente, carecen de ingresos recurrentes llegados de sus bases. La evidencia es que dependen de la generosa aportación del erario para sostener una organización que se ha convertido en mastodóntica. El hecho es indudable y lo sabe hasta el último mono porque el propio sistema ha de dar cabida a multitud de cargos procedentes de las bases o de quienes estando en las alturas han de ser recolocados una vez cumplida parte de su andadura. Prácticamente funcionarios a fin de cuentas.

      Se está, y bien se sabe, ante un aparato de dimensiones desproporcionadas que precisa ingentes recursos para poder llegar a fin de mes. Como cualquier familia que gaste más de lo que ingresa. En tales circunstancias, no extrañe que su comportamiento esté condicionado y que ciertas proyecciones públicas vengan medidas de cara a la galería: por tanto, tampoco son independientes ante el poder político o el emanado de un gobierno dadas las necesidades económicas para mantenerse en pie, uno de sus grandes déficits de credibilidad.

      Preguntémonos: ¿acaso un sindicato sin independencia económica puede ser un sindicato con plena libertad para actuar, con la moderación exigible, en defensa de intereses que la Constitución le ha otorgado?  ¿No está en buena medida maniatado para ejercer su libertad?

      Bajo esta estructura y bajo este soporte, formalmente las organizaciones sindicales han de convivir con los gobiernos. Ello no impide que dejando bien sentado —así lo exponen en la primera conversación con el interlocutor para dejar definidas las posiciones— que vienen obligados a proteger con ahínco intereses esenciales de los trabajadores. Las organizaciones sindicales, por su propia condición y naturaleza, defienden, ideológicamente, postulados de izquierda al margen de quien gobierne en cualquier tipo de institución. Es su papel, un papel de partícipe válido para alcanzar acuerdos y solventar contingencias sociales, actores privilegiados de primera fila ante cualquier controversia, conflicto o ley que pueda afectar al colectivo bajo el que se escudan.

      Cuestión aparte es lo que se cuece entre bambalinas, llegado el momento. Cloacas del poder las llaman, donde todo ha dejado de ser blanco o negro, donde cualquier promesa incumplida puede tener una justificación razonable, incluso de intereses de Estado. 

España viene padeciendo una aguda crisis económica acrecentada por el reconocimiento extemporáneo de la misma a manos de gobernantes socialistas. Ello ha impedido tomar medidas adecuadas en tiempo y forma. De tanto negar esa manida crisis somos ahora el hazmerreír de Europa, su muñeco de feria para atizarnos sin recato.

      Nos hallamos inmersos en un desordenado tráfago de actuaciones políticas inconexas que no solucionan el endemoniado devenir de los días. Cuatro millones de personas paradas e in crescendo, veinte por ciento de la población activa desquiciada por su incierta situación, quiebras empresariales, atonía del consumo, déficit público galopante, ausencia de crédito y desconfianza, desánimo general… son demasiados problemas económicos y sociales, difícilmente asimilables sin que nuestra estructura y convivencia quede dañada.

      Estamos, pues, ante una patata caliente de amplias dimensiones que el gobierno, lamentablemente, no es capaz de solucionar con los medios que está proponiendo. En todo caso, intenta transmitir que se encamina hacia el éxito y consiguiendo logros a través de la infinidad de medidas que ha puesto o va a poner en marcha para paliar la situación. La crisis —dicen— será cosa del pasado dentro de escasos meses; echan la culpa a elementos exógenos y se rasgan las vestiduras ante una oposición poco colaboradora. Pero mientras tanto no pasa día en que no empeoren todos los parámetros económicos y con ellos nuevas propuestas que anulan las anteriores cuando aún no estaban siquiera en funcionamiento. Es decir, Murphy en su cruda realidad.

      En semejante estado de situaciones y desgracias, las medidas ocurrentes no dejan de sorprender. Los gobernantes están perdidos y han hecho que todos perdamos el horizonte: no sabemos dónde estamos y por pura razonabilidad adónde hemos de ir.  Hoy una cosa, mañana la contraria, genera tal incertidumbre en la sociedad que acaba con cualquier optimismo y con toda iniciativa encaminada a emprender.

      Los españoles, en su condición de pueblo mediterráneo, en general, somos gentes dadas a la bulla, a la risa, a la improvisación y por tanto muy dados al optimismo, a la creatividad y al empuje. Y todo ello, poco a poco, está siendo aniquilado por manifiesta incapacidad de quienes debieran abrir puertas en lugar de cerrarlas, de quienes en su afán de demostrar que nunca yerran persisten en cerrar soluciones. Y mientras tanto nos vamos desangrando y perdiendo estima.    

      La última ocurrencia surgida de Moncloa, sin duda necesaria pero presentada a la sociedad con escasa madurez e intelectualmente sometida a modo de sondeo, ha caído como una bomba. El elefante desbocado llegó dispuesto a destrozar la cacharrería de trabajadores y sindicatos. Pesado como una mala bestia, el paquidermo entró a saco y con tanto entusiasmo que se ha trastabillado, de manera que desorientado por el batacazo, ha vuelto sobre sus pasos y ahora empuja los pilares donde se asienta el poder.

      El ‘pensionazo’ lo han dado en llamar detractores y estrategas de la parte a donde ha ido el correo. Y se han tirado al monte porque no tienen otra salida tratándose de sindicatos que representan a los trabajadores. La comodidad y tranquilidad de los sillones se ha revuelto y han convenido que no tienen otra salida que clamar justicia y que el gobierno se atenga a las consecuencias. Así de claro lo han expresado, pero sin duda con la boca domesticada para que las quejas y amenazas lleguen por un lado altisonantes de cara a la galería y por otro comedidas para no perjudicar a quienes sustentan las decisiones de librar a sus cuentas corrientes suculentos recursos mediante decreto.

