Casa Lobato


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Las celebraciones especiales merecen celebrarse en sitios de excepción y no es que el evento en si no brille con luz propia, pero si lo acompañamos de un lugar emblemático de la hostelería asturiana, como es Casa Lobato, estaremos cuadrando el círculo.

Ya sea mi 46 cumpleaños, una comida de negocios, una boda, bautizo, comunión, o simplemente el hecho de querer disfrutar de buenas viandas y charla alrededor de una mesa, el lugar del que hoy os hablo pasa por ser un clásico del que varias generaciones hemos disfrutado desde 1898.

Reconozco que me infunde mucho respeto hablar de negocios que llevan entre nosotros más de cien años, han sobrevivido crisis y hasta guerras, y sólo por esto merecen ser aplaudidos. Tenacidad, buen hacer y responsabilidad generacional en las diferentes sucesiones nos convierte en espectadores de lujo de un pedazo importante de la historia de una ciudad.

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Con el paso de los años las instalaciones han ido creciendo y modernizándose pero cuando entras por esa puerta se respira solera y por ende, confianza, la que yo tenía de salir plenamente satisfecho en un día muy importante para mi familia. Mi primer cumpleaños sin mi padre, que siempre ejercía de rector gastronómico cuando se trataba de una celebración, aunque en los últimos años me había ido postulando como buen consejero.

Antes de adentrarnos, en el porche cubierto tenemos una pequeña pista de lo que nos encontraremos, hablo de tradición y la hermosa cocina de carbón que luce esplendorosa y nos hace recordar momentos inolvidables de nuestra infancia. Ahora los pisos se venden con garaje y trastero pero no hace tanto, al menos eso quiero pensar, las viviendas tenían asignadas unas carboneras y no pocos viajes hice por calderadas de aquel sucio pero efectivo combustible santo y seña de nuestra tierra.

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La cocina de Casa Lobato, hoy comandada por Juan Luis, rezuma tradición con ciertos toques de innovación, pero sobre todo respeto y buen trato de una materia prima excelente. Si además es servida en un comedor agradable por profesionales del sector, gente con oficio de la que hoy escasea, dejamos muy poco margen a la equivocación.

Comenzaré con mi ya clásico tirón de orejas en lo concerniente a la selección de cervezas, cierto es que la Alhambra Reserva 1925 me satisface plenamente, pero recomiendo incluir en carta alguna de las numerosas artesanas asturianas que poco a poco se van haciendo hueco gracias a frikis del lúpulo como yo.

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Para abrir boca nos sirvieron un poco de queso Varé, la joya del concejo de Siero.

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La elección de mi madre fue una sopa de marisco como Dios manda y desafiando el Principio de Arquímedes, ahí estaban unas inconmensurables almejas.

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Fuera de carta me ofrecieron un variado de cinco setas salteadas con jamón que tuvo un duro enfrentamiento con el foie de oca sobre crema de fabada, apuntado queda para la próxima vez.

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Ella continuó con un bacalao al pil pil, generosa ración en la que esta curiosa salsa estaba ligada a la perfección sin contener los excesos oleosos de algunas elaboraciones menos acertadas.

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Mi particular homenaje vino de la mano de un bogavante del Cantábrico. Me presentaron dos ejemplares que se parecian entre si tanto como Arnold Schwarzenegger y Danny DeVitto en Los Gemelos Golpean Dos Veces, me quedé con el vitaminado de 1,2 kgs y el de 600grs seguro tiene mejor uso en un arroz.

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Por un lado el cuerpo y por otro las pinzas, adornado como nunca había visto, di buena cuenta de esas carnes prietas, jugos y entrañas cefálicas que me hicieron disfrutar tranquilamente durante 20 minutos.

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Abandonada la herramienta de cirujano marino, con menos esfuerzo, tocaba disfrutar del pixin (rape) negro asado en caviar de oricios (erizos de mar). Podéis llamarme Bob, se que soy una esponja insaciable que no se resiste a hacer barquitos con el pan hasta dejarlo impoluto, el plato no estaba para menos.

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Los pesares de mi madre vinculados al vicio del tabaco, al menos en esta ocasión, le sirvieron durante mi ausencia, para dar indicaciones con una tartaleta de almendra del Rialto y unas velas que había escondido. Reconozco mi sorpresa pues se me olvidaba esa tradición de soplar velas, quizás por aquello de estar en el descuento del medio siglo.

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Sin duda Jose Luis, maestro chocolatier desde 1998, sorprendió montando un armonioso postre con la aburrida pero exquisita tartaleta. Mis deseos no se cumplirán porque la verdadera llama se apagó el pasado 1 de enero, sin embargo, afronto el nuevo año con las mismas ganas por vivir, ilusionarme y disfrutar de cada cosa que hago sólo o en compañía de la gente que amo o aprecio. Por cierto, pensad bien vuestro deseo porque las velas de los chinos se consumen con la misma facilidad que tienen para procrear.

Obviamente no podíamos quedar sin probar alguna elaboración de José Luis y su versión de la tarta tres chocolates es todo un lujo para los paladares más exigentes.

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Tras los cafés llega el turno de lo que algunos llaman “dolorosa”, utilizando una palabra muy asturiana que significa gustar (prestar), hay ocasiones como esta en que se convierte en “prestosa” porque cada uno de los euros invertidos en satisfacción, fueron correspondidos por la profesionalidad y buen hacer de Casa Lobato.

Gracias

Casa Lobato – Avda. de los Monumentos, 65 – Oviedo     Tlf: 985 297 745

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