Mina – Muelle Marzana s/n – Bilbao Tlf: 944 795 938
Hacía casi cinco años que no visitaba Bilbao, desde un memorable concierto de Mark Knopfler en la Plaza de Toros. En el País Vasco, San Sebastián se lleva todos los halagos y aunque sean merecidos, Bilbao tiene muchos encantos, ha cambiado muchísimo y es un destino más que recomendable.
Casi sonando las campanadas de fin de año, por fin han inaugurado, tras 25 años!!!!, el último tramo asturiano de 4,2kms que faltaba para completar la Autovía del Cantábrico. Por ser un hecho histórico tan destacado para los asturianos, recojo la fotografía de la vergüenza política, muchos gobernantes de todos los colores nos han tomado el pelo, hora de palmeros y medallas. Ahora, más que nunca, es un paseo desplazarnos desde Oviedo a cualquiera de los extremos de la cornisa cantábrica.
Tenía asuntos personales que tratar y coincidía que mi amiga Marta estaba de vacaciones. En buena compañía siempre resulta todo más agradable y las risas estaban garantizadas. Ambos tenemos amigos en «el bocho» y siempre es una alegría visitarlos.
Ya sabéis que me gusta planificar las cosas, los experimentos: «con gaseosa». Aunque parezca mentira me resultó difícil conseguir mesa en un Estrella Michelín, el domingo es muy mal día y aprovechan para cerrar, además muchos están de vacaciones elaborando sus nuevas propuestas de temporada. Por suerte, en Mina volvían a los fogones esa semana y pude disfrutar del trabajo del chef Alvaro Garrido.
Desconocía esa zona de Bilbao pero los GPS de hoy en día son una garantía. El restaurante se encuentra en el muelle Marzana, pegado a la Ría del Nervión. Linda con el barrio de San Francisco, una zona poco agraciada socialmente donde la prostitución y menudeo de drogas están a la orden del día. Ahora bien, es un barrio que por tener mucha inmigración goza de unas tiendas de comestibles con una variedad increíble de productos «exóticos», un tesoro para los que nos gusta probar cosas diferentes. Si os acercáis por la noche mi consejo es que aparquéis en la otra margen de la ría y accedáis por el Puente de la Ribera o el de San Antón. Más vale prevenir que curar.
Anunciaban muy mal tiempo, pero el cielo nos dió un respiro e incluso pudimos tomar el vermú sentados en una terraza, al sol. La vista del Mercado de la Ribera y la Iglesia de San Antón son claros ejemplos de esos encantos que os comentaba al principio.
La entrada al Mina sorprende, abrimos el portón y a mano derecha nos encontramos con la bodega y a mano izquierda una rústica y bonita escalinata. Abrimos la puerta y nos recibe un espacio con mucha luz natural, una sala con una decoración industrial nórdica donde predomina el blanco y la madera. Dominando el espacio, una cocina vista con una barra en mármol blanco y madera apta para siete comensales, donde podremos disfrutar en primera fila de todo lo que acontece entre fogones.
Ofrecen tres menús degustación de 7, 10 o 14 platos, nos decidimos por el intermedio acompañado de una cerveza. Aunque la Alhambra me encanta, no había más opciones. Ya sabéis que estas cosas me disgustan porque no cuesta tanto tener una selección básica: rubia, tostada, artesana, trigo, negra….Los que no bebemos vino nos sentimos algo discriminados cuando vemos cartas kilométricas de vinos y la cerveza es un simple relleno.
Dejemos las bebidas a un lado y vamos a lo realmente importante, como hubiese dicho el gran Paco Umbral, he venido a hablar de mi comida.
El aperitivo, piel de bacalao crujiente está hecho con una brandada de bacalao y una gelatina de manzanilla.
Ostra Guillardeau, ginebra y cítricos. Una combinación perfecta, es como tomarse un gin tonic mezclado con los sabores a mar.
Soufflé de pomelo y bacalao. Tan atractivo visualmente como rico, el toque amargo del pomelo le queda bien al bacalao.
Chicharro ahumado al romero, coliflor y sidra. Una vez más me encuentro un plato con coliflor, parece que está de moda. Muy sabroso, junto o mezclado con la crema de coliflor, el gelé de sidra y el rábano encurtido.
Lubina salvaje con crema de arbequina. Estaba tan ligeramente confitada que me dió la impresión de estar tomando un sashimi. La crema de aceite arbequina da mucha potencia y no conviene abusar en nuestra mezcla.
Seguimos con el Parmesano, trufa y confitura de tomate. Este fue uno de los que más me gusto, Italia concentrada en un plato. Utilizan un parmesano de 36 meses de maduración, una crema de trompetas y trufa, la confitura de tomate con albahaca y esas preciosas lascas de trufa negra.
Mucho sabor encontramos en el siguiente plato. Un pastel de tuétano y trufa sobre un fondo de paloma torcaz.
Rodaballo asado con guiso de verduras de caserío. Sobre un caldo de espinacas y acelgas, un buen lomo con el punto perfecto y unas alcachofas nos dejan cara de felicidad.
Terminamos con una carne, un solomillo marinado y asado con chimichurri y jugo de berros. Un buen medallón con su carne sonrosada, a mi me sobraba el chimichurri porque creo le robaba protagonismo en sabor a este tipo de carne.
Llegan los postres y el escueto nombre «Mar»bautiza un plato excelente, por frescura, sabor y presentación sin duda el mejor de los tres. Esta hecho con un gelé de ginebra, sorbete de limón, agua marina granizada y lechuga de mar escarchada.
Crème brûlée, emulsión de pera y Amaretto.
Ahora sí, finalizamos con un sabayón de azúcar moscovado, sorbete de naranja amarga y yogur de cítricos. El sabayón es una crema italiana hecha con las yemas, azúcar (en este caso el moscovado, hecho con el interior de la caña de azúcar, sin refinar) y vino Marsala. El contraste de ácidos, dulce y amargos está muy equilibrado.
Un café con sus petits fours (gominolas de melocotón, galleta de mantequilla y financier de avellana) pondría punto final a un menú disfrutado de principio a fin.
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