      Resulta incuestionable que la población española está muy envejecida, que las expectativas de vida han mejorado hasta el punto de ser uno de los pueblos más longevos de la tierra. Es verdad también que la tasa de crecimiento demográfico está por los suelos y que a pesar de la notable inmigración de años atrás, que ha mejorado la media, procreamos a razón de 1,6 hijos, lo que, evidentemente, no alcanza a dar solución al futuro.

      De igual modo, es irrefutable que cada año los jóvenes se incorporan al trabajo más tarde. No aportan masa monetaria suficiente en su vida laboral y por consiguiente no existen grandes perspectivas para que el sistema social pueda autofinanciarse. Llevamos demasiado tiempo mareando la perdiz; nadie quiere afrontar seriamente la decisión de comerse un marrón de tamaña envergadura porque puede ser un lastre social que altere la calle y las urnas. Y el problema se va dejando aparcado para ver si, por ensalmo, llega el milagro. Y, claro, no llega: estamos ante un Estado aconfesional.

      La crisis económica, global y virulenta como pocas, ha venido a poner las cosas en su sitio. No existen recursos para tan desmedido consumo y con tan escasos cotizantes, para tanto estado del bienestar, para tantas pensiones con tan exiguos niveles de cotización. El gobierno, maniatado y paralizado por semejante cúmulo de adversidades económicas, está siendo empujado por los acreedores para que reaccione. Y como quien prueba suerte, lanza globos sonda de colorines para ver cómo se responde mediática y políticamente, y si con la alegría del color la ciudadanía se queda obnubilada y no se da cuenta que pretenden metérsela doblada con un ramillete de espinas.

      No hay alternativas mágicas, ni siquiera poniéndose a rezar colectivamente. Se ha llegado al punto de no retorno, aquel en que no caben medias tintas, el que pasa por gastar por debajo de lo ingresado, reconstruir el sistema y apoyarse en realidades. Por todos los medios hay que evitar la quimera, trabajar más, ganar menos, administrar mejor y redistribuir la carga fiscal: una lucha titánica después de tanta alegría y derroche, un estado que los agentes sociales se niegan a aceptar porque en el envite les va incluso la supervivencia como casta. Y se oponen y amenazan, preludio de males mayores.

      Las centrales sindicales mayoritarias, podría decirse que hegemónicas, hasta ahora han estado calladas. Muy calladas y a gusto en su confort a sabiendas de la degradación económica de la nación y del deterioro del trabajo. Que se iba a llegar al veinte por ciento de la población activa desempleada fue un hecho anunciado desde mucho tiempo atrás, al que nadie ha querido anticiparse porque era más gratificante callar y seguir recibiendo recursos públicos que no parecían tener fin. El gobierno ha ido amagando con tímidos anuncios de recortes que esos agentes sociales han ignorado: una queja para hacerse oír, un mensaje altisonante para ocupar la pertinente cuota de pantalla en telediarios y tertulias, una advertencia de cuidado con lo que haces. Después la paz y pelillos a la mar. Y oye, que el Boletín publique urgentemente lo nuestro, no te olvides porque no llegamos a fin de mes.

      Nada en la vida es eterno. El idilio ha comenzado a resquebrajarse porque no hay más alternativa que tomar medidas. Drásticas y dolorosas. Y una de ellas, de las muchas que hemos de vivir a no mucho tardar, es plantearse si el sistema de pensiones, con las expectativas demográficas que tenemos por delante, permite jubilarse a los sesenta y cinco años y que sirva de base para determinar la compensación económica la única cotización de los últimos quince. Los expertos dicen que esto no es posible. Han de introducirse cambios sustanciales que pasen por incrementar ambos parámetros dado que el sistema no lo soporta y corre riesgo de colapsarse en poco tiempo. Y así comienza a asumirlo el gobierno presionado por sesudos analistas, mercados financieros y socios comunitarios.

      La puesta en escena ha sido calamitosa y la respuesta inmediata. Decir y desdecirse ha sido un mismo acto, según nos tienen acostumbrados y sin ningún tipo de sonrojo. Pero los sindicatos, a la vista del cariz, se han visto forzados de inmediato a mostrar seriedad en contra de limitar cualquier derecho adquirido por parte de los trabajadores, y que bajo ningún concepto aceptarán un ataque directo a la línea de flotación de los más desprotegidos, decretada, además, por un gobierno de izquierdas, siempre obligado a defender los intereses de las clases sociales más desfavorecidas.

      El resultado final del envite, por pura coherencia, se ha encaminado hacia una manifestación en contra de semejante barbaridad. No puede ser, dicen alarmados para contener los gritos, que la crisis la paguen los de siempre mientras quienes la han generado se van tan campantes con su dinero a paraísos fiscales y además inyectando a la banca ingentes recursos públicos que están exigiendo endeudarse al Estado en detrimento de otras prioridades sociales más justas, más equitativas.

      Con todo, dada la envergadura del problema y sus dificultades para solucionarlo, nos hallamos ante una primera y tímida manifestación. Las centrales sindicales se han visto obligadas a convocarla para que sociedad y trabajadores sepan que están ahí a fin de defender legítimos intereses. Pero sin hacer daño ni sangre a quienes en gran medida son correligionarios que les compensan por los relajantes servicios prestados. Paripé de tomo y lomo que algún día pasará una factura descomunal por no ser conscientes del duro momento que estamos viviendo y de lo mucho y superficialmente que hemos vivido, una economía inflacionista insostenible, carente de auténtico soporte productivo…

      ¡Pero fue tan bonito y placentero mientras duró! ¡Que nos quiten lo ‘bailao’! Después de todo, sainete a la española… y así nos luce.

      Por mi parte, por si acaso, corro a confesarme ahora que estoy esperando a que llegue el próximo agosto para cobrar la primera mensualidad como pensionista… ¿Llegaré a tiempo?      

 23/02/2010

 

 

 

12.- Dobra

 

Desde tierras altas de Valdeón, apurado, baja cristalino el Dobra al encuentro primero del Sella y luego de la mar.

      Seres célticos venidos de mundos lejanos, exploradores de la vida, le dieron el nombre con cuya ascendencia se ha quedado para perpetuarse. Dubra, Dubro, Dobra, agua al final; agua rauda después de todo destinada a sucumbir finalmente, como todo río, en la mar.

      Cuatro efímeras leguas se antojan parco recorrido para un río con pretensiones de loas y gloria. Pero no equivoquemos la apreciación ante su cortedad y escasa leyenda más allá de fronteras cercanas. Sería un imperdonable error del que estaríamos lamentándonos durante tiempo. Aunque bagaje escaso parezca, en este Dobra explosivo y exuberante se concentra demasiada belleza para pasar desapercibida sin que nadie se sienta inducido a cantarla.

      Traen las aguas color de esmeralda, un embeleso al mirarlas. El paisaje que las protege arrastra seducción y encanto, muchas emociones y versos habrán surgido de caminantes adentrados en las profundas gargantas por donde se desplazan: ahí reside parte de su esencia.

      La brava corriente, sometida a la estrechez del cauce, va deslizándose desde las altas cumbres donde nace. En su tránsito ha sellado un pacto de fusión con la misma Naturaleza, diosa pendiente de alcanzar el Olimpo para desde allí dirigir mejor nuestro destino. Quizá, mejor decir nuestro loco desatino visto de qué forma insolente y depredadora seguimos maltratándola.

      Vienen diáfanas las aguas y descienden atropelladas por el abrazo agobiante de montañas poderosas, escurriéndose. Su color verde se refleja en el mismo color verde que luce la frondosidad que lo envuelve: verdes sobre verdes, compitiendo y seduciéndose, agua pura y cantarina, rumores que trascienden más allá de la presencia, ecos traídos de estrépitos y roces que van acaeciendo conforme avanzan para fundirse con otras aguas más anchas y caudalosas. 

Fuerte carácter y singular belleza tiene este Dobra, río del que cualquiera, desde luego, se podrá enamorar perdidamente. Adentrarse en él lo hace único porque en único se convierte aquello que disfrutamos con emoción en cada instante. Paseémoslo a ver si es verdad, a ver qué pasa.

      Salpicado de cascadas blancas y rugientes, presenta un agua que parece recién extraída de las entrañas de la tierra; aquí están nieves de ventiscas convertidas en palpitantes moléculas queriendo ser fuente de vida y espejo donde mirarse. No han escapado nunca estas aguas a la mirada del hombre desde que éste comenzó a erguirse sobre la tierra y comprobó la bondad del territorio explorado. Después del largo tránsito al encuentro de horizontes nuevos, el curso del río sigue fluyendo para continuar emocionándose y clamar versos, aunque sean imperfectos.

      Desde su nacimiento, la torrentera no cesa. Sólo algunos remansos y pozas, breve descanso, tal es su urgencia. Veintitrés kilómetros más tarde todo concluye en apariencia, justo en el momento de ceñirse al hermano que con igual premura baja aprisionado entre moles calizas a través de Los Beyos. Luego, ya juntos, viajan fundidos en pos de otras gargantas y amplios valles. Y en pos del reposo profundo abrazados por las aguas poderosas de la mar. Dos veces al día, serena y acogedora, sube ésta a su encuentro junto a las praderas de Llovio, adornándolas ahora sin esmeraldas, brillando sólo a la luz de la luna, y, en su ausencia de estrellas cuando el cielo se ofrece a desvelarlas.

      Adentrarse a través del cauce del río, hasta donde la prudencia aconseja, no es tarea fácil. Cualquier descuido o impericia puede concluir en un cuerpo despeñado por alguno de los precipicios que bordean su margen derecha. O perder el equilibrio y verse arrastrado por la turbulencia de las aguas cuando descienden con su habitual bravura.

      Los humanos, en su constante lucha por sobrevivir y sacar rendimiento a su curiosidad y a cuanto les rodea, han sido exploradores innatos. De igual modo, por fortuna, han sido incapaces de soportar fronteras. Bien forzados a buscar alimentos o nuevas formas de vida, bien llamados por la codicia o debido a persecuciones que obligaban a ir al encuentro de libertad, se adentraron así en los confines de cualquier naturaleza por ignota, peligrosa y abrupta que fuera. Esa innata condición humana surgida de la necesidad de perpetuarse a pesar de los limitados confines de la Tierra, comparados con la infinitud del Universo que nos alberga, ha hecho que el Dobra, aun dentro de las dificultades naturales, haya sido un río finalmente domesticado por hombres dispuestos a ir más allá de lo observado a la vista.

      Aguas arriba de la desembocadura en el Sella, el río ha venido a serenarse. Ahora presenta su color más intenso y mayor profundidad, su estampa de río grande antes del abrazo y de perder su nombre. Sólo hace falta mirarlo.

      No está lejos su nacimiento en tierras de Valdeón y Sajambre. Ha llegado hasta aquí, en su corto pero accidentado devenir, para gozar de un breve sosiego a través del efímero valle que tiene a sus espaldas, modestas tierras de labrantío donde florece alfalfa, maíz, cuatro berzas y un par de tomateras. Y donde pastan en bucólicos y exiguos prados vacas frisonas que con su imagen blanquinegra identifican en buena medida estas tierras astures. El río, quizá sus duendes o quizá su alma, es consciente de que va a perder su identidad, que el Sella es mucho río y aunque desparrame en él sus aguas y las confunda en su turbulencia, acabará llevándose todos los laureles más adelante.

      Quién se acordará de ti, Dobra, en Cangas de Onís, quién lo hará en el serpenteo de Llovio mientras la mar te abraza camino de Ribadesella, camino de su estuario. ¡Pobre río!, pobre Dobra ahora condenado a recordar sus pasos mientras va perdiéndose en el anonimato.

      El tránsito fluvial del Dobra, antes de su desembocadura forzada, busca y encuentra el sosiego que todo río precisa para ser Río con mayúscula. Y lo consigue en sucesivos tramos donde el agua se remansa para dejar constancia de su limpieza y color, para dejarse contemplar, para mostrar su señorío y el poder seductor que ejerce sobre quienes se enfrenten a él, admirados y sorprendidos de su esplendor y pureza.  

      Según se asciende a la izquierda, que es derecha del cauce, va acompañándose de un amplio camino de tierra compacta y transitable. El camino serpentea bajo la sombra de avellanos a uno y otro lado, cercando linderos. Asciende con suavidad en algunos tramos, en otros con severa pendiente para hacerse notar entre líquenes y zarzas dependiendo del cobijo. Replica al río en buena parte del trayecto y da acceso, además, a casas, huertos y labranzas desperdigadas donde el olor a estiércol fermentado absorbe cualquier otra fragancia que intente competir, pura presencia rural para recordar que no estamos en tierra de nadie aunque sean propiedades escuetas.

      Conforme se avanza, imperceptiblemente porque vamos descuidados contemplando la belleza del entorno, el camino va estrechándose. Deja atrás anchura, cercados y casas, presagio de estar entrando en un territorio más intenso, más escarpado, más profundo, cautivador y sorprendente.

      El rumor del agua, en ocasiones, se mezcla con el sonido de estridentes cencerros delatadores que llevan sobre sí algunas vacas, cabras u ovejas pastando en libertad condicionada mientras ramonean a su antojo. Alcanzadas por el estado de placidez que trasladan cuando se recuestan pacíficamente a rumiar lo comido, no tienen conciencia de que trabajan, sin derecho a huelga ni reclamaciones, para terminar produciendo quesos excepcionales, delicia de los sentidos y también del alma si el alma fuera capaz de asimilar textura, olor y sabor.

      Por instantes, el aire se carga de sonidos. Unos son imperceptibles, otros todavía identificables pese a los decibelios que la ciudad se ha encargado de dormir definitivamente. Están ahí, junto a nosotros, viajeros de soslayo, pero sólo un oído atento y no contaminado en exceso es capaz de detectar el zumbido de insectos, libélulas y zapateros, moscas y abejas; aleteos de pájaros, gorriones, petirrojos, martines pescadores y mirlos acuáticos; aves sobrevolando pacientemente el espacio a la espera de caza, águilas reales, alimoches, buitres leonados y urogallos a pie de tierra, pavoneándose, esperando una oportunidad que dé respuesta al permanente cortejo; fauna de risco, de ribera, del bosque profundo o del propio río, guardándose unos de otros; rebecos, corzos, ciervos, jabalíes, zorros, lobos sometidos al sacrificio del exterminio por compartir espacios con animales domésticos del hombre; osos aislados recobrando viejas leyendas, truchas, nutrias y cormoranes; hojas de fresnos, troncos argénteos, comunicándose acompasadas de una brisa percibida en su mejor sonoridad mirando atentamente las caricias que alcanzan a esas hojas, a sus ramas y a las copas mientras, al tiempo, otros árboles siguen el ejemplo: chopos, alisos, castaños, nogales, hayas y robles. Y las florecillas silvestres intentando hacerse presentes en los bordes del camino, para señalar su presencia con vivos colores, violeta, rojos, azules, amarillos, una bandera multicolor que acaba descendiendo hacia el río para competir con el verde envolvente de sus aguas: siemprevivas, lirios, narcisos, alhelíes de campo, margaritas humildes.

      Al poco de iniciarse el camino que asciende aguas arriba, surge la sorpresa. Ante un claro de la arboleda y al amparo de un pozo donde la hondura de las aguas se antoja tan incierta como inquietante, emergen las piedras señoriales y viejas de un puente medieval nacido allá por el siglo XIII, que ya es andadura si fuéramos capaces de vivirla. El arco y su clave hablan de vejez e historia, también las cicatrices marcadas en piedra y argamasa. Sigue enhiesto a pesar del tiempo y el olvido a que está sometido, no obstante aún en pie y transitable. Perdidas las sendas, ya no conduce a sitio alguno salvo a la profundidad boscosa e infranqueable, varado cual barco sin rumbo, perdido en un tiempo que no le corresponde. Ahora se limita a enseñarse y a contener las aguas cuando descienden desbocadas. Las remansa, enmudece en apariencia, templa y un punto temeroso para que en sus avenidas no se lo lleven por delante, les dice: 

Serenaos, lejos estáis de profundas gargantas. Aquí se aplaca vuestro recorrido, aquí dejaréis parte de la vida, junto a mis profundos cimientos anclados en la roca más vigorosa, cercados de misterio, tintados de sangre, cargados de leyendas.

      ¿Dónde vais tan raudas, a qué tanta prisa si más allá quedaréis prendidas sin remedio? Rendíos ante mi lecho, cautividad hermanada durante siete siglos de batallas y sedimentos, nadie os dará mejor cobijo, ni os rendirá estancia más grata ni espejo tan claro.

      Mirad allá arriba mi bóveda de piedra tallada, una a una, por hombres a quienes quitaron el sueño y urgieron premura mientras látigos y tormentos fustigaban su esclavitud, estampa altiva reflejada en esta agua amansada.

      Quedaos, pues, ahora que puedo reteneros. No urjáis vuestra marcha porque vuestra marcha es suicida, bien lo sé, testigo soy de lamentos sin freno, queriendo volver a la cuna. Mas si os vais, intrépidas aguas, sabed que no hay retorno, que en la vida cada paso dado deja huella y con cada decisión un hueco sin reemplazo posible.

      ¿Cómo rellenar la autenticidad de cuanto se ha ido, de cuanto se ha desperdiciado?… ¿Qué nos queda entonces?, me preguntas. Y yo te contesto: condenados estamos al entendimiento porque nuestras vidas, desde que alcanzaron a encontrarse, corren unidas sin remedio, no está en nuestras manos desunirlas, sólo un cataclismo podría separarlas.    

      Las cuitas del río no han cesado nunca. Sus aguas remansadas junto al arcaico puente varias veces centenario, camino que sirvió para llegar antaño hasta tierras castellanas, seguirán forjando leyendas: allí, cuando menos, jugarán duendes y emergerán xanas seductoras y enamoradizas. De las profundas aguas surgirán mil cantos, la clave del arco seguirá sosteniendo piedras y argamasa, también el pretil coronado que circunda a ambos lados los límites del camino. Y sobre este camino empedrado vendrán gentes curiosas para verse reflejadas mientras se asoman, algunas con intenciones malsanas para su existencia. Si estáis a tiempo, desplazaos aguas antes que tan insana tentación os haga cómplices de semejante locura, de semejante cobardía.

      Dura poco la serenidad. El recorrido entre el nacimiento del río y este punto donde el puente consigue crear un breve tramo de remanso antes de caer en brazos del Sella, es corto y elevada la altura que media entre ellos. Así es que la solución natural está en dejarse despeñar salvando cualquier escollo a fuerza de perseverancia y tiempo. Y así baja el Dobra durante buena parte de su urgencia por alcanzar los límites físicos que le ha impuesto la geología a través de sucesivos acontecimientos catastróficos. A ella tiene que someterse, como nosotros nos sometemos sin remedio a nuestros propios límites aunque los rechacemos o esforcemos en intentar que sean ilimitados. Ése es su destino, éste nuestro sino. 

En medida sucesión de quiebros el río va ascendiendo al tiempo que nosotros también ascendemos acompañándole. Acá un breve remanso, más allá otra cascada, torrenteras y rápidos desplazándose siempre raudos, entre vastos campos de burbujas, ramilletes de flores blancas y evanescentes que dejan coplas arrastradas por el viento hasta esconderse en lo más intrincado del bosque.

      Ya no hay camino, se ha perdido, aunque se intuya. El camino discurre ahora sobre rocas inclinadas que trepan ladera arriba hasta perderse sobre las cabezas vacilantes y concluyen a la vista en el mismo cauce del río. Son piedras pulimentadas por el paso pertinaz de viajeros atrevidos, pátina de brillos con escasas oquedades ni rugosidad donde apoyarse. El riesgo de terminar en la corriente no cesa en buena parte del recorrido, los descuidos pueden arruinar la aventura y la existencia misma, tal es el peligro si no se anda ágil de movimiento, consciente del trance y bien calzado.

      A pesar de las dificultades, la reata de viandantes buscando adentrarse en el curso del río, aguas arriba, no cesa. Aun siendo algunos conocedores del riesgo y otros ignorantes de ello, nadie ceja en el empeño. Una vez allí deciden continuar para dejar sentado que no está en la condición humana rendirse a la primera adversidad encontrada en la andadura. Al menos, se dicen, la intención es llegar hasta la Olla de San Vicente, de larga fama y lugar del que se cuentan maravillas. No hay alternativa, quienes lo han escuchado quedan obligados a comprobarlo sin intermediarios, pues no resulta posible narrar emociones más allá de la emoción que siente quien la recibe de forma directa y en ése preciso instante.

      El camino, otra vez el camino como nexo, por momentos, se torna casi en imposible, perfecto para reptiles y cabras expertas. El paisaje trae agasajos y emociones efervescentes; el corazón palpitando desbocado y al tiempo encogido; el río, cristalino y rugiente, a nuestros pies; el frondoso bosque al frente y hacia el sur, pletórico de fresnos, alisos, castaños, robles, hayas y acebos, rebosando verdes y tersura; a la izquierda, paredes rocosas donde se agarran como pueden retamas, brezos, hierbas ralas y algún arbusto aislado haciendo gala de osadía y fortaleza; por encima un cielo despejado, azul intenso coronando las montañas de la cordillera, desde aquí ascendiendo apresuradas hasta separar Asturias de Castilla en una línea administrativa, imaginaria y quebrada.

      Intentando dar respuesta a la dificultad de seguir avanzando sin riesgo cierto de precipitarse al vacío, los hombres, afanados en no poner límites a lo existente más allá de su vista, lo han remediado alterando las condiciones naturales de algunos tramos del camino. Así se han cincelado piedras para permitir el apoyo, orfebres de la rusticidad; así trazado sendas sinuosas para terminar descendiendo a la orilla misma del río y disfrutar de su entorno más recóndito, acaso más sagrado; así introducido el cemento para construir toscas masas de hormigón apoyadas sobre piedras aisladas que permiten la continuidad. Pasarelas de dificultades, en fin, capaces sin embargo de llevarnos a través de un recorrido imposible y evocador: la Naturaleza en su dimensión más intrincada y pura, el recóndito paraíso perdido que desearíamos encontrar en cada uno de nuestros pasos.

      Aprisionada entre una peña que antaño intentó ser barrera, ruge el agua, ahora desprendiéndose por una cascada de cuatro o cinco metros de altura. Ha sido un invierno severo, de fuertes nevadas y lluvias copiosas. Acaba de concluir la primavera y el entorno goza de salud envidiable, el río caudaloso, la arboleda cargada de vida.

      A la vera del cauce, en algunos tramos donde éste se ha ensanchado, aparecen grupos arracimados de chopos cual mástiles izados en pos del cielo. Sus hojas rizándose al compás del viento parecen minúsculas velas que estuvieran intentando elevarlos de la tierra para transportarse juntos al reino donde sobrevuelan misteriosas hadas, mensajeras de amor sin límites, según cuentan quienes allí han estado.

      No hay tiempo a descanso prolongado. Todavía. Ha de continuarse, regla sagrada de la aventura. El camino, en ocasiones diluyéndose en la misma senda del agua, prosigue; simplemente debe seguirse el fluido y a su constante rumor, no existe equívoco ni pérdida posible, así está de claro. Tras contemplar recodos y remansos, después de mirar alrededor para prendarse sintiendo cómo es una parte esencial de la vida, después de reflexionar y comprender que la nuestra puede colmarse de placeres inmensos con hechos y cosas sencillas, se acaba sintiendo el rugir de otra cascada aguas arriba.

      Escudriñando entre la arboleda termina por vislumbrarse el agua que desembalsa en la misma Olla de San Vicente, el objetivo perseguido. ¡Se ha llegado!

      Desde la media distancia y con aplicada atención se aprecia cómo el agua desciende burbujeante mientras se rompe desbordada de moléculas desplazadas al capricho del viento. No puede verse mucho más, de manera que no hay otro remedio que emprender la marcha si se quiere gozar de un paisaje singularmente idílico, casi el retorno a los orígenes, al momento donde aquella tierra jamás había sido hollada por los seres humanos.

      A la vuelta de un recodo y salvado un tramo con fuerte desnivel y frondosidad que por momentos impedía ver los rayos del sol, la estrechez del camino concluye. A la vista se abre un sotobosque que termina desembocando, gradualmente, en una planicie que no deja de sorprender, inmersa en un paisaje de extremos.

      La breve pradera que acoge a los recién llegados, rebosa frescura. La hierba, aunque crecida, invita a sentarse en ella, a fundirse en su envoltura. El tupido manto de helechos vigorosos, en cuya base se esconden misterios y vida, nos desplaza a periodos geológicos anteriores al cuaternario; grupos aislados de avellanos, alzándose entrecruzados, dejan que el zarandeo de la brisa rice las vainas que ya asoman en su lucha por tostarse con el poco sol que les alcanza; las zarzamoras, comenzando a formar el fruto una vez perdida su flor blanca de pétalos diminutos, trepan apoyándose en lo inverosímil o arrastrándose por el suelo a fin de enraizar y seguir colonizando cuanto pueden. Y el río al lado protegiendo su espacio, al igual que las montañas, testigos inmutables que por morfología y fortaleza son motor y gobierno de cuanto les rodea.

      Sin solución de continuidad, las montañas van ascendiendo. Al fondo y a los lados, paulatinamente pierden arboleda hasta quedar extinguida y sustituida por escasa vegetación propia de altas cumbres. A partir del momento en que esta transición se produce, emergen a la vista rocas vivas, grises y aceradas como cuchillos, intrincadas y dificultosas, diciendo que son tierras de otros horizontes, de otra naturaleza. Mas un árbol solitario se deja ver sobre la cima de un collado, allá a lo lejos, miniatura desde la distancia, a la izquierda del cauce según se asciende, resistiéndose a morir en su aislamiento, sobreviviendo a su destino, estoico y azotado por los vientos: así debiera ser nuestra fortaleza, inmune al desaliento.  

      La Olla de San Vicente tiene forma de olla, aunque no lo parezca al pronto. Es un esplendoroso recipiente redondeado de proporciones respetables si se atiende a las condiciones del territorio, donde el agua se desparrama por varios frentes a través de la cascada que ha determinado su forma. Tras de sí, formando parte de la unidad indivisible, una estrecha garganta la encauza con rugiente impaciencia para abrirse en abanico después de la angostura. Acaba precipitándose, abrazada a la convexidad de la roca, y de inmediato se remansa hasta seguir fluyendo cien palmos más allá. Lo hace por su única vía de escape, diríase que por el asa que la olla tiene para dar continuidad al caudal que cada día en distinta medida el río le aporta.

      La profundidad de la laguna, creada por el efecto de esa caída precipitada, es incierta a simple vista y el fondo engañoso aunque pueda apreciarse por la transparencia. Quizá no menos de tres metros, a vista de pájaro y sin referencias posibles. Hacia la pradera abierta y el sotobosque, su límite por Oriente, va reduciéndose la lámina de agua hasta que miles de guijarros pulimentados, fruto de siglos de ruidoso trasiego, dejan conformado el pozo, un círculo cuasi perfecto sumergido en la densidad del bosque.

      Luce el sol a raudales, sin limitaciones y en el cénit. Se deja caer penetrando a modo de múltiples tragaluces entre la arboleda, láminas de luz intensa que tamizadas por hojas y brisa crean un oscilante juego multicolor, arabescos y sombras, ribetes cercando la laguna. Sobre el espacio libre brilla la luz con intensidad, el agua se irisa, destellos rizados que juegan a confundir el tono esmeralda que contiene la poza. La pradera acoge la exuberancia del sol sobre la ubérrima tierra, pródiga en plantas, arbustos, árboles y seres diversos, visibles o agazapados, que han sido capaces de poblarla correspondiendo a su generosidad. Al tiempo, juegan en ella algunos niños. La Olla ha comenzado a hervir de gentes deambulando a un lado y otro del recóndito y reducido territorio, esperando encontrar las mejores vistas, el mejor aposento y la intimidad, tarea sin duda dificultosa y frustrante por imposible, al menos en este día de junio.

      El agua, todavía trayendo esencias de nieves postreras, está fría, muy fría. No hay valientes, a pesar de lucir traje de baño para ahuyentar reticencias o darse ánimo, que se atrevan a tomar la iniciativa y entrar en el estanque aunque sea un instante y dando gritos y bufidos. Mejor dejarlo para otra ocasión, se dicen quienes teniendo el propósito carecen de suficientes agallas. Hoy sólo hasta los tobillos y al borde, pues resulta perceptible a la vista que al poco de andar sobre la orilla se inicia un fuerte declive sobre cantos rodados sueltos que lleva con prontitud a la profundidad. A partir de ese momento, si acaban dándose dos pasos más, se habrá llegado al punto de no retorno, ese instante a partir del cual sólo queda sumergirse por entero y nadar cuanto se quiera o volver al camino de entrada o sus aledaños para alcanzar la tierra firme de los guijarros. 

En torno a la poza, árboles gigantes están abatidos. La fuerza sobrenatural de las avenidas ha depositado en esta orilla amable troncos y ramas, un cementerio donde algunos han conseguido resucitar a medias, un hálito de rebeldía; otros, sin remedio, han quedado sometidos al destino final de albergar vida ajena bajo ellos y en su propio seno. Ahí están orillados, definitivamente varados, ligeras barcazas, plumas con las que incluso juega el viento mientras poco a poco van descomponiéndose, oquedades y escondijos en las profundas heridas donde habitan seres fantasmagóricos huyendo de la luz, espectros esperando a que surja la noche para hacerse visibles. 

      Sentándose sobre uno de estos troncos a modo de banco corrido, con los pies descalzos apoyados en cantos rodados que masajean las plantas, parece que la vida trepidante a la que venimos acostumbrados se hubiera detenido. La sensación de abandono se acentúa hasta el embeleso; la mente va sumergiéndose en vapores narcotizantes de trato amable y efecto saludable. Tras despertar de él, la mirada se dirige, sucesivamente, de las aguas que descienden por la cascada a las que quedan enfrente con su claridad y colorido, y a las que escapan de la Olla para reiniciar el camino a través de nuevos precipicios. En este instante ha nacido la emoción de estar viviendo una dimensión de evanescencia extremadamente gratificante y nueva, un estado placentero, un hallazgo que no deja lugar a dudas: otro mundo, todavía, es posible.

      No, no es un sueño a pesar de algunas estridencias que vienen del prado. Niños corriendo, niños voz en grito en pos de una pelota, en pos de un juego: ahí enfrente está todo, incluso la frondosidad de la arboleda, y a la izquierda, mirando hacia la garganta por donde desciende el río, las elevadas montañas que coronan la cordillera. Y también el árbol solitario sobre la cumbre, imperturbable ante su destino, acompañándose del viento, acaso esperando otra compañía.

      Hay murmullos que por momentos se aceleran. Hay murmullos aquietados, apenas susurros, imperceptibles bisbiseos, incluso aquellos que no cesan al haber acostumbrado al oído a su presencia hasta el punto de haberlos reducido a música. Se confunden unos y otros, se mezclan, ya no se sabe qué y dónde suena. También están ahí, forman parte de la esencia y de los pálpitos del lugar, sólo hace falta abrirse a la observación y comprobar cómo varias lagartijas de tonalidades verdes y marrones, mimetizadas entre las naturalezas muertas de donde han surgido, toman el sol confiadas. O cómo infinitos insectos luchan por sobrevivir ese día a costa de enormes esfuerzos. O cómo las raíces de algunos arbustos o árboles, a flor de piel, consiguen traspasar la barrera de tierra para hundirse entre los guijarros buscando mejores oportunidades en donde dejar asentada su fortaleza y no terminar abatidos por la próxima riada. O cómo desde la base de otro gigante fulminado por un rayo, roble despojado de toda envergadura, trepa una humilde pero pertinaz yedra para seguir manteniéndolo de pie aunque presente exiguo vestigio de su pasado, sin embargo vida después de la muerte porque la yedra, desde esa plataforma, intentará adherirse a otro árbol para acceder más arriba: la eterna lucha por alcanzar la supervivencia.

      Ha llegado más gente y con ella ha desaparecido toda oportunidad de permanecer aislados de la vista de otros. Si hubiera de exagerarse un punto la situación, podría decirse que apenas se cabe en el espacio, hasta semejante extremo ha trascendido la fama de la Olla de San Vicente.

      Llegan dos niños próximos a la adolescencia. Vienen derrochando energía y adelantados a unos padres cansados que traen lejos de sus espaldas. Aun sofocados de la ascensión, acumulan enorme ímpetu, de forma que sin parar siquiera a aposentarse arremeten la lámina de agua de la poza lanzando lanchas que se afanan en seleccionar de entre el cúmulo que bordea el embalse. Resulta ostensible para el menos avieso que son conocedores del sitio a la vista del modo en que se desenvuelven. Expertos lanzadores de las piedras, éstas concluyen fácilmente al otro extremo, por el lado del bosque o de la cascada, dando saltos sobre el agua y formando círculos concéntricos que se rompen al unirse. Gritan excitados, animándose en la competición para ver qué piedra da más saltos o llega más lejos.

      Después, probada y certificada la pericia, llegaron las piedras grandes. Cuanto mejor, mayores para hundirlas en la parte más profunda, con su sonoridad hueca y la expansión de más círculos y su oleaje, ahora sin más limites que los propios bordes o el lanzamiento de otra piedra. Durante un tiempo quedaron rotos muchos encantos, suprimidos de un hachazo urbano los hechizos, lo que lleva a tener que asumir que hemos sido expulsados del paraíso y que cuanta naturaleza comunal nos rodea es de todos y todos, a su manera, tienen derecho a disfrutarla. ¡Amén!   

      No duró mucho el trasiego y el desasosiego de pacíficos espectadores. Llegados los padres, al poco llamaron a rancho, un alivio aunque las voces competitivas de los escandalosos críos no cesaron a pesar de quedar absorbidas por la contundencia de la cascada desplomándose en su monótono y silencioso estrépito.

      Las gentes que había y cuantas han ido llegando buscan su aposento e intentan gozar del paisaje para guardarlo en el recuerdo. La pradera más próxima al agua aparenta ser llana pero tiene una ligera inclinación ascendente. A la sombra de arbustos aislados se asienta una familia numerosa pertrechada de lo necesario para darse un agasajo. Siguiendo la explanada y ante un camino apenas insinuado porque la hierba está muy crecida, se llega a una breve llanura tapizada del mismo verde, lugar con singular encanto ya que se asoma sobre las rocas por donde se desliza el agua de la cascada. Desde ella, arrimándose con cuidado, permite avistar en planta la Olla y obtener una perspectiva certera de sus formas, profundidad, color y dimensiones aproximadas. El espacio verde de la plataforma también está ocupado por otra familia cumpliendo los mismos menesteres, así que no es cuestión de hacinarse: unos y otros han de conformarse con seguir a pie de poza sobre los troncos o sobre piedras incómodas.

      Acaba de comenzar el estío. San Juan luce hogueras de ensayo anunciando la gran noche donde se unirán, en estrecha comunión, los sueños nuevos y la destrucción de los viejos temores o fracasos. Nada será igual a partir de pasado mañana; nacerán promesas increíbles, se buscarán motivaciones nuevas para decir y decirse que la vida es un continuo andar en busca de lo desconocido, en busca de sentimientos renovados y un tránsito permanente al encuentro de amor y felicidad. Y de tantas y tantas cosas, el infinito mundo donde se enfrentan sueños y realidades, temores e ilusiones: si San Juan da alguna respuesta a semejante trasiego, bienvenida sea y volvamos a la hoguera. Y si no se alcanza, desaparezca de inmediato frustración y tristeza y volvamos igualmente a la hoguera, un buen consuelo, una sana actitud para vivir con proyectos permanentes, siempre mirando hacia delante, hacia al futuro aunque sea incierto.  

Aves errantes, ajenas a estas tierras, pasan de largo muy por encima en formación de vuelo de largo recorrido, dejándose llevar por las corrientes, camino del sur, camino de tierras más cálidas. El bosque y sotobosque, sin embargo, guardan otros trinos y graznidos, una sinfonía. Y mientras esto ocurre, acaso seducidos por esta música ambiental, una mujer y un hombre juegan a despistar a quienes puedan observarlos, sin conseguirlo. Ambos están con ropa de baño, valientes arrepentidos cuando tanto lo necesitaban. Se acarician junto al borde del río, poco preocupados de su exposición a la vista de otros, ajenos viendo cómo está el entorno abarrotado. Hay arrullos intensos, el sol de estas horas, cayendo a plomo, ha debido calentar demasiado las neuronas y tratan de aliviarse metiéndose en el agua sólo hasta los tobillos. Luego se funden, besan y toquetean, y siguen pareciendo ausentes a cualquier observación aun sabiendo que, inevitablemente, quienes les rodean no pueden ser tragados por la tierra, niños incluidos, algunos tomando lecciones aceleradas para una noche de vigilia.

      Trina la cascada, el ambiente se caldea, nadie dice nada.

      Están perdiendo la compostura, además de la cordura, y no son adolescentes alocados, más bien adultos sólidos entrados en la cuarentena. El resuello se amortigua con el agua, los ojos se encienden, chispas eléctricas se irradian incendiando el paisaje próximo. Hay ten